Una tarde llegamos al Condado de Westmoreland, Pennsylvania. Fuimos a Historic Hanna’s Town para viajar en el tiempo por unas horas: ese fin de semana había una feria de los años 1773 al 1786 (la época del fin de la colonia en Estados Unidos).
Lo primero que me llamó la atención fue ver tanto verde a mi alrededor. No había nada más: ni edificios, centros comerciales, casas. Nada que me hiciera pensar en la época actual (excepto por los coches estacionados, claro está).
Hanna’s Town
Westmoreland
Pennsylvania
Hanna’s Town se fundó en 1773 y fue la primera sede del gobierno del Condado de Westmoreland. Aquí se celebraron los primeros tribunales ingleses del oeste de las Montañas de Allegheny; sin embargo, al final de la Guerra de Independencia, este pueblo fue atacado y quemado. Hoy en día es un parque histórico que nos muestra un poco como era la vida en aquella época. Para hacer esto, reconstruyeron la Cantina, tres casas hechas de troncos y un fuerte de la Guerra de Independencia.
Llegamos justo en el momento de la recreación de una batalla. Me tapé los oídos cuando me di cuenta de que iba a haber disparos. Tanto los miembros del ejército como los nativos americanos estaban armados con rifles. Hubo algunos «muertos» y mucho humo.
Pudimos ver cómo se eran los vestidos que se usaban en aquellos días y los instrumentos que usaban las mujeres para coser, bordar, tejer. ¡Me encantaría aprender a usar los telares!
Caminamos un poco más y encontramos la cantina. Este lugar fue la primera sede del Tribunal de este condado y fue destruida en 1782. Mientra el guía nos explicaba como era la vida aquí, yo no dejaba de dar gracias por tener un lugar donde dormir segura y sin frío, sin carencias. Aquí, cuando no había camas, dormían en el piso, donde se pudiera. Las camas se compartían, las personas tenían que dormir con sus pertenencias (muchas veces como almohadas) para evitar que se las robaran. En fin, varios detalles más que sólo demuestran lo que ya sabemos: las guerras son duras, se sufre mucho y nadie gana en realidad.
La feria comenzó en la mañana y nosotros llegamos en la tarde, cuando ya no faltaba poco para que cerrara. Nos perdimos los talleres, por ejemplo el de costura. Sin embargo, pudimos ver cómo era el lugar dónde atendían a los heridos, visitar el fuerte, platicar con varias personas que nos contaron sobre esta época y sobre sus experiencias representando sus personajes. ¡Viajan a varios lugares del mundo con esta feria! Además pudimos escuchar la música de las gaitas, música tradicional irlandesa que tocó la banda llamada Gallowglass.
Me encontré este video del grupo y de la feria ese día: Gallowglass band en Hanna’s Town
Regresamos al 2019 y nos esperaba una noche interesante en Westmoreland. Como parte de la Feria de Westmoreland había un evento: The Summer Demo Derby. Hay muchas cosas en este mundo de las que yo no tengo ni idea, este evento era una de ellas. ¡Es un espectáculo que consiste en que un chocar automóviles y el ganador es el dueño del automóvil que, al final, siga funcionando!
Después de un paseo por el final de la época colonial de los Estados Unidos, ahora viviríamos una noche escandalosa, una noche de automóviles estrellándose deliberadamente unos contra otros. Algo así como los coches chocones de la feria a los que me encantaba subirme en la infancia, pero en este caso se trata de automóviles reales y en situaciones peligrosas.
Lo primero que tuve que hacer fue asimilar que eso existía y después sacudirme el miedo de que me tocara ver un horrible accidente, pues a veces ocurren. Hay ambulancias y médicos en la zona, listos para reaccionar de inmediato ante cualquier percance. Mi único deseo era que nadie, nadie saliera lastimado.
Dos cosas llamaron mi atención: 1) el evento inició con niños en sus cochecitos. ¡Niños felices más que listos para chocar! 2) El público tan entusiasmado, tan lleno de adrenalina. ¡Cuánta emoción por ver a los automóviles destruirse!
Niños listos para chocar sus cochecitos.
Westmoreland Fair
Summer Demo Derby
El espectáculo de los niños fue hasta cierto punto inofensivo. A mí me preocupó un poco que pudieran lastimarse el cuello o la espalda, pero todo salió bien. Duró poco. Una vez que hubo un ganador, vino lo bueno con los adultos. Empezaron con los coches pequeños, después seguirían los más grandes. No hubo accidentes fuertes ni heridos en este evento, lo cual sigo agradeciendo mientras escribo. Además del escándalo de los autos estrellándose todos contra todos, se escuchaban los gritos y las porras. Fue toda una experiencia vivir este momento tan ajeno a mi forma de ser, a mi cultura, a mis ideas. Una vez que logré adaptarme, dejar de temer y/o escandalizarme, me atrevo a decir que lo disfruté (hasta tuve mi coche favorito, el cual quedó en segundo lugar).
Quizá lo que me pareció atractivo fue la determinación de los conductores, la férrea decisión de no dar marcha atrás para poder ganar, sin importar el golpe que vendría pronto, la posibilidad de que el coche dejara de funcionar o mucho peor, de lastimarse. Esa voluntad de luchar hasta el último momento sin mirar atrás.
¡Qué noche! No creo que repetiría la experiencia, pero sí sentí la adrenalina invadirme mientras esperaba que ganara mi coche favorito. Terminé exhausta pero también satisfecha y lista para la siguiente aventura.
Los atardeceres me hacen feliz, por eso cuando Fabricio me dijo que veríamos el atardecer en Mount Washington me emocioné. Ahí se tiene una vista panorámica de la ciudad y se pueden tomar las mejores fotografías. Estaba saboreando ese momento desde que nos subimos al coche para llegar allá.
Apenas íbamos en camino y el sol ya empezaba a ponerse.
Atardece en Pittsburgh
Cerca del Mount Washington, hay también un mirador. Hicimos una pequeña parada y valió la pena. Me gustó la vista. Aunque ya eran casi las nueve de la noche, todavía había mucha luz. Los días son largos en el verano, muy largos.
No exageran cuando dicen que en Mount Washington se encuentran las mejores vistas de Pittsburgh. No éramos los únicos ahí con la cámara (celular en nuestro caso) en mano. Estaba atardeciendo. Llegamos justo cuando el cielo comenzaba a teñirse de rojo.
También es posible tomar el funicular que ofrece un pequeño recorrido para subir y bajar la montaña.
En esta zona están las estatuas de George Washington y de Guyasuta, líder de los Senecas. Dos estatuas enormes en la montaña, alrededor de Pittsburgh, dos líderes reunidos cara a cara y yo preferí tomarle la foto a Guyasuta. Siempre me ha llamado la atención la historia de los nativos americanos.
Guyasuta, líder de los Senecas y George Washington Pittsburgh
Anocheció. En cuanto terminara el partido de baseball en PNC Park el estadio de baseball, iba a haber fuegos artificiales. Decidimos esperar para verlos. La noche trajo viento consigo y sentí un poco de frío.
Tenía curiosidad por cómo se verían los fuegos artificiales desde dónde estábamos. Había muchas personas, entre ellas un par de fotógrafos esperando también el momento. Pittsburgh se iluminó y – mientras tanto- yo era feliz mirando la ciudad llena de luces.
No me gusta el sonido de los fuegos artificiales pero me encanta el juego de colores. Sería genial si sólo se tratara de explosión de luz sin sonido. Mirar el espectáculo a esta distancia fue alucinante, hasta se me olvidó que tenía frío.
Fireworks in Pittsburgh
Ya era medianoche. Entramos al museo, que es justo también donde se toma el funicular para pasear por la montaña. Todavía estaba abierto. Vimos fotografías de diferentes épocas de Pittsburgh. Fabricio me fue explicando cada una con detalle, contándome a la vez la historia de Pittsburgh. ¡Fue la mejor visita guiada!
¿Qué más puedo decir? Sólo que Pittsburgh me conquista con su cielo azul intenso, sus caminos llenos de árboles, sus ríos y los cientos de puentes que los atraviesan. Fue un privilegio volver a este lugar tranquilo, limpio y lleno de naturaleza. Lo extraño.
Sólo he estado en Pittsburgh dos veces en mi vida; sin embargo, es una ciudad de la que me enamoré desde el día uno. Por eso, cuando en el avión (ya en el camino de regreso a casa) un canadiense me dijo que sólo iba a Pittsburgh por trabajo pues, ¿por qué otro motivo uno viajaría a ese lugar?, me quedé tan sorprendida que ya no le pude contestar nada. No niego que tiene un punto: si mi querido amigo no viviera ahí, nunca se me hubiera ocurrido visitar esta ciudad. No se habla de Pittsburgh al planear un viaje, pero hay mucho más en esta ciudad que el Estadio de los Steelers (Acereros) y la catsup Heinz. Estoy convencida de que vale la pena darse una vuelta por allá.
Esta vez, más que llenarlos de palabras y descripciones como es mi costumbre, mi intención es compartirles las fotos que tomé la tarde en la que fui al centro de esta ciudad con mis amigos como guías. Fue una tarde espléndida.
Primero llegamos al Allegheny County Courthouse, un edificio del estilo románico característico de H.H. Richardson, el arquitecto que lo diseñó.
Entramos al hotel histórico y muy elegante Omni William Penn pero en ese momento no tomé fotografías. Después caminamos por las calles del centro. No soy admiradora de los edificios ni de los rascacielos pero los de Pittsburgh me tenían embobada.
Durante el verano los días son largos en Pittsburgh. Acababa de terminar la época de lluvia y paseamos en una tarde soleada pero sin que hiciera mucho calor, lo cual fue un alivio. El verano suele ser muy cálido en Pittsburgh pero ese día estuvo fresco. Era un buen momento para sonreír y no dudé en hacerlo.
Feliz en en centro de Pittsburgh
Camino a Market Square pasamos por el famoso edificio de cristal (PPG place) donde, por cierto, se filmaron algunas escenas de Batman The Dark Knight Rises. Desde la primera vez que vine a Pittsburgh, este lugar me pareció fascinante. Fue un poco como estar rodeada de espejos.
Llegamos a Market Square. En esta zona hay varios lugares para comer y el simple hecho de pasear por ese lugar me alegró mucho. Es una plaza para caminar a gusto, un poquito al estilo de Coyoacán. Me gustó el ambiente y aquí nos sentamos un ratito, a disfrutar. Vi una especie de camión donde uno puede comer y tomar cerveza mientras pedalea para avanzar. Eso me pareció gracioso, quizá la próxima vez me anime a intentarlo.
Terminó esta parte del recorrido pero todavía nos faltaba un lugar que visitar: Mount Washington, el lugar ideal para ver el atardecer y tener una vista panorámica de Pittsburgh…
Mi único entrenamiento durante mi viaje a Pittsburgh era correr cinco kilómetros diarios. Unos días antes de tomar el avión, cuando hablé con mi muy querido amigo Fabricio, le pregunté si cerca de su casa había un parque donde pudiera entrenar y me dijo que sí, que cerquita de su casa (aunque era un camino poco pesado: muchas pendientes) y también a unos cuantos minutos (en coche) había un parque. ¡Genial!
A él también le gusta correr. De hecho, hace algunos años participó en un maratón. Llegué a Pittsburgh con el sueño de correr con él uno o dos días. Lo que nunca me imaginé es que me acompañara los ocho días que estuve ahí y que, además, me llevara por un recorrido diferente cada día. Él tenía ya un rato sin correr y quería empezar de nuevo. ¡Así comenzó nuestra aventura de cinco kilómetros diarios llenos de diferentes retos!
El primer día fuimos al Great Allegheny Passage, un largo camino que va desde Pittsburgh a Washington D.C. . Nosotros esa mañana estuvimos por la zona de Sandcastle. . Fue una ruta tranquila, mayormente plana y cerca del río. Avanzamos siempre rodeados de árboles. Alrededor de nosotros pasaban algunas mariposas y vi un pájaro rojo grande volar frente a nosotros. Fuimos a buen ritmo, disfrutándolo. Después de haber pasado tanto tiempo en el avión el día anterior, esta carrera me cayó muy bien.
Great Allegheny Passage
La mañana siguiente también fuimos al Great Allegheny Passage pero ahora en la zona de Southside. Una vez más corrimos rodeados de árboles, con algunas mariposas y un pájaro rojo muy parecido al que vi el día anterior. Ahora también pudimos ver el río, algunos puentes y parte del centro de la ciudad.
Corrimos un poco más tranquilos que el día anterior. No fue complicado pues el camino era mayormente plano. Me encantó la vista: yo me siento feliz rodeada de naturaleza y agua. Fue genial correr cerca del río. ¡Pittsburgh me encanta! Fabricio aguantó bien aunque le encantaba «reclamarme» que lo obligara a correr. No sólo disfruté estos 5 kilómetros, también me divertí mucho.
El tercer día ni siquiera intenté levantarme temprano (el día anterior estuvimos paseando hasta tarde y estaba un poco cansada). Una parte de mí no quería entrenar: la flojera ya se había instalado en mi cuerpo. Por fortuna Fabricio no pensaba lo mismo y alrededor del mediodía nos fuimos a correr. Estaba segura que a esa hora moriríamos de calor, no sabía que nuestro camino estaría lleno de árboles enormes que nos regalarían mucha sombra.
Fuimos a Three Rivers. Me maravilla la naturaleza y este recorrido fue muy verde. A pesar de la sombra, sí se sintió el calor, sudé un poco más que los días anteriores.
Es muy diferente correr acompañada a correr sola. La mayor parte del tiempo íbamos casi al mismo paso, ocasionalmente comentábamos algo y fue una nueva forma de convivir con él. Esos pequeños detalles en la vida son los que me hacen sentirme muy afortunada y agradecida. No sólo estaba haciendo algo que me encanta sino que lo estaba compartiendo con mi mejor amigo.
Esta ruta también fue bastante tranquila, casi ninguna pendiente y el mayor reto fue cruzar las vías del tren. Fueron tres días de recorridos mayormente planos y no me imaginé los retos que mi querido amigo escogería después…
El cuarto día nuestro recorrido se puso más interesante. Se acabaron los recorridos planos. Fueron cinco kilómetros en Schenley Park, un lugar bien bonito, siempre verde, con pendientes y también escaleras. Por lo tanto, aquí subimos, bajamos, subimos y bajamos escaleras. Tengo las piernas fuertes para subir pero no para bajar: me cuesta mucho hacerlo. A él le sucede lo contrario: odia subir pero le gusta bajar. Me emocioné mucho con este reto y contrario a lo esperado, me llené de energía. Sonreí la mayor parte del tiempo y me atreví a bajar con más velocidad aunque siempre con precaución. En el pasado una vez me lesioné por no saber correr en pendientes. ¡Ahora ya puedo hacerlo sin lastimarme! Como en los días anteriores y como en casi todo Pittsburgh, estábamos rodeados de verde. ¿Qué puede ser mejor que eso?
No imaginé que en este viaje saliéramos de Pittsburgh, pero mis amigos me sorprendieron con un viaje un par de días. El primer día fuimos a Oakland, en Maryland. Es un pueblito pequeño pero, por lo que pude apreciar, muy acogedor.
Para los kilómetros del quinto día, Fabricio buscó un recorrido en internet. No tenía idea de que hay varios corredores que publican un mapa con el camino que hicieron, con recomendaciones e inclusive nivel de dificultad incluidos. Encontró uno que nos llevaba alrededor del pueblo y que era de cinco kilómetros: Oakland Town Trail. Con su GPS y siguiendo el mapa, él fue lidereando la carrera, yo lo seguía impresionada por la vista a nuestro alrededor. Sólo nos equivocamos en una vuelta y rectificamos a los pocos minutos.
Fue muy interesante porque empezamos corriendo en la banqueta, viendo las tiendas y las casas de este pueblito, después entramos en un camino rodeado de árboles, con muchas pendientes. Corrimos en puentes de madera, cruzamos calles, pasamos por más pendientes. Estuvo un poco intenso el camino (más que los días anteriores) y aunque nunca creí cansarme con cinco kilómetros, confieso que me cansé un poquito. Por supuesto, también tiene que ver el hecho de que estábamos corriendo diario (algo que nunca antes había hecho: mis entrenamientos consisten en correr un día sí y un día no). Esta vez fue así para volver a tener condición (antes del viaje estuve días en reposo) y estar lista para las carreras que vienen.
Me dio mucha seguridad correr The Oakland Town Trail. Me gustó que hubiera tantas pendientes. Una vez más me sorprendió mi fuerza para las subidas y eso aumentó la confianza en mí misma. Fui muy precavida con las bajadas y les perdí un poco el miedo. No sólo fue un entrenamiento, también fue un buen paseo por Oakland. ¡Recomiendo esta ruta a quien visite ese lugar!
Después de Oakland en Maryland, me llevaron a Ohiopyle en Pennsylvania. Fabricio encontró otra ruta interesante en internet y era en Jumonville. Para alguien a quien no le gustan las subidas, escogió un recorrido que comenzó con una pendiente enorme: me impresioné nada más al verla. Llovió la noche anterior, todavía no salía el sol (fuimos temprano) y había mucha niebla. No teníamos ni idea del gran reto que teníamos en frente. Se supone que era un camino de dificultad moderada, pero no fue así, fue mucho más que «moderada», fue muy complejo. Estos kilómetros fueron a campo traviesa y tan sólo caminar era un gran reto pues además de la pendiente muy empinada, había que lidiar con las ramas en el suelo, con el lodo que complicaba todo pues el riesgo de resbalarse era grande. Nunca lo hubiera imaginado pero hicimos más de diez minutos por kilómetro, trotamos la mayor parte del tiempo pero en ciertos lugares a duras penas podíamos caminar.
En fin. Comenzamos con esa subida que se veía enorme. El camino estaba cubierto de niebla y de repente apareció ante nosotros una enorme cruz. Confieso que cuando apenas se percibía, me pareció muy escalofriante. La sensación cambió ya que la pudimos ver con claridad cuando estuvimos frente a ella. Se trata de la Gran Cruz de Cristo (Great Cross of Christ) que mide casi veinte metros de altura. A toda gran subida le corresponde una gran bajada. Me armé de valor y seguimos avanzando.
Durante el camino me decía una y otra vez: «Tengo las piernas fuertes, claro que puedo, sí puedo». Cruzamos puentes, subimos y bajamos constantemente no tuvimos ni un momento para relajarnos donde el camino fuera plano (recto). Lo más duro fue cuando además del lodo, teníamos que ir por lugares bien empinados y esquivar las ramas que estaban tiradas en el camino. Eso sí, el lugar era impresionante. Los árboles tan altos bloqueaban la luz y estaba oscuro. Avanzamos entre sombras y humedad. Cruzamos puentes, escalamos, más adelante subimos y bajamos escaleras. Apenas llevábamos poco más de tres kilómetros y ya estábamos agotados; sin embargo, seguimos adelante: no nos íbamos a dar por vencidos. Llegaríamos a cinco kilómetros lloviera, tronara o relampagueara.
Quizá somos un par de locos, pero nos gustó el reto. Hace tres años no habría sido capaz de terminar ese recorrido. No lo hubiera logrado y seguramente me habría lesionado. Ahora pude hacerlo. Sí, no niego que en ciertos momentos me puse un poco nerviosa pero siempre tuve la certeza de que lo lograría y así fue. Ya cada vez nos faltaba menos. Pasamos por un lago y me emocioné. Siempre me alegra estar cerca del agua. Le dimos la vuelta. Cuando volvimos a pasar por ahí, ya estábamos a menos de un kilómetro de llegar al final. ¡Estos cinco kilómetros los sentimos como si fueran diez! Terminamos exhaustos y bañados en sudor pero con una sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo me sentí todopoderosa, lejos de aquella Carla que se sentía poca cosa e incapaz de hacer las cosas. Si algo me quedó muy claro esa mañana fue que SÍ PUEDO.
Una de las razones por las que amo correr es que me ayuda a tener una mejor autoestima, una mejor imagen de mí misma. Agradezco ese recorrido y la oportunidad de vivirlo con mi amigo.
Para el día 7, ya estábamos de regreso en Pittsburgh. Uno pensaría que después del reto del día anterior, quizá lo tomaríamos con calma. Al menos eso creí yo. Nos imaginaba corriendo en un lugar tranquilo, sin pendientes. Por supuesto, no podría estar más equivocada. Me parece que Fabricio ya se había emocionado con esto de correr cinco kilómetros diarios y todavía en Pittsburgh buscó otra ruta en internet. No fue tan severa como la del día anterior, pero definitivamente tuvo sus momentos intensos. Corrimos alrededor de Schenley Park y también en el Schenley Panther Hollow Trail.
A pesar de que nos fuimos temprano, nos acompañaba un sol intenso. De nuevo muchas pendientes. Todavía no entiendo cómo mis rodillas aguantaron tantas bajadas. Una parte del camino corrimos en la banqueta e inclusive cruzamos algunas calles (afortunadamente allá no hay tantos coches como acá, así que no sentí miedo). Si creí que me libraría de las escaleras, me equivoqué. Esta vez sí subimos y bajamos muchas escaleras. Muchas. ¡Qué locura correr así, pero fue genial!
Todo pasa, también los momentos más felices. Mi viaje llegaba a su fin y también el tener un compañero para correr. El día ocho correríamos nuestros últimos cinco kilómetros. No salimos temprano, fuimos al parque cuando el sol estaba fuerte a las dos de la tarde. Fabricio escogió un lugar donde hubiera sombra para que pudiéramos aguantar el recorrido. Fuimos a South Park. Correr entre los árboles siempre ayuda. Tenía esta agridulce sensación del último día: emoción por correr juntos una vez más, tristeza de que fuera la despedida.
Una vez más corrimos a campo traviesa aunque no tan intenso como en Ohiopyle. Muchas pendientes, ocasionalmente un poco de lodo y algún tronco que esquivar. Lo pude hacer muy bien pero confieso que las bajadas me resultaron un poco difíciles. Aunque la sombra ayudó mucho, a ratos sí pegaba fuerte el calor. Vi algunas mariposas, de nuevo el pájaro rojo que tanto me gustó el primer día y escuchamos a los pavos, algo nuevo para mí.
Subimos, subimos y subimos. Por consiguiente, después bajamos, bajamos y bajamos. Las piernas me temblaban un poco. Tomé las bajadas con mucha calma, me fue bien. Tengo muy claro necesito estar más fuerte para bajar. Todavía no puedo hacerlo con soltura ni con confianza tampoco. Por el contrario, descubrí que soy fuerte para las subidas y que las disfruto mucho. En resumidas cuentas: conocí mis fortalezas y también mis debilidades. Eso me dejó muy satisfecha.
Fabricio iba a buena velocidad en las bajadas, pero nunca me dejaba muy atrás. Después yo lo alcanzaba en las subidas. Fue increíble. Para el kilómetro cinco yo ya estaba empapada en sudor. Terminamos prácticamente con la lengua de fuera. ¡Qué delicia terminar tan exhausta! ¡Corrimos un total de 40 kilómetros en ocho días!
Esta aventura de correr diario supero mis expectativas. Espero en un futuro no tan lejano podamos volver a correr juntos. Mientras tanto, ya en casa, seguiré entrenando duro para cumplir mis metas.
Lloras en la regadera, el llanto te pesa tanto que te dejas caer y te acurrucas en el suelo húmedo. El dolor es tan agudo que gritas mientras te abrazas a ti misma sin poder levantarte. No hay alivio, tu alma está llena de espasmos. No tienes control de tus emociones, de tu cuerpo, de tu voz. No quieres que nadie te escuche ni deseas ayuda, pero no puedes levantarte. Después de los gritos, te empieza a faltar el aire. Estás mareada, tu cuerpo se vuelve inestable como la gelatina. Sabes que no te vas a morir: esa sensación de asfixia se irá desvaneciendo (los ataques de pánico sólo duran unos minutos) pero no encuentras la calma. El agua caliente te sofoca al igual que tu llanto convertido en aullido. Ansiedad, depresión o ambas, no importa, sólo quieres desvanecerte, dejar de sentir.
En ese momento él llega para ayudarte a salir de la regadera. Aunque necesitas un abrazo, sólo deseas que se vaya. Estás demasiado avergonzada por haber perdido el control, por permitir que la ansiedad te venciera, por saberte débil. No te atreves a mirar a nadie a los ojos en momentos cómo éste. ¿Qué es eso de padecer ataques de pánico? ¿Cómo es posible que pierdas el control? ¿Desde cuándo todo te da miedo? ¡Qué vergüenza si alguien se enterara que no tienes ganas de vivir! Es mejor callar, ponerte el disfraz sonriente con la máscara de «viva la vida todo es genial» y que nadie sepa lo que piensas realmente.
Te avergüenzas de ti misma, de lo que te ocurre, como si la ansiedad te volviera defectuosa, inservible, tóxica. No quieres salir de casa, te dan miedo las demás personas y sus temibles juicios. Te da miedo tener otro ataque de pánico o que la ansiedad te exhiba de nuevo. Ya una vez te paralizaste en el metro y el sudor empapó tu blusa. Hablar se ha vuelto un problema: tartamudeas o las palabras vienen demasiado rápido y ni siquiera tú entiendes lo que dices. De las noches de insomnio mejor ni hablar. ¿Hormigueos? ¿Taquicardia? Es como si un hoyo negro devorara tus extremidades. El deseo de que la muerte llegue se vuelve casi asfixiante y los pensamientos nocivos te despojan de la poca autoestima que tienes.
La ansiedad es un veneno que descontrola tu cuerpo y te deja agotada. Te sientes inadecuada y estás harta de las palabras de aliento que escuchas a tu alrededor. Es un esfuerzo desgastante controlar tu desesperación cuando alguien te dice que le eches ganas. Como si no lo hicieras, como si eso fuera remedio mágico que resuelve todo cuando en realidad es sólo una frase vacía que duele, que deja claro que tu lucha es invisible. Es mejor no pedir ayuda y quedarte en casa aislada o salir a la calle disfrazada de sonrisa.
Ojalá las personas pudieran sacudirse sus juicios y palabra innecesarias, que las palabras ansiedad, depresión, trastornos mentales no causaran reacciones tan negativas en ellas. Te hacen sentir avergonzada por lo que te está pasando. A veces pareciera que para ser aceptada, una persona debe estar física y mentalmente saludable. Tener un trastorno mental o tener alguna discapacidad pareciera ser algo malo, como si uno decidiera ser deliberadamente imperfecto. Esto te hace enojar mucho, ¿por qué las personas deben avergonzarse por eso?
Recuerdas la película que viste «Nunca me dejes sola» (You’re not you) y no te afectó la enfermedad que tiene la protagonista (como siempre te sucede) sino las actitudes de las personas cercanas, la forma en que la trataron, cómo se alejaron de ella. Todavía vives ese dolor y ese enojo como si fuera tuyo. ¿Por qué es tan difícil amar a las personas como son? ¿Por qué hemos de vivir con vergüenza cuando padecemos algún trastorno o enfermedad?
Pareciera que ayudarte es una misión imposible pero en realidad no es así: sólo necesitas un abrazo de aceptación, que te quieran tal cual eres con tu luz y tus sombras, con tu paz y tu ansiedad, con tus éxitos y tus batallas. No se trata de entender sino de amar. No se trata de juzgar sino de acompañar. No se trata de ser perfectos, sino de poder ser uno mismo sin disfraces ni máscaras.
Ya pasó el ataque de pánico, te vistes y recuperas el control de tu cuerpo. Lo que se te olvidó en el momento de la crisis fue la hacer respiración que ahora trae calma: inhalar en 4 segundos, contener en 7 y exhalar en 8. Minutos después, te sientes mejor aunque agotada. De todas formas, los días siguen pareciéndote muy oscuros y te preguntas si podrás superar esto.
Todavía no lo sabes pero en los próximos meses te sobrepondrás. Necesitarás ayuda y también el amor de tu seres queridos (tu red de apoyo), quienes te aceptan tal y como eres con y sin ansiedad, sin juicios ni etiquetas. Irás creando tu propio botiquín de primeros auxilios para los momentos de ansiedad/ depresión difíciles: tu cuaderno de cuidado personal, donde escribirás cómo te sientes, qué te ayuda en los momentos de crisis, qué te hace sonreír. Encontrarás alivio cuidando tus plantas, corriendo, meditando, escribiendo, tomando agua, tejiendo, abrazando a tus seres queridos. Trabajarás en tu autoestima: tu mayor reto será amarte a ti misma, abrazarte, dejar de verte como la villana y de tener miedo todo el tiempo. Será un camino largo pero no desistirás. La opinión que los demás tengan de ti dejará de ser importante y -aunque hoy te parezca imposible- desaparecerá la vergüenza por vivir momentos de ansiedad. En algún momento volverás a ser libre para volar hacia tus sueños sin censura ni miedo.
¿Desaparecerán las crisis de ansiedad, los ataques de pánico? Todavía no pero cada vez sucederán con menos frecuencia y podrás manejarlos mejor: un día a la vez, en el aquí y el ahora, dejando atrás el pasado y sin miedo al futuro.
Todo pasará y encontrarás el camino. Lo encontrarás.
Todo pasará y encontrarás el camino. Lo encontrarás.
Una vez más nos esperaban tres días de viaje en coche. Salimos de Phoenix y no puse mucha atención en el camino pues estaba triste, todavía no me recuperaba de la despedida. Acabábamos de irnos y ya extrañaba a mi amiga.
Dejamos Arizona justo cuando las heladas comenzaron y en la carretera de New Mexico recibimos una gran sorpresa: ¡Había nevado y todo estaba cubierto de nieve! Afortunadamente íbamos bien abrigados porque el frío era muy intenso. Creí que no nos tocaría ver nieve esta vez y vaya que me equivoqué. ¡Increíble! ¡Me fascinan los paisajes blancos!
Jea, Rebeca y yo estábamos ansiosos por bajarnos del coche, tocar la nieve, disfrutar. En cuanto fue posible nos estacionamos (en la zona de descanso). Había mucha gente igual de emocionada que nosotros, con una sonrisa enorme caminaba en la nieve y tomaba fotos.
Jea le aventó nieve a Rebeca y los tres nos reímos. El gélido viento nos llenó de caricias y no tardamos en correr al coche, donde tranquilamente desayunamos (el delicioso almuerzo que con tanto cariño nos había preparado Ceci). Yo no podía dejar de comer panquecitos de plátano.
Antes de seguir nuestro camino, salimos del coche y tomamos fotografías.
Nieve Carretera New Mexico
Nieve
Carretera New Mexico
Seguimos viendo nieve por un rato más, incluso cuando paramos a cargar gasolina. Cabe mencionar que de todos los lugares que visitamos – incluyendo México- aquí es donde la gasolina nos salió menos cara así que aprovechamos para llenar el tanque. Cada vez hacía más frío. Hubo mucha aguanieve y se notaba que también por donde estábamos iba a nevar pronto (afortunadamente todo el tiempo nos escapamos de la nieve).
Me puse un poco nerviosa al llegar a la frontera porque si nos tocaba el semáforo rojo sería una lata sacar las cosas sin poder abrir la cajuela, nada más de imaginar lo que nos tomaría sacar y meter las maletas me estresé un poco. No traíamos nada del otro mundo, pero habríamos perdido más de una hora en eso. No sólo no nos tocó el semáforo rojo: ni siquiera tuvimos que pararnos para enseñar nuestros documentos. Eso para mí fue muy raro. Ya en Juárez buscamos una lona para poder guardar equipaje en el techo. Nos tomó un rato encontrarla y después buscamos un lugar donde comer.
Ciudad Juárez
Nuestro destino de ese día era Chihuahua. Una vez más nos tocó vivir el atardecer en la carretera. Nunca dejará de maravillarme la naturaleza con sus milagros. ¡Qué belleza! Llegamos rendidos a Chihuahua, nos quedamos en el hotel El Casón, cenamos ahí y no tardamos en quedarnos dormidos.
Hizo mucho frío en la noche y ni se diga en la mañana. Cuando fuimos al auto, el techo estaba completamente blanco por tanta escarcha. No fue tan divertido poner la lona en el techo, pero había que hacerlo para que cupiera el equipaje de mis tíos pues ellos viajarían con nosotros a la Ciudad de México. Pasamos por ellos después de desayunar. Hacía tanto frío que yo ya no quería bajarme del coche. De nuevo le ganamos a la nieve: tanto en Juárez como en Chihuahua nevó justo después de que pasamos por ahí.
Pasamos por Delicias, Torreón, Durango y decidimos comer en Cuencamé. ¡No sabía de la existencia de este pueblito tan acogedor! Aunque estábamos un poco preocupados por la hora y por la lona en el techo del coche (a mí me ponía nerviosa que la abrieran y se llevaran el equipaje), comimos rico en un restaurancito cerca del centro.
Oscurecía cada vez más y – otra vez – éramos casi los únicos en la carretera lo que nos tenía un poco preocupados. Me animó la plática con mi tío que me hablaba de mi abuelo, quien – yo no lo sabía – nació en Juan Aldama, Zacatecas. Hubiera sido increíble poder visitar este lugar, pero debido a la hora y oscuridad eso ya era imposible. Queda esa visita pendiente para lo próxima vez. Nos detuvimos en Fresnillo donde buscamos un lugar para dormir. Encontramos un hotel no tan agradable pero donde pudimos descansar.
Fresnillo, Zacatecas
Nos recibió la mañana con una fuerte lluvia y mucho frío. Llovió por un largo rato. Conforme avanzamos, el clima fue cambiando y volviéndose más cálido. Llegamos a San Luis Potosí con muchísima hambre. Comimos en el Parador El Potosino Norte. Una vez satisfechos regresamos al coche y ya no paramos más.
Llegamos a la Ciudad de México justo al atardecer. Vimos la bandera en San Jerónimo y unos minutos más tardes ya habíamos llegado a nuestro destino. Fue un alivio bajar del coche y estirarnos. Sanos y salvos, fuertes y agradecidos, en casa al fin. ¡Qué gran aventura! ¡Espero que se repita pronto!
Cuando la pasamos muy bien, se siente que el tiempo pasa más rápido y queremos detenerlo para disfrutar más, para prolongar la sensación de bienestar que nos invade. No quería que estas vacaciones terminaran y cada vez estábamos más cerca de la despedida.
Festejamos la Navidad el 25 de diciembre y no en Nochebuena (la noche del 24) como se acostumbra en México. Fue chistoso que esa velada nosotros la pasamos riendo y con juegos de mesa mientras nuestros seres queridos estaban celebrando. Pudimos convivir y disfrutar de la compañía de nuestros amigos. Me sentí como cuando estábamos en la universidad y Ceci vivía en México. Rejuvenecí unos años y me sentí muy feliz pero también un poquito triste: sentí el peso de la distancia entre Phoenix y la Ciudad de México.
El 25 de diciembre, Navidad, comimos todos juntos. Ceci, experta en la cocina, preparó esta comida tan especial: una crema de tomate, pavo al axiote, pan relleno de queso, ensalada de manzana y chocolate de postre. Un menú exquisito donde nos consintió a todos los invitados. Estos son los momentos en la vida en los que me siento la más afortunada y agradecida. Después de unos meses duros, en esa tarde cálida y luminosa, fui feliz. Sobra decir que compartimos anécdotas, alegrías, música, vida. ¡Feliz Navidad, muy feliz Navidad!
Nuestros últimos días fueron tranquilos: visitamos algunos centros comerciales (outlets) y pasamos tiempo con Ceci y su familia (nuestros queridos amigos). No somos millonarios, pero me hizo sentir muy bien que en este viaje si pudimos consentirnos un poquito. ¡Rebeca estaba muy contenta! Yo debo confesar que cada día me enamoro más de la carrera. Me compré unos tenis, ropa y tines para correr.
Mi última visita al Parque César Chávez fue especial: me sentí muy feliz corriendo, lo disfruté como no lo había hecho en meses y tuve la certeza de que iba a estar bien. Avancé a buena velocidad en una mañana llena de sol. Este año no vivimos el invierno en Phoenix: todos los días hizo muchísimo calor. Las heladas llegaron cuando nos fuimos. Extrañaré este bonito lugar donde podía correr cerca del agua. Sentí nostalgia al despedirme.
Un día antes de irnos tuvimos un pequeño percance con las llantas del coche (fue necesario cambiarlas). Tuve la oportunidad de pasar la tarde con Ceci. Me llevó a su librería favorita y pude comprarme un par de libros a un precio accesible. A ambas nos encanta leer. Gracias a ella pude cumplir con mi tradición de comprarme un libro en cada viaje al extranjero. Después pasamos una tarde tranquila haciendo smores y comiéndolos. ¡Delicia!
Una tarde haciendo S’mores
Una vez listo el coche, empacamos de una vez pues nos iríamos muy temprano a la mañana siguiente. Fue una aventura hacerlo pues se arruinó la cerradura de la cajuela y ya no podía abrirse. Afortunadamente en el interior del coche los asientos podían ajustarse y así pudimos meter nuestro equipaje a la cajuela. Nos tomó casi una hora hacerlo. ¡Qué relajo! ¡Lo logramos!
Cenamos todos juntos y me quedé con un enorme nudo en la garganta al decir buenas noches. Esa era nuestra última noche allá. ¡La última!
Adiós Phoenix, adiós queridos Ceci, Fer y Fernandito. Nos despedimos con un muy fuerte abrazo y salimos de su casa antes de que amaneciera. La noche anterior Ceci nos había preparado unos panquecitos de plátano para el camino. También nos dio yoghurt, sandwiches de pavo, salsa de cranberry. Nos consintió todos los días que estuvimos allá. Nos sentimos siempre en casa. Me sentí muy triste en el camino. ¡Fue tan difícil decir adiós! Lloré mientras comenzaba a amanecer y dejábamos atrás su casa.
Nos gusta viajar en coche y llegar desde la Ciudad de México a Phoenix, Arizona, no fue suficiente: nos faltaba visitar el Gran Cañón. Para hacerlo fue necesario madrugar pues nos esperaban más de seis horas de carretera para llegar a nuestro destino.
El Gran Cañón fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1979. Fue creado por el Río Colorado hace millones de años y es un milagro de la naturaleza. Tengo el sueño de poder acampar ahí unos días en algún momento de mi vida y no solamente contar con unas horas para visitarlo. Hay tanto que ver, que recorrer que tres horas no bastan; sin embargo, sí son suficientes para que el corazón se llene de alegría y nos conectemos con esta increíble fuerza de la naturaleza. Con esas tres horas nos bastó para quedar agradecidos y saber que tantas horas en el coche valieron la pena.
Tuvimos la suerte de visitar el Parque Nacional del Gran Cañón unos días antes del Cierre de Gobierno en Estados Unidos. Llegamos al parque como a las dos de la tarde a la zona del South Rim, que también es muy amplia, sólo pudimos conocer un poquito. La distancia de la entrada del parque al Gran Cañón es un poquito larga, nos tardamos más de veinte minutos en llegar. Íbamos bien abrigados pues hacía mucho frío, sobre todo debido al viento que pegaba duro y era helado. Bajarnos del coche fue toda una aventura.
No caminamos mucho para encontrarnos frente a frente con el Gran Cañón. ¿Qué puedo contarles? Que me resultó imposible fotografiarlo todo, que las palabras no me alcanzan para describirlo, que me sentí muy pequeña y, a la vez, llena de admiración por la naturaleza, que el viento, a pesar del frío, me conmovía y me recordaba lo efímera y grandiosa que es la vida.
Gran Cañón, Arizona
La primera vez que visité este lugar hace ya varios años (y también sólo por unas horas) me encontré con aquel lugar que ya había soñado varias veces y que me impactó mucho encontrar en la vida real. A veces sueño con maravillas de la naturaleza, con colores increíbles, con lugares fascinantes y abro los ojos decepcionada de saber que no fue real. Sin embargo, el Gran Cañón lo es y estaba ahí, frente a mis ojos, recordándome que la Tierra es un paraíso que la mayor parte del tiempo no sabemos apreciar.
Gran Cañón, Arizona
Gran Cañón, Arizona
Estar ahí, ante tal espectáculo nos llevó a estar en silencio, admirando cada kilómetro. Nuestra tristeza se disolvía: en este lugar infinito renació nuestra sonrisa. El viento cantaba y a mí me dieron ganas de bailar. Lo mejor fue ver la sonrisa de Rebeca, verla a ella brillar de nuevo. Siempre he pensado que la naturaleza es la mejor doctora, el tratamiento perfecto para salir de las tinieblas y abrazar la vida de nuevo.
Gran Cañón, Arizona
Lo mejor fue ver la sonrisa de Rebeca Gran Cañón, Arizona
Me encantaría recorrer el cañón sin prisa y poder pasar la noche en este parque. Es un sueño que tengo desde la primera vez que vine y que espero pueda cumplirse en algún momento de mi vida.
Caminamos algunos kilómetros, esas tres horas recorriendo el Cañón pasaron volando. El vértigo no fue tan fuerte como la sensación de bienestar que nos invadió en ese momento. Jea dijo que sólo por el hecho de estar frente a esta maravilla valieron la pena las horas de carretera. Estoy de acuerdo con él. Todos sanamos un poquito en esa visita. Reímos y soñamos mucho también.
No hay más palabras, me quedan las fotos y la felicidad de haberme conectado con la naturaleza, con mis sueños, con mi familia en ese breve lapso de tiempo.
En el camino de regreso a Phoenix, vimos un atardecer soberbio. Me maravilla el cielo de la carretera, siempre libre de luces y edificios. Llegamos exhaustos a Phoenix pero también muy contentos. ¡Me encanta viajar en coche!
Atardecer en la Carretera del Gran Cañón a Phoenix
Atardecer en la carretera del Gran Cañón a Phoenix
Atardecer en la carretera del Gran Cañón a Phoenix
Estábamos de vacaciones en Phoenix pero no por eso yo dejaría de entrenar: necesitaba un lugar para correr. Le pregunté a mi amiga si conocía un parque cercano y seguro al que pudiera ir y la mañana siguiente me llevó al Parque César Chávez. Tuvo razón cuando me dijo que ese lugar me iba a encantar. No sólo era perfecto para correr (la pista es de casi tres kilómetros) sino que en el centro hay un lago enorme con muchos patos nadando ahí. La vista era impresionante y me sentí muy contenta, lista para correr mis doce kilómetros.
Me tocó vivir un amanecer hermoso y no pude evitar tomar fotos antes de empezar a entrenar.
Cesar Chavez Park, Phoenix Arizona
Cesar Chavez Park, Phoenix Arizona
Cesar Chavez Park, Phoenix Arizona
Es un lugar tranquilo, a esa hora había pocos corredores y me emocionó que la mayoría éramos mujeres. En este parque varias personas llevan a pasear a sus perros y también hay quienes van a pescar. Las veces que fui me encontré gente amigable que me saludaba con una sonrisa. Me sentí como en casa y con la certeza de que extrañaría este lugar una vez que regresara a casa.
Hay muchos parques que visitar por esta zona y no sólo para correr o pescar o pasear al perro, también para escalar, caminar, andar en bicicleta, convivir con la naturaleza, andar en lancha, hacer deportes extremos. Teníamos planeado ir a Beach Park, en Tempe, pero antes necesitábamos almorzar.
A unos minutos del César Chávez, hay un restaurante donde se desayuna muy bien: Black Bear Diner. Aquí nos olvidamos un poco de la comida rápida y quedamos satisfechos. Los meseros son agradables y los platos están bien servidos. Pedí unos huevos benedictinos con papa hash brown. No es un lugar barato, pero cumplió con mis expectativas.
Black Bear Diner, Phoenix
Huevos Benedictinos, Black Bear Diner, Phoenix
Tempe está muy cerca de Phoenix, sólo nos tomó unos minutos llegar a Beach Park. En este parque hay un gran lago para pasear en lanchas de pedales y esa era nuestra idea a pesar de que el sol estaba muy intenso- quizá demasiado para ser invierno- pero las lanchas sólo tenían espacio para dos personas y nosotros éramos tres. Así en lugar de pasear por el lago, dimos la vuelta pedaleando en tierra en un pequeño «coche» con pedales. Parecía un viaje sencillo, pero en realidad no lo fue. A las personas sentadas en las orillas, les tocaba pedalear, sólo quien se sentara en el centro podía disfrutar de la vista sin hacer un esfuerzo físico… la mayor parte del tiempo esa persona afortunada fui yo: me dediqué a tomar video mientras Jea y Rebeca pedaleaban.
Beach Park, Tempe
Beach Park, Tempe
Beach Park, Tempe
Estuvo divertido el recorrido pero también agotador: no estábamos preparados para sentir tanto calor en diciembre. Es un hecho que el verano no será una buena época para visitar estos lugares: nos derretiríamos.
Beach Park, Tempe
Beach Park, Tempe
Beach Park, Tempe
Paseando en Beach Park, Tempe.
Nuestra aventura duró un par de horas. Estuvimos a gusto. De regreso queríamos dar la vuelta por el centro de Tempe (que es muy bonito) pero ya no tuvimos oportunidad de hacerlo. Queda el recorrido pendiente para la próxima vez que vayamos.
En South Mountain encontramos un parque bonito para ir con mi amiga a pasear a los perros. Me parece que aquí también es posible escalar y me encantó caminar por los saguaros y ver las flores que nos encontramos ahí, como es zona desértica, son pocas las flores que vimos en nuestro viaje, por eso me emocioné mucho. Soy feliz en la naturaleza y me sentí muy bien rodeada de cerros y saguaros.
South Mountain, Phoenix
South Mountain, Phoenix
South Mountain, Phoenix
South Mountain, Phoenix
South Mountain, Phoenix
South Mountain, Phoenix
South Mountain, Phoenix
South Mountain. Phoenix, Arizona.
Vimos una foto de Hole in the Rock (Agujero en la Piedra) y nos dio curiosidad visitarlo, se encuentra en Papago Park. Según lo que leí, en este parque se pueden realizar deportes extremos y me parece que es enorme. Nosotros sólo conocimos la parte donde está el Agujero en la Roca, justo al lado del zoológico.
Hay dos lagos en esta parte del parque. Si viviera en este lugar, visitaría Papago Park con mi cuaderno y me sentaría en una de las bancas con vista al lago. Creo que sería un buen lugar para escribir. Vimos patos y tortugas. Estábamos encantados, felices en este pequeño paraíso.
El Agujero en la Roca es una formación geológica natural muy grande. Había mucha gente subiendo para llegar al agujero y poder tener una vista panorámica del lugar. Quería escalar y llegar ahí, pero no traía los zapatos adecuados y no me sentía segura, afortunadamente se puede llegar por la parte de atrás y disfrutar de la vista sin hacer tanto esfuerzo físico. Eso es genial pues cualquier persona puede llegar sin necesidad de tener una buena condición física o de llegar al agotamiento.
No sentí vértigo. Me quedé unos minutos maravillada, en paz. A los tres nos quedaron ganas de volver. Estuvimos tranquilos y contentos en este bonito lugar.
Papago Park Arizona
El desierto de Arizona nos dio la bienvenida y yo, agradezco. El tiempo se estaba acabando y todavía nos faltaba mucho por ver.
Después de visitar el Museo de Arte en Phoenix, fuimos a Old Town Scottsdale, donde nos encontraríamos con mi amiga un par de horas después.
Nunca había oído hablar de este lugar. Mi amiga me dijo que era como un pueblo vaquero y que era un buen lugar para caminar, lo cual nos venía bien después de haber comido hamburguesas.
Old Town se fundó en en 1888 cuando Winfield Scott compró 640 acres y plantó dos olivos en Second Street, olivos que aún pueden verse hoy en día. En este pueblo se encuentra el Museo Histórico de Scottsdale que espero poder conocer en nuestra próxima visita.
Old Town conserva su apariencia antigua y pasear por ahí es un poquito como transportarse al pasado, a finales del siglo XIX, claro si no fuera por los coches modernos estacionados en sus calles.
Old Town, Scottsdale
Arizona
Old Town, Scottsdale
Arizona
Old Town, Scottsdale Arizona
Llegamos cerca del atardecer y eso le daba al lugar un color especial, un tanto romántico. Esta vez no fuimos a museos ni nada por el estilo, sólo paseamos por sus calles y lo disfrutamos. Old Town está lleno de tiendas y restaurantes. Al llegar pasamos por un jardín muy bonito con esculturas de nativos americanos y un poco más adelante había un gran árbol de navidad.
Old Town, Scottsdale
Old Town, Scottsdale
Old Town, Scottsdale
Old Town, Scottsdale
Hay muchas tiendas en las que venden arte de los nativos americanos que a mí me gusta mucho. Cada vez que entraba a una me parecía estar dentro de un museo. Vi esculturas que me encantaron y muchos dijes fabulosos. Quizá me habría comprado alguno, pero los precios son inalcanzables. En general las tiendas de esa zona son excesivamente caras así que no compramos nada; sin embargo, son muy llamativas y me daban ganas de entrar a todas.
Old Town, Scottsdale Arizona
Old Town, Scottsdale Arizona
Old Town, Scottsdale Arizona
Y los restaurantes no se quedan atrás. Me imaginé disfrutando de la comida italiana al atardecer en las mesas al aire libre del Italian Grotto. Quizá para la próxima vez. También encontramos un lugar donde tocaban música country en vivo por las noches, desafortunadamente no recuerdo el nombre.
Old Town, Scottsdale Arizona
Mi breve visita a Old Town, Scottsdale
Llegó la hora de reunirnos con mi querida amiga en el Sugar Bowl. El Sugar Bowl Ice Cream Parlor es uno de los atractivos más antiguos de este pueblito: abrió en Nochebuena de 1958 y conserva la apariencia de este entonces. Entrar ahí fue como regresar el tiempo varias décadas. ¡Hace tanto tiempo que no visitaba una heladería así! Me recordó mi infancia cuando pedir un Tres Marías no sólo era común sino también genial. Me conquistó este lugar desde la entrada.
Sugar Bowl Ice Cream Parlor, Scottsdale Arizona
Sugar Bowl Ice Cream Parlor, Scottsdale Arizona
La comida aquí es buena pero yo lo que deseaba era un helado, un helado grande de chocolate con crema batida y me emocioné casi tanto como cuando era niña. Lo mejor fue que superó mis expectativas: intenso sabor a chocolate, dulce como mi infancia, feliz como esa velada con mi familia y mi amiga tan querida. La felicidad está hecha de momentos y sabores como esos.
Sugar Bowl Ice Cream Parlor, Old Town Scottsdale
Sugar Bowl Ice Cream, Old Town, Scottsdale
Sé que nos falta mucho por conocer de este lugar y confío en que podremos hacerlo la próxima vez…