Cinco kilómetros diarios, ocho recorridos diferentes y la emoción de correr con mi mejor amigo.

Mi único entrenamiento durante mi viaje a Pittsburgh era correr cinco kilómetros diarios. Unos días antes de tomar el avión, cuando hablé con mi muy querido amigo Fabricio, le pregunté si cerca de su casa había un parque donde pudiera entrenar y me dijo que sí, que cerquita de su casa (aunque era un camino poco pesado: muchas pendientes) y también a unos cuantos minutos (en coche) había un parque. ¡Genial!

A él también le gusta correr. De hecho, hace algunos años participó en un maratón. Llegué a Pittsburgh con el sueño de correr con él uno o dos días. Lo que nunca me imaginé es que me acompañara los ocho días que estuve ahí y que, además, me llevara por un recorrido diferente cada día. Él tenía ya un rato sin correr y quería empezar de nuevo. ¡Así comenzó nuestra aventura de cinco kilómetros diarios llenos de diferentes retos!

El primer día fuimos al Great Allegheny Passage, un largo camino que va desde Pittsburgh a Washington D.C. . Nosotros esa mañana estuvimos por la zona de Sandcastle. . Fue una ruta tranquila, mayormente plana y cerca del río. Avanzamos siempre rodeados de árboles. Alrededor de nosotros pasaban algunas mariposas y vi un pájaro rojo grande volar frente a nosotros. Fuimos a buen ritmo, disfrutándolo. Después de haber pasado tanto tiempo en el avión el día anterior, esta carrera me cayó muy bien.

Great Allegheny Passage

La mañana siguiente también fuimos al Great Allegheny Passage pero ahora en la zona de Southside. Una vez más corrimos rodeados de árboles, con algunas mariposas y un pájaro rojo muy parecido al que vi el día anterior. Ahora también pudimos ver el río, algunos puentes y parte del centro de la ciudad.

Corrimos un poco más tranquilos que el día anterior. No fue complicado pues el camino era mayormente plano. Me encantó la vista: yo me siento feliz rodeada de naturaleza y agua. Fue genial correr cerca del río. ¡Pittsburgh me encanta! Fabricio aguantó bien aunque le encantaba “reclamarme” que lo obligara a correr. No sólo disfruté estos 5 kilómetros, también me divertí mucho.

El tercer día ni siquiera intenté levantarme temprano (el día anterior estuvimos paseando hasta tarde y estaba un poco cansada). Una parte de mí no quería entrenar: la flojera ya se había instalado en mi cuerpo. Por fortuna Fabricio no pensaba lo mismo y alrededor del mediodía nos fuimos a correr. Estaba segura que a esa hora moriríamos de calor, no sabía que nuestro camino estaría lleno de árboles enormes que nos regalarían mucha sombra.

Fuimos a Three Rivers. Me maravilla la naturaleza y este recorrido fue muy verde. A pesar de la sombra, sí se sintió el calor, sudé un poco más que los días anteriores.

Es muy diferente correr acompañada a correr sola. La mayor parte del tiempo íbamos casi al mismo paso, ocasionalmente comentábamos algo y fue una nueva forma de convivir con él. Esos pequeños detalles en la vida son los que me hacen sentirme muy afortunada y agradecida. No sólo estaba haciendo algo que me encanta sino que lo estaba compartiendo con mi mejor amigo.

Esta ruta también fue bastante tranquila, casi ninguna pendiente y el mayor reto fue cruzar las vías del tren. Fueron tres días de recorridos mayormente planos y no me imaginé los retos que mi querido amigo escogería después…

El cuarto día nuestro recorrido se puso más interesante. Se acabaron los recorridos planos. Fueron cinco kilómetros en Schenley Park, un lugar bien bonito, siempre verde, con pendientes y también escaleras. Por lo tanto, aquí subimos, bajamos, subimos y bajamos escaleras. Tengo las piernas fuertes para subir pero no para bajar: me cuesta mucho hacerlo. A él le sucede lo contrario: odia subir pero le gusta bajar. Me emocioné mucho con este reto y contrario a lo esperado, me llené de energía. Sonreí la mayor parte del tiempo y me atreví a bajar con más velocidad aunque siempre con precaución. En el pasado una vez me lesioné por no saber correr en pendientes. ¡Ahora ya puedo hacerlo sin lastimarme! Como en los días anteriores y como en casi todo Pittsburgh, estábamos rodeados de verde. ¿Qué puede ser mejor que eso?

No imaginé que en este viaje saliéramos de Pittsburgh, pero mis amigos me sorprendieron con un viaje un par de días. El primer día fuimos a Oakland, en Maryland. Es un pueblito pequeño pero, por lo que pude apreciar, muy acogedor.

Para los kilómetros del quinto día, Fabricio buscó un recorrido en internet. No tenía idea de que hay varios corredores que publican un mapa con el camino que hicieron, con recomendaciones e inclusive nivel de dificultad incluidos. Encontró uno que nos llevaba alrededor del pueblo y que era de cinco kilómetros: Oakland Town Trail. Con su GPS y siguiendo el mapa, él fue lidereando la carrera, yo lo seguía impresionada por la vista a nuestro alrededor. Sólo nos equivocamos en una vuelta y rectificamos a los pocos minutos.

Fue muy interesante porque empezamos corriendo en la banqueta, viendo las tiendas y las casas de este pueblito, después entramos en un camino rodeado de árboles, con muchas pendientes. Corrimos en puentes de madera, cruzamos calles, pasamos por más pendientes. Estuvo un poco intenso el camino (más que los días anteriores) y aunque nunca creí cansarme con cinco kilómetros, confieso que me cansé un poquito. Por supuesto, también tiene que ver el hecho de que estábamos corriendo diario (algo que nunca antes había hecho: mis entrenamientos consisten en correr un día sí y un día no). Esta vez fue así para volver a tener condición (antes del viaje estuve días en reposo) y estar lista para las carreras que vienen.

Me dio mucha seguridad correr The Oakland Town Trail. Me gustó que hubiera tantas pendientes. Una vez más me sorprendió mi fuerza para las subidas y eso aumentó la confianza en mí misma. Fui muy precavida con las bajadas y les perdí un poco el miedo. No sólo fue un entrenamiento, también fue un buen paseo por Oakland. ¡Recomiendo esta ruta a quien visite ese lugar!

Después de Oakland en Maryland, me llevaron a Ohiopyle en Pennsylvania. Fabricio encontró otra ruta interesante en internet y era en Jumonville. Para alguien a quien no le gustan las subidas, escogió un recorrido que comenzó con una pendiente enorme: me impresioné nada más al verla. Llovió la noche anterior, todavía no salía el sol (fuimos temprano) y había mucha niebla. No teníamos ni idea del gran reto que teníamos en frente. Se supone que era un camino de dificultad moderada, pero no fue así, fue mucho más que “moderada”, fue muy complejo. Estos kilómetros fueron a campo traviesa y tan sólo caminar era un gran reto pues además de la pendiente muy empinada, había que lidiar con las ramas en el suelo, con el lodo que complicaba todo pues el riesgo de resbalarse era grande. Nunca lo hubiera imaginado pero hicimos más de diez minutos por kilómetro, trotamos la mayor parte del tiempo pero en ciertos lugares a duras penas podíamos caminar.

En fin. Comenzamos con esa subida que se veía enorme. El camino estaba cubierto de niebla y de repente apareció ante nosotros una enorme cruz. Confieso que cuando apenas se percibía, me pareció muy escalofriante. La sensación cambió ya que la pudimos ver con claridad cuando estuvimos frente a ella. Se trata de la Gran Cruz de Cristo (Great Cross of Christ) que mide casi veinte metros de altura. A toda gran subida le corresponde una gran bajada. Me armé de valor y seguimos avanzando.

Durante el camino me decía una y otra vez: “Tengo las piernas fuertes, claro que puedo, sí puedo”. Cruzamos puentes, subimos y bajamos constantemente no tuvimos ni un momento para relajarnos donde el camino fuera plano (recto). Lo más duro fue cuando además del lodo, teníamos que ir por lugares bien empinados y esquivar las ramas que estaban tiradas en el camino. Eso sí, el lugar era impresionante. Los árboles tan altos bloqueaban la luz y estaba oscuro. Avanzamos entre sombras y humedad. Cruzamos puentes, escalamos, más adelante subimos y bajamos escaleras. Apenas llevábamos poco más de tres kilómetros y ya estábamos agotados; sin embargo, seguimos adelante: no nos íbamos a dar por vencidos. Llegaríamos a cinco kilómetros lloviera, tronara o relampagueara.

Quizá somos un par de locos, pero nos gustó el reto. Hace tres años no habría sido capaz de terminar ese recorrido. No lo hubiera logrado y seguramente me habría lesionado. Ahora pude hacerlo. Sí, no niego que en ciertos momentos me puse un poco nerviosa pero siempre tuve la certeza de que lo lograría y así fue. Ya cada vez nos faltaba menos. Pasamos por un lago y me emocioné. Siempre me alegra estar cerca del agua. Le dimos la vuelta. Cuando volvimos a pasar por ahí, ya estábamos a menos de un kilómetro de llegar al final. ¡Estos cinco kilómetros los sentimos como si fueran diez! Terminamos exhaustos y bañados en sudor pero con una sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo me sentí todopoderosa, lejos de aquella Carla que se sentía poca cosa e incapaz de hacer las cosas. Si algo me quedó muy claro esa mañana fue que SÍ PUEDO.

Una de las razones por las que amo correr es que me ayuda a tener una mejor autoestima, una mejor imagen de mí misma. Agradezco ese recorrido y la oportunidad de vivirlo con mi amigo.

Para el día 7, ya estábamos de regreso en Pittsburgh. Uno pensaría que después del reto del día anterior, quizá lo tomaríamos con calma. Al menos eso creí yo. Nos imaginaba corriendo en un lugar tranquilo, sin pendientes. Por supuesto, no podría estar más equivocada. Me parece que Fabricio ya se había emocionado con esto de correr cinco kilómetros diarios y todavía en Pittsburgh buscó otra ruta en internet. No fue tan severa como la del día anterior, pero definitivamente tuvo sus momentos intensos. Corrimos alrededor de Schenley Park y también en el Schenley Panther Hollow Trail.

A pesar de que nos fuimos temprano, nos acompañaba un sol intenso. De nuevo muchas pendientes. Todavía no entiendo cómo mis rodillas aguantaron tantas bajadas. Una parte del camino corrimos en la banqueta e inclusive cruzamos algunas calles (afortunadamente allá no hay tantos coches como acá, así que no sentí miedo). Si creí que me libraría de las escaleras, me equivoqué. Esta vez sí subimos y bajamos muchas escaleras. Muchas. ¡Qué locura correr así, pero fue genial!

Todo pasa, también los momentos más felices. Mi viaje llegaba a su fin y también el tener un compañero para correr. El día ocho correríamos nuestros últimos cinco kilómetros. No salimos temprano, fuimos al parque cuando el sol estaba fuerte a las dos de la tarde. Fabricio escogió un lugar donde hubiera sombra para que pudiéramos aguantar el recorrido. Fuimos a South Park. Correr entre los árboles siempre ayuda. Tenía esta agridulce sensación del último día: emoción por correr juntos una vez más, tristeza de que fuera la despedida.

Una vez más corrimos a campo traviesa aunque no tan intenso como en Ohiopyle. Muchas pendientes, ocasionalmente un poco de lodo y algún tronco que esquivar. Lo pude hacer muy bien pero confieso que las bajadas me resultaron un poco difíciles. Aunque la sombra ayudó mucho, a ratos sí pegaba fuerte el calor. Vi algunas mariposas, de nuevo el pájaro rojo que tanto me gustó el primer día y escuchamos a los pavos, algo nuevo para mí.

Subimos, subimos y subimos. Por consiguiente, después bajamos, bajamos y bajamos. Las piernas me temblaban un poco. Tomé las bajadas con mucha calma, me fue bien. Tengo muy claro necesito estar más fuerte para bajar. Todavía no puedo hacerlo con soltura ni con confianza tampoco. Por el contrario, descubrí que soy fuerte para las subidas y que las disfruto mucho. En resumidas cuentas: conocí mis fortalezas y también mis debilidades. Eso me dejó muy satisfecha.

Fabricio iba a buena velocidad en las bajadas, pero nunca me dejaba muy atrás. Después yo lo alcanzaba en las subidas. Fue increíble. Para el kilómetro cinco yo ya estaba empapada en sudor. Terminamos prácticamente con la lengua de fuera. ¡Qué delicia terminar tan exhausta! ¡Corrimos un total de 40 kilómetros en ocho días!

Esta aventura de correr diario supero mis expectativas. Espero en un futuro no tan lejano podamos volver a correr juntos. Mientras tanto, ya en casa, seguiré entrenando duro para cumplir mis metas.

~ por Naraluna en julio 2, 2019.

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