Roadtrip y una Navidad en Phoenix, Arizona. De la Ciudad de México a Acuña.

•enero 19, 2019 • Dejar un comentario

Se ha vuelto una tradición en nuestra familia viajar en coche, es algo que disfrutamos mucho. Nuestro primer viaje tan largo fue hace tres años también a Phoenix, Arizona. Estábamos muy emocionados por repetir la experiencia y esta vez tomamos un camino diferente. Esto nos permitió conocer otros lugares de nuestro país y también de Estados Unidos.

La ventaja de viajar en coche es que siempre hay lugares que descubrir y muchos paisajes que ver. La carretera es ideal para ver amaneceres y atardeceres espectaculares.

Para hacer el camino más agradable estas vacaciones, mi familia y yo creamos una playlist colaborativa en Spotify. Lo planeamos meses antes de realizar el viaje y cada día íbamos agregando las canciones que nos vinieran a la mente. Nos quedó una mezcla interesante y muy diversa de más de 800 canciones que nos acompañarían en nuestro recorrido. Nuestra lista iba desde Led Zeppelin, David Bowie, Depeche Mode, The Cure, Zappa a Caribe Funk, El Cuarteto de Nos, música electrónica, new age, ópera e incluso una que otra misa… ¡Una mezcla extraña pero que nos funcionó muy bien! Fue la mejor idea y hemos decidido seguir agregando canciones para los viajes venideros. Descargué la playlist en mi celular para no depender del internet y poder escuchar música en las zonas sin señal. Esta locura musical nos hizo felices a los tres y nos alegró mucho el camino. Teníamos la selección de música perfecta y sin repeticiones.

Salimos de la ciudad el viernes en la tarde con la intención de pasar la noche en San Luis Potosí, en casa de nuestro querido amigo Lorenzo, quien por cierto nos acompañó en esta primera parte del recorrido.

Nos fue bastante bien en la carretera: casi no había tráfico. Por primera vez en años, no estaban haciendo reparaciones en la carretera a Querétaro así que todos los carriles estuvieron funcionando todo el tiempo.

Siempre disfruto mucho mirar al cielo a través de la ventana, buscar figuras en las nubes, soñar despierta. Por esta razón rara vez me aburro en la carretera. Nos tocó vivir el atardecer. Tomé algunas fotos y – esta vez- también video. Para estas vacaciones me compré una videocámara pequeña (del tamaño de mi mano) y empecé a experimentar con ella.

Así el cielo en la carretera a San Luis Potosí



Llegamos a San Luis Potosí después de las nueve de la noche. Cenamos tacos hasta llenarnos. Después, por fin, ya en la casa de Lorenzo nos fuimos a dormir. Tuve el sueño tan profundo que cuando desperté no sabía ni dónde estaba.

Nos levantamos muy temprano para continuar con nuestro camino. Ese día nuestro destino era Acuña, la frontera. Nos esperaba un largo trayecto en el coche. Lorenzo nos preparó un café en la mañana. Partimos con la promesa de regresar allá para quedarnos un fin de semana. ¡Confío en que sea pronto! ¡Quiero visitar Real de Catorce!

Desayunamos en la carretera de San Luis Potosí en un restaurante llamado La Estación. Allí había un bufet muy completo, rico y no tan caro. Nos gustó este lugar. Seguimos avanzando. El cielo estaba fabuloso esa mañana y a nuestro alrededor todavía había muchos árboles. Más adelante, conforme nos acercáramos al desierto, el verde desaparecería.

Cielo Carretera de San Luis Potosí

Escuchando música el viaje se hace más ligero. Pasamos Matehuala y después, en Coahuila vimos una panadería donde vendían embarazadas. No se asusten, es un tipo de pan dulce. Tenía mucha curiosidad y me compré una. Son conchas (como las que comemos aquí en la ciudad) pero están enormes.

Embarazada. Pan dulce.

Más adelante está Arteaga, pueblo mágico en Coahuila. Ahí nos encontramos con un monumento a la Revolución de cuya existencia no sabíamos nada. Según lo que estaba escrito, en ese lugar se fomentó la revolución del Sr. Don Francisco I. Madero en 1910. Hicimos una pausa y nos bajamos del coche para tomarle fotos. Rebeca estaba muy emocionada pues le encanta la historia.

“En este lugar se fomentó la revolución del Sr. Don Francisco Madero en 1910.” Arteaga, Pueblo Mágico en Coahuila

Después pasamos por Monclova. ¡Qué bella la vista en esa carretera! Por ahí comimos, en un Subway, era lo único que había en el camino en ese momento. En este tipo de viajes, se come donde se puede, no siempre es posible desviarse, otras veces no hay mucho tiempo.

Carretera en Monclova

Por ser invierno oscureció muy temprano. Antes de las siete de la noche ya casi no había luz. Me puse un poco nerviosa porque éramos casi los únicos en la carretera; sin embargo, el camino fue seguro y no tuvimos ningún contratiempo.

Ya cerca de Acuña hay dos pueblitos: Morelos y más adelante, Zaragoza. Escogimos ir por este camino porque en Zaragoza nació mi suegra, a quien me hubiera encantado conocer. Fue emotivo pasar por ese acogedor pueblito. Me entristeció un poco que ya fuera de noche, porque hubiera sido bonito pasear por la plaza y tomar un helado. Ojalá en un futuro tengamos oportunidad de hacerlo.

Morelos, un pueblito en Coahuila

Llegamos a Acuña poco después de las nueve, no era tan tarde. Nos quedamos en la casa de un amigo de mi cuñado quien nos hizo sentir bienvenidos en su casa. No cenamos. Ninguno de los tres tenía apetito. Llevábamos día y medio comiendo en la calle, eso tiene sus consecuencias. Mi estómago necesitaba un descanso para recuperarse.

¡Ya estábamos en la frontera! ¡Al día siguiente continuaríamos nuestro camino ahora en Estados Unidos! No iríamos directamente a Phoenix, antes nos desviaríamos un poco para visitar Roswell, la ciudad de los extraterrestres…

A diferencia del viaje anterior hace tres años, esta vez no llegamos en la madrugada ninguno de los dos días y pudimos dormir varias horas. Caí rendida en la cama y me dormí feliz, lista para la aventura que teníamos en frente.

Feliz 2019… ¿ahh, sí?

•enero 18, 2019 • Dejar un comentario

Feliz año 2019 para ustedes, deseo que tengan un muy buen año y que pongan todo de su parte para que lo sea.

Espero también tener un buen 2019, sé que mayormente eso depende de mí y que en este momento no tengo entusiasmo. Me cuesta mucho trabajo disfrutar las cosas que me gustan. Así que no, no escribiré sobre el año nuevo ni tengo una lista de propósitos ni nada por el estilo.

2019

A decir verdad, la pluma no me está dando alivio: estoy harta de ella y de jugar a las escondidas con las palabras. Para colmo, mi autoestima se fue de vacaciones y todavía no regresa. La voz del espejo a menudo me recuerda lo insignificante que debería ser.

Si pudiera pedir un deseo sería el poder amarme más. ¡Cualquier cosa! Ni siquiera la magia de Merlín podría cumplírmelo. Eso es algo que depende de mí y lo más divertido es que no tengo ni idea de cómo hacerlo. Crecí convencida de que pensar en mí era egoísta y, por consiguiente, malo. Por supuesto no me costó ningún trabajo volverme experta en criticar todo lo que hago. ¿Logros, cualidades? ¿Qué diablos es eso?

¡Claro que no me importa el qué dirán! (Siempre y cuando no se trate de las personas cercanas a mí). Mi lema siempre ha sido más vale sola que mal acompañada pero me muero si me rechazan mis seres queridos. ¡Y qué mejor que dedicarme a encontrar maneras para llenar sus expectativas! Eso no es para nada agotador ni mucho menos doloroso. ¡Ja! Lo más genial es que siempre habrá alguien para quien no importe lo que yo haga, pues nunca será suficiente. A ver si este año por fin aprendo a dejar de mirarme con los ojos de los demás en lugar de usar los míos.

Me he dedicado a tirarme piedras y a permitir que me las tiren los demás. Mi deseo por ser querida me dejó sin identidad. Pero no todo es malo: también me quitó las ganas de andar por la vida llenando expectativas ajenas y preocuparme por los juicios que otros hagan sobre mí.

Feliz año 2019. Mi único propósito es aprender a amarme y cuando lo logre voy a estar bien.

Nada del Otro Mundo

•noviembre 23, 2018 • 1 comentario

Esta tarde, después de varias semanas, volví a escuchar el canto de los grillos y en ese momento me di cuenta de lo abstraída que he estado pues ni siquiera había notado su ausencia.  A pesar de mi melancolía, me alegró saber que estaban ahí,  acompañándome con su música una vez más…

Cuando era adolescente solo estaba segura de una cosa: quería ser escritora. Escribía cuentos y soñaba con compartir mis mundos con los demás como varios autores lo habían hecho conmigo (no es ningún secreto que por mucho tiempo los libros fueron casi mis únicos amigos). Llenaba cuadernos de poemas y además de cuentos, también escribía cartas a mi amigo invisible (el confidente que anhelaba tener).  Tuve dos intentos de novela: uno que rompí y otro que tengo muy escondido en un cajón que nadie abre nunca.   

Al crecer no abandoné ese deseo y mi pluma me acompañaba a dondequiera que yo fuera; sin embargo, conforme pasaba el tiempo empecé a verme como una  persona aburrida, hecha de lugares comunes, sin talento. Seguí escribiendo pero todo lo guardaba en el mismo cajón junto con aquella novela.

Hace algunos años me propuse compartir lo que escribiera (así nació este blog). Eso me ayudaría también a construir la confianza en mí misma que me permitiría expresarme sin autocensura. Me parecía estar lista para irme abriendo camino pero muy en el fondo seguía creyéndome aburrida y el mayor lugar común del planeta Tierra. 

Por eso no fue una sorpresa que durante el verano me quedara sin palabras y con la certeza de no tener nada que ofrecer. Un poco después de eso un tornado me arrastró consigo.  Casi me ahogo en el caos del dolor, las crisis de ansiedad y los ataques de pánico.  Había perdido mi única manera de sobrevivir (nunca había estado tan lejos de mi amada pluma como estos meses).  Me aferré a correr, a mis entrenamientos como un náufrago a un bote salvavidas y pude mantenerme a flote

Cuando estoy fuera de casa, si estoy sola en el pesero o caminando en la calle, a menudo me lleno de ideas y me entusiasmo pensando en escribirlas, dibujarlas o volverlas un video. A la hora de llegar a casa para ponerme a trabajar en ellas, sólo tengo una cosa clara: esto no sirve para nada, no tengo nada interesante que compartir. Entonces el dolor se vuelve más intenso y quedo a merced de los pensamientos ansiosos que me dejan vacía y exhausta.

No sé dónde empezó mi dolor ni porqué me colgué la etiqueta de aburrida. Sólo sé que esta noche necesito acabar con el silencio.  Quiero reconciliarme con las palabras. Quiero creer en mí y dejar de temerle a mi(s) sombra(s). Ha llegado la hora de abrazar mi oscuridad como lo hizo Ged, mago de Gont, en el primer libro de Terramar de Ursula K. Le Guin.

Llevo tanto tiempo conviviendo con el miedo que ya no sé avanzar sin él y mi cuerpo se está colapsando. 

Estoy harta de sentirme así. Harta de temerle a mis ideas, de vivir paralizada, de frenar la pluma y dejar los cuadernos en blanco. Por eso estoy aquí con la determinación de escribir sin detenerme.


Por eso estoy aquí con la determinación de escribir sin detenerme.

Estoy desorientada, triste y muda. Tengo las heridas abiertas, los sueños pocos claros y estoy más vulnerable que nunca pero quiero vivir. Hay miles de hojas vacías frente a mí y la posibilidad de irlas llenando día a día.


Hay miles de hojas vacías frente a mí y la posibilidad de irlas llenando día a día.

Estoy aquí, sin nombres ni adjetivos. No soy buena ni mala. Soy yo y eso está bien, eso está bien.

El laberinto de la ansiedad.

•octubre 4, 2018 • Dejar un comentario

La ansiedad, para mí,  es un monstruo que devora las ganas, un conjunto de miedos que juegan con la mente,  un abismo de dolor invisible a los demás y que me aísla del mundo.

La siento en el cuerpo: mis extremidades se vuelven pesadas y moverme es una lucha intensa que me deja agotada. En este sendero avanzo en soledad pues nadie puede atravesar la barrera que me envuelve. La vergüenza  me separa de quienes me rodean.  No quiero que sepan que las hormigas me muerden las extremidades y el cuello, ni tampoco que los miedos me impiden levantarme. Un largo llanto se esparce por mi cuerpo y la tristeza se descontrola. La muerte aparece y los miedos implotan.

¡No me digan que le eche ganas! ¡No me digan que todo está en mi cabeza! Si tan solo dejaran de hacerme siempre las mismas preguntas… “¿Otra vez lo mismo? ¿Y ahora qué tienes? ¿Qué pasa? …”

Mi cuerpo sólo pide un abrazo y la casi imposible afirmación de que todo va a estar bien.

¡No me miren con frustración, compasión o impotencia! No encuentro un lugar donde evitar los  juicios que me rompen.

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La ansiedad es un muro de silencio donde mi mente escribe sus tinieblas y se pierde en ellas.  ¿Cómo encontrar la luz en este báratro ingente?

La caída es inexorable y nadie escucha mi baladro.

La ansiedad es un laberinto de espinas por el cual camino descalza…

– Estoy sangrando.-

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El baile de Vitola Popotitos

•junio 13, 2018 • Dejar un comentario

Vitola Popotitos, también conocida como la flaca fea, era una adolescente tímida y, como su nombre lo indica, nada popular. A sus 14 años ya había aprendido a hacerse invisible y a no tener expectativas con respecto al amor. No se trataba sólo de su apariencia (sobre todo el exceso de acné en su rostro) sino también del hecho de que no pudiera mantener una conversación sin sonrojarse o tartamudear. Como sus compañeros solían burlarse de ella, casi nunca interactuaba con ellos.

Por fin había llegado el día de la kermés organizada por la escuela. Vitola no estaba emocionada al respecto pero al menos no habría clases y tendría la oportunidad de pasar más tiempo con sus amigas a quienes sólo veía en el recreo. Cuando llegó a la escuela había un poco de viento y eso le dio ánimos. Normalmente siempre la invadía el miedo al cruzar la puerta de entrada, pero ese día Vitola Popotitos estaba tranquila, quizá podría ser un buen día.

La fiesta comenzó. Había alumnos en los dos patios de la escuela. Algunos participaban en los juegos, otros bailaban. Vitola Popotitos estuvo un rato con sus amigas e incluso cuando se quedó sola mirando a los demás bailar todo parecía estar bien. Por primera vez en mucho tiempo no le preocuparon las burlas ni las agresiones que generalmente debía soportar en ese lugar.

Mantuvo la calma hasta que alguien importante, un cuate que durante un tiempo le había gustado mucho y con quien creyó que compartiría una amistad sincera, deliberadamente se puso a bailar con alguien más justo frente a ella. En ese momento a Vitola de nuevo le pesó su soledad. Una vez más sintió el dolor de ser el patito feo que nunca se convertiría en cisne. ¿Por qué tenía que aguantar mientras los demás buscaban lastimarla? ¿Por qué tenía que quedarse quieta o buscar un lugar para ocultarse? ¿Por qué estaba sola mientras los demás se divertían? ¿Por qué tenía que vivir con el estigma de ser popotitos? ¿Por qué seguía ahí parada? ¿A dónde más podía ir?

Se negó a llorar. Miró a su alrededor buscando una salida, algo que la ayudara a sentirse mejor. Entonces lo vio a él, a Neil Perry (el apodo que ella y sus amigas usaban para hablar de él debido a su parecido con uno de los personajes principales de la película La Sociedad de los Poetas Muertos), al hombre más guapo de la escuela y del mundo entero. Sabía que él estaba muy lejos de su alcance pero era un sueño que le alegraba el día. Verlo la distrajo de sus pensamientos tristes. En su desesperación, harta de vivir siempre en las sombras, se le ocurrió que podía sacarlo a bailar. Aunque tenía la certeza de que le diría que no (pues quién bailaría con la Vitola alias la flaca fea), le pareció una buena idea hacerlo. De esa manera podría decirse a sí misma que en lugar de quedarse cruzada de brazos, estaba haciendo algo para cambiar su situación. Por una vez en su vida deseaba actuar, dejar de ser el blanco de palabras hirientes y risas feas. Nunca se le ocurrió pensar que un rechazo podría empeorarlo todo. No se detuvo a considerar las consecuencias, avanzó hacia él con una decisión que ni siquiera sabía que tenía.

Neil Perry, el hombre más guapo del mundo, estaba de espaldas platicando con sus amigos. Ella lo llamó pero con una voz casi muda que nadie escuchó. Entonces le tocó la espalda y él volteó. Sus amigos se callaron abruptamente. Así, frente a ellos, la que parecía la adolescente más tímida del planeta le preguntó al hombre más guapo del mundo si quería bailar con ella. Él la miró sin poder ocultar lo sorprendido que estaba. Después de unos segundos de silencio, con una sonrisa le dijo que sí. ¡Dijo que sí! ¿De verdad dijo que sí? Vitola no se lo esperaba. Justo en ese momento le cayó el veinte de lo que había hecho y se quedó petrificada, no podía ni parpadear. ¿Qué debía hacer ahora? ¡El popular Neil Perry aceptó bailar con ella! Quería moverse, pero su cuerpo no le respondía. No sabía qué estaba pasando. ¿Qué acababa de hacer! ¿Qué estaba haciendo ahí parada frente a él? Entonces, Neil se acercó a ella y le dijo: “¡Vamos!”, indicándole que fueran a la pista.

Por fin Vitola pudo moverse y llevarlo a la pista. Una vez ahí comenzaron a moverse al ritmo de la música. Ella nunca recordaría cuántas canciones bailaron si fueron dos o tres ni cuáles fueron. Recordaría su sonrisa, su forma tan atractiva de bailar, la manera en que la miraba. No se enteró de nada de lo que sucedía a su alrededor: los compañeros que los observaban, los celos de varias chavas. Nada. Lo único que pasaba por su mente era que estaba bailando con Neil Perry y que él le sonreía a ella, la Vitola. Mientras bailaban se olvidó de la flaca fea, de las burlas, del acné, del miedo, de la soledad. Por primera (y quizá única) vez en su vida se sintió la reina de la escuela, la soñadora feliz, la adolescente risueña capaz de cambiar su vida. No le importó el ayer ni tampoco el mañana, sólo el ahora que deseaba durara siempre. ¡Qué felicidad esos minutos en el paraíso! ¡Qué felicidad bailar con él! ¡Qué felicidad saber que no estaba soñando! ¡Le dijo que sí! ¡Qué sí! ¡Síííí!

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El Baile de la Vitola Popotitos

La música terminó. El hombre más guapo del mundo le dio las gracias y luego le dijo algo más, que si lo acompañaba a una rifa o algo así (en realidad Vitola nunca sabría lo que dijo exactamente). Lo que más deseaba era decirle que sí, acompañarlo, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Se le había acabado el valor, los nervios la dominaban y volvía a ser la flaca fea. Quería hablar pero las palabras no salían de su boca. Le dio las gracias sonriendo y lo dejo seguir su camino. En el fondo ella tenía muy claro que los populares y las rechazadas no pueden estar juntos. Ella era la tímida flaca fea y él era el súper galán Neil Perry. Sin embargo, esta vez no se puso triste: había bailado con el hombre más guapo del mundo y eso nadie podría quitárselo nunca.

Ser perfecta no es lo mío

•mayo 24, 2018 • Dejar un comentario

Fallar no significa ser un fracaso. ¿Quién dijo que vinimos a este mundo a ser perfectos?

Tuve un examen hace un par de días y me sigo preguntando si era necesario que la maestra creara un ambiente tan hostil para poner a prueba – nos dijo después- el manejo de la ansiedad de las personas presentes en aquella sala.  Además de presionar con el tiempo de duración del examen, nunca permaneció en silencio y con su voz atronadora yo iba perdiendo el hilo de mis ideas. Las palabras fluían en desorden, trastornadas y temblorosas como la mano que las creaba…

Volví a tener esa sensación de malestar de la cual no lograba escapar, esa angustia que seca el aliento e impide ver con claridad, como si tuviera un agujero por el cual se esfumaba la luz que me pertenecía. Me quedé en la oscuridad que confunde los conocimientos. Deseaba llorar para despegarme la frustración que me impedía salir del bloqueo pero la voz de la maestra me hacía pensar en explosiones y catástrofes.

Me sentí expuesta, vulnerable, alejada de la confianza que debería tener en mí misma. Me ahogaba. Una parte de mí quería salir corriendo, dejar todo atrás, seguir otro camino; sin embargo, no era – ni es- mi deseo obtener el falso alivio que da la huida.

Entregué el examen. Me envolvieron los fantasmas de un pasado en el que me sentía siempre defectuosa e inadecuada. Abrí mi cuaderno y empecé a escribir para no dar rienda suelta a los pensamientos negativos, para no gritar ni desmoronarme, para seguir el movimiento de mi mano y olvidar el tiempo que parecía haberse estancado.

Estuve atenta al sonido de la lluvia, de los truenos, del silbido de viento. Deseaba salir y empaparme. Necesitaba dejar de pensar en la angustia o en la culpa, en lo rota que me sentía ese momento.

Fue largo el camino a casa pero muy reconfortante el amoroso abrazo de mi familia cuando por fin llegué.

La tormenta había pasado y también mis dudas.  No me recriminé nada ni tampoco me dije palabras hirientes como llegué a hacerlo en otras épocas de mi vida. Tampoco sentí vergüenza ni pesadez en el cuerpo. La ansiedad no me define ni soy tan vulnerable como creía.  Me vinieron a la mente mis logros y el aprendizaje de estos últimos meses.  La diferencia con el pasado es que ahora creo en mí, me amo.  El color regresó a mi faz y pensando en mis aciertos me quedé dormida. Mi noche se llenó de sueños.

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Mi noche se lleno de sueños.

Secretos en las Flores.

•mayo 10, 2018 • 2 comentarios

El viento suspira en mis oídos. Los pájaros a mi alrededor parecen tener una conversación afable. Estoy sentada con las piernas cruzadas en presencia de la Madre Tierra. Tengo los ojos cerrados para mirar lo que hay adentro.  Mientras respiro estoy atenta al movimiento de mi vientre que se expande cuando inhalo. Cada vez estoy más relajada y voy encontrando paz en mi cuerpo.  Aquí me siento segura, cerca de mis plantas, rodeada de cielo.

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Mis flores.

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Mis flores.

El silencio está colmado de voces y las sigo sin intentar descifrarlas.  Inhalo despacio, contengo el aire unos segundos y lo suelto. Lo hago una y otra vez hasta que me siento muy ligera y lejos de todo lo que me angustia.

Por fin vuelvo a sentir  mis alas, se desdoblan y son más grandes de lo que recordaba.  Siento cosquillas en los omóplatos, eso me alegra. Ya extrañaba sentirlas. Son delgadas y traslúcidas, a veces parecen tener el color del arcoíris, otras veces pueden verse azules, violetas o verdes.  Con la mente en blanco (sin pensamientos tormentosos) puedo elevarme y flotar como solía hacerlo en otros tiempos. Ahora tengo las orejas puntiagudas y empiezo a recordar quién soy.

Me abraza la Madre Tierra y sé que estoy a salvo. Donde estoy ahora no hay pensamientos aterradores ni exigencias que paralicen. Donde estoy ahora soy un  hada de luz deslumbrante, libre. Conozco los secretos de las flores y tengo unas alas inquietas que  pueden volar de nuevo.

Me cubre una luz dorada.  Veo disolverse el dolor que nublaba mi garganta. Los grillos que cada noche me dedican sus canciones ahora me sonríen.

El viento suspira en mis oídos. Inhalo, retengo el aire tres segundos y lo suelto muy despacio. Lo hago una y otra vez, atenta al movimiento de mi vientre. Estoy relajada y en paz con mis emociones. Me hago consciente de mis piernas, de mis brazos de mi cuerpo. Después abro los ojos.  Mis alas no se han ido. Estoy con mis plantas y rodeada de cielo. Las nubes forman un corazón enorme. Ahora sé que ya no quiero vivir en las sombras y ya no voy a hacerlo.

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Las nubes forman un corazón enorme.

No volveré a huir de mis palabras ni a temerle a mis sueños. Nunca más olvidaré los secretos que me han confiado mis flores.