Fragmentos de un duelo, Cumbres Borrascosas y cáncer.

•diciembre 5, 2017 • Dejar un comentario

No suelo arrojarme al abismo del llanto, siempre busco algo que me ayude a salir de las tinieblas; sin embargo, cuando falleció mi querido amigo Herwig, empecé a caer en ese abismo. Estaba enojada con la distancia que no me dejó volver a verlo y furiosa con el cáncer que le impidió cumplir su sueño de venir a México. No sabía qué hacer conmigo y lo único que me vino a la mente fue volver a leer Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. Necesitaba de la literatura para calmar el caos adentro.

Fui por el libro y comencé a leerlo. Esta novela fue escrita en 1845-1846 y pertenece al oscuro romanticismo que tanto me gusta. El protagonista de esta historia, Heathcliff, es uno de los personajes que, junto con Fernando Valle (Clemencia de I.M. Altamirano) y Mr. Darcy (Pride and Prejudice de Jane Austen), marcaron mi adolescencia y comienzo de la edad adulta, mis tres inmortales amores de la literatura.

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Wuthering Heights (Cumbres Borrascosas) Emily Brönte

Heathcliff no es ningún héroe, no podría estar más lejos de serlo; además no es guapo ni simpático. Tampoco es galante ni tierno. Su amor es tan grande como su sed de venganza. Heathcliff vive en las tinieblas de un amor que lo descontrola y que está condenado a la infelicidad.

Tenía alrededor de siete años cuando llegó a las Cumbres Borrascosas. Lo encontró el papá de Cathy y decidió llevarlo a vivir con él. Como no tenía nombre, lo llamó Heathcliff. Desde el comienzo su origen desconocido, su piel oscura y su apariencia fueron motivo del rechazo, insultos y agresiones que sufriría la mayor parte de su vida. La única persona en darle la bienvenida fue la pequeña y muy caprichosa Cathy. Ambos crecieron juntos, corriendo en los páramos, haciendo travesuras, libres y salvajes. Cathy era para Heathcliff un oasis donde encontró aceptación y la posibilidad de un futuro feliz; sin embargo, Cathy también fue la roca contra la que se estrelló y que despertó en él los sentimientos más violentos. Su sufrimiento lo volvió cada vez más monstruoso. Su venganza y crueldad, como su dolor, no tuvieron límites.

Página a página naufragué en la negrura de esta historia. Me quebré en el báratro de Heathcliff. Caí con él al vacío después de la muerte de Cathy. Su temible ira me ayudó a calmar la mía.

Mientras leía, lloré tormentas y dejé que la fascinación que siento por Heathcliff me guiara. Es inevitable amarlo a pesar de su impiedad. Su sufrimiento se quedó conmigo. Terminé de leer el libro más rota que nunca y mucho más tranquila. Todavía me faltan lágrimas por derramar por la muerte de Herwig, pero mi enojo ya se ha desvanecido.

Nada como una historia bien oscura para ayudarme a lidiar con mi propia oscuridad. En ella encontré la salida que buscaba. No me quitó el dolor (ni esperaba que lo hiciera, al contrario) pero encontré la forma de canalizar mi enojo y abrirme a la luz.

Leer me dio la oportunidad de sacar mi oscuridad de una manera constructiva. Todavía me pesa la distancia que no pude recorrer para volver a ver mi amigo pero comprendo que no estuvo en mis posibilidades hacerlo. No tuve la oportunidad de despedirme como hubiera querido, pero fui la mejor amiga que pude ser y sé que él me quería con todo y mis fallas. Ya no estoy enojada, sólo triste.

Tampoco estoy furiosa aunque cuando se trata del cáncer tendría motivos para estarlo. Podría reclamarle muchas cosas pero eso sólo haría daño y no me llevaría a ningún lado. No quiero vivir hecha nudos ni mucho menos enojada. Tampoco quiero aferrarme a lo que lastima. Me dio mucha rabia que el cáncer invadiera el cuerpo de mi amigo; sin embargo, ahora necesito reconciliarme para superar esto y dejar atrás esta primera etapa del duelo. Diré lo que necesito para sanar, aunque me tiemble la mano al hacerlo.

No odio al cáncer. No lo odio a pesar del tiempo que pasamos en hospitales cuando nuestra querida Rebeca luchó por su vida en tiempos de leucemia (afortunadamente hoy es una adolescente sana con mucho entusiasmo por hacer realidad sus sueños).

No lo odio a pesar de que lo vi llevarse a niños extraordinarios que a muchas personas nos dieron una gran lección de amor a la vida. A esos angelitos no los olvidaré nunca.

No lo odio a pesar de que se llevó a uno de los más grandes amigos que he tenido.

No lo odio porque, a pesar de todo, el cáncer nos ha enseñado a valorar la vida. Por más paradójico que parezca, también nos ha enseñado a vivir sin miedo.

Gracias al cáncer aprendimos a agradecer cada cumpleaños, a celebrar un año más de vida. A apreciar el regalo de un amanecer más.

Gracias al cáncer aprendimos a no complicarnos la existencia con exigencias absurdas. Somos felices aquí y ahora sin olvidar nuestros deseos ni obsesionarnos con el futuro o con lo que no tenemos y quisiéramos tener. Aprendimos a dimensionar nuestros problemas y a dejar de ahogarnos en un vaso de agua.

Los niños en el hospital siempre encontraban una razón para sonreír. Muchos de ellos sentían alegría por el simple hecho de estar vivos. A través de sus ojos volví a apreciar los milagros de la vida cotidiana que a menudo olvidamos como mirar al cielo, fotografiar un atardecer, sentir la caricia del viento, caminar, morder un chocolate, abrazar a alguien, cantar, mojarnos con la lluvia…

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Mirar al al Cielo…

Gracias al cáncer, mi amigo se dio cuenta de que era más fuerte que el miedo con el que había vivido. Se atrevió a hacer cosas que, en otras circunstancias, no habría hecho. Se puso metas que alcanzar y encontró muchos motivos para vivir. Le aterraba subirse a un avión. Cuando superó el cáncer la primera vez, empezó a viajar en vuelos cortos, para después atreverse a tomar un vuelo largo y llegar a México. Se fue antes de lograrlo, pero en los últimos años de su vida pudo vivir sin miedo, consciente de su fuerza y de su capacidad para lograr lo que se proponía. Encontró la seguridad en sí mismo que le había faltado y disfrutó la vida lo mejor que pudo. Cuando le dieron la noticia del tumor en el cerebro, me lo dijo muy tranquilo pues afirmó que era un luchador y que iba a estar bien. Vivió el proceso con una voluntad firme, con amor, dando lo mejor de sí. Se enfrentó a la situación sin dudarlo y aceptó el tratamiento sin quejarse porque tenía un sueño que cumplir.

No odio al cáncer aunque nombrarlo siempre duele. Agradezco el aprendizaje recibido. Agradezco cada momento de mi vida y de las vidas que me acompañan y me han acompañado. Siento el alivio que da el alejarse de los sentimientos negativos y avanzar hacia la luz.

Seguiré leyendo historias sin final feliz para sacar la tristeza que aún guarda mi pecho, para seguir sanando los fragmentos de este duelo.

No conocí el amor a través de los oídos.

•noviembre 25, 2017 • 1 comentario

No conocí el amor a través de los oídos. A menudo las palabras me empalagan y los cumplidos no me provocan enternecimiento. En mi vientre las mariposas no emprenden el vuelo por un verso que no emerge del corazón de quien lo recita. Hay quienes llaman amor a decirle a la mujer deseada palabras hechas de música con la intención de alimentar su ego y prometerle una luna que jamás llevarán a sus manos. Usan palabras calculadas cuyo único fin es conquistar, como si fueran a ganarse un trofeo…

Nunca ha sido mi deseo morir por el peso de un cumplido, por una frase bella pero vacía de sentimientos.

No me resultó atractivo conocer el amor a través de los oídos. Me volví sorda a casi cualquier palabra que hiciera referencia a mi belleza física o que buscara ser alimento de mi ego. Hay quienes saben con precisión qué decirle a una mujer para enamorarla. También hay mujeres que irremediablemente se derriten ante el primer halago para después caer en el precipicio que les quiebra la inocencia y la confianza.

No conocí el amor a través de los oídos porque los halagos me agobian. A menudo son una fórmula de repeticiones infinitas cuyo único fin es lisonjear a una mujer. Además, me incomoda que me hablen de mi belleza, la cual por décadas consideré inexistente. Cuando lo hacen, me sonrojo, me vuelvo torpe, pierdo la libertad de ser yo misma y deseo salir corriendo, alejarme lo más rápido posible.

No me embriaga la miel que sale de unos labios que muchas veces no hablan el mismo lenguaje del alma.

El amor entra en mí por los ojos que me miran tal como soy, sin adornos ni excentricismos; esos ojos que me cuentan enigmas y descubren secretos, que muestran sin máscaras ni disfraces el verdadero yo de una persona. Los ojos reflejan el brillo de la persona amada, sus sueños, anhelos e intenciones.

He conocido el amor en una mirada transparente que con ternura intimida, una mirada directa que atraviesa el alma como una daga puntiaguda y colosal, una mirada luminosa y penetrante de anhelos que pueden compartirse.

Los ojos dicen lo que la mente se obliga a callar. Así, sin cumplidos ni palabras rimbombantes, los corazones se comunican sin intermediarios ni teatros, desnudos de mentiras y actitudes prefabricadas.

Cuando declaro mi amor lo hago con las manos, las manos que abrazan corazones, las manos que con caricias alejan las lágrimas del rostro. Declaro mi amor con las manos que alegran la piel y borran las sombras amargas del pasado.

El amor entra en mí por tus ojos y se manifiesta en las manos, nuestras manos que dan consuelo, que son fogata eterna en los inviernos de la vida.

No me quiero despedir…

•noviembre 17, 2017 • 2 comentarios

Mi muy querido Herwig:

A veces cuando camino a casa de regreso del gimnasio, siento la necesidad de mandarte un mensaje de voz como solía hacerlo antes.   Ahora ya no tengo a donde enviarlo,  entonces lo guardo en mi teléfono con la voz entrecortada.

Quisiera decirte que estoy bien y celebrando tu vida, pero todavía no llego a ese momento.  Sé que ya estás navegando por el cielo, rodeado de amor y muy lejos del sufrimiento. Saberte bien me da paz y alivio; sin embargo, todavía no me es posible asimilar tu ausencia. Mi mente lo sabe pero mi corazón sigue esperando tus mensajes de voz y que vengas a México como tanto lo deseaste.

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Herwig. Mi dibujo.

Hace un par de días estuve muy enojada. No creí que podría molestarme tanto ante la muerte, pero estaba furiosa.  Furiosa con la distancia que me impidió volver a verte y estar contigo en tus últimos días.  Furiosa con el cáncer que no dejó de invadir tu cuerpo. Furiosa con la muerte porque te impidió cumplir tu anhelo de muchos años: venir a México.

Me pasé la tarde llorando y hundiendo los lápices en mi libreta de dibujo. Expresé mi dolor e impotencia sin palabras, con colores e imágenes surrealistas.

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Expresé mi dolor e impotencia sin palabras.

Luchaste con pasión y entereza, superaste tus miedos. Eras más fuerte de lo que creías y nunca te quebraste. ¡Tenías tantas ganas de vivir!  Tus últimas palabras para mí fueron que te llevara a Real del Monte si venías a México el año próximo.  Al instante supe que era la despedida, pero no pude evitar emocionarme, creer en que quizá un milagro sucedería. Todavía guardo ese mensaje.

Terminar de dibujar calmó la ola de violencia que me dominaba. Me quedé sólo con la tristeza. Aunque vivíamos muy lejos el uno del otro: tú en Austria; yo, en la Ciudad de México, eso nunca nos impidió estar muy cerca.  Hablaba más contigo que con muchas personas que conozco y que viven aquí en la ciudad.

Extraño los mensajes de voz que recibía casi todos los días. Extraño tu manera de cantar mientras buscabas la palabra que necesitabas en inglés que en ese momento sólo venía a tu mente en alemán. Extraño escuchar sobre tus viajes, tus amigos, tus ideas.  Extraño las fotos que me enviabas (casi todos los días, hasta de la comida que te dieron en el hospital cuando te operaron de la espalda).  Extraño tus palabras de aliento, tu risa, tu  manera de alegrarme el día aun si tú estabas triste. Extraño tu manera de expresarte libremente, de abrirme tu corazón, de querer a mi familia.

¡Te extraño! No sé cómo salir de esta melancolía, cómo superar tu ausencia y celebrar tu vida. No sé cómo sacudirme los hubieras, los me faltó decirte, los no hice.

Esta mañana recibí un mensaje donde me contaron que recibiste muchas flores en tu funeral. Tu hermano habló de tu vida y leyeron las palabras que te escribí cuando me enteré de tu muerte. ¡Mi querido Herwig, de alguna manera pude estar presente en tu despedida!  Una vez que terminó la misa, fueron a un restaurante donde contaron anécdotas que vivieron contigo.  Me dolió no haber estado ahí para escucharlas y así conocerte a través de ellos. Me habría gustado hablarles de ti, compartirles algunas de nuestras vivencias.

También recibí un video de cuando trabajabas en la radio en 1984 (yo te conocí varios años después cuando trabajas en la radio de una Universidad).  ¡Qué emoción poder verte! Se me salieron las lágrimas cuando escuché tu voz, esa voz que conozco tan bien y que todavía puedo escuchar en esos mensajes que no tengo el valor de borrar.

Tengo la tristeza adherida al cuerpo. Llevo casi una semana escondiéndome del mundo. Me gusta la calma de mi casa y el hecho de no tener que hablar con casi nadie (excepto mi familia). Me hace bien la soledad, no soporto el ruido afuera.

No te preocupes, estoy bien, sólo necesito un poco de tiempo.  Sí voy a entrenar todos los días, no pierdo la disciplina, la constancia ni la voluntad de llegar a la meta. Correr despeja mi mente y me ayuda a no tener ansiedad.

Me envuelve el silencio de esta tarde sin grillos. Sigo grabando mensajes para ti aunque no tenga a donde enviarlos. Mi WhatsApp se ha quedado mudo.

Hoy lloro tu muerte mi querido Herwig, pero prometo pronto celebrar tu vida. Sonreiré y te recordaré siempre.  No hay muerte mientras el olvido no llegue.

“Generoso, amable, cariñoso y leal, una de las personas más maravillosas que he conocido, un amigo con quien siempre he podido contar. Un guerrero, un gran hombre. 

A pesar de la distancia, estábamos muy cerca el uno del otro. Soy muy feliz por haberte conocido. Doy gracias a Dios y a la vida por bendecirme con un amigo tan extraordinario como tú.

Gracias, querido Herwig, por nunca perder la fe en mí, por amarme incondicionalmente.

Herwig era ese amigo quien, incluso cuando estaba luchando por su vida en el hospital, me habló muy temprano en la mañana para felicitarme por mi cumpleaños. Cada invierno me mandaba fotos de la nieve porque sabía cuánto me gustaban los paisajes nevados. Cada vez que hacía un viaje, me mandaba una postal porque sabía que me hacía muy feliz recibirlas.

Tomé esta foto en el 2006. ¡Qué grande era tu sonrisa! Estoy segura de que estás feliz ahora.

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Happy Herwig.

Te extraño pero me alegra que ya no vas a sufrir. Te extraño pero sé que ya estás bien. Te extraño y siempre voy a hacerlo.

¡Qué triste me siento! ¡No puedo creer que ya no volveré a verte!

Siempre vivirás en mi corazón. ¡Siempre!

Te admiro. Te quiero. Gracias, muchas gracias porque siempre pude contar contigo. Quiero que todos a mi alrededor sepan la increíble persona que fuiste (eres).

Adiós, querido Herwig, descansa en paz. No hay dolor en el Paraíso, sólo amor, siempre amor.”

Con estas palabras, las que leyeron en tu funeral, cierro esta carta para ti.  Te quiero, Herwig.  Un abrazo al cielo hoy y siempre.

Carla

 

Alebrijes en Reforma. 2017

•noviembre 9, 2017 • Dejar un comentario

Cada año el Museo de Arte Popular (MAP) a finales de octubre realiza un desfile de alebrijes monumentales que termina en la Glorieta de la Diana Cazadora en Reforma, donde se quedan en exhibición por un par de semanas. Me encantan los alebrijes y me hace feliz verlos en Reforma. Este año fuimos en la tarde cuando ya estaba oscureciendo y como había también un desfile de catrinas, había muchísima gente.

Una vez una amiga y yo empezamos a hacer un alebrije pequeño. No es sencillo, toma mucho tiempo hacerlo. Me da vergüenza confesar que aún no lo hemos terminado. Si esto sucede con uno pequeño, ¿se imaginan crear uno que mida casi dos metros o más? Admiro a los artesanos que lo hacen. Celebro su trabajo. Disfruto su creatividad. Cada año me encuentro con monstruos diferentes. Algunos son amigables; otros dignos protagonistas de una pesadilla. A veces quiero abrazarlos; otras, esconderme.

Es increíble que estas criaturas emergieron de un sueño que tuvo Pedro Linares cuando se encontraba al borde de la muerte. Ellas lo acompañaron en su camino a recuperar la conciencia y al despertar, él les dio vida y los inmortalizó.

Ningún alebrije es igual a otro. Siempre hay nuevas criaturas que descubrir. Me pregunto dónde estará el bosque en el que vivían cuando los descubrió Pedro Linares.

Nunca me cansaré de visitar la sala de alebrijes del Museo de Arte Popular (MAP) y siempre me entusiasma verlos en Reforma.

Sueños, pesadillas y mundos infinitos. Una vez al año las calles se llenan de seres fantásticos.

 

 

 

Día de Muertos. 2017.

•noviembre 9, 2017 • Dejar un comentario

Amo el Día de Muertos. Me hace feliz el aroma del cempasúchil. El Pan de Muerto es delicioso.  Me encanta visitar ofrendas. Me gusta mirar a la muerte no sólo con solemnidad sino también con alegría.  Cada año espero estas fechas para visitar ofrendas y honrar a mis muertos.  Celebrar a la muerte también es una manera de enfrentarla y, por lo tanto, dejar de temerle.

Suelo esperar estos días con entusiasmo pero este año fue diferente, como aquella vez hace un par de décadas cuando fui con mis amigos a la isla de Janitzio en Michoacán para despedirnos de Daquel, quien apenas tenía 21 o 22 años cuando decidió partir un mes antes del Día de Muertos.

Janitzio me pareció un lugar salido de un cuento donde la celebración de este día es tan alegre como solemne. Recuerdo la música, las ofrendas coloridas, las velas iluminando el pueblo; pero lo más impresionante fue el silencio sepulcral en el cementerio. Las tumbas decoradas con cempasúchil y las ofrendas colocadas alrededor. Había muchas velas. Las familias estaban sentadas alrededor de las tumbas, mirando fijamente a la llama de la vela, orando por sus muertos.  Permanecían inmóviles con su dolor al descubierto. Fue estremecedor e impresionante.  Belleza que lastima, que sacude, que hechiza.  Pasaron la noche con la muerte.  Mientras los observaba, me invadió la añoranza, el deseo de volver a ver a quienes ya partieron, cayó sobre mí el peso de la despedida eterna.  Hoy sólo sé que tengo que volver a Janitzio.

Como en este entonces, este año volví a vivir esa añoranza y recibí estos días con el alma melancólica. No sólo porque el temblor de septiembre nos hizo más conscientes de la fugacidad de nuestra existencia, de lo frágiles que somos sino también porque en esta época del año mi querido amigo, Herwig, pronto emprenderá su viaje al cielo.

Al acercarse la fecha, había en mí mucha angustia, ansiedad y miedo. Miedo a la ausencia, a lo efímero, a desaparecer. Miedo a las despedidas. Por primera vez en varios años, perdí un poco la voluntad de celebrar un día tan importante; sin embargo, comprendí que necesitaba hacerlo, seguir las tradiciones, para lidiar con la situación. La vida continúa y la única manera de salir adelante es no darle la espalda a lo que tememos.  Fui valiente y abracé a la muerte.

Poner la ofrenda calmó la desesperación pues honrar a nuestros muertos me dio bienestar. Los sentí muy cerca, casi pude escuchar la voz de mis abuelos.

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Ofrenda de Muertos 2017

Después corté cempasúchiles de mi pequeño jardín, puse algunos en la ofrenda, otros en un florero y con el resto hice helado.

 

Fuimos a Coyoacán la noche de Halloween. Nos encontramos con muchos monstruos y con algunas catrinas.  Había cuatro enormes gárgolas frente a la Iglesia de San Juan Bautista y tuve mi tradicional encuentro con Mike Myers, quien esta vez no llevaba su cuchillo.  No tuve ánimos de fotografiar a los monstruos, sólo a las catrinas y a las ofrendas que vimos, en su  mayoría dedicadas a las víctimas del sismo de septiembre. Las hicieron los estudiantes de la UNAM (prepa, CENDIS, CCH), con excepción de las que fueron patrocinadas por diferentes marcas (afortunadamente no eran la mayoría).

No hubo festival de Pan de Muerto y no fue fácil encontrar un lugar donde sentarnos a comerlo (y no estaba tan rico, en realidad era pan de canela).

El 1 de Noviembre fuimos a ver la ofrenda en el Zócalo.  Era una ofrenda grande dedicada también a las víctimas del sismo.  Llegamos justo cuando Flor Amargo cantaba una canción que hablaba de la muerte. Escucharla me hizo llorar.

Parecía que había una fiesta en el Zócalo. El papel picado llenaba la plaza de alegría. Sonreí mirando al cielo y  pensé en Herwig.

Me gustaron los perros y el caballo gigante. Mi favorita fue la cadena de brigadistas, rescatistas, voluntarios, una cadena de solidaridad, un merecido homenaje a quienes perdieron la vida ayudando a sacar personas de los escombros.

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Ofrenda Zócalo Ciudad de México

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Ofrenda Zócalo Ciudad de México

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Ofrenda Zócalo Ciudad de México

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Ofrenda Zócalo Ciudad de México

Me quedé parada frente a la muerte en el árbol de la vida o quizá era la vida en el árbol de la muerte.

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Ofrenda. Zócalo. Ciudad de México

Nos encontramos una calaca diablito y dos alebrijes gigantes que fueron parte del desfile de alebrijes en Reforma que se llevó a cabo una semana antes.

Como no llevábamos prisa, tuvimos tiempo para detenernos en cada ofrenda y tomar fotografías. Además todavía no oscurecía y, por lo tanto, no había tanta gente.  Me quedé con deseos de  ver la ofrenda iluminada en la noche y después pasear en el Turibús escuchando leyendas. Quizá el año próximo, ojalá.

Después fuimos a la Plaza Santo Domingo donde estaba la antes magnífica Megaofrenda de la UNAM (ahora cada vez más pequeña). Fue una ofrenda que recorrimos en muy poco tiempo. Sentí nostalgia de los tiempos en que se realizaba en CU. Entonces sí era impresionante. Este año fue dedicada al pintor mexicano Diego Rivera.

Ni en el Zócalo ni en la Plaza Santo Domingo vendían Pan de Muerto para disfrutarlo ahí, cerca de la ofrenda. Compramos uno en la Panadería La Ideal y regresamos a casa. Ahí pudimos comer una exquisita rebanada. Sucedió algo inesperado: Inés se encontró una calaca en su pedazo. Me pregunto si eso significará que le tocará organizar una posada en diciembre; pues a quien saca el muñeco en la Rosca de Reyes le toca invitar los tamales el día de la Candelaria…

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Calaca en el Pan de Muerto

En la noche vimos Coco, una extraordinaria película sobre México y el Día de Muertos.  En realidad moría de ganas de verla y superó mis expectativas. Me pareció un buen retrato de México, de su alegría, de sus colores y también de su forma de mirar la muerte. Reí, lloré, sonreí y lloré de nuevo. Me hizo feliz el esplendente puente de cempasúchil, me encantó la ciudad de los muertos.  Esta película me ayudó en un día difícil.

Pasar tanto tiempo con la muerte, me ayudó a reconciliarme con ella y me recordó que debo celebrar la vida.

El 2 de Noviembre nuestro recorrido comenzó en Xochimilco, en el Museo Dolores Olmedo, famoso por su fastuosa ofrenda. Fuimos hace algunos años y quedamos muy impresionados. Había mucha gente y nos tomó más de una hora poder entrar. Me entretuve mirando a los xoloitzcuintles que descansaban en el jardín.

La ofrenda estuvo dedicada al cine mexicano. Fue desconcertante. Casi no había cempasúchil y el que hubo era de papel.   Las escenas de las películas estaban muy bien hechas pero no me conmovieron.  No fue falta de calidad, pero fue una ofrenda fría.  Casi no tomé fotos y en menos de 10 minutos ya habíamos terminado de verla.  No nos gustó nada.

Afortunadamente encontramos otra ofrenda muy cerca del mercado. Casi no había gente y la entrada era libre.  ¡Qué belleza!  Más sencilla que la del  Museo Dolores Olmedo pero mucho más acogedora.  Estaba dedicada a las víctimas del sismo. En el suelo, al centro de la ofrenda, había una cruz de cempasúchiles.

Había muchas catrinas y la mayoría muy sonrientes. Me encantó la que llevaba alcatraces.

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Ofrenda Día de Muertos Xochimilco

A pesar de la catástrofe que sufrió, Xochimilco se levanta: “En esta tierra siempre floreceremos”.

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Ofrenda Día de Muertos Xochimilco

Sin ser tan elaborada como la del Museo Dolores Olmedo, esta ofrenda fue de mis favoritas este año.

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Ofrenda Día de Muertos Xochimilco

Nuestra última parada fue la Casa del Indio Fernández, donde cada año hay una enorme ofrenda.  Esta vez estaba dedicada al cine y al arte.  Me quedé muy sorprendida.  Es la mejor que han hecho en este lugar ( y la visito casi todos los años).   ¡Cuánta vida en una ofrenda que conmemora la muerte! ¡Cuántos colores!  Tuve ganas de sentarme en el comedor y acompañar a los muertos.  ¡Qué maravilla!   Sin embargo, también fue doloroso verla.  No pude evitar pensar en la despedida inevitable que llegará pronto.

Poco después de las ocho de la noche en el jardín hubo un espectáculo fascinante. Se presentó el grupo mexicano Los Sonidos de mi Tierra y nos deleitaron con música mexicana.

¡Muerte bailarina! ¡Muerte contenta! ¡Muerte desoladora!

¡Fue una velada estupenda!

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Ofrenda Día de Muertos Casa del Indio Fernández Coyoacán

No fue posible hacer Pan de Muerto en esos días, pero lo hicimos el fin de semana. Quedó mejor que el año pasado y el domingo lo disfrutamos en familia.

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Pan de Muerto hecho en casa.

Mi jardín sigue lleno de cempasúchiles. A menudo vienen mariposas a visitarlo. Quisiera que duraran siempre aunque entiendo que la vida no funciona así. Ahora estoy más consciente de mi mortalidad y del gran regalo que es vivir.

El Día de Muertos es nuestra manera de lidiar con la muerte, de enfrentar el miedo que nos causa. También es una manera de honrar a nuestros muertos, celebrar sus vidas y reencontrarnos con ellos. La muerte no existe mientras vivan en nosotros.

Feliz Día de Muertos, de calaveritas y cempasúchiles, de Catrinas y papel picado, de lágrimas y sonrisas, de reencuentros y despedidas porque no existe la vida sin la muerte ni la muerte sin la vida…

 

 

 

 

Mi Querida Adolescente

•noviembre 2, 2017 • Dejar un comentario

Eres una adolescente encerrada en una cueva con un cúmulo de palabras fragmentadas, única evidencia de tu novela mutilada.  Con tu pluma construiste mundos para esconderte del acoso y las burlas en la escuela. Tu alma soñadora se expresaba con libertad hasta que un día la llamaste cursi.  Desde entonces tomar la pluma comenzó a darte miedo.  Antes de escribir juzgas tus palabras, las dejas salir para salvarte pero no sientes orgullo ni tampoco ilusión, sólo vergüenza…

Detrás de cada palabra en el papel, hay un juicio, una batalla contigo misma, un verso quebrado, desconcierto. Avientas la pluma, rompes las hojas y lloras frente al cuaderno.

“¡Cursi! ¡Ridícula! ¡Tonta! ¡Flaca fea! ¡Cursi! Demasiado soñadora. Demasiado rosa. ¡Cursi!”  Te lo has dicho tantas veces, que ya te convenciste de ello. Aseguras que no tienes brillo, que no te pareces a los poetas y escritores que admiras. Afirmas que te sobran ilusiones y te falta talento. Ahora detestas las palabras dulces.  “¡Cursi! ¡Cursi! ¡Cursi!”

Querida adolescente, pasé muchos años avergonzándome de ti. Dejarte atrás me dio tranquilidad. Eres parte de un pasado que, según yo, ya no me pertenecía. Yo también te consideré cursi   y ridícula. Me alegró ya no ser tú sin saber que eso me llevó a vivir enredada en interminables juicios que mermaron mi espontaneidad para escribir.

Hoy pienso en ti.

Te veo romper tu novela y llorar el naufragio de tus amados personajes. No lo supiste en ese momento, pero al romperla, también te rompiste tú. Desde entonces te fuiste llenando de candados,  etiquetas crueles y vergüenza.  Al quitarte lo “cursi” perdiste también la libertad de expresarte y de hacer poesía.

Te veo llorar en ese rincón casi  ignorado de mi memoria. Estás acurrucada junto a la montaña de papeles rotos que alguna vez formaron nuestra primera novela.

¿Cuánto tiempo hemos estado rotas?

Lamento haberte dejado en ese rincón oculto. No comprendí que tu silencio también me ahogaría.

Recuerdo nuestra libertad antes de ese momento, cuando escribir no sólo era nuestra salvación sino también un paraíso donde no había censura ni juicios asesinos.  En el cuaderno no había represión, vergüenza, temor o desprecio.

¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡Perdóname!  Te imploro mientras te abrazo y una luz balsámica diluye la opresión en nuestro pecho.

Lloramos las dos mientras nos borramos  los juicios que nos hemos hecho. Ni ridículas ni cursis ni tontas, sólo sensibles; sólo un alma que se reconstruye con el bamboleo de la pluma.

Lloramos las dos mientras la opresión se vuelve cicatriz y la ilusión nos redime.

Siento la fuerza reparadora de tu perdón.  Te abrazo.  En ese abrazo me acepto a mí  misma, me reencuentro contigo y con el mundo de las quimeras.

Salvaré a nuestros personajes del naufragio y reconstruiré lo que rompimos, mi querida adolescente. Ahora te veo y aprendo de ti, volveremos a ser libres.

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Me reencuentro con el mundo de las quimeras.

 

 

Real del Monte, mi querido Real del Monte.

•octubre 20, 2017 • Dejar un comentario

Cuando te conocí estabas cubierto de niebla y de secretos helados. En tus calles solitarias se escuchaba el canto de la lluvia que duró por lo menos dos días. A pesar de tu gélido aliento y mis manos entumidas, me enamoré. Fue amor a primera vista. Me pregunté porqué me tomó cuarenta y un años encontrarte y tuve la certeza de que regresaría a ti muy pronto.

Real del Monte

Real del Monte, Hidalgo

Después de un sismo, pesadillas, varias noches de insomnio, de una ansiedad que empañaba mis ideas pude volver a verte.  Esta vez tus calles coloridas desbordaban alegría.  El sol mostraba tu esplendor y las nubes sonreían en el cielo. Aunque tu aliento siempre será frío, me diste una muy cálida bienvenida. ¡Qué privilegio recorrer tus calles empedradas y vestidas de fiesta! ¡Qué placer comer tus pastes! Esta vez los presumías orgulloso a tus visitantes. Estabas celebrando  el Noveno Festival Internacional del Paste y en el centro todo era alborozo y música.

 

Había desde pastes tradicionales de papa con carne hasta pastes con nogada. Comimos muchos y me sentía tan feliz que mi estómago no emitió ninguna queja.

Bailé al ritmo de las rumbas de Media Luna (banda que tocaba en ese momento) mientras me tomaba una suculenta cerveza artesanal.

Mi cuerpo se volvió luz radiante, felicidad exquisita, luna llena en tu cielo frío. Real del Monte, mi enigmático Real del Monte. Mi anhelado lugar de paz, mi refugio cuando el mundo es cruel, mi vuelve a la vida cuando siento que desaparezco.

En tus calles celebramos un cumpleaños con cerveza, pulque y chocolate, con el sol, el céfiro, los músicos callejeros entusiasmados tocando ritmos africanos y un acróbata bailando con boleadoras.

Real del Monte (3)

Real del Monte, Hidalgo

Visitamos tu Cementerio Inglés y encontramos la tumba de Richard Bell, la única que no mira hacia el oriente (Inglaterra) como las demás.  Los inmensos árboles vuelven majestuoso este lugar donde reside la muerte.

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Cementerio Inglés. Real del Monte, Hidalgo

Paseamos por tus miradores y esta vez sí pudimos contemplar tu magnificencia que antes la niebla había escondido.

Regresamos a Puerta Niebla Café, la vez pasada un refugio para la lluvia, ahora un lugar para deleitarnos con un exquisito café con cardamomo y rosas.

En tus Peñas Cargadas, asombrada,  vi volar a un pequeño murciélago. Era tan veloz que mi cámara nunca pudo atraparlo.  ¡Un murciélago volando a plena luz del día! ¡Qué mágico encuentro!  Ahí, en ese inmenso parque, podría pasar horas buscando duendes y abrazando a los árboles.

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Ahí, en ese inmenso parque, podría pasar horas buscando duendes y abrazando a los árboles. Peñas Cargadas Real del Monte, Hidalgo

¡Querido Real del Monte, no quiero despedirme de ti!

Por última vez caminamos por los callejones que llevan al centro. Estaban vacíos y disfruté su silencio. Después comimos pastes recién hechos.  No supe cuántos me comí.  Me encantó la cerveza oscura (Hidalgo) que tomé esa tarde. Admiré el paste más grande del mundo y me conmovió la música de la  Marimba Internacional Nandayapa.

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Real del Monte, Hidalgo

Me sentí plena y viva en tus calles, libre del miedo y de las pesadillas, por un instante renació en mí la poesía: de mi pecho brotaban flores y palabras dulces.

Me dolió reencontrarte y luego dejarte. Ni siquiera el deslumbrante atardecer que vimos en la carretera me devolvió la sonrisa.

Real del Monte (23)

Atardecer. Carretera de Real del Monte a Pachuca

Quiero visitarte de nuevo y en tus bosques llenarme de duendes.