Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Trigésimo primera carta.

•junio 5, 2021 • Dejar un comentario

4 de junio 2021

Querido Nadie:

No puedo creer que ya llevo más de un año escribiéndote cartas. He de decirte que la pandemia sigue acompañándonos pero vamos mejor. Mis papás ya están vacunados. A Jea y a mí ya nos tocó la primera de las dos dosis de la vacuna. De hecho, a mi hermana y a mí nos tocó este miércoles.

Hay personas que ya están desesperadas por vacunarse, otras que celebran cuando por fin les toca su turno, hay quienes no creen en la vacuna y no piensan hacerlo, hay quienes sabemos que tenemos que hacerlo pero una parte de nosotros se resiste. La noche anterior a la vacuna no dormí bien por eso; sin embargo, tengo la certeza de que tomé la mejor decisión.

En general, aquí en la Ciudad de México hay buena organización para vacunar a las personas. Cuando llega el día, no hay que esperar mucho tiempo en la fila, se respeta la sana distancia y el proceso es muy rápido. Eso sí, una vez vacunados hay que esperar sentados de 20 a 30 minutos de observación para asegurarse que no haya una reacción negativa, que no sea necesaria la asistencia médica. Empezaron con la población más vulnerable: las personas de 60 años y mayores, después los de 50 a 59 y ahora ya nos toca a los de 40 a 49. ¿Cómo saber cuándo nos toca? Depende de la alcaldía donde vivamos. La cita para la segunda dosis depende de la marca de la vacuna que se aplicó. Para unos el intervalo de espera es más corto que para otros. Por eso no todos los adultos mayores han recibido la segunda dosis. Hay muchas personas que no van a vacunarse porque no desean hacerlo. En lugares como Estados Unidos ofrecen cerveza gratis y si mal no recuerdo también comida de McDonalds como regalo para quienes sí lo hagan.

El miércoles fui a mi cita con la jeringa después de desayunar. No me dan miedo las agujas y cuando llegó mi hora ni siquiera estaba nerviosa. No sentí el piquete, no dolió nada. Unos segundos después, sentí una leve molestia en el brazo. Me senté a esperar los 30 minutos reglamentarios. Entonces llegaron las náuseas y el mareo, el hormigueo en las manos y podía escuchar los latidos de mi corazón como si éste fuera a salirse de mi pecho. Traté de calmarme pero sólo logré ponerme nerviosa. Cuando se acercó el médico para ver cómo estábamos y decirnos que ya podíamos irnos a casa, le pregunté si era normal lo que sentía. Me dijo que no. Me revisó. Tenía taquicardia y también la presión baja. Pasaban los minutos y mi situación no cambiaba. El médico que me observaba comentó que iba a llevarme a la ambulancia y me asusté más. No voy a saber si fue la reacción a la vacuna o un ataque de pánico, sólo tengo claro que cuando escuché la palabra ambulancia sentí un hoyo en el estómago y me dije a mí misma que eso no sucedería. Cerré los ojos, respiré profundamente (tardando más tiempo en exhalar que en inhalar), me visualicé sana en mi casa. Me fui recuperando y no fue necesario llevarme. ¡Qué alivio!

Los efectos un poco adversos de la vacuna me duraron un día y medio. Aparte del enorme agotamiento, del fuerte dolor de articulaciones y de lo mucho que me pesaba el cuerpo, parecía que la inyección contenía también una enorme dosis de tristeza porque así, de pronto, en la noche, me cayó encima: lloraba y lloraba sin poder detenerme. Me devoró el dolor de no poder ver a mis amigos, del tiempo que llevo físicamente lejos de ellos, de no poder abrazarlos. También pensé en la pérdida de la espontaneidad: en todo lo que se tiene que tomar en cuenta para poder ver a alguien un ratito y guardando la distancia. Después desapareció: me quedé con el silencio del insomnio y el calor tan frío de la fiebre. Ayer fue un mejor día, sin fiebre ni tanto dolor, pero sí con mucha debilidad. Ahora ya estoy bien, muy agradecida porque haya llegado mi turno. Claro, todavía me falta la segunda dosis pero pasarán varias semanas antes de que eso suceda.

Nadie, no lo dicen, pero la verdad vacunarse es un acto de valor y saber que fui valiente me hace sentir muy bien. Confío en que ya haya pasado lo peor de la pandemia y poco a poco vayamos volviendo a la libertad.

Gracias por no reclamarme mi largo silencio. No había podido acercarme a la pluma, fue como si temiera dejar salir mis emociones. Cuando lo intenté parecía que mi voz se había quedado sin tinta. Me paralizó también mi necesidad de salir, cambiar la rutina, ver a mis amigos. Este largo semi-confinamiento acompañado del insoportable miedo a acercarse a las personas ha sido un peso que me sobrepasaba. Pero, no creas, Nadie, que me la pasé apática y deprimida. Hago ejercicio, duermo bien, tomo más agua, medito y poco a poco voy encontrando paz en mis demonios: cada vez me asustan menos. No te voy a negar que hay días en los que sigo sintiéndome tonta, aburrida, incapaz de darle vida a mi universo interno pero ya no me quedo ahí todo el tiempo. Quizá mi parálisis emocional se debió justo a eso: mi lucha por sacudirme esas ideas opresivas y falsas.

A menudo sonrío cuando estoy frente al espejo. Me gusta la imagen bonita que veo y trato de hacer amistad con ella. Me corté el pelo y compré ropa nueva. Ahora me importa verme bien, mi apariencia. Ya no me siento culpable por eso: por fin mi corazón comprende que eso no es algo frívolo ni superficial. Me está costando mucho trabajo asimilarlo pero ahora sé que amarme significa también ponerle atención a mi cuerpo, dedicarle tiempo. Poquito a poco eso voy haciendo. Quizá parezca algo sencillo, pero, para mí, eso implica escupir las ideas que me autoimpuse en la adolescencia cuando la única manera de escapar de la flaca fea era mirando hacia dentro, ignorando mi “feísimo rostro”. Derrumbar muros y transformar los malos hábitos del pasado es en lo que me concentro ahora. Estoy tranquila porque tengo la certeza de que las palabras volverán a mí conforme vaya aumentando la confianza en mí misma.

Te confieso que me asusta un poco quitarme la capa de invisibilidad; por eso, sin importar cuanto me esfuerzo, todavía la tengo puesta. Pareciera que deshacerme de ella fuera sinónimo de quedarme desprotegida. Sin embargo, por llevarla conmigo olvido mi fuerza e ignoro las batallas que he ganado. Es un caparazón que no me protege y sí me impide volar. Lo importante es que ya descubrí la razón y aunque agradezco haber tenido esa capa que me ayudó a sobrevivir varias tormentas, ahora debo arrancarla de mi alma. ¿Celebrarás conmigo cuándo lo logre?

Cambiando de tema, tengo que contarte algo increíble que pasó el sábado. Llevaba mas de un año esperando ese momento y aunque no hubo un helado, no pudo ser mejor. ¡Por fin volví a mi lugar feliz! Justo cuando ya no soportaba estar en casa, la rutina del encierro, Jea y yo decidimos salir a caminar. ¿A dónde crees que fuimos? ¡Síí! ¡A Coyoacán, mi siempre amado Coyoacán! Un año y más de tres meses después, por fin volvimos a la fuente de los Coyotes. Una parte del parque estaba cerrado por remodelación, pero, ¡en sus calles ya había música! Se escuchaba la versión de una canción de Jarabe de Palo. Se sentía la alegría de las personas ahí presentes (no, no eran muchas). Casi no podía hablar pues tenía la emoción atorada en la garganta. Miraba extasiada la Fuente de los Coyotes mientras pensaba en la falta que me había hecho mi querido Coyoacán en estos días. En mis cuarenta y cuatro años (ya casi cuarenta y cinco) nunca había pasado tanto tiempo sin visitarlo. Me sentí ligera y renovada. ¡La lluvia nos impidió volver a casa! Cenamos en el Atrio (La Esquina de los Milagros) y lo disfrutamos. Era nuestra primera salida así en todo este tiempo. Nos sentimos casi libres y muy aliviados. ¡Qué velada memorable! Tengo la ilusión de que sea la primera de muchas y de que no falte tanto para poder deshacernos de los cubrebocas (en esta época de calor me sofoca usarlo).

Una velada en Coyoacán. 🙂

En mi última carta te conté de mis lavandas. ¡No puedo creer que hace un año las planté! Van muy bien y están dando muchas flores. Hace unas semanas les corté unas ramitas para plantarlas (más esquejes) y sobrevivieron cuatro. ¡Estoy emocionada! Además, después de casi un año, vienen en camino las exquisitas flores del jazmín y las dalias también están llegando. Nadie, la méndiga plaga se niega a irse, pero la mayoría de mis plantas están sanas, varias llenándose de flores. Otra cosa buena de pasar tanto tiempo en casa: me he hecho casi experta en reproducir mis plantas con esquejes, saber qué necesitan y cuánto tardan en crecer, madurar, dar flores. Tengo casi treinta caléndulas (porque esparcí las semillas de una flor y pues no esperaba que surgieran tantas) y ya tengo dos plantitas de geranios (esquejes que van creciendo bien). La lista continúa pero no quiero aburrirte.

Por último, Nadie, te cuento que sueño con festejar mi cumpleaños con un karaoke al aire libre. Todavía faltan unos meses y tengo la esperanza de que ya sea posible hacerlo. Cruza los dedos, por favor.

Espero que te gusten las fotos que te envío y te mando un abrazo muy fuerte. ¡Hasta pronto, mi Nadie querido!

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Trigésima carta.

•marzo 6, 2021 • Dejar un comentario

4 de marzo 2021

¡Hola! Me puse a llorar con la puesta del sol. Llevo semanas viviendo al borde de las lágrimas, desorientada. Adentro tengo un nudo enorme que oprime mi pecho. Me cuesta trabajo respirar.

Atardecer 4 marzo 2021

Estoy sentada en el balcón mirando mis flores. Te escribo con la poca luz que queda antes de que oscurezca. El viento me acompaña y los pájaros cantan alegres. El geranio sigue creciendo. Ya van dos veces que lo visita un colibrí. Espero que pronto vengan más. Cuando los veo, me olvido de todo y mi corazón se alegra  por unos segundos.  La salvia sigue llenándose de botones y el rosal ya tiene uno.  A menudo cuando veo mis plantas trato de desenredarme. A veces sí puedo; otras, no. 

Querido Nadie, ya estamos en marzo. El invierno se despide pero la pandemia no. El otro día soñé que me reunía con un amigo. Íbamos a un lugar donde había mucha gente. Las personas reíamos y yo bromeaba feliz con él. De pronto me percataba de que ninguna de las personas que estábamos ahí teníamos puesto el  cubrebocas ni pensábamos en la sana distancia. Nos divertíamos como antes. Entonces me invadió el terror de que nuestra irresponsabilidad provocara más enfermedades y muertes. La culpa me pesaba tanto que empecé a tener un ataque de pánico. Justo en ese momento abrí los ojos pero – a diferencia de otras pesadillas que he tenido- eso no me dio paz.  Ahora ya no soy libre ni siquiera cuando duermo.  El fantasma del cubrebocas se me aparece en todos lados. 

¿Cuándo volveré a reunirme con amigos? ¿Cuándo podré organizar la fiesta karaoke que quedó pendiente? ¿Cuándo volveremos a bailar? Tengo una larga lista de cosas por hacer antes de morir y no tengo idea de cuándo podré empezar a realizarlas.  Sabes, estoy harta de repetirme que esto también pasará.  En este instante me falta paciencia.  Me confronto con mi propia muerte cada vez que leo las noticias o me entero de alguien más que ya no está.  Me resulta inevitable preguntarme si seguiré aquí cuando esto pase.  Ya me sé mi casa de memoria.  Puedo visualizar cada detalle de ella cuando cierro los ojos. Me falta poco para saber el número de ramas que tiene el pino frente a mi balcón.

No siempre estoy de buen humor, por el contrario, hay días en los que estoy tan desencantada que ni siquiera me muevo por mis plantas. Las veo sufrir por la plaga y no encuentro las ganas para ayudarlas. La verdad es que  me fastidian las plagas y pandemias, me llenan de impotencia. Necesito confesarte que a veces hasta me enojo con mis plantas, las regaño porque no se defienden. Me molesta verlas pues la presencia de pulgones o de la mosca blanca me deprime.  Sé que es absurdo pero me pasa. He llegado al extremo de querer deshacerme de ellas porque no logro manejar esta frustración; sin embargo, nunca las abandonaría. Cada día las veo luchar, sobrevivir y ahora- también- llenarse de flores. Son mi inspiración, deseo ser como ellas: no sólo resisten la adversidad sino florecen a pesar de ella, con ella.  Por fin ayer les puse el insecticida natural  que les compré.  Ya empiezan a verse mejor.

He tenido mucha ansiedad aunque sin insomnio. Sigo trabajando en ser disciplinada, eso siempre ayuda. Diario me levanto muy temprano para meditar. Suelo hacerlo antes de que amanezca. Después voy al gimnasio (lo abrieron hace tres semanas). Comenzar así el día me da luz y me ayuda a ser fuerte pero sigo con el llanto en la garganta.  Con frecuencia me quedo con la pluma en la mano casi tan vacía como la hoja blanca de mi cuaderno.  ¿Recuerdas cuando escribía poemas? Ahora siento un hoyo en el estómago de sólo pensar en hacerlo. ¡Me aterra la idea! He llegado al punto en el que ni siquiera la poesía puede salvarme.

En días como éste me siento la persona menos talentosa del mundo.  No sé si sea mi apatía pero ni siquiera puedo corregir el cuento que escribí hace unos meses.  Trato de no juzgarme pero es difícil cuando veo a mi alrededor a varias personas que no se detienen, crecen, se acercan a sus metas como si esta pandemia fuera sólo un obstáculo más. Yo no soy así. Se desborda mi sensibilidad, me consume la apatía, tengo la mente dispersa y no tienes idea del gran esfuerzo que implica para mí escribirte esta carta.

Es paradójico como puedo verme al espejo y sonreír, sentirme bonita, mejor conmigo misma en ciertos aspectos pero cuando se trata de crear, de romper las barreras, me bloqueo y no llego a ningún lado.  Además, tampoco he sido capaz de mejorar mi relación con la comida. He sobrellevado esta especie de confinamiento comiendo dulces, donas, botanas, comida chatarra. Como cosas que me hacen daño pero que me dan una falsa sensación de felicidad. Sigo buscando cambiar eso, lo logro por algunos días y luego recaigo. Cuando eso sucede, vuelven la culpa y los reproches.  Veo mi vientre inflamado y vuelvo a llorar. Pienso en lo mal que correría si participara en una carrera ahora, en lo pesada que me siento. ¿Qué te digo, Nadie? Hoy he comido bien todo el día. Me siento orgullosa por eso; sin embargo, mi ansiedad está al máximo. Estoy muy irritable y no encuentro armonía. Se me antoja una dona con mucho chocolate. Quiero gritar. Soy llanto e impotencia, la desesperación de un callejón sin salida.

Estoy en el balcón, viendo al cielo ennegrecerse. Los pájaros ya se fueron y el viento está muy caliente.  ¿Cuándo va a acabar esto?  En serio, sé que acabo de decirlo, pero ya me cansé de repetir que esto pasará, de sofocarme con el cubrebocas, de vivir con la angustia de que otra vez cierren el gimnasio. 

Nunca he sido muy sociable. No suelo participar en muchas reuniones ni fiestas. A pesar de eso, extraño reír con mis amigos, divertirme, verlos en persona y no en videollamadas.

¿Podré ser como mis plantas?  Agradezco la oportunidad de verlas diario y crecer con ellas.  Resisto, día a día, resisto. ¿Podré florecer también?

¿Te acuerdas de los esquejes de lavanda que planté en junio?  Sobrevivieron y ahora han duplicado su tamaño. Se llenan de botones.  ¿Lo puedes creer?

Sé que cuando está más oscuro es porque ya va a amanecer…. es sólo que ya necesito que amanezca, por favor.

Cuídate mucho, Nadie, gracias por siempre leerme.

Carla

PD. Espero que te guste la foto del atardecer hoy. Pronto te enviaré fotos de mi lavanda.

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo novena carta.

•enero 23, 2021 • 2 comentarios

¡Hola! Te escribo colmada de añoranza, con la devastadora falta de libertad para abrazar y ser abrazada, en está época donde la espontaneidad es la gran ausente. ¿Qué puedo hacer, Nadie, para sentirme mejor?

Esta noche sólo quiero contarte un momento de mi adolescencia, cuando estaba por cumplir dieciséis años. Tú sabes que era una adolescente muy insegura y nada sociable. Lo que no te he contado es que la canción de Juan Gabriel, Yo No Nací para Amar, era mi himno, a menudo me la cantaba sin dejar de llorar. Esto para decirte que no sólo no fui noviera sino que me tardé mucho en tener novio, estaba convencida de que me sucedería como a Juan Gabriel en la canción, que sería siempre una forever alone (como les llaman ahora). En fin, no me desvío más del tema. Si mal no recuerdo junio finalizaba. Mi amor platónico de varios años había terminado la prepa. Te contaré de aquel sábado, el día de la ceremonia de graduación en la escuela.

Yo le había enviado una carta de felicitación con una amiga, pues yo no sabía si iba a poder ir. No sé cómo me atreví a a hacer eso. Creo que fueron las palabras de una persona a la que admiraba mucho, me dijo: “La única locura de la que me arrepiento es de la que no hice”. Debo decirte que esa frase me sigue dando valor hoy en día. Esa mañana pude enviarle una carta, pero la mayoría de las veces no podía ni saludarlo. Ambos éramos demasiado tímidos en esa época y hubiera sido imposible mantener una conversación; pero algo sí te digo, cuando me volteaba a ver o me sonreía, yo mejor conocida como la flaca fea o vitola (nombre que usaban para insultarme, después supe que Vitola era una comediante talentosa y bonita), me sentía la dueña no del mundo sino del universo entero.

De la graduación sólo recuerdo las togas y birretes, a mi maestro favorito y a mi amor platónico recibiendo su diploma. En ese entonces, todavía era romántica en exceso y soñadora, estaba envuelta en miel. Ahora sé que eso era bonito y mágico y agradezco los breves instantes en que logro darme la oportunidad de volver a llenarme de miel. Él era flaco como yo pero más alto.

Terminada la ceremonia, felicité a mis amigas y después me debatía entre correr a casa o felicitarlo a él. En eso, él me buscó a mí cuando todavía era posible ser espontáneos y acercarnos no estaba prohibido. Al verlo frente a mí, aunque feliz, me quedé petrificada. Me agradeció la cartita que le escribí. No te rías de mí, Nadie, pero nunca supe si le respondí o no, tampoco supe si después de eso él me abrazó a mí o fui yo la que lo abracé. Porque desde de que me dio las gracias dejé de tener los pies en la tierra, me fui a ese lugar donde somos ligeros, luminosos y la tierra no existe. Así de sencillo.

Sabes, a menudo decimos que el tiempo se hace eterno cuando uno está aburrido y que cuando estamos felices pasa demasiado rápido. Cierto es que una infinidad de veces he querido detener el tiempo, por lo menos unos minutos, pero esa vez, no podría decir lo mismo. No quise alargar nada porque así estuvo increíble. Fue la primera vez que viví algo así y, te aseguro que lo he vivido pocas veces en mi vida, no es algo que suceda todos los días -me resultaría imposible comer, trabajar, escribir, cuidar mis plantas y, además, sería agotador.

Pues sí, perdí la noción de todo y no tengo idea de lo qué duró ese abrazo, no sé si fueron segundos o minutos, sólo tengo claro que me fui al infinito: olvidé dónde estaba y hasta mi nombre. Me encontraba en un lugar donde predominaban el bienestar, la armonía, la ilusión, la paz. Esa Carla navegaba en el cielo de los instantes felices.

Fue abrupto el regreso a la realidad; de pronto abrí los ojos y estaba en sus brazos, mi cabeza recargada en su pecho- ¿a dónde se había ido la timidez?- . Empecé a temblar, no quería moverme pero me puse demasiado nerviosa. Sonriendo nos despedimos.

Querido Nadie, no fue mi primer beso pero el terremoto dentro de mí fue mucho más intenso que aquel primer beso que recibiría años después. Ese abrazo me dio esperanza y recordarlo me ayudó en los días solitarios. ¡Qué poderosa me sentí ese gran sábado!

Esta semana he tenido muy presente esta historia porque no puedo dejar de pensar en los adolescentes y los adultos jóvenes, quienes estudian en casa, viven las graduaciones desde la computadora, tablet o celular, y pasan los meses encerrados, aislados en un época donde la espontaneidad no cabe. ¿Abrazarse y besarse así nada más, sin planearlo antes? ¿Cómo están descubriendo el mundo? ¿Cómo lo sobrellevan? ¿Cómo conviven con sus amistades? ¿Qué sucede con las historias que no han podido escribir? ¿Y qué pasa con el romance, con sus ilusiones?

Me aterra que no tengan historias fuera del mundo virtual que recordar de sus años adolescentes. Me preocupa que no sepamos orientarlos. ¿Qué pasa con su soledad? ¿Cómo van a socializar después de esto? ¿Habrá un después de esto? También me pregunto cómo vamos a reconstruirnos todos. ¿Cuándo volveremos a pasear tranquilamente por las calles y abrazar con fuerza al amigo querido que se cruzó en nuestro camino y al que teníamos años de no ver?

Ojalá que, como dice mi esposo, en el futuro recordemos al 2021 como el año que nos trajo alivio, ojalá que llegue pronto.

Un abrazo para ti,

Carla

P.D. Junto con esta carta de te envío una foto del cielo despejado de esta mañana. ¿Ya viste las nubes? Espero que te guste.

El Cielo Desde mi Ventana

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo octava carta.

•enero 1, 2021 • Dejar un comentario

31 de diciembre 2020

¡Hola! Es el último día del año. Mi casa huele al ponche que está en la estufa, ya casi listo para la cena. Desde que Jea y yo empezamos a vivir juntos tenemos la tradición de celebrar la llegada del Año Nuevo con una gran reunión en nuestro hogar, al que llenamos de familia y amigos.  Estaba emocionada porque este año lo haríamos en nuestro departamento (nos mudamos hace casi un año) pero no será así: nada de fiestas ni gente.

No te lo voy a negar, estoy muy triste. Llevo a cuestas la soledad de esta pandemia, estoy desesperada por ver a mis seres queridos y abrazarlos sin reservas ni temor. Me hiere la añoranza. ¿Cuándo fue la última vez que participé en un karaoke o que bailé con mis amigos?  ¿Cuándo fue la última vez que me acerqué a alguien sin pensar en la sana distancia o enfermedades? ¿Volveremos a ser espontáneos cuando nos encontremos con alguien conocido?

Te escribo con la mano temblorosa mientras la tinta avanza por un terreno incierto.  Yo sólo lloro evitando que alguien me escuche.  Las perritas le ladran al viento, yo observo con melancolía cómo los árboles se mueven de un lado a otro.

El covid se hace presente hoy más que nunca y yo quiero olvidar que existe, que estamos atrapados en este encierro  donde convivir físicamente con alguien puede resultar el peor pecado del universo. Nadie, me duele la soledad de quienes están enfermos, de quienes han sufrido pérdidas y se ven obligados a vivir su duelo aislados. ¿Cómo sobrellevar la muerte de un ser querido sin tener ningún tipo de contacto físico con los demás?

Hoy termina un año duro, muy duro para los habitantes de este planeta.

No quería pasarme el día tristeando, así que en la mañana mientras cortaba la fruta para preparar el ponche estuve cantando Timbiriche. Revivir mi infancia mantuvo mi pensamiento muy lejos del covid.  Nadie, no te burles, pertenezco a la famosa generación Timbiriche. Tenía cinco años cuando empezaron a cantar y su música me acompañó hasta llegar a la adolescencia.  A mi prima y a mí desde chiquitas nos encantaba Benny Ibarra (me sigue encantando, no lo niego). Mientras cantaba, volví a sentir la ilusión con la que ella y yo  veíamos la vida en aquel entonces. Tuvimos la suerte de vivir una infancia mayormente alegre, llena de travesuras y risas.   Pero no sólo pensé en ella o en mis hermanos, sino en momentos felices de mi infancia que ya había olvidado (porque por muchos años me avergoncé de todas las Carlas que fui y no me atrevía a mirar atrás) en la escuela o en el club cuando iba a nadar, a jugar a tenis, a pasarla bien. Fue una lluvia de risas, de sueños, de travesuras, de sentir que todo está bien, de volver a la libertad que siempre dimos por sentado hasta marzo de 2020. En fin, no creas que escucho seguido a Timbiriche, ni mucho menos que me pase horas cantando su música, pero fue sanador hacerlo. Creo que estarás de acuerdo conmigo en que la vida es mejor cantando.

El año se termina y aunque no me siento feliz, sí tengo muchas cosas que agradecer: un día más de vida, de tener salud, de estar rodeada de amor. A pesar del confinamiento/ pandemia, este año he podido reconciliarme conmigo misma, me siento bonita cuando me veo al espejo, ya no me siento tan inútil como en marzo cuando empecé a escribirte cartas de nuevo. Soy más valiente ahora y creo que también mejor persona. En esta época confusa, los vínculos con mis seres queridos se han fortalecido. Las videollamadas me han permitido estar cerca de mis amigos que viven lejos. 

A pesar de la incertidumbre miro hacia al futuro y tengo esperanza de volver a convivir en libertad con los demás, a abrazarlos , abrazarlos  y seguirlos abrazando. Lo siento, sé que cada vez que te escribo hablo de abrazos, ¿cómo evitarlo si no puedo dejar de pensar en eso? Lamento ser tan repetitiva, pero es algo que me pesa y no dejará de pesarme mientras sigamos viviendo esto.

No sé si el 2021 será un año feliz, sólo sé que me seguiré esforzando en dar lo mejor de mí y llenar de amor a las personas que me rodean.

Antes de despedirme, quiero decirte que mis plantas son más rudas de lo que imaginaba: casi todas han sobrevivido a la plaga. Yo ya me había dado por vencida, pero esta semana dediqué una tarde a cuidarlas.  Mi salvia  por primera vez desde que la compré ya tiene botones. ¡Ya vienen las flores! ¡Ya quiero verlas!  El jitomate ya tiene muchas flores y dos pequeños frutos. Los geranios están preciosos.

Nadie, mi querido Nadie, deseo que este Año Nuevo sea un año de amor, salud y luz para ti y tus seres queridos. Que el 2021 nos traiga a todos libertad para convivir unos con otros sin tanta distancia ni consecuencias mortales, que nunca volvamos a pasar tanto tiempo en aislamiento, que podamos ayudarnos a sanar.

Me despido con una foto del último atardecer de este 2020 que tomé para ti. Lo vi hace un ratito desde mi ventana, a pesar de mi ánimo raro, me hizo sonreír.  La Madre Naturaleza siempre sabe cómo sorprenderme.

Último atardecer del 2020

Todo lo mejor te deseo, todo lo mejor hoy y siempre a ti, mi sempiterno confidente, gracias por leerme, muchas gracias.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo séptima carta.

•diciembre 27, 2020 • Dejar un comentario

26 de diciembre 2020

¡Hola! En esta carta quiero hablarte del reto de lectura en el que estoy participando. Se llama Guadalupe Reinas y lo organiza la colectiva Librosb4tipos que busca difundir la obra escrita de diferentes autoras y analizarla desde nuestras experiencias. El reto consiste en leer diez libros escritos por mujeres del 12 de diciembre al 6 de enero. Me enteré de esto gracias a Rebeca, quien me dijo que hiciéramos esto juntas. Claro que me encantó la idea. ¿Qué mejor actividad para compartirla con mi hija? Me pasé la tarde del 11 de diciembre armando mi lista. No fue fácil escoger los libros para las diferentes consignas y agradezco las sugerencias compartidas en las cuentas de librosb4tipos en Facebook y Twitter.

Me vino muy bien hacer esto porque este año pasé meses sin leer: no lograba concentrarme. La ilusión de cumplir este reto ha hecho posible que pueda hacerlo sin distraerme ni cansarme.

El año pasado también participamos en el reto pero sin terminarlo pues estábamos en plena mudanza. No me quedé con las ganas de leer los libros: lo hice después. Te confieso que este 2020 he leído a más mujeres que hombres. Ha sido bueno hacerlo pues eso me ayudado a darle más fuerza a mi propia voz, a salir de las sombras. En septiembre leí Memories of the Future de Siri Hustvedt. Me identifiqué con la protagonista de esta historia: a través de su experiencia logré comprender mejor a la mujer que fui en mis veintes, a reconciliarme con ella.

Déjame decirte, Nadie, que mirando el mundo a través de los ojos de otras mujeres encuentro con quien compartir mis demonios, confirmo que no estoy sola en mi necesidad de rebelarme y ya no me siento un bicho tan raro.

Estoy disfrutando mucho las consignas de este año: gracias al Guadalupe Reinas está regresando la devoradora de libros que siempre he sido. Antes de continuar, te comparto mi lista para este Guadalupe Reinas 2020. No empecé en el orden marcado, voy escogiendo según mi estado de ánimo a la hora de empezar el libro. Ya casi termino: sólo me faltan dos.

Lista de los libros que estoy leyendo este Guadalupe Reinas 2020 organizado por librosb4tipos

Primero leí el de divulgación científica: Mind Over Medicine de Lissa Rankin MD. Desde un punto de vista científico defiende el punto de que el cuerpo puede sanarse a sí mismo. Describe cómo el estrés, la ansiedad, el miedo afectan al sistema inmunológica así como también qué lo beneficia. Esta lectura despertó el espíritu investigador que llevaba años dormido y ahora tengo una lista de libros al respecto de este tema que quiero conseguir. Varios de ellos, por cierto, están escritos por mujeres.

Pocas historias en la literatura me han hecho reír. Es un género que he explorado poco y que deseo conocer más. En las sugerencias de librosb4tipos, muchas participantes recomendaron El Ataque de los Zombis (Parte Mil Quinientos) de Raquel Castro. Lo escogí con la esperanza de divertirme un rato. Es una antología de cuentos. ¡Nadie, está genial! Tenía meses de no reírme a carcajadas y Raquel Castro logró que lo hiciera. Entre su sarcasmo, humor negro, estilo fresco y vivo, me atrapó desde el cuento uno. Mi favorito fue el de La Saga Incompleta de la Piraña Humana. Las ocurrencias de Raquel Castro vuelven sus historias impredecibles. Aunque casi todos los cuentos hacen reír, hay un par que me resultaron un poco inquietantes. Imagino que también debe ser muy buena escribiendo cuentos de terror. No solté el libro hasta terminarlo. Me quedé de muy buen humor. ¡Te lo recomiendo! Además me encantó saber que Raquel Castro es mexicana, estudió en la UNAM y tiene mi edad. ¡Es un hecho que buscaré más cuentos suyos!

En el extremo contrario (una historia que no podría estar más lejos de las carcajadas), El Color de la Leche de Nell Leyshon me dejó con el corazón arrugado. Mary es una adolescente que vivía en una granja y fue obligada a trabajar en la casa de una familia adinerada donde aprendió a escribir. Así, con las palabras que apenas conoce, con un lenguaje “sencillo” nos narra su historia. Sabía que no se trataba de una historia rosa pero el final inesperado y brutal me golpeó de tal forma que estuve a punto de vomitar. ¡Con que maestría acaba la narración! Me pregunto si podré olvidar el grito de Nell Leyshon en este libro. Creo, Nadie, que pega más leerlo siendo mujer. No puedo dejar de pensar en lo vulnerables que somos en esta sociedad (no hablo de México, sino de la mayor parte del mundo). No creas que soy masoquista, pero agradezco haber encontrado esta novela. Es de lo mejor que he leído este año.

Por último te diré que por fin leí el tomo que me faltaba de las Historias de Terramar de Ursula K. Le Guin: The Other Wind. Continúa con la historia de Therru (protagonista del cuarto libro: Tehanu). Había leído que los últimos libros de esta saga no son tan buenos pero a mí me parece lo contrario. ¡Me encantó! Terramar sigue siendo un mundo en el que me gustaría vivir: amo la magia y vivir en armonía con la naturaleza. Esto último es muy importante aunque no siempre se logre en aquellas lejanas tierras porque – como aquí- los humanos nos negamos a hacerlo.

Estos son los que más he disfrutado. Puedo decirte que estoy satisfecha con los que llevo hasta ahora. En cada uno he encontrado un universo que me ayuda a salir del ánimo extraño que se ha generado con la pandemia. Nunca había escuchado hablar de Raquel Castro ni de Nell Leyshon y – como ya lo notaste- quedé muy impresionada con su trabajo.

Agradezco la oportunidad de escuchar las voces de mujeres talentosas y de poder compartirlas con mi hija. Una vez que terminemos el reto, hablaremos de las autoras que más nos hayan gustado.

Nadie, quizá pronto llegue el momento en que yo también pueda hacer que mi voz se oiga, romper el silencio con el fuego de mis palabras; mientras tanto sigo aprendiendo de las mujeres que ya han dejado huella y quienes me ayudan a ser fuerte en un mundo mayormente de hombres.

Un abrazo, querido Nadie, espero escribirte antes de que termine el año.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo sexta carta.

•diciembre 24, 2020 • Dejar un comentario

24 de diciembre 2020

¡Hola! En otras circunstancias, lo primero que te escribiría en esta carta, querido Nadie, sería “Feliz Navidad para ti”. Sin embargo, este año eso me parece una utopía, un maravilloso deseo que quizá se sienta pesado. ¿Cómo decirlo con el quédate en casa sin abrazos? ¿Cómo decirlo con tanto duelo, soledad y temor? ¿Cómo decirlo con el corazón escondiendo el llanto? Sobre todo, ¿cómo decirlo si me agobian los mensajes de feliz navidad que están circulando en redes sociales y whatsapp? Pareciera que nuestro destino se transformará con sólo mencionar las palabras mágicas.  Perdón, Nadie, no sé si soy una amargada o la situación me agota.

Escuché Adeste Fidelis en la mañana y me conmoví profundamente. Me enamoré de esa canción en primaria cuando aprendí a tocarla en la flauta.  ¿La conoces? ¿Te gusta? ¿Te da nostalgia cómo a mí?  ¿Cómo vives la Navidad ahora?

Cuando era niña esperaba con emoción el día en que mamá y yo (después también mis hermanos) decoraríamos la casa de Navidad. Empezaba con sacar las cajas, armar el arbolito y acomodar las luces (eso lo hacía ella sola). Ya que el árbol estaba bien iluminado, entonces empezábamos a decorarlo con esferas, moños (hechos por ella) y otros adornos.  A menudo me quedaba en la noche admirando las luces y soñando despierta.

Mi abuelita materna amaba la Navidad y tiraba la casa por la ventana cuando se acercaba la fecha. Su casa era un paraíso de luces de colores, alegría y muchos dulces. Cada año nos hacía mentitas que sus nietos devorábamos sin contenernos.  También había varios postres, recuerdo el ensoletado (ahora mi mamá lo hace cada año y es una delicia).

Con mis abuelos paternos la Navidad era la oportunidad de estar con mi prima que vivía en Querétaro.  Al acercarse la medianoche, todos los nietos cantábamos villancicos justo antes de poner al niño Jesús en el pesebre.  Nos desvelábamos haciendo travesuras y estrenando nuestros regalos.

Convencida de la magia de esas fechas, le pedía a Dios deseos locos como que me hablara el niño que me gustaba o que pudiera hacer magia como Gigi o Lalabel (de mis caricaturas favoritas).

En la adolescencia me convertí en Grinch, por muchos años odié la Navidad. Después encontré el equilibrio  y ya no la veo como un día mágico pero si como la oportunidad de convivir con nuestros seres queridos y hacernos más conscientes del amor que nos rodea (cosa que deberíamos tener presente cada día del año). Recuerdo las tardes que pasé con Rebeca haciendo las tiras de palomitas para decorar el  árbol (como la hacía mi abuelita) y mi corazón se alegra.

En fin, estos recuerdos (y el estar escuchando mil veces Adeste Fideles mientras te escribo) lograron sacar el invierno de mi corazón y ya estoy lista para felicitarte (si se le puede llamar así).

Querido Nadie, deseo que tengas una Navidad cálida, que te abrace el amor de tus seres queridos y si estás solo que  los recuerdos de momentos felices te acompañen y te den alegría, que la luz sea mucho más abundante que la oscuridad y que vengan tiempos mejores para ti y los tuyos.

Amor para ti en Nochebuena, Navidad y siempre. Confío en que superemos esto y pronto volvamos a reír a carcajadas muy cerquita de nuestros seres queridos.

Mucha salud para ti,

Carla

P.D. Te envío una foto de mi arbolito. Sí, ya lo sé, está demasiado pequeño ( así no se lo comen mis perritas) pero creo que quedó bonito.

Mi arbolito de Navidad

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo quinta carta.

•diciembre 23, 2020 • Dejar un comentario

Martes 22 de diciembre 2020

¡Hola! En esta época distópica me pesa la melancolía decembrina y quisiera estar alegre, pero no es el caso. Me ha tomado tiempo escribirte pues las palabras huyen de mí o, mejor dicho, si soy sincera, soy yo quien huye de ellas.
Es inevitable hablarte de la pandemia. Debo decirte que estamos en semáforo rojo, los lugares que no son considerados esenciales han cerrado de nuevo, los hospitales están llenos y “quédate en casa” es el grito que resuena en todo momento. En las redes sociales y conversaciones sobran los juicios, críticas, insultos y sentencias para quienes salen y para quienes no usan tapabocas – según esto, ellos son los “culpables” de esta situación-. El quédate en casa se impone como una orden fácil de seguir y sin repercusiones. Yo, Nadie, que no voy a fiestas, que casi no salgo, tuve un ataque de pánico con este cambio. Estamos como en marzo/abril cuando esto comenzó, pero es peor. Estoy harta de la violencia que se ejerce de unos contra otros (ciudadanos contra ciudadanos), de la falta de empatía tanto de los que usan tapabocas como de los que no lo usan. No puedo soportar palabras como “covidiota” ni frases como “merecen morirse, no deberían atenderlos en los hospitales” entre otras cosas. No digo que esté bien el no usar tapabocas, vivir en fiestas y sin sana distancia pero tampoco creo que las agresiones resuelvan nada ni que generen conciencia; no he conocido a alguien que cambie su modo de actuar por este tipo de comentarios y actitudes. Estoy harta también de la indiferencia, de que se considere esta pandemia como un asunto político (de quien cree y quien no cree en el virus), de que el tapabocas sea visto como “un robo a la libertad” y no como una manera de proteger al otro (independientemente de cualquier creencia, usarlo protege al otro no sólo de ser contagiado, también del miedo al coronavirus que se ha generado). Usarlo es algo que podemos hacer por nuestro prójimo. En fin, entre quienes no respetan ninguna medida para prevenir el contagio y quienes se sienten con la autoridad moral para soltar juicios, insultos y condenas, siento que me ahogo. Es paradójico como se puede desear feliz navidad justo antes o después de haber publicado o dicho algo así como “mueran los covidiotas”. Además de la pandemia del coronavirus, hay que sobrellevar la pandemia del miedo y -sobre todo- la del odio.

Hace unos días me dijeron soñadora por pensar en un mundo donde la empatía reine y nos cuidemos los unos a los otros. ¿Te imaginas que en lugar de destrozarnos unos a otros buscáramos el bienestar común, qué eso fuera más importante que nuestras creencias o puntos de vista? Me duele saber que quien me lo dijo tiene razón. Me agota leer y /o escuchar tantas quejas y/o juicios, que la pandemia sea la protagonista de la mayoría de las conversaciones. Las noticias parecen amenazas: aumento de casos de personas contagiadas y del número de muertos, alerta de nuevas cepas del virus que son más agresivas, restricciones, hambre, desempleo, violencia, desesperanza. Si eso no es suficiente, además, contamos con la irrefrenable necesidad de escupir nuestra opinión llena de juicios y palabras de odio en los medios en los que nos sea posible hacerlo. Por eso ya casi no visito mis redes sociales ni leo las conversaciones de los grupos de whats app: es casi imposible no toparme con publicaciones negativas. Nos culpamos unos a otros de lo que sucede. Exigimos las cosas con agresividad. No medimos el poder de nuestras palabras ni cómo éstas pueden afectar a los demás.

Nadie, estoy aquí, buscando en mi interior los recursos para mantenerme de pie. No puedo ir al gimnasio y hago lo posible por no caer en ansiedad ni depresión. Meditando disuelvo el nudo en la garganta y encuentro un camino para seguir adelante, en armonía. Elevo mi mirada al cielo y agradezco las bendiciones en mi vida; sin embargo, he recibido noticias tristes. Dos personas muy queridas fallecieron por este virus. Una de ellas fue un amigo muy cercano con el que quedó pendiente un karaoke, una velada para hablar de música. No hubo despedidas ni funeral, sólo el silencio enorme que predomina ahora. Llevo mi luto guardado dentro pues no me atrevo a llorar. ¿Qué tal si mi llanto se convierte en cascada? Pienso en mis sobrinos creciendo en casa, tomando clases frente a una computadora, conviviendo con amigos por medio del zoom o de los videojuegos virtuales. Pienso en el mayor que comienza su pubertad solo, entre adultos. Pienso en mi hija que debería estar en la universidad, salir con amigos, bailar. En lugar de descubrir el mundo, está aquí, con nosotros la mayor parte del tiempo, como con mis sobrinos: la vida social se reduce a estar sentada frente a la computadora, tableta o celular y convivir por medio de la tecnología. ¿Por cuánto más?

Dicen “quédate en casa” como si la vida fuera a esperarnos y el mañana pospandemia nos recibiera a todos con los brazos abiertos, porque todos estaremos ahí. En realidad no es así: la cruda verdad es que no sabemos que pasará mañana y ninguno tenemos la vida comprada. No puedo evitar pensar en las personas que no volveré a abrazar. ¿Cuánto tiempo seguiremos así? ¿De cuántas personas más no podré despedirme? ¿Cómo dejaremos de tenerle miedo al prójimo cuándo esto pase? ¿Pasará?

Extraño profundamente a mis amigos. ¿Cuándo volveré a verlos? ¿Cuándo podré salir con ellos con libertad y sin tapabocas? ¿Nuestros abrazos servirán para recomponernos, para compensar un poco nuestras pérdidas?

Miro al sol que entra por mi ventana. Quiero sentir esperanza, creer que tenemos remedio, que podemos ser mejores.

En fin, Nadie, salí a ver mis plantas y tienen plaga. Estoy demasiado cansada como para luchar contra ella. Después de las batallas de los últimos días, necesito un respiro. Me refugio en los libros: por primera vez desde que comenzó esta pandemia me la he pasado leyendo, estoy participando en un reto y eso me ayuda a poner mi mente en otro lado; además la lectura siempre me lleva a conocer otros mundos. Ya te hablaré de este reto en unos días, esta vez sí será pronto.

Escribirte me ayuda a ver más claro pero esta tarde mi pluma se rebela: no quiere soltar la tinta y ya me está doliendo la mano. Sólo una cosa más: hace una semana recibí una gran sorpresa: unas hermosas violetas persas (cyclamen) color rosa. ¡Quería unas flores así! Fue un regalo de mi querida amiga Val. Pese a todo, la vida tiene sus pequeños grandes milagros y son esos los que me motivan a seguir adelante.

Algo que sí puedo agradecer a esta pandemia: el volver a estar tan cerca de Val y Ceci, el reunirnos por zoom una vez a la semana y compartir nuestras inquietudes y vivencias como cuando estábamos en la universidad. Eso me rejuvenece y trae alivio.

No te enojes conmigo querido Nadie, pero no voy a mencionar la navidad en esta carta. Haré lo posible para que antes de la Nochebuena recibas otra carta de mi parte.

Cuídate mucho,

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo cuarta carta.

•noviembre 14, 2020 • Dejar un comentario

13 de noviembre de 2020

¡Hola! No creas que te he olvidado. En estos meses cambió mi rutina y – aunque parezca increíble- no había tenido tiempo de hacerlo. Mi pluma bailó cuando sintió mi mano acercarse y esta hoja está contenta: ya quiere llenarse de palabras.

Nadie, no tengo idea cuándo acabará esta pandemia. De nuevo el virus ataca con fuerza y esta especie de confinamiento no tiene fecha de caducidad. Aunque se abrieron algunos lugares con el objetivo principal de ayudar a la economía del país, muchas personas siguen trabajando en casa y los niños y jóvenes no han regresado a la escuela/ universidad. Siguen buscando sobrellevar las cosas con la educación en línea y te aseguro que a veces esto puede parecerse al infierno.

En fin, no tengo idea de cómo será el futuro pero sí tengo claro el daño que nos ha hecho el confinamiento. Por lo tanto, querido Nadie, salgo poco pero salgo. Sí, claro, siempre con el tapabocas puesto y con todas la precauciones necesarias. Pasé cuatro meses sin ver a mis hermanos. Los vi una vez y luego pasaron alrededor de tres meses más. Fue muy duro sobre todo para mi mamá (a ella ninguno pasamos tanto tiempo sin verla, eso sí, pero la distancia era grande). Ahora como familia nos reunimos más seguido y eso nos ha traído paz a todos.

Una de las cosas más duras de esta pandemia es que nos ha llenado de temor y soledad. Sin dejar de cuidarme a mí y a los demás, hay que quitar la pausa y avanzar. Es necesario cerrarle las puertas al miedo y preocuparnos por nuestra salud mental y física.

Mi hermana, mi mamá y yo tomamos una decisión muy difícil pero que nos ha traído más bienestar del que esperábamos: regresar al gimnasio. Para poder ir hay que programar una cita, es imperativo usar tapabocas todo el tiempo. Ahora es un lugar solitario y solemne. Extraño socializar, reír, hablar con alguien sin pensar en la sana distancia, convivir, pero eso no sucederá pronto. Volver nos ha cambiado la vida y también el ánimo. Esto me ha ayudado a – por fin- disciplinarme también para comer y ya logré bajar dos kilos. Si sigo así, en pocos meses volverán a quedarme mis faldas.

Puedo decirte que soy feliz estas mañanas en las que nos vamos juntas a hacer ejercicio. A veces nos invitamos un cafecito al terminar y convivimos un poco antes de volver a casa a nuestras respectivas rutinas.

Aunque estamos conscientes de que no ha terminado todavía, necesitamos curarnos las heridas que nos ha dejado el confinamiento. No quiero volver a estar en pausa nunca.

Nadie, hay que abrir las puertas de nuevo y eso me mueve ahora. A pesar de las tormentas y los eventos raros de este 2020, vuelvo la mirada a la vida, dejo atrás las sombras y permito que me guíe la luz. Avanzo hacia ella y encuentro paz.

Agradezco cada abrazo que recibo, cada palabra de aliento, cada muestra de cariño. A veces las tinieblas podrán nublar mi pensamiento, pero el amor y la amistad que bendicen mi vida siempre me ayudan a regresar al universo de sonrisas donde quisiera quedarme. Son ellos los que me inspiran para seguir adelante.

Hablando de cosas bonitas, quiero compartirte algo que me sucedió esta semana y que me sigue llenando de una felicidad muy profunda que me aleja del trauma del confinamiento y otros demonios.

Desde muy pequeña mi mamá compartía conmigo su fascinación por las películas de terror. Crecí con Alligator, Tiburón, las películas de plagas como Tarántula y Enjambre, las de los bichos gigantes- químicamente alterados por el error de algún científico- como las hormigas y, por supuesto, las de asesinos seriales y monstruos. Claro, mis favoritos eran Freddy Krueger, Mike Myers, Jason Voorhes y Chucky. Es por ella que me convertí en amante de este género (excepto de las películas gore) y que no suelo asustarme con estas películas. Cabe mencionar que ahora mi hija también disfruta mucho de este género (me temo que la contagiamos).

El miércoles mi mamá, Rebeca y yo vimos una película de terror juntas. Escogimos El Conjuro 2. No recuerdo cuándo fue la última vez que vi con mamá una película de terror, que pasamos una tarde así. Mi mamá sonreía. Las dos comentábamos un poco la película mientras Rebeca intentaba no asustarse. Se divertía. Mi mamá me abrazó y me acarició la cabeza como cuando era niña y yo, a mi 44 años, me sentí protegida y muy amada. Me quedé junto a ella, dejando que me consintiera, disfrutando.

La vida, mi querido Nadie, tiene sus tinieblas pero también sus arco iris y días soleados. Ese fue el arco iris que ninguna lluvia borrará de mi pecho. Para mí la felicidad es la colección de estos instantes con las personas que amo. Puedo asegurarte una cosa: no volveré a permitir que la pandemia me prive de estas experiencias. Abrazaré a mi familia lo más que pueda por el tiempo que me sea posible. Ninguno en este planeta tenemos la vida comprada y me niego a seguir en pausa, con temor, esperando al incierto mañana en el que todo se habrá resuelto…

Me estoy adaptando al tapabocas o por lo menos me obligo a hacerlo. No creas que vivo en fiestas ni rodeada de gente (eso ni siquiera lo hacía antes de la pandemia) pero es necesario entender que el tiempo no se detiene ni siquiera por el coronavirus.

Repito las palabras de una maestra muy querida y admirada del Diplomado de Tanatología que estudié: la vida sigue y nosotros con ella. ¡Nosotros con ella!

Nadie te prometo que saldremos adelante y seguiremos coleccionando instantes felices.

Te escribiré pronto, todavía tengo muchas historias que contarte.

¿Puedes creer que llegará la Navidad y seguiremos en esta especie de encierro?

Cuídate mucho.

Carla

P. D. Te mando una foto de mis geranios, cada día están más hermosos.

Mis geranios

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo tercera carta.

•septiembre 7, 2020 • Dejar un comentario

¡Hola! El miércoles fue mi cumpleaños número cuarenta y cuatro. Me hubiera gustado celebrarlo con un karaoke y la casa llena de amigos, pero en estos momentos eso no puede ser. A pesar de todo, querido Nadie, fue un día muy feliz.

Me desperté muy temprano y a las seis de la mañana ya estaba en la calle corriendo. Me regalé una carrerita deliciosa donde pude ver el amanecer. Ya no tuve miedo ni estrés: fueron nueve kilómetros de bienestar, de empezar a encontrar la música en mi cuerpo. Sigo avanzando a un paso lento y me sentí satisfecha. Después el ejercicio me regalé un exquisito café del Buentono Café con una galleta de chispas de chocolate (me encantan) y regresé a la casa muy contenta.

Tengo la impresión de que a muchos nos ha hipersensibilizado la pandemia y tenemos más presentes a las personas que son (o han sido) parte de nuestra vida. Te digo esto porque no sólo recibí más llamadas y mensajes que en años pasados, sino que fueron mucho más emotivos, hasta mi hermano que no suele hablar mucho, estuvo más cariñoso y platicador esta vez. Recibí mensajes de amigos y compañeros de la prepa a quienes tengo años sin ver. Fue inesperado y bonito. Por supuesto que mis amigas más cercanas estuvieron presentes y no podía faltar la feliz videollamada de Fabillo y su familia, llena de música y buenas noticias.

Desde temprano me felicitaron Jea y Rebeca. Me sorprendieron con un regalo genial: Una playera y un pin de The Cure. ¡No podría ser mejor! O bueno eso creía yo, porque luego Jea me dijo que también me regalaba un libro, que lo escogiera yo. ¡Doble regalo para mí!

Mi regalo de cumpleaños

Mi mamá vino a comer y Rebeca cocinó muy rico. Estuve muy consentida, más de lo que imaginaba.

Ese mismo día fui a la Gandhi por mi libro. Volví después de seis meses de no pisar una librería. No exagero cuando te digo que estaba en el paraíso. Casi lloro, pero me contuve. Estaba tan en las nubes que ni siquiera el tapabocas me puso de malhumor. Deambulé por los pasillos sin prisa, mirando a detalle cada libro que me interesara, deseando comprarlos casi todos. Paseaba feliz. La Gandhi estaba casi vacía y si no fuera por el mareo provocado por el tapabocas, me habría quedado más tiempo. Encontré los libros que buscaba y mi mente por fin se va desconfinando. Ya estoy respirando de nuevo. Sabes, Nadie, ya casi no he tenido ansiedad y cada vez duermo un poco mejor. Creo que por fin el insomnio angustiado está dejándome en paz.

En la noche de ese mismo día, llegaron de sorpresa nuestras queridas vecinas con un hermoso pastel para mí. ¡Qué afortunada soy! ¡Viva la vida! El pastel estaba delicioso – por cierto, lo acompañé con una cervecita- y la plática lo estuvo más.

Pastelito cumpleañero

Me costó un poco de trabajo dormir porque estaba tan emocionada que mi corazón no se desaceleraba, una y otra vez repasaba las felicitaciones recibidas, la alegría y a pesar de que estaba muy cansada tenía muchas ganas de bailar.

Eso sí, Nadie, no hubiera estado tan completa la celebración si el fin de semana anterior no hubiera venido mi familia. Tuvimos casa llena: mis papás, mis hermanos y mis sobrinos. ¡Por fin pude ver a mis sobrinos! Mi mamá trajo mi pastel favorito que con tanto amor me prepara cada año y nuestro hogar se lleno de risas y comida rica. Sí, me faltaron los abrazos, pero al menos, con cuidado, nos pudimos reunir. No tuve miedo ni ansiedad, sólo amor y agradecimiento.

Mi pastel preferido

La pandemia sigue, pero también la vida. Con las debidas precauciones hay que avanzar, encontrar motivos para sonreír, salir del miedo, tomar aire. Mi mente está menos saturada de las noticias y de los encierros; por fin me estoy sintiendo bien.

¡Agradezco un año más de vida! No doy por hecho nada y llegar a los cuarenta y cuatro años ha sido un gran logro. Confío en que vengan muchos más.

Mis seres queridos y yo tenemos vida y salud y eso siempre será el mejor regalo del mundo.

Esto pasará, Nadie, y volveremos a la calle sin temerle al prójimo, sin la necesidad de traer puesto un tapabocas. No tengo idea ni de cuándo ni de cómo, pero sucederá. Mientras tanto te seguiré escribiendo. No creas que se me ha olvidado: tengo algunas historias pendientes que contarte.

Este año mis cempasúchiles están enormes. ¡Ya tienen varios botones! No sólo la flor huele delicioso sino la planta completa y su aroma me envuelve cuando me acerco. No puedo evitar preguntarme cómo será la celebración del Día de Muertos este año. Me entristece pensar que no podré visitar las ofrendas como lo hacemos cada año. Al menos ya sé dónde poner la mía y confío en poder comer un helado de cempasúchil del Portal del Sabor. Es mi favorito y sólo se vende en esta temporada del año.

Cempasúchil

Los esquejes de la lavanda están creciendo mucho. ¡Ya pronto necesitarán maceta nueva! ¡Uno de ellos ya tiene una flor! ¡Está grande y fuerte! ¡No perdí mi lavanda querida!

En fin, no te rías, pero otra vez mis perritas hicieron travesuras y se comieron la menta que sembré hace poco. No te voy a negar que se me salieron las lágrimas pero reaccioné rápido. Rescaté las ramitas y las puse en agua. Confío en que pronto llegarán las raíces para poder plantarlas en la tierra de nuevo. Así planté la primera: le volé una ramita a la menta de mi hermana, la puse en agua y listo, hasta esta mañana, ya tenía una planta grande.

Las dalias superaron la plaga y hoy abrió una flor violeta, una sobreviviente hermosa.

Dalia

En fin, espero que te hayan gustado las fotos que te envío, Nadie. Hasta pronto mi confidente y amigo querido.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo segunda carta.

•agosto 28, 2020 • Dejar un comentario

28 de agosto de 2020

¡Hola! Aquí estoy, querido Nadie, escuchando la lluvia y mirando mis plantas. ¡Hay un cempasúchil que casi está de mi estatura! ¡En poco más de un mes empezará a llenarse de flores grandes!

Con el Cempasúchil

Sabes, si no existiera la pandemia, este fin de semana me tocaría correr un maratón. ¡Ahora ni siquiera he corrido veinte kilómetros! De todas formas, déjame contarte que ya voy quitándome las telarañas y estoy corriendo de nuevo. La semana pasada, después de más de seis meses, hice diez kilómetros y sin llegar al agotamiento. Todavía no siento libertad al hacerlo, pero ya comienzo a disfrutarlo. Cuando salgo me pongo muy nerviosa y estoy tan preocupada por no coincidir con otras personas, por evadirlas, que me cuesta trabajo encontrar el ritmo de mi cuerpo, relajar los hombros, avanzar. Unos kilómetros después ya logro calmarme un poco.

Así yo, después de correr 10 km.

Antes de la pandemia solía correr correr en los Viveros, ahora lo hago en la calle y me sigue pareciendo raro. Debo estar más alerta pero también tengo la posibilidad de escoger la ruta que voy a seguir. Ahora- como nunca- soy una corredora solitaria. Extraño el compañerismo y la motivación que surgen al encontrarse con otros corredores, el ayudarnos a ir más rápido, el convivir en esos breves instantes en los que nuestros caminos se cruzan. Ahora lo mejor es evitar cualquier interacción y guardar una sana distancia cuando evitar la cercanía es imposible. Se han borrado – por el momento- los saludos, las sonrisas, las palabras de aliento. A veces ya ni siquiera nos miramos a los ojos.

En fin, me concentro en el camino, la belleza de las calles, los árboles y las flores. Me invaden los recuerdos bonitos pues corro en las calles de siempre, las de mi infancia, adolescencia y edad adulta. Mientras corro llegan imágenes que me obligan a sonreír. He corrido por el parque donde aprendí a andar en bicicleta, por la calle donde está la que fue casa de mi abuelita, alrededor del centro de Coyoacán pues el parque sigue cerrado. Ayer me invadió la nostalgia de sentarme a la Fuente de los Coyotes. Recordé el atardecer que vi justo ahí hace dos años, en Octubre, mientras saboreaba un helado de cempasúchil.

Atardecer en Coyoacán, octubre 2018

Ya tengo medida mi ruta de diez kilómetros. Me encanta que no necesito dar varias vueltas por los mismos lugares. Además tengo la oportunidad de volver a enamorarme de las calles de la colonia donde vivo.

Nadie, extraño mucho mis entrenamientos, a mis amigos del gimnasio, participar en las carreras; sin embargo, agradezco el poder correr de nuevo, el seguir teniendo la condición física para -por lo ,menos- llegar a los diez kilómetros. Todavía he de obligarme a hacerlo porque me sigue visitando el miedo, aunque hoy soy un poco más valiente que los meses pasados.

Mientras corro, pienso que esto también pasará, que volveré a hacer maratones. Me da alivio ponerme los tenis, salir a la calle y dejar que el viento me guíe. Eso sí, Nadie, estoy lenta como nunca. Tomará tiempo recuperar mi velocidad. Primero necesito volver a sentir la música de mi cuerpo, de mis pies al tocar el pavimento/la arcilla. Una vez que lo logre podré concentrarme en ser más veloz (bueno en dejar de ser una tortuga). Por lo pronto ya tengo una nueva meta y me concentraré en eso.

Volveré a ser feliz corriendo, querido Nadie, te lo prometo. El cubrebocas no volverá a robarme el entusiasmo. Por fortuna hay calles tranquilas donde puedo correr sin usarlo la mayor parte del tiempo. No te preocupes, me cuido a mí y a quienes me rodean.

Gracias por tenerme la paciencia que – a menudo- me falta, por siempre leerme.

Carla