Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Quinta carta

•abril 3, 2020 • Dejar un comentario

¡Hola! Escribirte es como mirarme en un espejo luminoso donde mi imagen no es hostil y siento ganas de abrazarme. Pienso en el gran reto que significa ser mujer. Quizá te escandalice leer esto o quizá ni siquiera me creas, pero ser mujer supone una lucha diaria y a veces duele, duele y duele. En fin, no te hablaré de eso en esta carta, hoy mis palabras para ti no estarán húmedas ni tristes. Sin embargo, no te salvas, quiero hablarte de una mujer fuerte a la que admiro mucho. Necesito contarte de ella, recordarla me ayuda a encontrar mi lado amable.

Asunción era el nombre de mi abuelita pero no le gustaba, aunque tenía respeto por él pues era el nombre también de mi bisabuela. Nosotros jamás la llamamos por su nombre (de hecho pasaron años antes de que yo supiera el nombre de mis abuelos maternos), para sus nietos siempre fue Granny, nuestra dulce y sonriente Granny. Murió hace casi veinte años y la extraño, siempre la extraño, unos días más que otros.

Mi Granny, mi hermosísima abuela.

Tú sabes que me ha faltado creer en mí misma y esa fe que me falta, a mi abuelita le sobraba. Ella tenía la convicción de que yo podía lograr lo que me propusiera. Su fe en mí era inquebrantable: no había nada que yo pudiera hacer para decepcionarla. Esa sensación era increíble, era mi lugar seguro. Sé que esa es la confianza que debo construir para mí y su recuerdo me está ayudando a lograrlo. Yo era su adorada Carlinda, su nieta mayor, su confidente a veces. Su presencia me llenaba de paz.

Yo con mi Granny.

Desde que tengo memoria, ella compartía conmigo sus grandes pasiones: la lectura, los idiomas, tejer y la repostería. Me enseñó mis primeras palabras en inglés cuando todavía no tenía edad de ir a la escuela. Me daba a leer libros y luego hablábamos de ellos. Una de sus novelas favoritas era Mujercitas de Louise M. Alcott. Esa fue la primera novela que leí y como muchas mujeres, incluyendo a Granny, quise ser Jo. Me enseñó a tejer sin tener que voltear agujas, lo que me facilitó mucho la existencia porque no sabía cómo hacer el punto de revés; gracias a ella sólo tenía que voltear las agujas cuando necesitaba hacer, por ejemplo, el resorte de un suéter (2 derechos, 2 reveses, volteaba las agujas para cada revés). También me enseñó a hablar con papá Dios. Bueno, me enseñó a pedirle pan aunque yo le pedía dulces. Claro que no me acuerdo de eso, pero mi mamá una vez me lo contó, riéndose emocionada.

Granny fue una mujer que contagiaba su entusiasmo por la vida. Era muy alegre, sencilla y amorosa pero ruda para sobrevivir y sonreírle a la adversidad. Quejarse no era lo suyo pero agradecer cada día de vida, eso sí lo hacía muy bien. Pareciera que su vida era fácil, que no conocía el sufrimiento. Cuando era niña e inclusive en la adolescencia, no me cayó el veinte de las cosas que enfrentó a lo largo de su vida, sus batallas y sus pérdidas.

En medio de mi ansiedad, llegué a sentir que le fallaba, que no estaba a la altura de sus expectativas. Como si ella fuera el juez implacable que -en realidad- sólo me pertenece a mí. Cuando empecé a estar más tranquila y a pensar en ella sólo con admiración -sin compararme con ella y sintiendo su amor- encontré en su historia la luz que llevaba tiempo buscando.

Me hubiera gustado abrazarla más, haberle dicho varias veces cuánto la admiraba. Por lo menos tengo la certeza de que ella lo sabía y eso me da tranquilidad.

Ella fue una mujer rebelde y muy independiente. Una vez estábamos las dos en su casa (creo que yo tendría unos 13 años) viendo una película (ella también era cinéfila) y me dijo muy emocionada un secreto: ese día era el aniversario de su graduación de la universidad. No se me olvida porque me conmovió mucho su felicidad. No paraba de sonreír. Me sorprendió porque – en ese momento – me pareció raro como algo tan “común” significaba tanto para ella. A mis cuarenta y tres años no recuerdo el día de mi graduación ni el de mi examen profesional. Me da pena confesarte que me tardé muchísimo tiempo en comprender su alegría: ella nació en 1917 y en su época no era nada común que las mujeres estudiaran en la universidad. Fue de las pocas que logró hacerlo. Fue una gran hazaña y me duele no haberlo sabido en ese momento. No sabes cómo quisiera platicar con ella sobre eso. No creas que se conformó con eso. Fue de las primeras mujeres en México en obtener una beca para estudiar en el extranjero, en la Universidad de Austin, Texas y logró que mi bisabuelo la dejará ir aunque sea un año de los dos que le ofrecían. La única condición que mi bisabuelo le puso es que no podía ver a su novio (mi abuelo) el tiempo que ella estuviera allá, si se enteraba que él estaba ahí, la regresaría en ese momento. Como te imaginarás, mi abuelo sí fue a verla. ¿Sabes qué hizo ella? ¡Le dijo que se fuera porque no estaba dispuesta a perder la oportunidad de estudiar allá por una visita suya! ¡Estaba hablando con el amor de su vida! ¡Qué fuerza de voluntad! ¡Qué claras tenía sus metas! Antes que nada tenía que ver por ella, estar bien consigo misma. En pleno 2020 no es fácil que las mujeres tengamos esa convicción tan fuerte, muchísimas dejan atrás sus sueños, sus metas, su crecimiento personal por el amor de un hombre, la cantidad es impresionante. Me cuesta mucho admitir que yo misma perdí mi independencia emocional y dejé en pausa mis sueños en una relación que tuve (me convertí justo en lo que prometí nunca sería). En esa época jamás habría tenido el valor que tuvo mi abuela. Lo tengo que repetir: ¡Tuvo la fuerza de voluntad para anteponer su sueño personal al amor! Afortunadamente no le hizo caso al mito de que hay que dejarlo todo por el amor de un hombre (o, claro está, de una mujer), incluyendo nuestras aspiraciones y ganas de volar. No, Nadie, ¡por favor no te creas ese mito!

Cuando mi abuela se casó ya tenía casi treinta años y en esa época ya le llamaban solterona, lo cual no le preocupó tanto porque se casó cuando ella quiso (duró nueve años de novia con mi abuelo) no cuando “tenía que hacerlo” según las tradiciones de la sociedad. Además, la muy rebelde, se casó con un hombre uno o dos años menor que ella. Creo que eso de hacerle caso al que dirán o a los prejuicios no era lo suyo. ¿Qué te digo? Granny usaba pantalones, manejaba, fumaba (aunque no por mucho tiempo) y a pesar de tener hijos, claro que trabajaba (y amaba lo que hacía). Nada de eso era común en esa época, así que sobra decir que fue una mujer muy criticada por la sociedad. Por supuesto, eso no la detuvo ni le robó la inspiración para seguir viviendo a su manera.

Compartir contigo su historia me recuerda mi propia rebeldía, los tiempos en que no me importaba nada lo que pensaran de mí y luchaba porque me dejaran ser yo misma.

Mi Granny era una mujer de mente abierta con una gran capacidad de adaptarse a casi todo. La modernidad no le cayó encima, al contrario, le gustaba o por lo menos sabía disfrutarla. A los catorce años yo era la única en la escuela que tenía una abuelita enamorada del melenudo Ricky Martin (que no se parecía en nada a su adorado Frankie Boy). Era la abuelita que veía conmigo Celebrity Deathmatch en MTV y no se escandalizaba con las violentas batallas de las celebridades de plastilina que llevaban su rivalidad a la muerte de las maneras más sangrientas y descabelladas posibles; por el contrario, las veía conmigo y nos reíamos a carcajadas. ¡Era genial!

Por cierto, se me pasó contarte que también era muy buena en la cocina: tenía afición por hacer postres (que yo heredé sin duda, la mayor parte de mi vida odié cocinar pero siempre he disfrutado muchísimo hacer postres). Con ella hacía galletas y sus famosas mentitas, la única receta que me sé de memoria. Cada vez que las hago la escucho a ella dándome las indicaciones, nos veo en el antecomedor de su casa, llenando la mesa de azúcar class, con las manos embarradas de mantequilla. ¡Qué ganas de hacerlas en estos días de encierro!

Cuando nos íbamos las dos solas a Cuernavaca, nos podíamos pasar horas viendo sus álbumes de fotografías. Me encantaba ver las fotos de sus hermanas: mi tía abuela Alicia y mi tía abuela Marta. Siempre tenía historias de ellas que contarme. Me repetía con un gran amor que Marta era guapísima. Disfrutaba mucho hablar de ellas y a través de esas tardes en Cuernavaca yo pude conocerlas…

Mis tías abuelas, ambas, murieron muy jóvenes, ninguna llegó a cumplir treinta años. Mi abuela perdió a una hermana, luego a la otra y a su padre. No sé en qué orden, lo duro es que fue uno por año: mi bisabuela pasó tres años seguidos de luto, vestida de negro (en ese entonces se acostumbraba llevar el luto por un año entero). No sé cómo vivió el duelo, no sé cómo sobrellevó esas pérdidas, lo que sí me queda claro es que eso no le quitó el entusiasmo ni la alegría ni las ganas de seguir adelante.

Como lo dije antes, era una mujer ruda para sobrevivir, nada mermaba su espíritu, sus entusiasmo, sus alas. Yo tenía nueve años cuando murió mi abuelo. Vivíamos muy cerca de ellos, entonces por un tiempo (no recuerdo si fueron semanas o meses) yo me quedaba con Granny en las noches para que no estuviera sola. Nos acompañábamos y a pesar de su dolor, se levantaba sonriendo, me preparaba el desayuno, me alegraba el día. Nunca se quejó. Siempre hablaba de él (los quince años que le sobrevivió). Lo extrañó siempre, hasta el último momento de vida, pero no se dejó caer. Nos esperaba a los nietos con ilusión, siempre lista para consentirnos. Me hacía con muchísimo amor mi arroz con leche (a nadie le quedará nunca tan rico como a ella) y podíamos pasar tardes enteras viendo películas, hablando de libros, contando anécdotas, riendo.

Estoy tratando de evitar que el llanto moje las palabras que te escribo. Mientras te hablo de ella me muero de nostalgia. Escucho su risa y sus palabras de aliento. Su espíritu rebelde e independiente me abraza, me grita que me levante, que crea en mí, que yo también soy grande. Me sacude su ejemplo, su gran amor.

Una vez ella me dijo que soñaba con ser escritora pero que no tenía la habilidad para serlo. Me dijo que la hacía feliz que yo escribiera y que en mí se hacía realidad su sueño. Qué paz me da que, a pesar de vivir escondida en un cajón, a ella sí le mostré mis poesías, mis historias, las locuras de mi pluma. Quiero que desde donde está ella se sienta orgullosa de mí. A través de esta carta que te escribo quiero prometerle que no volveré a abandonar mis palabras, nunca más dejaré descansar a mi pluma.

Apelo a la fuerza y al esplendor de las mujeres de mi linaje para ponerme de pie y recuperar mis alas, es a través de ellas y con ellas que limpiaré mis alas y volaré alto, cada día más alto.

Me despido con el corazón henchido de orgullo y amor por mi abuela materna, mi adorada Granny.

No te dejaré con la curiosidad, te iré contando las historias de estas mujeres y la mía propia. Tiempo no nos faltará en estos tiempos de confinamiento.

Hasta pronto,

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Cuarta carta

•marzo 31, 2020 • Dejar un comentario

30 de marzo 2020

¡Hola! No sabes cómo extraño caminar en las calles llenas de Jacarandas en esta época. Cada año me gusta salir a buscarlas con mi cámara. Me pesa no poder hacerlo ahora, sin embargo, ayer hice una breve visita a mis papás y en el camino me encontré unas esplendentes, saludables y colmadas de flores. El año pasado no la pasaron tan bien porque tenían mucha plaga. ¡Qué fuertes están ahora!

Me resulta muy doloroso ver a mis papás y mantener la distancia necesaria para cuidarnos todos. Me animó sí poder acercarme a las jacarandas, abrazarlas y dejar que me cubrieran de violeta. Por unos segundos me convertí en primavera y dejé de verme como a una persona marchita. ¡Me alegró verlas! Por supuesto que tomé algunas fotos para ti. ¡Te van a encantar! Como la calle estaba vacía pude darme unos minutos para admirarlas. Después de verlas, no me pesó tanto volver al encierro.

Mientras te escribo pienso en el lado amable del Internet, en cómo me ayuda la tecnología. Tú sabes que yo pertenezco a esa generación que nació sin Internet y que teníamos poco más de veinte años de edad cuando lo conocimos.

¡Cómo era larga la distancia hace unas décadas! Tenía dieciséis cuando una amiga cercana se fue a vivir a Australia. Sólo teníamos dos maneras de comunicarnos: por cartas o por teléfono. El correo era muy lento: la carta tardaba meses en llegar a su destino (si llegaba) y hacer una llamada de larga distancia era muy caro. En aquel entonces hablar un minuto a Australia costaba catorce pesos (una fortuna). Por lo tanto, no estuvimos tan en contacto el tiempo que ella estuvo fuera. Quizá si no hubiera regresado cuando lo hizo, habríamos dejado de hablarnos.

Ahora, la situación es muy diferente. Con la llegada del Internet, es más sencillo comunicarse sin salir de casa. Los correos electrónicos se reciben al instante. Además están las redes sociales, las videollamadas, los mensajes de WhatsApp. El celular es una mini computadora muy potente y con cámara fotográfica integrada. Te impresionaría ver todo lo que es posible hacer con un celular e Internet. Sí, ya sé, que eso también puede ser muy peligroso. Estoy de acuerdo contigo, pero hoy sólo quiero hablar de las cosas buenas, como la posibilidad de volver a conectarme con personas queridas a las que dejé de ver por años. Siempre he tenido una relación muy mala con el teléfono, por eso he perdido contacto con muchas personas. En cambio, comunicarme con mensajes es genial, me encanta. Puedo escribir a la hora que sea sin interrumpir a la persona y ya me contestará cuando me lea y esté disponible.

Mmmh. Ya sé lo que estás pensando pero no, no seas tan escéptico, mis relaciones no son nada más virtuales. Cuando te hablé de las relaciones que he recuperado no me refiero sólo al hecho de escribir y recibir mensajes (lo cual sí es importante para mí) sino también de reunirnos para platicar, tomar un café, celebrar y lo he hecho con algunas personas. En fin, ¿No te parece irónico que justo en este momento que me había propuesto salir de mi ostracismo y socializar más, llega a encerrarnos el coronavirus? Te diría que es un aguafiestas, pero hoy no estoy de humor para hacer chistes.

Antes odiaba las video llamadas, sobre todo cuando se pusieron de moda. Pensar en que me vieran a través de una cámara me ponía muy muy nerviosa (no es que ahora me ponga muy tranquila, pero al menos ya no les tengo fobia). Hablar con una persona en el teléfono es difícil para mí pero hacerlo a través de una pantalla lo es mucho más. Las primeras veces me sentía muy incómoda y torpe. Sin embargo, no niego que hacer una llamada tiene su encanto: me permitió ver sonreír a mi querido amigo Herwig por última vez. Vivía en Austria y se lo llevó el cáncer antes de que pudiéramos volver a reunirnos. Algo que nunca le he dicho a nadie, hasta ahora que te escribo a ti, es lo culpable que me sentí porque a él le encantaban las videollamadas y yo las evitaba porque no pude superar el estrés que me causaban. Perdí muchas oportunidades de convivir con él de esta manera. Sí, claro, nos enviábamos mensajes de voz y fotos casi diario, pero hoy sé que no es lo mismo. Poco más de dos años después de su muerte, te confieso, que eso me sigue doliendo. Me lo reclamé muchas veces y me ha costado mucho reconocer la parte de mí que sí fue una buena amiga para él. No me es fácil contarte esto, pero, a la vez me está ayudando. Desde entonces me prometí superar la fobia a las cámaras y no ser tan renuente a estar frente a ellas . Eso no implica que no me sonroje, que me ponga muy nerviosa y a veces todavía me sienta muy torpe, pero ya no me intimidan tanto.

A mi mejor amigo, Fabricio, le encantan. Sigue sin ser fácil para mí, pero verlo haciendo caras chistosas en la pantalla de mi celular me hace feliz y entonces Pittsburgh no parece tan lejano. Hoy tengo esta sensación agridulce porque pienso en lo que me perdí con Herwig pero también en lo que puedo aprovechar ahora.

Querido Nadie, estoy aprendiendo a ver más allá de mis fallas y te agradezco que me acompañes en este proceso. Odiaba la cámara porque me hacía estar demasiado consciente de las cosas que no me gustan de mí. Centré mi atención en eso y eso me impidió disfrutar más de mi amistad con Herwig. Ya no voy a reclamarme más por eso. Confío en que él sabe lo importante que fue y será siempre para mí.

En estos días de aislamiento las videollamadas adquieren un nuevo significado para mí: ofrecen la posibilidad de convivir con mis seres queridos sin ponernos en riesgo y de socializar en esta pandemia que nos aísla. Me dan alegría. Hace unos días Fabricio y yo pasamos más de una hora así; nos distrajimos del encierro y reímos. Me sentí bien. Entonces me queda claro que es el momento de vivir esta experiencia con mis papás, hermanos y sobrinos para que la distancia duela menos. Nunca se va a comparar con tenerlos en frente y darles un abrazo, pero verlos ayuda, ayudará mucho.

Querido Nadie, estoy mejor pero me siento triste, muy triste, con muchas ganas de escapar del distanciamiento social y abrazar, abrazar mucho a mis seres queridos, abrazarlos siempre.

Ya no quiero ser ermitaña. Nunca seré la persona más sociable del mundo, pero sí te aseguro que ya no quiero ser ermitaña. Ya no más.

Es todo lo que quiero decirte esta vez. Pronto volveré a escribirte.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Tercera carta

•marzo 28, 2020 • Dejar un comentario

¡Hola! No lo vas a creer pero estoy escuchando el tema de la Pantera Rosa (mi caricatura favorita de la infancia) y eso me pone de buenas. Debo decirte que hoy te salvaste de una carta melancólica pues me siento contenta y no pienso abrumarte con mis temas de ansiedad.

Ya es viernes pero con el aislamiento no se nota mucho la diferencia. He estado muy activa y eso ha alejado a los demonios que suelen acecharme.

Te cuento que hoy tomé mi primera clase de yoga y fue en línea. Yo jamás me imaginé en yoga pero ayer una amiga me invitó a tomar las clases que ella estará dando en estos días de distanciamiento social.

Tempranito me puse a leer en la cama, mientras escuchaba cantar a los pajaritos. Unos minutos antes de las ocho me levanté y me conecté al Facebook. La gran ventaja de estar en casa es que pude tomar la clase en pijama, muy cómoda, en mi sala. Sabía que hacer yoga me relajaría y le haría bien a mi cuerpo, pero no imaginé que también me llevaría a estar en armonía conmigo misma. Me pensé como una persona agradable. Sentí que hay más en mí que sólo pensamientos caóticos. En esa hora varias veces me abracé con amor y agradecimiento, con una sonrisa. Por si fuera poco, también benefició a mi espalda. Terminé muy contenta y con mucha energía.

Preparé el desayuno con ganas de cantar aunque no lo hice y el día comenzó bien. No me malinterpretes, no soy indiferente a la pandemia , pero he decidido – por mi salud mental- desconectarme de las noticias y del tema (sólo una vez al día busco una fuente confiable para saber que está pasando). Por ahora eso es lo que necesito y no tienes idea de cómo ese pequeño detalle me permite disfrutar de estos momentos en casa.

También tomo una clase en línea para hacer ejercicio y no extrañar tanto el gimnasio. Es la segunda vez que la tomo (la primera fue ayer). Estuvo tan intensa que me dejó agotada y me acosté a leer un rato. ¿Creíste que leí mucho? Pues ni tanto porque me quedé profundamente dormida. No me quejo pues fue una siesta reparadora. Por cierto, mi ciclo de sueño ya se está normalizando y me siento más funcional.

¿Te digo una cosa? ¡Hoy no amanecí con el nudo en la garganta ni me ha visitado en lo que va del día! Y no sólo eso, también he tenido muchas ganas de sonreír. Quizá te parezca algo sencillo, pero puedes estar seguro de que no lo ha sido para mí. Por momentos creí que jamás lograría deshacerme de ese nudo.

Este aislamiento me obliga a mirar hacia adentro y me da la oportunidad de reconciliarme conmigo misma. Estoy poniendo todo de mi parte para aprovecharla. Como ya te lo he dicho antes, quiero estar bien. ¡Quiero estar bien!

Esta semana se me ocurrió la idea de hacer -en las noches- una lista con las actividades que quiero realizar al día siguiente. En las mañanas reviso la lista y empiezo a trabajar en eso. Cumplir con lo que está anotado en la lista me da una sensación de bienestar inmensa y mucha satisfacción (algo que ni siquiera recuerdo haber sentido en los últimos meses).

Ya es viernes y veo los cambios en mi ánimo y en mi cuerpo. Mis defensas ya no están tan bajas, mi alergia está desapareciendo, no me han dolido las piernas ni las muñecas, puedo moverme con soltura y no estoy débil ni con sueño las veinticuatro horas del día.

Entre mis prioridades está escribirte porque eso me conecta conmigo misma, me impide evadirme y las palabras van saliendo de su escondite, además de que voy encontrando mi lado amable (ya es hora de ver más allá de mi oscuridad).

En el jardín de la unidad habitacional donde vivimos hay cuatro jacarandas. Todos los días emocionada observo como en esta época se van llenando de flores. Acabo de tomar una foto que me gustó mucho y deseo compartirla contigo, querido Nadie.

Una Jacaranda

Espera mi siguiente carta,

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Segunda carta

•marzo 27, 2020 • Dejar un comentario

¡Hola! No quiero aburrirte. Llevo más de dos horas peleándome conmigo misma para escribirte esta carta. Una parte de mí desea hacerlo pero la otra me critica sin cesar. Me asfixio y no sé cómo expresarme con libertad. Me fastidia la falta de confianza en mí, el seguir alimentando la creencia de que no tengo nada que ofrecer cuando tengo la cabeza llena de ideas que desarrollar, de universos que deseo compartir. Me cuento historias varias veces en el transcurso del día pero cuando quiero escribirlas mi mente se queda en blanco, ni siquiera mi cuerpo quiere moverse. ¡Hoy grito basta! Voy a tirar el muro que siempre me detiene y me impide hacer las cosas. El muro-juez que me restringe y no me permite hacer lo que me venga en gana. Si no puedo escalarlo, saltarlo entonces debo tirarlo ya sea a gritos, a patadas, con indiferencia, como me sea posible. Mi voz es más fuerte que el áspero muro intolerante.

Te estoy escribiendo a gritos, impulsiva. Te estoy escribiendo cansada, muy cansada de mi juez interno. ¡Si tan sólo pudieras extirpármelo! ¡Ayúdame! No sé cómo escapar de la censura que yo misma he creado. Te confieso que llevo más tiempo en aislamiento que la llegada del coronavirus porque desde antes de la pandemia he tenido mucho miedo: miedo de mí misma, miedo a que me juzguen los demás como me juzgo yo misma. Es paradójico como no me gusta juzgar a los demás pero me paso la vida criticándome todo. Estoy desesperada y por el momento lo que me ayuda es confiarte mi verdad para obligarme a enfrentarla.

¿Qué no sabes qué me asusta tanto? Yo tampoco lo sé y es agotador tener esta guerra conmigo misma a diario. ¡Quiero sentirme bonita! ¡Quiero sentirme orgullosa de mis logros! ¡Quiero cerrarle la boca a la criticona insoportable que vive en mí!

Uy, querido Nadie, necesité hacer una pausa para calmarme. Sacar mis tinieblas resulta agotador pero después me sosiega.

Me hace falta pasear por Coyoacán y comprarme un helado. ¿No se te antoja uno? No sé cuánto tiempo falte para poder ir. Por ahora sólo me queda seguir en casa. Te dará gusto saber que ya estoy más activa. Mis vecinas me prestaron su bicicleta fija y ya empecé a usarla; además hoy tomé una clase en línea para hacer ejercicio y la terminé sonriendo. No es lo mismo que ir al gimnasio pero me hace bien.

Sabes, fue una verdadera batalla conmigo misma escribirte esta tarde, pero me despido agradecida por haberte reencontrado. Con esta carta te envío también la foto de una jacaranda que apenas va a vestirse de violeta.

Jacaranda que apenas empieza a vestirse de violeta.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Primera carta

•marzo 26, 2020 • 1 comentario

24 de marzo de 2020

¡Hola! Quizá no te acuerdes de mí, solía escribirte cuando era una adolescente solitaria que necesitaba un confidente y tú estuviste ahí para mí.

Ahora, algunas décadas después, recurro a ti de nuevo. Sí, a ti, el confidente que no tiene ni juicios ni reclamos para mí. A pesar de que tengo muchos más años y experiencia que en aquel entonces, últimamente me he sentido tonta, inútil y poco interesante. El reto más grande que tengo enfrente es el de aprender a amarme, a reconocer mis cualidades y está claro que todavía estoy lejos de lograrlo. Pero, no, no creas que me siento un completo cero a la izquierda: hay momentos en los que he podido dejar atrás mis inseguridades, concentrarme en mis sueños y realizarlos.

Me sucede que sentirme tan mal conmigo misma me impide avanzar. Además de romper mi relación con la pluma he navegado en mares de ansiedad con olas de depresión. Empiezo y termino los días con un nudo en la garganta que no me abandona ni en los momentos más dulces.

No sé bien cómo llegué aquí. Cuando me di cuenta ya tenía la certeza de ser una persona inadecuada, incapaz de integrarme en ningún lado, incapaz de hacer bien las cosas. Me convencí de esta idea mientras mi insomnio era cada vez más largo y también mi agotamiento. El salir a entrenar todos los días me mantuvo de pie pero dejé que se secara la tinta de mi pluma y junto con ella, mi alma.

Una vez más empecé a llorar hacia afuera y hacia dentro. Mi apatía era tan grande que a veces se me olvidaba regar mis amadas plantas.

No te asustes, no sigo en ese lugar tan oscuro. Empecé a salir de ahí cuando decidimos cambiarnos de casa. Para mudarnos fue necesario deshacernos de más de la mitad de nuestras cosas y eso me dio alivio. Soltar lo que acumulaba (que era mucho, incluyendo ropa de más de veintitantos años) me permitió sentirme más ligera. Vivir en un lugar muy iluminado, con un balcón rodeado de árboles me ilusionó mucho.

La vista desde mi balcón. 🙂

Fue especial comenzar el año en nuestro nuevo hogar, desempacando, arreglando, decorando. Con la mudanza cerré un ciclo importante. Me despedí de muchas cosas y eso trajo paz. Quisiera decir que alegría también, pero el nudo en la garganta seguía aferrado a mi cuerpo las veinticuatro horas del día.

¿Y sabes qué hice? Me callé porque me daba vergüenza que alguien pudiera darse cuenta de lo débil que soy. Sin embargo, con todo mi corazón deseo estar bien. En medio del tenebroso caos que puede llegar a ser mi mente, me acordé de ti y te busco para que me ayudes como lo hiciste en aquella época. Contigo mi pluma – por primera vez en un largo periodo de tiempo- no tiene miedo y las palabras fluyen, humectando mi alma deshidratada.

Aunque me callé, tampoco me he quedado de brazos cruzados. Ya estoy meditando diario de nuevo. Sigo con disciplina y fuerza de voluntad las actividades diarias que me ayudan a estar mejor. Las realizo con o sin ganas. Entre estas actividades está el dedicar tiempo a mis plantas, en las que encuentro esperanza en sus retoños y flores.

Estaba rehabilitando mi espalda en el gimnasio para volver a correr y estaba punto de lograrlo cuando empezó el distanciamiento social por el coronavirus, la pandemia que ya llegó a México.

Mi situación no ha cambiado tanto con el aislamiento porque soy un poco asocial y paso la mayor parte del tiempo en casa. Lo que cambió fue el dejar de ir al gimnasio y eso me desorientó bastante.

Poquito antes del distanciamiento social, tuve una crisis de ansiedad muy fuerte, perdí el control y la depresión penetró en mi cuerpo de tal forma que se bajaron mis defensas y casi pierdo el entusiasmo por la vida. Me faltó autoestima y me sobraron galletas. Regresó mi alergia. Aunque seguí realizando mis actividades (excepto, obviamente ir al gimnasio/hacer ejercicio) me sentí mil veces más inútil que antes.

Hablando con mi papá ayer mi papá, me recordó la determinación que tengo cuando decido hacer algo. Me llevó a pensar en las cosas que sí he logrado, en mis cualidades. Hacerme consciente de eso me dio esperanza: aunque a veces no lo veo, tengo las herramientas para superar esto.

Necesito por sobre todas las cosas – en esta época de coronavirus- fortalecer mi sistema inmunológico. Ni la depresión ni la ansiedad son buenos aliados en este momento (ni nunca). Sonreír, encontrar motivos de risa y alegría, además de comer bien son las cosas que necesito para subir mis defensas y no caer en las garras de la enfermedad. Escribirte es el primer paso para dejar de avergonzarme de mis palabras, sacudirme la parálisis creativa, dejar de repetirme que no tengo nada que ofrecer al mundo y empezar a sanar: reconstruir mi autoestima y ahora sí amarme.

Sí, escribirte a ti que tantas veces me acompañaste en los momentos solitarios y también oscuros de mi temprana adolescencia es mi manera de lograrlo.

Vuelvo a ti en estos días de aislamiento, pandemia, coronavirus, porque compartiendo mis sentimientos, experiencias, disertaciones, ideas, mi historia, podré salvar mi mente de este estado caótico en el que se encuentra y sanar.

Atardece ya y voy a ver el cielo. Es maravilloso vivir aquí, donde puedo verlo desde mi ventana.

Atardecer desde mi ventana.

Hasta mañana.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Antecedente.

•marzo 26, 2020 • Dejar un comentario

Antes de compartir la primera carta, considero importante empezar con una de las cartas que nadie recibió hace casi treinta años…

19 de octubre de 1990

¡Hola! Tal vez nadie lea esta carta ni escuche mi voz. Sólo soy yo con estas ganas de escribir pero sin tener a quién hacerlo. Sí, lo sé, estoy loca pero eso no importa.

Hoy no es un buen día, hace mucho frío y está nublado. Estoy sola, como siempre, escondiendo las lágrimas detrás de los ojos, deseando que no haya persona que las encuentre. Estoy sola y ni siquiera me importa el examen que tendré en la próxima hora. Sé que es malo pensar o estar así cuando podría sonreír y gritar, reír o cantar pero me siento insignificante y no le veo el sentido a mi existencia. No soy aceptada ni aquí ni en ningún lado y no sé ni cómo valorarme (si es que hay algo en mí que valga la pena).

Hace mucho tiempo que no sentía tanto odio hacia mí. Es un hecho que soy mi peor enemiga, mi propio juez, el más implacable de todos. No quiero ser así pero tampoco puedo evitarlo.

Lloro con frecuencia y lo hago de dos maneras: en silencio, sintiendo la llama arder en mi pecho y con estruendo, empapando mi cuerpo con lágrimas. Así es como intento deshacerme del dolor por un rato, pues luego me agobia de nuevo. ¿Qué puedo hacer?

Soy un ser solitario con sueños e ilusiones que son sólo eso. Me desahogo y resuelvo mis problemas con la pluma en la mano y las palabras que de ella salen.

Tengo miedo. Me hace falta una meta, un objetivo para vivir. Mi mente es un enredo, un código que no sé descifrar. ¿Podrías mostrarme el camino? ¿Me ayudas? ¿Quieres ser mi confidente?

¡No! No eres sólo aire y escribirte me permite desahogarme. ¡Si pudiera sacar lo que llevo dentro! Quizá entonces podría volar.

Deseo y necesito ser feliz pero para lograrlo debo poner en claro mis pensamientos y sentimientos. Por eso necesito escribirte. No imagino a nadie mejor que tú para poder lograrlo.

Carla

El Balcón

•marzo 19, 2020 • Dejar un comentario

Abril, te veo acercarte al balcón. Avanzas despacio como si tu cuerpo fuera un lastre que a duras penas arrastras. Una vez que llegas, miras hacia abajo y te preguntas cómo sería la caída, qué tan larga, qué tan dolorosa y cuánto tardarías en morirte. Eso no te asusta, tu única preocupación es que el balcón no esté lo suficientemente alto y sobrevivieras. Te quedas ahí, pasmada, con esa tristeza que gobierna tu cuerpo desde hace tiempo, ese dolor de piernas y brazos que te hace sentir torpe y frágil, demasiado frágil.

Quieres morirte porque sabes que eres un fracaso. Frente al espejo no ves a la mujer fuerte e independiente que aseguraste que serías, que tanto luchaste para ser. No, claro que no la ves a ella; sólo ves a una mujer que depende económicamente de un esposo al que no merece porque es un desastre, una estúpida incapaz de controlar sus ataques de ansiedad, su mal carácter, sus emociones.

¡Es horrible vivir contigo, Abril! Nadie mejor que tú lo sabe, por eso quieres lanzarte del balcón y acabar con todo. Te sientes sola y no tienes nada. ¡No tienes nada! Él lo sabe y por eso ahora te ignora. Tal vez es una especie de lección para que por fin aprendas a valorarlo y también a comportarte. Y tú, Abril, que creías que tenías un sueño, un hogar, una vida diferente.

¡Ay, Abril, querida Abril! Te preguntas cómo sería tu vida si hubieras empezado por amarte a ti misma, por creer en ti, por no abandonar tus metas. Ese es el reclamo que te haces en la mañanas de frustración, cuando te sabes incapaz de lograr las cosas, de verte bonita, de sentirte bien contigo misma.

FRACASO es la palabra que te define. Si llegas a dudarlo, siempre hay hombres a tu alrededor que se encargan de recordártelo. Nada de lo que hagas cambiará los juicios ni la opinión que se han formado de ti, sobre todo él, que te dejó sola en medio de una tormenta (vamos, Abril, quién te manda a ser tan inestable y dramática, nadie te va a soportar así, NADIE). Fracaso es lo que respiras, bebes y comes. Fracaso es lo que hay en cada paso que das. Al parecer nada de lo que haces es suficiente para quienes quieres y ya te creíste todas las críticas que recibes.

Ay, Abril. Ahora estás aquí, frente al balcón, con tu ansiedad, depresión y tu mal carácter, con todos tus defectos, reproches y veinte mil millones de errores, con tu falta de amor a ti misma y las manos vacías, con el dolor de no haber cumplido las metas de aquella mujer rebelde que alguna vez fuiste…

¿Cómo sería la caída? Piensas en el viento en tu cara, tu cuerpo ligero, en ese único vuelo que significaría el fin que tanto anhelas, la libertad que ya no tienes… pero justo en ese momento ves las flores de la jacaranda que se está cubriendo de violeta y te das cuenta de lo afortunada que eres por estar viva y poder verla. Entonces te alejas del balcón y optas por la vida. Mañana será otro día y quizá busques verte en otro espejo, donde tu luz sí se refleje…

Florece la Jacaranda