El laberinto de la ansiedad.

•octubre 4, 2018 • Dejar un comentario

La ansiedad, para mí,  es un monstruo que devora las ganas, un conjunto de miedos que juegan con la mente,  un abismo de dolor invisible a los demás y que me aísla del mundo.

La siento en el cuerpo: mis extremidades se vuelven pesadas y moverme es una lucha intensa que me deja agotada. En este sendero avanzo en soledad pues nadie puede atravesar la barrera que me envuelve. La vergüenza  me separa de quienes me rodean.  No quiero que sepan que las hormigas me muerden las extremidades y el cuello, ni tampoco que los miedos me impiden levantarme. Un largo llanto se esparce por mi cuerpo y la tristeza se descontrola. La muerte aparece y los miedos implotan.

¡No me digan que le eche ganas! ¡No me digan que todo está en mi cabeza! Si tan solo dejaran de hacerme siempre las mismas preguntas… “¿Otra vez lo mismo? ¿Y ahora qué tienes? ¿Qué pasa? …”

Mi cuerpo sólo pide un abrazo y la casi imposible afirmación de que todo va a estar bien.

¡No me miren con frustración, compasión o impotencia! No encuentro un lugar donde evitar los  juicios que me rompen.

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La ansiedad es un muro de silencio donde mi mente escribe sus tinieblas y se pierde en ellas.  ¿Cómo encontrar la luz en este báratro ingente?

La caída es inexorable y nadie escucha mi baladro.

La ansiedad es un laberinto de espinas por el cual camino descalza…

– Estoy sangrando.-

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El baile de Vitola Popotitos

•junio 13, 2018 • Dejar un comentario

Vitola Popotitos, también conocida como la flaca fea, era una adolescente tímida y, como su nombre lo indica, nada popular. A sus 14 años ya había aprendido a hacerse invisible y a no tener expectativas con respecto al amor. No se trataba sólo de su apariencia (sobre todo el exceso de acné en su rostro) sino también del hecho de que no pudiera mantener una conversación sin sonrojarse o tartamudear. Como sus compañeros solían burlarse de ella, casi nunca interactuaba con ellos.

Por fin había llegado el día de la kermés organizada por la escuela. Vitola no estaba emocionada al respecto pero al menos no habría clases y tendría la oportunidad de pasar más tiempo con sus amigas a quienes sólo veía en el recreo. Cuando llegó a la escuela había un poco de viento y eso le dio ánimos. Normalmente siempre la invadía el miedo al cruzar la puerta de entrada, pero ese día Vitola Popotitos estaba tranquila, quizá podría ser un buen día.

La fiesta comenzó. Había alumnos en los dos patios de la escuela. Algunos participaban en los juegos, otros bailaban. Vitola Popotitos estuvo un rato con sus amigas e incluso cuando se quedó sola mirando a los demás bailar todo parecía estar bien. Por primera vez en mucho tiempo no le preocuparon las burlas ni las agresiones que generalmente debía soportar en ese lugar.

Mantuvo la calma hasta que alguien importante, un cuate que durante un tiempo le había gustado mucho y con quien creyó que compartiría una amistad sincera, deliberadamente se puso a bailar con alguien más justo frente a ella. En ese momento a Vitola de nuevo le pesó su soledad. Una vez más sintió el dolor de ser el patito feo que nunca se convertiría en cisne. ¿Por qué tenía que aguantar mientras los demás buscaban lastimarla? ¿Por qué tenía que quedarse quieta o buscar un lugar para ocultarse? ¿Por qué estaba sola mientras los demás se divertían? ¿Por qué tenía que vivir con el estigma de ser popotitos? ¿Por qué seguía ahí parada? ¿A dónde más podía ir?

Se negó a llorar. Miró a su alrededor buscando una salida, algo que la ayudara a sentirse mejor. Entonces lo vio a él, a Neil Perry (el apodo que ella y sus amigas usaban para hablar de él debido a su parecido con uno de los personajes principales de la película La Sociedad de los Poetas Muertos), al hombre más guapo de la escuela y del mundo entero. Sabía que él estaba muy lejos de su alcance pero era un sueño que le alegraba el día. Verlo la distrajo de sus pensamientos tristes. En su desesperación, harta de vivir siempre en las sombras, se le ocurrió que podía sacarlo a bailar. Aunque tenía la certeza de que le diría que no (pues quién bailaría con la Vitola alias la flaca fea), le pareció una buena idea hacerlo. De esa manera podría decirse a sí misma que en lugar de quedarse cruzada de brazos, estaba haciendo algo para cambiar su situación. Por una vez en su vida deseaba actuar, dejar de ser el blanco de palabras hirientes y risas feas. Nunca se le ocurrió pensar que un rechazo podría empeorarlo todo. No se detuvo a considerar las consecuencias, avanzó hacia él con una decisión que ni siquiera sabía que tenía.

Neil Perry, el hombre más guapo del mundo, estaba de espaldas platicando con sus amigos. Ella lo llamó pero con una voz casi muda que nadie escuchó. Entonces le tocó la espalda y él volteó. Sus amigos se callaron abruptamente. Así, frente a ellos, la que parecía la adolescente más tímida del planeta le preguntó al hombre más guapo del mundo si quería bailar con ella. Él la miró sin poder ocultar lo sorprendido que estaba. Después de unos segundos de silencio, con una sonrisa le dijo que sí. ¡Dijo que sí! ¿De verdad dijo que sí? Vitola no se lo esperaba. Justo en ese momento le cayó el veinte de lo que había hecho y se quedó petrificada, no podía ni parpadear. ¿Qué debía hacer ahora? ¡El popular Neil Perry aceptó bailar con ella! Quería moverse, pero su cuerpo no le respondía. No sabía qué estaba pasando. ¿Qué acababa de hacer! ¿Qué estaba haciendo ahí parada frente a él? Entonces, Neil se acercó a ella y le dijo: “¡Vamos!”, indicándole que fueran a la pista.

Por fin Vitola pudo moverse y llevarlo a la pista. Una vez ahí comenzaron a moverse al ritmo de la música. Ella nunca recordaría cuántas canciones bailaron si fueron dos o tres ni cuáles fueron. Recordaría su sonrisa, su forma tan atractiva de bailar, la manera en que la miraba. No se enteró de nada de lo que sucedía a su alrededor: los compañeros que los observaban, los celos de varias chavas. Nada. Lo único que pasaba por su mente era que estaba bailando con Neil Perry y que él le sonreía a ella, la Vitola. Mientras bailaban se olvidó de la flaca fea, de las burlas, del acné, del miedo, de la soledad. Por primera (y quizá única) vez en su vida se sintió la reina de la escuela, la soñadora feliz, la adolescente risueña capaz de cambiar su vida. No le importó el ayer ni tampoco el mañana, sólo el ahora que deseaba durara siempre. ¡Qué felicidad esos minutos en el paraíso! ¡Qué felicidad bailar con él! ¡Qué felicidad saber que no estaba soñando! ¡Le dijo que sí! ¡Qué sí! ¡Síííí!

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El Baile de la Vitola Popotitos

La música terminó. El hombre más guapo del mundo le dio las gracias y luego le dijo algo más, que si lo acompañaba a una rifa o algo así (en realidad Vitola nunca sabría lo que dijo exactamente). Lo que más deseaba era decirle que sí, acompañarlo, pero no tenía fuerzas para hacerlo. Se le había acabado el valor, los nervios la dominaban y volvía a ser la flaca fea. Quería hablar pero las palabras no salían de su boca. Le dio las gracias sonriendo y lo dejo seguir su camino. En el fondo ella tenía muy claro que los populares y las rechazadas no pueden estar juntos. Ella era la tímida flaca fea y él era el súper galán Neil Perry. Sin embargo, esta vez no se puso triste: había bailado con el hombre más guapo del mundo y eso nadie podría quitárselo nunca.

Ser perfecta no es lo mío

•mayo 24, 2018 • Dejar un comentario

Fallar no significa ser un fracaso. ¿Quién dijo que vinimos a este mundo a ser perfectos?

Tuve un examen hace un par de días y me sigo preguntando si era necesario que la maestra creara un ambiente tan hostil para poner a prueba – nos dijo después- el manejo de la ansiedad de las personas presentes en aquella sala.  Además de presionar con el tiempo de duración del examen, nunca permaneció en silencio y con su voz atronadora yo iba perdiendo el hilo de mis ideas. Las palabras fluían en desorden, trastornadas y temblorosas como la mano que las creaba…

Volví a tener esa sensación de malestar de la cual no lograba escapar, esa angustia que seca el aliento e impide ver con claridad, como si tuviera un agujero por el cual se esfumaba la luz que me pertenecía. Me quedé en la oscuridad que confunde los conocimientos. Deseaba llorar para despegarme la frustración que me impedía salir del bloqueo pero la voz de la maestra me hacía pensar en explosiones y catástrofes.

Me sentí expuesta, vulnerable, alejada de la confianza que debería tener en mí misma. Me ahogaba. Una parte de mí quería salir corriendo, dejar todo atrás, seguir otro camino; sin embargo, no era – ni es- mi deseo obtener el falso alivio que da la huida.

Entregué el examen. Me envolvieron los fantasmas de un pasado en el que me sentía siempre defectuosa e inadecuada. Abrí mi cuaderno y empecé a escribir para no dar rienda suelta a los pensamientos negativos, para no gritar ni desmoronarme, para seguir el movimiento de mi mano y olvidar el tiempo que parecía haberse estancado.

Estuve atenta al sonido de la lluvia, de los truenos, del silbido de viento. Deseaba salir y empaparme. Necesitaba dejar de pensar en la angustia o en la culpa, en lo rota que me sentía ese momento.

Fue largo el camino a casa pero muy reconfortante el amoroso abrazo de mi familia cuando por fin llegué.

La tormenta había pasado y también mis dudas.  No me recriminé nada ni tampoco me dije palabras hirientes como llegué a hacerlo en otras épocas de mi vida. Tampoco sentí vergüenza ni pesadez en el cuerpo. La ansiedad no me define ni soy tan vulnerable como creía.  Me vinieron a la mente mis logros y el aprendizaje de estos últimos meses.  La diferencia con el pasado es que ahora creo en mí, me amo.  El color regresó a mi faz y pensando en mis aciertos me quedé dormida. Mi noche se llenó de sueños.

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Mi noche se lleno de sueños.

Secretos en las Flores.

•mayo 10, 2018 • 2 comentarios

El viento suspira en mis oídos. Los pájaros a mi alrededor parecen tener una conversación afable. Estoy sentada con las piernas cruzadas en presencia de la Madre Tierra. Tengo los ojos cerrados para mirar lo que hay adentro.  Mientras respiro estoy atenta al movimiento de mi vientre que se expande cuando inhalo. Cada vez estoy más relajada y voy encontrando paz en mi cuerpo.  Aquí me siento segura, cerca de mis plantas, rodeada de cielo.

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Mis flores.

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Mis flores.

El silencio está colmado de voces y las sigo sin intentar descifrarlas.  Inhalo despacio, contengo el aire unos segundos y lo suelto. Lo hago una y otra vez hasta que me siento muy ligera y lejos de todo lo que me angustia.

Por fin vuelvo a sentir  mis alas, se desdoblan y son más grandes de lo que recordaba.  Siento cosquillas en los omóplatos, eso me alegra. Ya extrañaba sentirlas. Son delgadas y traslúcidas, a veces parecen tener el color del arcoíris, otras veces pueden verse azules, violetas o verdes.  Con la mente en blanco (sin pensamientos tormentosos) puedo elevarme y flotar como solía hacerlo en otros tiempos. Ahora tengo las orejas puntiagudas y empiezo a recordar quién soy.

Me abraza la Madre Tierra y sé que estoy a salvo. Donde estoy ahora no hay pensamientos aterradores ni exigencias que paralicen. Donde estoy ahora soy un  hada de luz deslumbrante, libre. Conozco los secretos de las flores y tengo unas alas inquietas que  pueden volar de nuevo.

Me cubre una luz dorada.  Veo disolverse el dolor que nublaba mi garganta. Los grillos que cada noche me dedican sus canciones ahora me sonríen.

El viento suspira en mis oídos. Inhalo, retengo el aire tres segundos y lo suelto muy despacio. Lo hago una y otra vez, atenta al movimiento de mi vientre. Estoy relajada y en paz con mis emociones. Me hago consciente de mis piernas, de mis brazos de mi cuerpo. Después abro los ojos.  Mis alas no se han ido. Estoy con mis plantas y rodeada de cielo. Las nubes forman un corazón enorme. Ahora sé que ya no quiero vivir en las sombras y ya no voy a hacerlo.

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Las nubes forman un corazón enorme.

No volveré a huir de mis palabras ni a temerle a mis sueños. Nunca más olvidaré los secretos que me han confiado mis flores.

La importancia de las ilusiones y los sueños.

•abril 5, 2018 • Dejar un comentario

Me cuesta trabajo recordar cuando fue la última vez que tuve un sueño increíble, de esos que queremos prolongar lo más posible y continuar cuando llegue la hora de volver a dormir. Como cuando, en la adolescencia, soñaba que mi amor platónico me tomaba de la mano y me decía: “Te quiero”. Mi cuerpo se estremecía y al abrir los ojos aún podía sentir el calor de su mano. Aunque era inevitable el desconcierto de saber que había sido sólo un sueño, quedaba la alegría vivida en esa fantasía y también la ilusión de que un día se hiciera realidad.

Nunca me tomó de la mano mi amor platónico y, sin embargo, fui feliz de haberlo soñado. Fui feliz escribiendo historias románticas en las que nosotros éramos los protagonistas y, a la fecha, esos recuerdos me hacen sonreír. En esa época tenía muchas ilusiones y solía soñar despierta. No sé cómo ni cuando las fui dejando atrás hasta llegar al punto en que mis metas y deseos se convirtieran en una obligación, en algo que tenía que hacer en lugar de disfrutarlo. No recuerdo cuándo fue la última vez que imaginé una historia que me diera bienestar, ánimos, entusiasmo, ni tampoco cuándo fue la última vez que sentí mis pies alejarse del suelo y a centenares de mariposas bailar en mi cuerpo.

Una vez me fui a vivir a la luna y después aprendí a vivir demasiado sumergida en la realidad. Despacio me fui llenando de miedo. Busqué estar a la altura de las expectativas de los demás y me sentí tan incapaz de lograrlo que empecé a fallar en todo, hasta en imaginar historias donde yo fuera la heroína. Me quedé vacía. Mi vida se fue volviendo un conjunto de juicios negativos y obligaciones autoimpuestas. En esta batalla extenuante contra mí misma, el cuerpo dijo basta. Se detonaron las crisis de ansiedad y los miedos se convirtieron en gigantes que me intimidaban.

Me quebré y aquí estoy armándome de nuevo…

No tengo muy claro cuando tuve el último sueño, cuando fue la última vez que me desperté con ganas de seguir durmiendo. Quizá fue cuando ansiaba llevar una vida en mi vientre y me vi con un niño en brazos, un bebé sonriente con los ojos azules de mi abuela, un bebé que reía sin césar. No sabía entonces que mi vientre se quedaría vacío y que nunca abrazaría a ese pequeño…

No le di importancia en ese momento. Después hubo tempestades y huracanes que superar y dejé de preguntarme qué anhelaba. ¿Qué me llevaría a las nubes ahora? Esa es la pregunta que cuelga en el viento y cuya respuesta busco en estos días mientras vuelvo a imaginar historias que me devuelvan la ilusión y la confianza en mí misma.

Camino en busca de una quimera que se lleve los temores que me asedian. Empiezo por los pequeños detalles (que en realidad no son tan pequeños) como disfrutar el aroma de las jacarandas en flor que cubren las calles de violeta, pasear por las calles de mi amado Real del Monte y agradecer la esplendente luna llena que me regaló el fin de semana, visitar el pueblito de Omitlán, también en Hidalgo, y ver a sus habitantes empaparse unos a otros porque estaban celebrando el Sábado de Gloria, reír a carcajadas porque mojaron a mi esposo, tomar una cerveza juntos en la Galería Caffé del Cruz Verde (Real del Monte) y disfrutar de la música en vivo de Vendergood, cantar con él y con los demás clientes, reírnos juntos sin conocernos y comprender que la vida vale la pena vivirse por momentos como ese en los que predomina el amor, la alegría, la paz, por esos momentos sin tinieblas ni demonios…

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Flores de la Jacaranda

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Mi amado Real del Monte Hidalgo

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Sábado de Gloria en Omitlán, Hidalgo

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Esplendente luna llena. Real del Monte, Hidalgo

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Cerveza Oscura (Hidalgo Stout) Real del Monte, Hidalgo

¿Qué me llevaría a las nubes ahora? Voy en busca de una quimera que me ayude a saberlo. No sé cuánto tiempo me tomará encontrar la respuesta pero sé por dónde comenzar a buscarla: por la ilusión que me da saber que pronto volveré a Real del Monte; por el deseo de correr un maratón en Praga, en la República Checa, ciudad amada a la que prometí volver un día; por la novela que me falta escribir; por la voz de los grillos que me consuela en las noches de insomnio y por la lluvia que hace que esta noche me den ganas de correr a empaparme como lo hacíamos mis hermanos y yo en nuestra infancia.

Praga 2006

La Bella Praga, República Checa

Cuando pienso en esas cosas, siento el aleteo de pequeñas mariposas en mi vientre y la certeza de que avanzando por este camino lograré despedirme del miedo.

Miedo, ansiedad y la ilusión del futuro.

•marzo 21, 2018 • Dejar un comentario

Tengo el pelo blanco, arrugas en todo el cuerpo y estoy cada día más cerca de mi final pero eso no me detiene: corro. Disfruto la caricia del viento y la adrenalina de llegar a la meta. Mis piernas son muy fuertes, casi tanto como la voluntad de terminar este maratón.  Voy a cumplir noventa años y  me parece tener la energía de cuando hice mis primeros veintiún kilómetros a los 39 años.  Me gustó tanto que me propuse correr un maratón y cuando por fin lo hice, decidí seguirlo haciendo mientras tuviera vida. Aquí estoy, llegando a la meta y cumpliendo mi sueño.  

Veo mi vida y no me lamento nada. Estoy satisfecha.   Empapada en sudor llego al kilómetro cuarenta y dos. Feliz voy por mi medalla, quizá la última que gane (no aspiro llegar a los cien años). 

Soy afortunada. Agradezco el camino que he recorrido. Mientras esté aquí seguiré soñando sin detenerme…

Abro los ojos sorprendida. Ya había olvidado el bienestar que da el visualizarme en el futuro.  Estoy contenta. Hacer esto me ayuda a construir la felicidad que se me estaba escapando.

No supe cuándo ni cómo los demonios se apoderaron de mis sentidos y hasta de mi voluntad: esos miedos tan profundos me paralizaron. Me perdí en las tinieblas de una alergia que no me soltaba y en el tétrico universo de los pensamientos sombríos. Volvieron las noches de ansiedad con hormigueos en el cuerpo y las imágenes aterradoras cada vez que cerraba los ojos.

He encontrado mucha paz en la meditación y eso me ayudó a darme cuenta que necesito crear pensamientos positivos, ilusiones, deseos que alejen a los demonios.  Es difícil verme tal cual soy si la oscuridad nubla mi juicio.

En lugar de soñar despierta, mi mente imagina tragedias, angustia, dolor.  Ha sido como estar atrapada en la sala de un cine donde sólo se exhiben películas desgarradoras como La Caza (Jagten. 2012), Requiem for a Dream (2000), El Hombre Elefante (1980), The Baby of Macon (1993), Dancer in the Dark (2000), The Machinist (2004) o The Deer Hunter (1978).

Vivir en miedo me ha dejado exhausta. Me ha faltado voluntad y energía para realizar mis actividades. Me quedé sin ganas ni disciplina para entrenar. La lesión en la pierna tampoco me ha ayudado mucho: me desmotiva no poder correr.

¿Cómo encontrar pensamientos positivos? ¿Qué me hace feliz? No recuerdo cuándo fue la última vez que soñé despierta. Hasta hace un par de días ni siquiera tenía claro qué deseaba para mí. Estaba tan envuelta en la neblina de historias lúgubres que me sumergí en mi propio apocalipsis.

Hasta que me atreví a ponerle nombres a mis miedos y los dije en voz alta.  Al escupirlos empecé a encontrar la luz.  Logré salir de la sala de cine de películas desgarradoras y avancé a la sala de películas rosas, un poco de miel no me hará daño.

Me merezco ser feliz pero ha sido un hábito encontrar razones para no serlo ( consciente o inconscientemente). Estoy aprendiendo a soñar despierta como lo hacía antes. Cuando aparecen la imágenes aterradoras en las noches, busco reemplazarlas con los momentos felices que he vivido y que anhelo vivir.

Me visualicé en el futuro como cuando decidí viajar a Europa en el 2006.  Se presentaron algunos obstáculos pero logré hacer ese viaje.  Cuando corrí el maratón, decidí que seguiré corriendo maratones hasta que la vida se me acabe.  Volver a pensar en eso y verme haciéndolo me devolvió la voluntad para regresar a entrenar y me está ayudando a dejar atrás los pensamientos negativos.

Cuando voy en el pesero o en caminando en la calle,  en lugar de seguirle dando cuerda a mis miedos, ahora concentro mi atención en los detalles que me dan bienestar como ver las jacarandas en flor: por algunas semanas, en esta época del año, la ciudad se viste de violeta.

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Jacaranda Ciudad de México

Sublimo mi ansiedad dibujando. Me siento orgullosa del atardecer que plasmo, es sólo un ejercicio pero me da ilusión hacerlo.

Mi jardín se está llenando de flores. Las abejas lo visitan de nuevo y me permiten tomarles fotos. Estas imágenes me ayudan a olvidar las tinieblas.  Nombrar mis miedos me hizo más fuerte y la alergia por fin deja mi cuerpo: ahora soy libre para avanzar a donde quiero.

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“Estas imágenes me ayudan a olvidar las tinieblas.”

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Tomillo y abeja.

No me siento agotada. Ya no me estoy durmiendo todo el día.  Mis piernas volverán a sentirse ligeras y los hormigueos ya no llegan cada noche.  He podido pasar más de un mes sin tener ninguna crisis de ansiedad, estoy segura de que volveré a lograrlo.  Un paso a la vez.  Nada me detiene, nada.

 

 

 

 

Mi Lugar Feliz

•febrero 26, 2018 • Dejar un comentario

Hay lugares que me hacen sonreír de sólo pensar en ellos; Real del Monte es uno de ellos. Podría decirse que es mi lugar feliz y cuando lo visito siento la euforia de una mujer recién enamorada: veo la vida color de rosa y me invaden las palabras cursis. Me cuesta trabajo reconocerme pero eso me sucede en Real del Monte y es inevitable.

Real o Mineral del Monte es un Pueblo Mágico en el estado de Hidalgo. Es el paraíso de los pastes, los cuales fueron introducidos por los ingleses cuando llegaron a trabajar en las minas de este lugar. Un paste era la comida ideal para los mineros pues podían comerlo con las manos y sin ensuciarlo pues en el centro tenían una especie de trenza que les permitía sujetarlos. El original era de papa con carne pero ahora existen varias combinaciones incluyendo dulces (de piña, manzana, zarzamora…). Son una delicia irresistible. En este viaje me comí seis de una sentada.

 

Pastes el Billar, Real del Monte

Me seducen las calles de este pueblo, sus casas de colores vivos, sus empedrados, su alegría. Nos tocó un buen día para pasear: sin lluvia ni neblina, con poca gente. Fuimos a finales de diciembre, la Navidad todavía podía percibirse y también el intenso frío tan característico de este pueblo. Hay que ir bien abrigados, el viento es helado.  Pudimos mirar el atardecer; y más tarde, el intenso brillo de la luna.

 

 

 

Al día siguiente me levanté muy temprano para pasear por última vez y disfrutar la soledad en las calles, por una hora Real del Monte fue sólo mío y fui muy afortunada.

Mañana en Real del Monte

 

Regresamos al Panteón Inglés y navegué en la belleza de sus enormes árboles. Ahí descansan los restos de los ingleses que vivieron y murieron en Real del Monte. Pero también los restos de irlandeses, escoceses, alemanes, chinos y algunos mexicanos. Las tumbas están alineadas como mirando en dirección a Inglaterra, excepto una, la de Richard Bell.

Fue un viaje corto, pero pronto regresaremos. Nos falta visitar las minas, los museos, caminar por el Parque el Huiloche y los pueblos mágicos que hay alrededor, como El Chico.

Cuento los días para regresar. ¡Cada vez falta menos!