El Sótano de las Golondrinas

•febrero 24, 2018 • Dejar un comentario

El Sótano de las Golondrinas, un abismo natural de 512 metros de profundidad y 60 metros de diámetro, se encuentra en Aquismón, San Luis Potosí.  Es un área natural protegida y es ideal para quienes amamos la naturaleza.

Visitar este lugar era justo lo que necesitaba. Me gusta mucho vivir en la  Ciudad de México, pero después de cierto tiempo, me hace falta salir de ella y convivir con la naturaleza, olvidarme del tráfico y de la contaminación.

En el Sótano de las Golondrinas no hay golondrinas, les llaman así a los vencejos.  Estas hermosas aves salen del abismo (donde están sus nidos) al amanecer y regresan justo antes de que anochezca.  ¿Qué se sentirá ver salir a miles de aves? ¿Y verlas regresar? Pensar en ese espectáculo me emociona mucho.  Esa fue una de las razones por las que deseaba ir a ese lugar y es algo que todavía no he vivido.

El día que fuimos era invierno y todo estaba cubierto por la neblina. Cuando llegamos era difícil ver qué había frente a nosotros. Nos enteramos que ese día los vencejos no salieron del abismo: se quedan ahí en los días fríos o neblinosos.  No puedo negar que fue desconcertante saber que no los veríamos en este viaje.  Habrá que tener en cuenta el clima la próxima vez.  Ya estábamos ahí y no perdimos el entusiasmo. ¡De todas formas valía la pena hacer el recorrido!

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Sótano de las Golondrinas Aquismón, San Luis Potosí

Para llegar al abismo hay que caminar mucho. Es posible alquilar un bastón para avanzar con más seguridad en esta aventura. Hay zonas un poco resbalosas, bajadas grandes.

Hay lugares para acampar y lo pensé como una posibilidad para la próxima vez. De esta manera estaríamos cerca para ver a los vencejos salir y regresar a sus nidos.

En el camino hay vacas, gallos, gallinas y también vimos un cerdo.  La neblina nos acompañó la mayor parte del camino.

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Sótano de las Golondrinas Aquismón, San Luis Potosí

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Sótano de las Golondrinas Aquismón, San Luis Potosí

Vimos el Columpio de las Nubes, el cual cuelga de un árbol y ofrece un paseo muy cerca del cielo. Me gustó la idea pero no me pareció apto para las personas que padecen vértigo. Decidí no subirme en ese momento.

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El Columpio de las Nubes El Sótano de las Golondrinas Aquismón, San Luis Potosí

Cruzamos puentes, bajamos escaleras, avanzamos rodeados de árboles y fue impactante llegar al abismo. Es posible acercarse a la orilla. Hay personas listas para ayudarnos a lograrlo. Hay que amarrarse una cuerda en la cintura. Para mí fue un acto de valor hacerlo pues pertenezco al grupo de las personas con vértigo. La única razón por la que me atreví fue porque supe que si no lo intentaba, después lo lamentaría mucho.

No había una sola parte del cuerpo que no me temblara, caminando muy despacio llegué a la orilla y me abracé al árbol que estaba ahí.  Me tomó unos segundos asomarme.  La oscuridad me atraía.  El vértigo es sentir que el vacío te llama y tú debes resistir ese deseo intenso de acudir a su llamado. Es una fascinación que paraliza, un terror que se siente en el estómago, en el pecho y en la cabeza.   En el abismo todo era negro.  ¿Cómo se vería en un día soleado?  ¿Cómo se vería con los vencejos regresando a casa?

 

Unos metros más abajo hay otra oportunidad para asomarse al abismo. Aquí no se puede llegar de pie. Hay que ir a rastras y estar acostado boca abajo para poder asomarse.  La sensación de vértigo fue más fuerte aquí pero me alegra haber tenido el valor de hacerlo.

A pesar del día neblinoso y de la ausencia de las aves, el Sótano de las Golondrinas me pareció un lugar fascinante.

Emprendimos el camino de regreso al coche.  La niebla era cada vez más densa.

Volvimos a pasar por el Columpio de las Nubes y ya que me sentía muy valiente decidí subirme.

Al principio estaba muy nerviosa y me aferré a las cuerdas con todas mis fuerzas; sin embargo, como un minuto después, me pareció que volaba, que nada me detendría, que era libre como nunca antes lo había sido. Solté las cuerdas, extendí los brazos y me dejé llevar por la sensación de bienestar que se adueñó de mi cuerpo. Me seguí elevando. No sentí temor con los giros. Creo que estaba viviendo un momento de euforia y no quería que terminara. ¡Sí es un columpio de las nubes! ¡Y me regaló libertad de la forma más inesperada!

Me tomó varios minutos poner los pies en la tierra.  Al caminar me parecía que flotaba…

Nos despedimos de un lugar paradisíaco al que tendremos que volver para visitar a los vencejos.

Amo México, mi querido México.

Surrealismo en Xilitla

•febrero 22, 2018 • Dejar un comentario

Uno de mis sueños es viajar por todo México. Me encantaría hacer este recorrido en coche para poder conocer los pueblos de los que casi nadie habla. Quiero viajar por todo México y conocer sus secretos.

Hasta ahora no me ha sido posible hacer un viaje tan largo, pero al menos en diciembre tuvimos la oportunidad de visitar Xilitla, San Luis Potosí. Llegamos de noche y hacía calor. Es un lugar húmedo pero no esperaba que lloviera en diciembre. Nos tocó mojarnos un poquito después de cenar.  Me dormí con el sonido de los grillos y el aroma de la lluvia.

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Casa Vieja Xilitla, San Luis Potosí

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Xilitla, San Luis Potosí

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Noche Xilitla, San Luis Potosí

Al día siguiente nos despertamos con la blancura de la niebla que abrazaba a los árboles. No hacía calor pero tampoco frío. Nos preparamos para visitar El Jardín Escultórico Surrealista de Edward James.

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Niebla Xilitla, San Luis Potosí

A finales de la década de los cuarenta,  con el deseo de crear un jardín de orquídeas Edward James llegó a Xilitla y en Las Pozas encontró el lugar ideal para hacerlo. Desafortunadamente en 1962 una helada acabó con las orquídeas y fue en ese momento cuando empezó a construir su impresionante jardín surrealista, obra que continuó a lo largo de su vida y que quedó inconclusa.

Antes de entrar a Las Pozas, desayunamos en un restaurante que estaba a un lado: Las Conchitas.  Nos gustó el lugar y, sobre todo, la vista.  Además no se veía mal el menú y el café estaba muy bueno.  Pedí unos huevos escondidos (sólo porque me gustó el nombre) y sabían rico.

 

Una vez listos, nos formamos en la fila para entrar a la Jardín Escultórico Surrealista de Edward James.  Fue una buena idea llegar temprano pues casi no había gente y no tardamos en entrar (unas horas después, cuando salíamos del lugar, la fila para entrar era larga, muy larga).

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Estaba frente a un mundo perfecto: surrealismo en la naturaleza.  Yo admiro las obras de Leonora Carrington, Remedios Varo y Salvador Dalí.  Me encantan las escaleras infinitas de Escher (a quien no se le considera surrealista, pero cuya obra me refiere al surrealismo, no puedo evitarlo).

La idea de Edward James no era construir algo funcional ni un lugar para vivir.  Lo que hizo fue dejar que su imaginación lo guiara sin permitir que la realidad interfiriera en su universo.

¿Qué hay en ese laberinto inmenso donde me perdería si fuera sola?  Un universo diferente y, para mí, un paseo extraordinario.

En este laberinto aunque  la mayoría de las estructuras son grises,  yo las percibí de colores intensos y brillantes. Yo vi palacios, casas, habitaciones y muchas flores. Me imaginé las orquídeas acurrucadas en los árboles.  Percibí el esplendor de ese mundo surrealista y empecé a soñar…

Lo primero que vi al entrar fue un camino de serpientes y me sentí un poco observada.

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Camino de Serpientes Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas Xilitla, San Luis Potosí

Después me encontré con las manos del gigante. Se supone que su finalidad es proporcionar paz al viajero pero a mí me parecieron un poco inquietantes y no precisamente por su tamaño.

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Manos Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas Xilitla, San Luis Potosí

Un poco más adelante me encontré con una casa que tenía escrito en una de sus paredes lo siguiente: “Mi Casa Tiene Alas…”. ¡Estaba parada frente a una casa con alas!

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“Mi Casa Tiene Alas…” Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Me gustaría vivir en una casa así que, mientras duermo, me llevara a otros mundos. Entonces me iría a la cama con la emoción de no saber en qué lugar despertaría al día siguiente y en las noches de insomnio,  al mirar por la ventana, me encontraría rodeada de estrellas…

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“Mi Casa Tiene Alas…” Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

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“Mi Casa Tiene Alas…” Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

El calor se intensificó. A pesar de ser invierno, el sol se adhirió a mi piel y la brisa se volvió lluvia en mi cuerpo.

Caminé entre sombras para abrazar la luz.

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Encontré columnas donde antes hubo sueños. Me pregunté dónde estuvieron las orquídeas antes de que la helada se las llevara.

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

 

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Subí escaleras sin contarlas, sin que me preocupara a dónde me llevarían.

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Y encontré un lugar para olvidar mi claustrofobia.

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Estaba rodeada de árboles gigantes y de criaturas invisibles.  ¿Cantarán los grillos en las noches? ¿Qué sonidos se escuchan cuándo sale la luna y las personas duermen?

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Vi una orquídea gigante envuelta en verde, un poco pálida pero espléndida.  Pude visualizarla cubierta de gloria y radiante, antes de que el tiempo empezara a devorarla.

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Orquídea Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Hubiera querido caminar descalza en este jardín, sentir la caricia de la tierra húmeda en las plantas de los pies. Hubiera querido recorrer todos los senderos, todos los universos contenidos en estos kilómetros…  Pero en un par de horas eso no era posible.

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

El jardín surrealista es el lugar ideal para olvidarnos de tener los pies en la tierra, para creer en las cosas que no existen.

 

 

 

A veces sólo necesitamos un lugar para desconectarnos de la realidad y dejar que nos guíe nuestra imaginación desbordada.  Sólo hay que abrir la puerta, subir las escaleras y dejarse llevar…

 

 

Existe el camino al cielo. Está en Xilitla, escondido entre los árboles, en la imaginación de Edward James y su jardín surrealista…

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

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Jardín Escultórico Surrealista de Edward James Las Pozas de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

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A veces sólo necesitamos un lugar para desconectarnos de la realidad y dejar que nos guíe nuestra imaginación desbordada.  Jardín escultórico surrealista de Edward James

 

 

Casi al final del recorrido hay una cascada.  Me quedé varios minutos escuchando la dulce música del agua, su voz siempre me llama a su lado.

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Cascada Jardín escultórico surrealista de Edward James Xilitla, San Luis Potosí

Nuestro paseo estaba por terminar.  Me faltó tiempo para recorrerlo completo y para nadar en las Pozas. Ya será la próxima vez.

 

Mientras tanto me quedo con la mirada verde de la Naturaleza omnipresente que me acompaña en mi camino y me recuerda que la vida es hermosa.

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Vergüenza

•febrero 12, 2018 • 4 comentarios

Tengo cuatro años. Estoy en el kinder y voy a entrar al salón de clases. Mis compañeros ya están sentados en sus lugares y me miran fijamente. Algunos lo hacen con hostilidad y quiero volverme invisible, desaparecer. ¡Quiero irme con  mamá!

Siento mucho miedo. A partir de ese día comienzan las burlas y las agresiones. ¿Por qué? No lo entiendo. Entonces empiezo a orinarme en la ropa y las burlas empeoran, me señalan, me rechazan todavía más.  Aprendo a agacharme, a sentir vergüenza porque ser yo es algo feo y malo, algo que molesta mucho a los demás y ni siquiera puedo evitarlo.

Ahora estoy en primaria y soy la calaca, la que tiene una letra horrible, no sabe usar bien las tijeras (esto de ser zurda no me ayuda) y no da una en deportes. Casi nadie quiere estar conmigo.  A quienes me hablan, sonríen o defienden los considero héroes y nunca voy a olvidarlos.  Ellos me ayudan a sobrevivir cuando me desmorono.

Con los años aprendo a mantenerme en silencio, a hacerme invisible para evitar las agresiones, para protegerme. Siempre debo estar alerta para evadir los golpes. Ahora la vergüenza ya es parte de mí. Vivo con esta aguda sensación de ser ridícula, desagradable y muy molesta. No sólo los demás me rechazan, yo también lo hago. Necesito disculparme por todo y nada de lo que hago es suficiente.

Ya no sonrío. Lo mejor que puedo hacer para sobrevivir es mantener esta expresión de indiferencia para que quienes buscan lastimarme no sepan  que me hacen daño. Es importante que nadie sepa si estoy feliz o triste…

Hoy tengo cuarenta y un años.  Hasta hace poco me creía lejos de aquellos días de miradas hóstiles. Hace tiempo que dejé atrás a la flaca fea y empecé a aceptarme como soy, a amarme.  Me sentía en paz con mi pasado y pensaba que ese capítulo de mi vida ya estaba cerrado.  Pero no, no era así. Todavía me faltaba algo por aprender.

Aunque empecé el año con mucho entusiasmo y muchos planes, las cosas no salieron como yo esperaba.  Empecé el 2018 enfermándome por todo, como si mi sistema inmunológico se hubiera ido de vacaciones. Me lesioné sin siquiera saber porqué en una carrera en la que esperaba hacer mi mejor tiempo y hasta respirar (por la alergia que decidió instalarse en mi cuerpo después) se convirtió en un problema para mí.  Además, me pasé todo ese tiempo sin poder escribir, no importa cuánto deseara hacerlo.

¿Qué me estaba pasando?  Si todo estaba bien, ¿por qué yo me sentía tan mal? ¿Por qué no podía escribir?  ¿Por qué seguía sin sentirme capaz de expresar mis ideas libremente?  Entonces, mientras platicaba con una amiga muy cercana, vino de golpe ese recuerdo del kinder y me hice consciente de esa sensación que todavía vive en mí: me sigo sintiendo la ridícula, la que no tiene nada que ofrecer.   Aún me avergüenzo de ser yo, de mis ocurrencias, de mis palabras, de mi forma de caminar, de mi letra fea, de todo aquello que me hace ser quien soy.   Me sigo autosaboteando porque muy en el fondo sigue arraigada en mí la idea de que no me merezco nada porque soy una vergüenza.

Antes de ese momento no me había percatado de esta enorme vergüenza que he estado cargando. Ahora, mientras lo escribo, pienso en lo absurdo que es eso. El diccionario de la Real Academia Española define a la vergüenza de la siguiente manera: turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante.   Entonces, ¿vergüenza de qué? ¿Por qué avergonzarme?  No soy  perfecta ni aspiro a serlo pero todos los días me esfuerzo por ser mejor hoy de lo que fui ayer. Acepto mis defectos cuando los veo y trabajo para transformar mi oscuridad en luz. Amo la vida y hacer felices a quienes me rodean. ¿Vergüenza de qué?

Hace unos días hice una meditación guiada para quienes hemos sufrido bullying.  No pude contener las lágrimas cuando el maestro dijo: “Mereces ser feliz”.  Lloré y unos minutos más tarde sentí alivio. ¡Sí me lo merezco! ¡Todos nos lo merecemos!

Ahora que tengo conciencia de esta vergüenza que en realidad no me pertenece, podré lograr despedirme de los recuerdos negativos, de esta sensación de que soy inferior. Es mi momento para sanar y soltar.  Sé que no es algo que sucederá de un día para otro, pero haré que suceda. Si pudiera hablar con mi yo de cuatro años le diría que no se preocupe, que va a estar bien, que se encontrará rodeada de amor y que tendrá la oportunidad de realizar sus sueños.

De la misma manera hoy me repito que soy suficiente. Tengo la capacidad para salir adelante y disfrutar la vida. A partir de hoy voy a escribir lo que me venga a la mente, sin censura. Le permitiré a la pluma realizar su danza en el cuaderno, no volveré a frenarla. Dibujaré sin ponerle calificativos a mis dibujos, sin juzgarlos ni juzgarme.

He cargado demasiado tiempo las etiquetas que me pusieron en la infancia y adolescencia. Llevo tanto tiempo con ellas que se han convertido en parte de mi personalidad. Permití que me definieran. Caminé deseando ser una sombra y con la certeza de que nada de lo que hiciera sería bueno. Ya no quiero llevar puesta ninguna de estas etiquetas.  Mientras escribo me las arranco, aunque me duela.  Las sustituyo por amor, por palabras que definen mis cualidades, por dulzura, por confianza en mí misma, por los logros que he tenido y que planeo tener.

Como mi ruda me sequé este invierno y, como ella, también renazco. Tengo la oportunidad de escoger los colores que me definirán ahora.

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Como mi ruda me sequé este invierno y, como ella, también renazco. Tengo la oportunidad de escoger los colores que me definirán ahora.

 

 

Porqué Me Gusta Viajar en Coche

•enero 4, 2018 • Dejar un comentario

Cuando hablo de nuestros viajes en coche,  me miran con sorpresa.  Muchas personas los consideran fatigosos y aburridos. Les sorprende que mi familia y yo los disfrutemos tanto.

No digo que sea fácil hacer un viaje largo en coche, sobre todo es un buen reto para quien maneja; sin embargo, vale la pena el esfuerzo.  Eso sí, aburrido no es.  Nos encanta pasar horas mirando a nuestro alrededor, admirando la belleza de las carreteras en México.  Además, algunas veces en nuestro camino nos hemos encontrado con sorpresas como lugares hermosos que no teníamos contemplado visitar (como Valladolid en Yucatán)  y pequeños restaurantes desconocidos para el resto del mundo, pero muy ricos para desayunar comer o cenar; como es el caso del pequeño restaurante que nos encontramos esta vez en la carretera de San Luis Potosí hacia Hidalgo, donde comí unos chilaquiles con una salsa de chiles combinados (entre ellos, chile de árbol y morita).  Les pedimos que nos vendieran esa salsa y,  sólo de acordarme ya quiero regresar por más.

El viaje que hicimos ahora no fue tan largo como cuando nos fuimos a Phoenix, Arizona o a Cancún; sin embargo, no fue un viaje corto.  Nos tomó alrededor de 8 horas llegar a Xilitla, San Luis Potosí donde visitamos Las Pozas de Edward James, aunque antes paramos en Jalpan (en la Sierra Gorda de Querétaro) para comer y visitar una Misión. Después fue alrededor de una hora y media de camino para llegar al Sótano de las Golondrinas en Aquismón, San Luis Potosí y de Xilitla a Real del Monte, en Hidalgo, hicimos más de siete horas.

Recorrimos parte de la Sierra Gorda en coche. Yo no había estado por ahí antes y quedé maravillada con la vista. Salimos de la Ciudad de México en la mañana, alrededor de las ocho y nos tocó un buen clima, además no había tráfico. No tengo fotos de la primera parte de este recorrido porque yo iba al volante. Manejar en esa zona fue sensacional pero también espeluznante.  Es un camino sinuoso, donde termina una curva comienza otra y algunas son muy cerradas. Yo tenía poca experiencia con las curvas y fue una aventura estresante para mí. Tampoco me quejo pues fue muy emocionante subir, atravesar la montaña, superar una prueba difícil.

Una parte de la Sierra es árida, el camino era color ocre excepto por los saguaros que tanto me gustan. Me vino a la mente Sonora y también Arizona. Lo interesante es que justo después de una curva larga, la Sierra deja de ser árida y las montañas están cubiertas de verde. Esto se debe a que a partir de ahí, el clima en la zona es tropical.  Los árboles son enormes.  Pude relajarme cuando llegamos a Jalpan, donde comimos.  Un par de horas después ya nos fuimos a Xilitla. Esta vez viajé en el asiento del copiloto, lo cual me permitió tomar muchas fotografías de esta parte de nuestro recorrido.

El verde intenso de las montañas contrastaba con el azul tenue del cielo. Los árboles eran tan altos que parecían tocar las nubes.

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Había árboles enormes que parecían tocar las nubes.

El cielo es más soberbio en lugares tranquilos, sin edificios, alejados de la civilización.

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El cielo

Me parecía que las nubes simulaban explosiones en el cielo.

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Me parecía que las nubes simulaban explosiones en el cielo.

El atardecer ya estaba por llegar, las nubes comenzaron a teñirse de rosa.  A lo lejos la sierra se veía gris, gris violeta.  Así se ven las montañas que recorro en mis sueños; en ellos camino de un lado otro con ligereza, sin cansancio y me quedo maravillada ante tanta belleza. Siento mucha desesperación por tomar y tomar fotos para que no se me olvide lo que veo, como si supiera que al despertar se esfumará todo.  Me estremeció estar tan cerca de lugares que sólo he visto con los ojos cerrados.

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A lo lejos la sierra se veía gris, gris violeta.

Me emocioné porque ya iba a atardecer.  Bajé el vidrio de la ventana. Sonreí mientras escuchaba el silbido del viento. Tomé mi cámara y estaba lista para capturar ese momento extraordinario.

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Atardecer en carretera.

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Atardecer en Carretera

Pocas cosas me conmueven más que un atardecer, especialmente en un lugar lejos de la ciudad, en una carretera casi vacía, en un lugar recóndito. El cielo blanco y rosa.  El ocaso  estaba en mi piel, invadía mis sentidos.  La niebla también teñida cubría la cima de la montaña y daba la impresión de ser fumarola que emergía de un volcán…

Los atardeceres son efímeros pero los llevo tatuados en la memoria. Quería inmortalizar este con la cámara para regalarlo a quien los ama como yo. La velocidad del coche hizo que mi deseo pareciera misión imposible, pero estaba decidida a lograrlo.

En mi foto se ve el movimiento pero también, entre los árboles, se percibe el rosa anaranjado del crepúsculo.

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Atardecer en Movimiento

Todavía tenia oportunidad para tomar otra foto: Entre la montaña y las nubes grises, se distingue un halo naranja…

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Atardecer en carretera

El cielo se cubrió de gris, unos minutos después nos envolvería la densa negrura de la noche sin luces.

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El cielo se cubrió de gris…

Para quienes amamos la naturaleza, viajar en coche en México nunca será aburrido.

Unos días después fuimos de Xilitla, San Luis Potosí a Real del Monte, Hidalgo y fue lo más impresionante de este viaje.

Vimos las montañas cubrirse de niebla.

Viajamos rodeados de árboles. Me gustaron, sobre todo,  los que estaban despeinados.

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Árboles despeinados

Cuando salió el sol, la niebla comenzó a evaporarse y pudimos ver el cielo.

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Y salió el sol…

Entonces, vi el corazón esplendente de la Madre Tierra y me llené de agradecimiento. Justo después vi la silueta de un ángel dibujada en una nube.  Felicidad es la única palabra que viene a mi mente para describir ese momento.

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Corazón de la Madre Tierra

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La silueta de un ángel

Lo más impresionante fue cuando pasamos por  una gran barranca. La vista era fabulosa (y también mi vértigo). Recorrimos esta parte del camino a menor velocidad para poder absorber su esplendor, para disfrutarlo unos segundos más.

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La Sierra

 

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La Sierra

El resto del camino me entretuve viendo el cielo.  Nunca me aburriré de viajar en coche, de pasear rodeada de naturaleza, de tener la oportunidad de gozar paisajes únicos y de conocer lugares que no siempre planeamos visitar pero que se cruzan en nuestro camino…

Fragmentos de un duelo, Cumbres Borrascosas y cáncer.

•diciembre 5, 2017 • Dejar un comentario

No suelo arrojarme al abismo del llanto, siempre busco algo que me ayude a salir de las tinieblas; sin embargo, cuando falleció mi querido amigo Herwig, empecé a caer en ese abismo. Estaba enojada con la distancia que no me dejó volver a verlo y furiosa con el cáncer que le impidió cumplir su sueño de venir a México. No sabía qué hacer conmigo y lo único que me vino a la mente fue volver a leer Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. Necesitaba de la literatura para calmar el caos adentro.

Fui por el libro y comencé a leerlo. Esta novela fue escrita en 1845-1846 y pertenece al oscuro romanticismo que tanto me gusta. El protagonista de esta historia, Heathcliff, es uno de los personajes que, junto con Fernando Valle (Clemencia de I.M. Altamirano) y Mr. Darcy (Pride and Prejudice de Jane Austen), marcaron mi adolescencia y comienzo de la edad adulta, mis tres inmortales amores de la literatura.

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Wuthering Heights (Cumbres Borrascosas) Emily Brönte

Heathcliff no es ningún héroe, no podría estar más lejos de serlo; además no es guapo ni simpático. Tampoco es galante ni tierno. Su amor es tan grande como su sed de venganza. Heathcliff vive en las tinieblas de un amor que lo descontrola y que está condenado a la infelicidad.

Tenía alrededor de siete años cuando llegó a las Cumbres Borrascosas. Lo encontró el papá de Cathy y decidió llevarlo a vivir con él. Como no tenía nombre, lo llamó Heathcliff. Desde el comienzo su origen desconocido, su piel oscura y su apariencia fueron motivo del rechazo, insultos y agresiones que sufriría la mayor parte de su vida. La única persona en darle la bienvenida fue la pequeña y muy caprichosa Cathy. Ambos crecieron juntos, corriendo en los páramos, haciendo travesuras, libres y salvajes. Cathy era para Heathcliff un oasis donde encontró aceptación y la posibilidad de un futuro feliz; sin embargo, Cathy también fue la roca contra la que se estrelló y que despertó en él los sentimientos más violentos. Su sufrimiento lo volvió cada vez más monstruoso. Su venganza y crueldad, como su dolor, no tuvieron límites.

Página a página naufragué en la negrura de esta historia. Me quebré en el báratro de Heathcliff. Caí con él al vacío después de la muerte de Cathy. Su temible ira me ayudó a calmar la mía.

Mientras leía, lloré tormentas y dejé que la fascinación que siento por Heathcliff me guiara. Es inevitable amarlo a pesar de su impiedad. Su sufrimiento se quedó conmigo. Terminé de leer el libro más rota que nunca y mucho más tranquila. Todavía me faltan lágrimas por derramar por la muerte de Herwig, pero mi enojo ya se ha desvanecido.

Nada como una historia bien oscura para ayudarme a lidiar con mi propia oscuridad. En ella encontré la salida que buscaba. No me quitó el dolor (ni esperaba que lo hiciera, al contrario) pero encontré la forma de canalizar mi enojo y abrirme a la luz.

Leer me dio la oportunidad de sacar mi oscuridad de una manera constructiva. Todavía me pesa la distancia que no pude recorrer para volver a ver mi amigo pero comprendo que no estuvo en mis posibilidades hacerlo. No tuve la oportunidad de despedirme como hubiera querido, pero fui la mejor amiga que pude ser y sé que él me quería con todo y mis fallas. Ya no estoy enojada, sólo triste.

Tampoco estoy furiosa aunque cuando se trata del cáncer tendría motivos para estarlo. Podría reclamarle muchas cosas pero eso sólo haría daño y no me llevaría a ningún lado. No quiero vivir hecha nudos ni mucho menos enojada. Tampoco quiero aferrarme a lo que lastima. Me dio mucha rabia que el cáncer invadiera el cuerpo de mi amigo; sin embargo, ahora necesito reconciliarme para superar esto y dejar atrás esta primera etapa del duelo. Diré lo que necesito para sanar, aunque me tiemble la mano al hacerlo.

No odio al cáncer. No lo odio a pesar del tiempo que pasamos en hospitales cuando nuestra querida Rebeca luchó por su vida en tiempos de leucemia (afortunadamente hoy es una adolescente sana con mucho entusiasmo por hacer realidad sus sueños).

No lo odio a pesar de que lo vi llevarse a niños extraordinarios que a muchas personas nos dieron una gran lección de amor a la vida. A esos angelitos no los olvidaré nunca.

No lo odio a pesar de que se llevó a uno de los más grandes amigos que he tenido.

No lo odio porque, a pesar de todo, el cáncer nos ha enseñado a valorar la vida. Por más paradójico que parezca, también nos ha enseñado a vivir sin miedo.

Gracias al cáncer aprendimos a agradecer cada cumpleaños, a celebrar un año más de vida. A apreciar el regalo de un amanecer más.

Gracias al cáncer aprendimos a no complicarnos la existencia con exigencias absurdas. Somos felices aquí y ahora sin olvidar nuestros deseos ni obsesionarnos con el futuro o con lo que no tenemos y quisiéramos tener. Aprendimos a dimensionar nuestros problemas y a dejar de ahogarnos en un vaso de agua.

Los niños en el hospital siempre encontraban una razón para sonreír. Muchos de ellos sentían alegría por el simple hecho de estar vivos. A través de sus ojos volví a apreciar los milagros de la vida cotidiana que a menudo olvidamos como mirar al cielo, fotografiar un atardecer, sentir la caricia del viento, caminar, morder un chocolate, abrazar a alguien, cantar, mojarnos con la lluvia…

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Mirar al al Cielo…

Gracias al cáncer, mi amigo se dio cuenta de que era más fuerte que el miedo con el que había vivido. Se atrevió a hacer cosas que, en otras circunstancias, no habría hecho. Se puso metas que alcanzar y encontró muchos motivos para vivir. Le aterraba subirse a un avión. Cuando superó el cáncer la primera vez, empezó a viajar en vuelos cortos, para después atreverse a tomar un vuelo largo y llegar a México. Se fue antes de lograrlo, pero en los últimos años de su vida pudo vivir sin miedo, consciente de su fuerza y de su capacidad para lograr lo que se proponía. Encontró la seguridad en sí mismo que le había faltado y disfrutó la vida lo mejor que pudo. Cuando le dieron la noticia del tumor en el cerebro, me lo dijo muy tranquilo pues afirmó que era un luchador y que iba a estar bien. Vivió el proceso con una voluntad firme, con amor, dando lo mejor de sí. Se enfrentó a la situación sin dudarlo y aceptó el tratamiento sin quejarse porque tenía un sueño que cumplir.

No odio al cáncer aunque nombrarlo siempre duele. Agradezco el aprendizaje recibido. Agradezco cada momento de mi vida y de las vidas que me acompañan y me han acompañado. Siento el alivio que da el alejarse de los sentimientos negativos y avanzar hacia la luz.

Seguiré leyendo historias sin final feliz para sacar la tristeza que aún guarda mi pecho, para seguir sanando los fragmentos de este duelo.

No conocí el amor a través de los oídos.

•noviembre 25, 2017 • 1 comentario

No conocí el amor a través de los oídos. A menudo las palabras me empalagan y los cumplidos no me provocan enternecimiento. En mi vientre las mariposas no emprenden el vuelo por un verso que no emerge del corazón de quien lo recita. Hay quienes llaman amor a decirle a la mujer deseada palabras hechas de música con la intención de alimentar su ego y prometerle una luna que jamás llevarán a sus manos. Usan palabras calculadas cuyo único fin es conquistar, como si fueran a ganarse un trofeo…

Nunca ha sido mi deseo morir por el peso de un cumplido, por una frase bella pero vacía de sentimientos.

No me resultó atractivo conocer el amor a través de los oídos. Me volví sorda a casi cualquier palabra que hiciera referencia a mi belleza física o que buscara ser alimento de mi ego. Hay quienes saben con precisión qué decirle a una mujer para enamorarla. También hay mujeres que irremediablemente se derriten ante el primer halago para después caer en el precipicio que les quiebra la inocencia y la confianza.

No conocí el amor a través de los oídos porque los halagos me agobian. A menudo son una fórmula de repeticiones infinitas cuyo único fin es lisonjear a una mujer. Además, me incomoda que me hablen de mi belleza, la cual por décadas consideré inexistente. Cuando lo hacen, me sonrojo, me vuelvo torpe, pierdo la libertad de ser yo misma y deseo salir corriendo, alejarme lo más rápido posible.

No me embriaga la miel que sale de unos labios que muchas veces no hablan el mismo lenguaje del alma.

El amor entra en mí por los ojos que me miran tal como soy, sin adornos ni excentricismos; esos ojos que me cuentan enigmas y descubren secretos, que muestran sin máscaras ni disfraces el verdadero yo de una persona. Los ojos reflejan el brillo de la persona amada, sus sueños, anhelos e intenciones.

He conocido el amor en una mirada transparente que con ternura intimida, una mirada directa que atraviesa el alma como una daga puntiaguda y colosal, una mirada luminosa y penetrante de anhelos que pueden compartirse.

Los ojos dicen lo que la mente se obliga a callar. Así, sin cumplidos ni palabras rimbombantes, los corazones se comunican sin intermediarios ni teatros, desnudos de mentiras y actitudes prefabricadas.

Cuando declaro mi amor lo hago con las manos, las manos que abrazan corazones, las manos que con caricias alejan las lágrimas del rostro. Declaro mi amor con las manos que alegran la piel y borran las sombras amargas del pasado.

El amor entra en mí por tus ojos y se manifiesta en las manos, nuestras manos que dan consuelo, que son fogata eterna en los inviernos de la vida.

No me quiero despedir…

•noviembre 17, 2017 • 2 comentarios

Mi muy querido Herwig:

A veces cuando camino a casa de regreso del gimnasio, siento la necesidad de mandarte un mensaje de voz como solía hacerlo antes.   Ahora ya no tengo a donde enviarlo,  entonces lo guardo en mi teléfono con la voz entrecortada.

Quisiera decirte que estoy bien y celebrando tu vida, pero todavía no llego a ese momento.  Sé que ya estás navegando por el cielo, rodeado de amor y muy lejos del sufrimiento. Saberte bien me da paz y alivio; sin embargo, todavía no me es posible asimilar tu ausencia. Mi mente lo sabe pero mi corazón sigue esperando tus mensajes de voz y que vengas a México como tanto lo deseaste.

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Herwig. Mi dibujo.

Hace un par de días estuve muy enojada. No creí que podría molestarme tanto ante la muerte, pero estaba furiosa.  Furiosa con la distancia que me impidió volver a verte y estar contigo en tus últimos días.  Furiosa con el cáncer que no dejó de invadir tu cuerpo. Furiosa con la muerte porque te impidió cumplir tu anhelo de muchos años: venir a México.

Me pasé la tarde llorando y hundiendo los lápices en mi libreta de dibujo. Expresé mi dolor e impotencia sin palabras, con colores e imágenes surrealistas.

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Expresé mi dolor e impotencia sin palabras.

Luchaste con pasión y entereza, superaste tus miedos. Eras más fuerte de lo que creías y nunca te quebraste. ¡Tenías tantas ganas de vivir!  Tus últimas palabras para mí fueron que te llevara a Real del Monte si venías a México el año próximo.  Al instante supe que era la despedida, pero no pude evitar emocionarme, creer en que quizá un milagro sucedería. Todavía guardo ese mensaje.

Terminar de dibujar calmó la ola de violencia que me dominaba. Me quedé sólo con la tristeza. Aunque vivíamos muy lejos el uno del otro: tú en Austria; yo, en la Ciudad de México, eso nunca nos impidió estar muy cerca.  Hablaba más contigo que con muchas personas que conozco y que viven aquí en la ciudad.

Extraño los mensajes de voz que recibía casi todos los días. Extraño tu manera de cantar mientras buscabas la palabra que necesitabas en inglés que en ese momento sólo venía a tu mente en alemán. Extraño escuchar sobre tus viajes, tus amigos, tus ideas.  Extraño las fotos que me enviabas (casi todos los días, hasta de la comida que te dieron en el hospital cuando te operaron de la espalda).  Extraño tus palabras de aliento, tu risa, tu  manera de alegrarme el día aun si tú estabas triste. Extraño tu manera de expresarte libremente, de abrirme tu corazón, de querer a mi familia.

¡Te extraño! No sé cómo salir de esta melancolía, cómo superar tu ausencia y celebrar tu vida. No sé cómo sacudirme los hubieras, los me faltó decirte, los no hice.

Esta mañana recibí un mensaje donde me contaron que recibiste muchas flores en tu funeral. Tu hermano habló de tu vida y leyeron las palabras que te escribí cuando me enteré de tu muerte. ¡Mi querido Herwig, de alguna manera pude estar presente en tu despedida!  Una vez que terminó la misa, fueron a un restaurante donde contaron anécdotas que vivieron contigo.  Me dolió no haber estado ahí para escucharlas y así conocerte a través de ellos. Me habría gustado hablarles de ti, compartirles algunas de nuestras vivencias.

También recibí un video de cuando trabajabas en la radio en 1984 (yo te conocí varios años después cuando trabajas en la radio de una Universidad).  ¡Qué emoción poder verte! Se me salieron las lágrimas cuando escuché tu voz, esa voz que conozco tan bien y que todavía puedo escuchar en esos mensajes que no tengo el valor de borrar.

Tengo la tristeza adherida al cuerpo. Llevo casi una semana escondiéndome del mundo. Me gusta la calma de mi casa y el hecho de no tener que hablar con casi nadie (excepto mi familia). Me hace bien la soledad, no soporto el ruido afuera.

No te preocupes, estoy bien, sólo necesito un poco de tiempo.  Sí voy a entrenar todos los días, no pierdo la disciplina, la constancia ni la voluntad de llegar a la meta. Correr despeja mi mente y me ayuda a no tener ansiedad.

Me envuelve el silencio de esta tarde sin grillos. Sigo grabando mensajes para ti aunque no tenga a donde enviarlos. Mi WhatsApp se ha quedado mudo.

Hoy lloro tu muerte mi querido Herwig, pero prometo pronto celebrar tu vida. Sonreiré y te recordaré siempre.  No hay muerte mientras el olvido no llegue.

“Generoso, amable, cariñoso y leal, una de las personas más maravillosas que he conocido, un amigo con quien siempre he podido contar. Un guerrero, un gran hombre. 

A pesar de la distancia, estábamos muy cerca el uno del otro. Soy muy feliz por haberte conocido. Doy gracias a Dios y a la vida por bendecirme con un amigo tan extraordinario como tú.

Gracias, querido Herwig, por nunca perder la fe en mí, por amarme incondicionalmente.

Herwig era ese amigo quien, incluso cuando estaba luchando por su vida en el hospital, me habló muy temprano en la mañana para felicitarme por mi cumpleaños. Cada invierno me mandaba fotos de la nieve porque sabía cuánto me gustaban los paisajes nevados. Cada vez que hacía un viaje, me mandaba una postal porque sabía que me hacía muy feliz recibirlas.

Tomé esta foto en el 2006. ¡Qué grande era tu sonrisa! Estoy segura de que estás feliz ahora.

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Happy Herwig.

Te extraño pero me alegra que ya no vas a sufrir. Te extraño pero sé que ya estás bien. Te extraño y siempre voy a hacerlo.

¡Qué triste me siento! ¡No puedo creer que ya no volveré a verte!

Siempre vivirás en mi corazón. ¡Siempre!

Te admiro. Te quiero. Gracias, muchas gracias porque siempre pude contar contigo. Quiero que todos a mi alrededor sepan la increíble persona que fuiste (eres).

Adiós, querido Herwig, descansa en paz. No hay dolor en el Paraíso, sólo amor, siempre amor.”

Con estas palabras, las que leyeron en tu funeral, cierro esta carta para ti.  Te quiero, Herwig.  Un abrazo al cielo hoy y siempre.

Carla