Swallow Falls en Oakland, Maryland.

•agosto 19, 2019 • Dejar un comentario

A mis amigos les gusta la aventura y también estaban decididos a llevarme de paseo. Yo sigo muy agradecida por esta sorpresa. Así que nos alejamos unos días de la ciudad de Pittsburgh para ir primero a Oakland y después Ohiopyle.

En la noche llegamos a Oakland, un pueblito acogedor en Maryland. Tuve oportunidad de conocerlo un poco cuando salimos a correr en la mañana, pues pasamos la mayor parte del tiempo en Swallow Falls State Park porque queríamos ver las cascadas. En este parque no hay señal de celular; por lo tanto, estuvimos varias horas desconectados del mundo y bien conectados con la naturaleza. ¿Qué más se puede pedir?

Justo cuando llegamos cayó un aguacero que duró alrededor de media hora, después ya pudimos bajarnos del coche y entrar al parque.

Swallow Falls State Park Oakland

Primero nos dirigimos a una cascada chica. Estábamos rodeados de árboles Tsugas mejor conocidos como falsos abetos. Aunque el agua estaba helada, metimos los pies y caminamos un poco por la parte que no era profunda. ¡Éramos casi los únicos en ese momento! ¡Qué maravilla!

Sólo tomó unos minutos llegar a la cascada pequeña. Es hermosa y yo soy feliz cerca del agua. Muy feliz.

Swallow Falls Oakland Maryland

Encontramos un lugar para sentarnos a comer nuestro almuerzo, tomar agua, disfrutar la vista y escuchar la música de la naturaleza. Estábamos tan a gusto que no teníamos ganas de movernos. La ventaja del verano es que los días son largos y oscurece tarde, además no teníamos tanta prisa.

Una vez listos y ya con calma, nos dirigimos a la cascada grande: Tolliver Falls.

Swallow Falls Oakland, Maryland.

El recorrido fue un poquito largo pero no estuvo pesado. Ayudó mucho que no hiciera tanto calor. Yo iba feliz, renaciendo con los árboles y el agua. En un futuro (no sé que tan lejano) me gustaría vivir rodeada de naturaleza, lejos de las grandes ciudades (aunque amo mi ciudad).

Me encanta la voz del agua. Yo podría quedarme horas sentada cerca de una cascada escuchándola.

Cuando llegamos ya había salido el sol y era la tarde perfecta. Susan bromeaba cuando me dijo que nadara hasta la cascada. Me reí pero la idea se quedó en mi cabeza. No planeaba nadar pero quizá había otra forma de lograrlo. Tal vez podría llegar trepando por las rocas que estaban cerca de la cascada, pero me sentía insegura. Justo en ese momento se acercó Susan y cuando menos nos dimos cuenta, ya estábamos trabajando en equipo para llegar. Con una rama grande en la mano y mucha determinación nos lanzamos a la aventura. Fabricio nos tomó algunas fotos. Hace tiempo que no hacía algo así y aunque hubo momentos de duda, fue increíble hacerlo. Me sentí eufórica cuando llegamos a la cascada. Susan y yo no paramos de reír, empapadas. Lo que empezó como una broma se convirtió en una experiencia genial.

Seguimos nuestro recorrido, ahora queríamos una foto en la cima de la cascada. Caminamos un poco más. Todo iba muy bien. Ya estábamos cerca cuando me distraje y me resbalé. Caí sobre la rodilla. Pasaron unos minutos antes de que pudiera levantarme. Sólo fue el susto. Dudé en avanzar para tomarme la foto pues me temblaban las piernas y sentí miedo. En equipo lo hicimos. Reí con mis amigos. Tomamos las fotos. Me encantó este lugar.

La vida me sonríe. Es un privilegio poder vivir aventuras como ésta con mis amigos. Agradezco estos momentos pues hacen que la distancia duela menos.

Nos despedimos de Swallow Falls y también de Oakland. Ya era hora de seguir nuestro camino para llegar a Ohiopyle. Tenía mucha curiosidad por conocerlo…

Un viaje al pasado y una noche de choques…

•agosto 17, 2019 • Dejar un comentario

Una tarde llegamos al Condado de Westmoreland, Pennsylvania. Fuimos a Historic Hanna’s Town para viajar en el tiempo por unas horas: ese fin de semana había una feria de los años 1773 al 1786 (la época del fin de la colonia en Estados Unidos).

Lo primero que me llamó la atención fue ver tanto verde a mi alrededor. No había nada más: ni edificios, centros comerciales, casas. Nada que me hiciera pensar en la época actual (excepto por los coches estacionados, claro está).

Hanna’s Town Westmoreland Pennsylvania

Hanna’s Town se fundó en 1773 y fue la primera sede del gobierno del Condado de Westmoreland. Aquí se celebraron los primeros tribunales ingleses del oeste de las Montañas de Allegheny; sin embargo, al final de la Guerra de Independencia, este pueblo fue atacado y quemado. Hoy en día es un parque histórico que nos muestra un poco como era la vida en aquella época. Para hacer esto, reconstruyeron la Cantina, tres casas hechas de troncos y un fuerte de la Guerra de Independencia.

Llegamos justo en el momento de la recreación de una batalla. Me tapé los oídos cuando me di cuenta de que iba a haber disparos. Tanto los miembros del ejército como los nativos americanos estaban armados con rifles. Hubo algunos “muertos” y mucho humo.

Pudimos ver cómo se eran los vestidos que se usaban en aquellos días y los instrumentos que usaban las mujeres para coser, bordar, tejer. ¡Me encantaría aprender a usar los telares!

Caminamos un poco más y encontramos la cantina. Este lugar fue la primera sede del Tribunal de este condado y fue destruida en 1782. Mientra el guía nos explicaba como era la vida aquí, yo no dejaba de dar gracias por tener un lugar donde dormir segura y sin frío, sin carencias. Aquí, cuando no había camas, dormían en el piso, donde se pudiera. Las camas se compartían, las personas tenían que dormir con sus pertenencias (muchas veces como almohadas) para evitar que se las robaran. En fin, varios detalles más que sólo demuestran lo que ya sabemos: las guerras son duras, se sufre mucho y nadie gana en realidad.

La feria comenzó en la mañana y nosotros llegamos en la tarde, cuando ya no faltaba poco para que cerrara. Nos perdimos los talleres, por ejemplo el de costura. Sin embargo, pudimos ver cómo era el lugar dónde atendían a los heridos, visitar el fuerte, platicar con varias personas que nos contaron sobre esta época y sobre sus experiencias representando sus personajes. ¡Viajan a varios lugares del mundo con esta feria! Además pudimos escuchar la música de las gaitas, música tradicional irlandesa que tocó la banda llamada Gallowglass.

Me encontré este video del grupo y de la feria ese día: Gallowglass band en Hanna’s Town

Regresamos al 2019 y nos esperaba una noche interesante en Westmoreland. Como parte de la Feria de Westmoreland había un evento: The Summer Demo Derby. Hay muchas cosas en este mundo de las que yo no tengo ni idea, este evento era una de ellas. ¡Es un espectáculo que consiste en que un chocar automóviles y el ganador es el dueño del automóvil que, al final, siga funcionando!

Después de un paseo por el final de la época colonial de los Estados Unidos, ahora viviríamos una noche escandalosa, una noche de automóviles estrellándose deliberadamente unos contra otros. Algo así como los coches chocones de la feria a los que me encantaba subirme en la infancia, pero en este caso se trata de automóviles reales y en situaciones peligrosas.

Lo primero que tuve que hacer fue asimilar que eso existía y después sacudirme el miedo de que me tocara ver un horrible accidente, pues a veces ocurren. Hay ambulancias y médicos en la zona, listos para reaccionar de inmediato ante cualquier percance. Mi único deseo era que nadie, nadie saliera lastimado.

Dos cosas llamaron mi atención: 1) el evento inició con niños en sus cochecitos. ¡Niños felices más que listos para chocar! 2) El público tan entusiasmado, tan lleno de adrenalina. ¡Cuánta emoción por ver a los automóviles destruirse!

Niños listos para chocar sus cochecitos. Westmoreland Fair Summer Demo Derby

El espectáculo de los niños fue hasta cierto punto inofensivo. A mí me preocupó un poco que pudieran lastimarse el cuello o la espalda, pero todo salió bien. Duró poco. Una vez que hubo un ganador, vino lo bueno con los adultos. Empezaron con los coches pequeños, después seguirían los más grandes. No hubo accidentes fuertes ni heridos en este evento, lo cual sigo agradeciendo mientras escribo. Además del escándalo de los autos estrellándose todos contra todos, se escuchaban los gritos y las porras. Fue toda una experiencia vivir este momento tan ajeno a mi forma de ser, a mi cultura, a mis ideas. Una vez que logré adaptarme, dejar de temer y/o escandalizarme, me atrevo a decir que lo disfruté (hasta tuve mi coche favorito, el cual quedó en segundo lugar).

Quizá lo que me pareció atractivo fue la determinación de los conductores, la férrea decisión de no dar marcha atrás para poder ganar, sin importar el golpe que vendría pronto, la posibilidad de que el coche dejara de funcionar o mucho peor, de lastimarse. Esa voluntad de luchar hasta el último momento sin mirar atrás.

¡Qué noche! No creo que repetiría la experiencia, pero sí sentí la adrenalina invadirme mientras esperaba que ganara mi coche favorito. Terminé exhausta pero también satisfecha y lista para la siguiente aventura.

Un atardecer en Mount Washington, Pittsburgh.

•agosto 13, 2019 • Dejar un comentario

Los atardeceres me hacen feliz, por eso cuando Fabricio me dijo que veríamos el atardecer en Mount Washington me emocioné. Ahí se tiene una vista panorámica de la ciudad y se pueden tomar las mejores fotografías. Estaba saboreando ese momento desde que nos subimos al coche para llegar allá.

Apenas íbamos en camino y el sol ya empezaba a ponerse.

Atardece en Pittsburgh

Cerca del Mount Washington, hay también un mirador. Hicimos una pequeña parada y valió la pena. Me gustó la vista. Aunque ya eran casi las nueve de la noche, todavía había mucha luz. Los días son largos en el verano, muy largos.

No exageran cuando dicen que en Mount Washington se encuentran las mejores vistas de Pittsburgh. No éramos los únicos ahí con la cámara (celular en nuestro caso) en mano. Estaba atardeciendo. Llegamos justo cuando el cielo comenzaba a teñirse de rojo.

También es posible tomar el funicular que ofrece un pequeño recorrido para subir y bajar la montaña.

En esta zona están las estatuas de George Washington y de Guyasuta, líder de los Senecas. Dos estatuas enormes en la montaña, alrededor de Pittsburgh, dos líderes reunidos cara a cara y yo preferí tomarle la foto a Guyasuta. Siempre me ha llamado la atención la historia de los nativos americanos.

Guyasuta, líder de los Senecas y George Washington
Pittsburgh

Anocheció. En cuanto terminara el partido de baseball en PNC Park el estadio de baseball, iba a haber fuegos artificiales. Decidimos esperar para verlos. La noche trajo viento consigo y sentí un poco de frío.

Tenía curiosidad por cómo se verían los fuegos artificiales desde dónde estábamos. Había muchas personas, entre ellas un par de fotógrafos esperando también el momento. Pittsburgh se iluminó y – mientras tanto- yo era feliz mirando la ciudad llena de luces.

No me gusta el sonido de los fuegos artificiales pero me encanta el juego de colores. Sería genial si sólo se tratara de explosión de luz sin sonido. Mirar el espectáculo a esta distancia fue alucinante, hasta se me olvidó que tenía frío.

Fireworks in Pittsburgh

Ya era medianoche. Entramos al museo, que es justo también donde se toma el funicular para pasear por la montaña. Todavía estaba abierto. Vimos fotografías de diferentes épocas de Pittsburgh. Fabricio me fue explicando cada una con detalle, contándome a la vez la historia de Pittsburgh. ¡Fue la mejor visita guiada!

¿Qué más puedo decir? Sólo que Pittsburgh me conquista con su cielo azul intenso, sus caminos llenos de árboles, sus ríos y los cientos de puentes que los atraviesan. Fue un privilegio volver a este lugar tranquilo, limpio y lleno de naturaleza. Lo extraño.

Una tarde en el centro de Pittsburgh

•agosto 8, 2019 • Dejar un comentario

Sólo he estado en Pittsburgh dos veces en mi vida; sin embargo, es una ciudad de la que me enamoré desde el día uno. Por eso, cuando en el avión (ya en el camino de regreso a casa) un canadiense me dijo que sólo iba a Pittsburgh por trabajo pues, ¿por qué otro motivo uno viajaría a ese lugar?, me quedé tan sorprendida que ya no le pude contestar nada. No niego que tiene un punto: si mi querido amigo no viviera ahí, nunca se me hubiera ocurrido visitar esta ciudad. No se habla de Pittsburgh al planear un viaje, pero hay mucho más en esta ciudad que el Estadio de los Steelers (Acereros) y la catsup Heinz. Estoy convencida de que vale la pena darse una vuelta por allá.

Esta vez, más que llenarlos de palabras y descripciones como es mi costumbre, mi intención es compartirles las fotos que tomé la tarde en la que fui al centro de esta ciudad con mis amigos como guías. Fue una tarde espléndida.

Primero llegamos al Allegheny County Courthouse, un edificio del estilo románico característico de H.H. Richardson, el arquitecto que lo diseñó.

Entramos al hotel histórico y muy elegante Omni William Penn pero en ese momento no tomé fotografías. Después caminamos por las calles del centro. No soy admiradora de los edificios ni de los rascacielos pero los de Pittsburgh me tenían embobada.

Durante el verano los días son largos en Pittsburgh. Acababa de terminar la época de lluvia y paseamos en una tarde soleada pero sin que hiciera mucho calor, lo cual fue un alivio. El verano suele ser muy cálido en Pittsburgh pero ese día estuvo fresco. Era un buen momento para sonreír y no dudé en hacerlo.

Feliz en en centro de Pittsburgh

Camino a Market Square pasamos por el famoso edificio de cristal (PPG place) donde, por cierto, se filmaron algunas escenas de Batman The Dark Knight Rises. Desde la primera vez que vine a Pittsburgh, este lugar me pareció fascinante. Fue un poco como estar rodeada de espejos.

Llegamos a Market Square. En esta zona hay varios lugares para comer y el simple hecho de pasear por ese lugar me alegró mucho. Es una plaza para caminar a gusto, un poquito al estilo de Coyoacán. Me gustó el ambiente y aquí nos sentamos un ratito, a disfrutar. Vi una especie de camión donde uno puede comer y tomar cerveza mientras pedalea para avanzar. Eso me pareció gracioso, quizá la próxima vez me anime a intentarlo.

Terminó esta parte del recorrido pero todavía nos faltaba un lugar que visitar: Mount Washington, el lugar ideal para ver el atardecer y tener una vista panorámica de Pittsburgh…

Cinco kilómetros diarios, ocho recorridos diferentes y la emoción de correr con mi mejor amigo.

•julio 2, 2019 • Dejar un comentario

Mi único entrenamiento durante mi viaje a Pittsburgh era correr cinco kilómetros diarios. Unos días antes de tomar el avión, cuando hablé con mi muy querido amigo Fabricio, le pregunté si cerca de su casa había un parque donde pudiera entrenar y me dijo que sí, que cerquita de su casa (aunque era un camino poco pesado: muchas pendientes) y también a unos cuantos minutos (en coche) había un parque. ¡Genial!

A él también le gusta correr. De hecho, hace algunos años participó en un maratón. Llegué a Pittsburgh con el sueño de correr con él uno o dos días. Lo que nunca me imaginé es que me acompañara los ocho días que estuve ahí y que, además, me llevara por un recorrido diferente cada día. Él tenía ya un rato sin correr y quería empezar de nuevo. ¡Así comenzó nuestra aventura de cinco kilómetros diarios llenos de diferentes retos!

El primer día fuimos al Great Allegheny Passage, un largo camino que va desde Pittsburgh a Washington D.C. . Nosotros esa mañana estuvimos por la zona de Sandcastle. . Fue una ruta tranquila, mayormente plana y cerca del río. Avanzamos siempre rodeados de árboles. Alrededor de nosotros pasaban algunas mariposas y vi un pájaro rojo grande volar frente a nosotros. Fuimos a buen ritmo, disfrutándolo. Después de haber pasado tanto tiempo en el avión el día anterior, esta carrera me cayó muy bien.

Great Allegheny Passage

La mañana siguiente también fuimos al Great Allegheny Passage pero ahora en la zona de Southside. Una vez más corrimos rodeados de árboles, con algunas mariposas y un pájaro rojo muy parecido al que vi el día anterior. Ahora también pudimos ver el río, algunos puentes y parte del centro de la ciudad.

Corrimos un poco más tranquilos que el día anterior. No fue complicado pues el camino era mayormente plano. Me encantó la vista: yo me siento feliz rodeada de naturaleza y agua. Fue genial correr cerca del río. ¡Pittsburgh me encanta! Fabricio aguantó bien aunque le encantaba “reclamarme” que lo obligara a correr. No sólo disfruté estos 5 kilómetros, también me divertí mucho.

El tercer día ni siquiera intenté levantarme temprano (el día anterior estuvimos paseando hasta tarde y estaba un poco cansada). Una parte de mí no quería entrenar: la flojera ya se había instalado en mi cuerpo. Por fortuna Fabricio no pensaba lo mismo y alrededor del mediodía nos fuimos a correr. Estaba segura que a esa hora moriríamos de calor, no sabía que nuestro camino estaría lleno de árboles enormes que nos regalarían mucha sombra.

Fuimos a Three Rivers. Me maravilla la naturaleza y este recorrido fue muy verde. A pesar de la sombra, sí se sintió el calor, sudé un poco más que los días anteriores.

Es muy diferente correr acompañada a correr sola. La mayor parte del tiempo íbamos casi al mismo paso, ocasionalmente comentábamos algo y fue una nueva forma de convivir con él. Esos pequeños detalles en la vida son los que me hacen sentirme muy afortunada y agradecida. No sólo estaba haciendo algo que me encanta sino que lo estaba compartiendo con mi mejor amigo.

Esta ruta también fue bastante tranquila, casi ninguna pendiente y el mayor reto fue cruzar las vías del tren. Fueron tres días de recorridos mayormente planos y no me imaginé los retos que mi querido amigo escogería después…

El cuarto día nuestro recorrido se puso más interesante. Se acabaron los recorridos planos. Fueron cinco kilómetros en Schenley Park, un lugar bien bonito, siempre verde, con pendientes y también escaleras. Por lo tanto, aquí subimos, bajamos, subimos y bajamos escaleras. Tengo las piernas fuertes para subir pero no para bajar: me cuesta mucho hacerlo. A él le sucede lo contrario: odia subir pero le gusta bajar. Me emocioné mucho con este reto y contrario a lo esperado, me llené de energía. Sonreí la mayor parte del tiempo y me atreví a bajar con más velocidad aunque siempre con precaución. En el pasado una vez me lesioné por no saber correr en pendientes. ¡Ahora ya puedo hacerlo sin lastimarme! Como en los días anteriores y como en casi todo Pittsburgh, estábamos rodeados de verde. ¿Qué puede ser mejor que eso?

No imaginé que en este viaje saliéramos de Pittsburgh, pero mis amigos me sorprendieron con un viaje un par de días. El primer día fuimos a Oakland, en Maryland. Es un pueblito pequeño pero, por lo que pude apreciar, muy acogedor.

Para los kilómetros del quinto día, Fabricio buscó un recorrido en internet. No tenía idea de que hay varios corredores que publican un mapa con el camino que hicieron, con recomendaciones e inclusive nivel de dificultad incluidos. Encontró uno que nos llevaba alrededor del pueblo y que era de cinco kilómetros: Oakland Town Trail. Con su GPS y siguiendo el mapa, él fue lidereando la carrera, yo lo seguía impresionada por la vista a nuestro alrededor. Sólo nos equivocamos en una vuelta y rectificamos a los pocos minutos.

Fue muy interesante porque empezamos corriendo en la banqueta, viendo las tiendas y las casas de este pueblito, después entramos en un camino rodeado de árboles, con muchas pendientes. Corrimos en puentes de madera, cruzamos calles, pasamos por más pendientes. Estuvo un poco intenso el camino (más que los días anteriores) y aunque nunca creí cansarme con cinco kilómetros, confieso que me cansé un poquito. Por supuesto, también tiene que ver el hecho de que estábamos corriendo diario (algo que nunca antes había hecho: mis entrenamientos consisten en correr un día sí y un día no). Esta vez fue así para volver a tener condición (antes del viaje estuve días en reposo) y estar lista para las carreras que vienen.

Me dio mucha seguridad correr The Oakland Town Trail. Me gustó que hubiera tantas pendientes. Una vez más me sorprendió mi fuerza para las subidas y eso aumentó la confianza en mí misma. Fui muy precavida con las bajadas y les perdí un poco el miedo. No sólo fue un entrenamiento, también fue un buen paseo por Oakland. ¡Recomiendo esta ruta a quien visite ese lugar!

Después de Oakland en Maryland, me llevaron a Ohiopyle en Pennsylvania. Fabricio encontró otra ruta interesante en internet y era en Jumonville. Para alguien a quien no le gustan las subidas, escogió un recorrido que comenzó con una pendiente enorme: me impresioné nada más al verla. Llovió la noche anterior, todavía no salía el sol (fuimos temprano) y había mucha niebla. No teníamos ni idea del gran reto que teníamos en frente. Se supone que era un camino de dificultad moderada, pero no fue así, fue mucho más que “moderada”, fue muy complejo. Estos kilómetros fueron a campo traviesa y tan sólo caminar era un gran reto pues además de la pendiente muy empinada, había que lidiar con las ramas en el suelo, con el lodo que complicaba todo pues el riesgo de resbalarse era grande. Nunca lo hubiera imaginado pero hicimos más de diez minutos por kilómetro, trotamos la mayor parte del tiempo pero en ciertos lugares a duras penas podíamos caminar.

En fin. Comenzamos con esa subida que se veía enorme. El camino estaba cubierto de niebla y de repente apareció ante nosotros una enorme cruz. Confieso que cuando apenas se percibía, me pareció muy escalofriante. La sensación cambió ya que la pudimos ver con claridad cuando estuvimos frente a ella. Se trata de la Gran Cruz de Cristo (Great Cross of Christ) que mide casi veinte metros de altura. A toda gran subida le corresponde una gran bajada. Me armé de valor y seguimos avanzando.

Durante el camino me decía una y otra vez: “Tengo las piernas fuertes, claro que puedo, sí puedo”. Cruzamos puentes, subimos y bajamos constantemente no tuvimos ni un momento para relajarnos donde el camino fuera plano (recto). Lo más duro fue cuando además del lodo, teníamos que ir por lugares bien empinados y esquivar las ramas que estaban tiradas en el camino. Eso sí, el lugar era impresionante. Los árboles tan altos bloqueaban la luz y estaba oscuro. Avanzamos entre sombras y humedad. Cruzamos puentes, escalamos, más adelante subimos y bajamos escaleras. Apenas llevábamos poco más de tres kilómetros y ya estábamos agotados; sin embargo, seguimos adelante: no nos íbamos a dar por vencidos. Llegaríamos a cinco kilómetros lloviera, tronara o relampagueara.

Quizá somos un par de locos, pero nos gustó el reto. Hace tres años no habría sido capaz de terminar ese recorrido. No lo hubiera logrado y seguramente me habría lesionado. Ahora pude hacerlo. Sí, no niego que en ciertos momentos me puse un poco nerviosa pero siempre tuve la certeza de que lo lograría y así fue. Ya cada vez nos faltaba menos. Pasamos por un lago y me emocioné. Siempre me alegra estar cerca del agua. Le dimos la vuelta. Cuando volvimos a pasar por ahí, ya estábamos a menos de un kilómetro de llegar al final. ¡Estos cinco kilómetros los sentimos como si fueran diez! Terminamos exhaustos y bañados en sudor pero con una sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo me sentí todopoderosa, lejos de aquella Carla que se sentía poca cosa e incapaz de hacer las cosas. Si algo me quedó muy claro esa mañana fue que SÍ PUEDO.

Una de las razones por las que amo correr es que me ayuda a tener una mejor autoestima, una mejor imagen de mí misma. Agradezco ese recorrido y la oportunidad de vivirlo con mi amigo.

Para el día 7, ya estábamos de regreso en Pittsburgh. Uno pensaría que después del reto del día anterior, quizá lo tomaríamos con calma. Al menos eso creí yo. Nos imaginaba corriendo en un lugar tranquilo, sin pendientes. Por supuesto, no podría estar más equivocada. Me parece que Fabricio ya se había emocionado con esto de correr cinco kilómetros diarios y todavía en Pittsburgh buscó otra ruta en internet. No fue tan severa como la del día anterior, pero definitivamente tuvo sus momentos intensos. Corrimos alrededor de Schenley Park y también en el Schenley Panther Hollow Trail.

A pesar de que nos fuimos temprano, nos acompañaba un sol intenso. De nuevo muchas pendientes. Todavía no entiendo cómo mis rodillas aguantaron tantas bajadas. Una parte del camino corrimos en la banqueta e inclusive cruzamos algunas calles (afortunadamente allá no hay tantos coches como acá, así que no sentí miedo). Si creí que me libraría de las escaleras, me equivoqué. Esta vez sí subimos y bajamos muchas escaleras. Muchas. ¡Qué locura correr así, pero fue genial!

Todo pasa, también los momentos más felices. Mi viaje llegaba a su fin y también el tener un compañero para correr. El día ocho correríamos nuestros últimos cinco kilómetros. No salimos temprano, fuimos al parque cuando el sol estaba fuerte a las dos de la tarde. Fabricio escogió un lugar donde hubiera sombra para que pudiéramos aguantar el recorrido. Fuimos a South Park. Correr entre los árboles siempre ayuda. Tenía esta agridulce sensación del último día: emoción por correr juntos una vez más, tristeza de que fuera la despedida.

Una vez más corrimos a campo traviesa aunque no tan intenso como en Ohiopyle. Muchas pendientes, ocasionalmente un poco de lodo y algún tronco que esquivar. Lo pude hacer muy bien pero confieso que las bajadas me resultaron un poco difíciles. Aunque la sombra ayudó mucho, a ratos sí pegaba fuerte el calor. Vi algunas mariposas, de nuevo el pájaro rojo que tanto me gustó el primer día y escuchamos a los pavos, algo nuevo para mí.

Subimos, subimos y subimos. Por consiguiente, después bajamos, bajamos y bajamos. Las piernas me temblaban un poco. Tomé las bajadas con mucha calma, me fue bien. Tengo muy claro necesito estar más fuerte para bajar. Todavía no puedo hacerlo con soltura ni con confianza tampoco. Por el contrario, descubrí que soy fuerte para las subidas y que las disfruto mucho. En resumidas cuentas: conocí mis fortalezas y también mis debilidades. Eso me dejó muy satisfecha.

Fabricio iba a buena velocidad en las bajadas, pero nunca me dejaba muy atrás. Después yo lo alcanzaba en las subidas. Fue increíble. Para el kilómetro cinco yo ya estaba empapada en sudor. Terminamos prácticamente con la lengua de fuera. ¡Qué delicia terminar tan exhausta! ¡Corrimos un total de 40 kilómetros en ocho días!

Esta aventura de correr diario supero mis expectativas. Espero en un futuro no tan lejano podamos volver a correr juntos. Mientras tanto, ya en casa, seguiré entrenando duro para cumplir mis metas.

Vergüenza en la Ansiedad

•mayo 23, 2019 • Dejar un comentario

Lloras en la regadera, el llanto te pesa tanto que te dejas caer y te acurrucas en el suelo húmedo. El dolor es tan agudo que gritas mientras te abrazas a ti misma sin poder levantarte. No hay alivio, tu alma está llena de espasmos. No tienes control de tus emociones, de tu cuerpo, de tu voz. No quieres que nadie te escuche ni deseas ayuda, pero no puedes levantarte. Después de los gritos, te empieza a faltar el aire. Estás mareada, tu cuerpo se vuelve inestable como la gelatina. Sabes que no te vas a morir: esa sensación de asfixia se irá desvaneciendo (los ataques de pánico sólo duran unos minutos) pero no encuentras la calma. El agua caliente te sofoca al igual que tu llanto convertido en aullido. Ansiedad, depresión o ambas, no importa, sólo quieres desvanecerte, dejar de sentir.

En ese momento él llega para ayudarte a salir de la regadera. Aunque necesitas un abrazo, sólo deseas que se vaya. Estás demasiado avergonzada por haber perdido el control, por permitir que la ansiedad te venciera, por saberte débil. No te atreves a mirar a nadie a los ojos en momentos cómo éste. ¿Qué es eso de padecer ataques de pánico? ¿Cómo es posible que pierdas el control? ¿Desde cuándo todo te da miedo? ¡Qué vergüenza si alguien se enterara que no tienes ganas de vivir! Es mejor callar, ponerte el disfraz sonriente con la máscara de “viva la vida todo es genial” y que nadie sepa lo que piensas realmente.

Te avergüenzas de ti misma, de lo que te ocurre, como si la ansiedad te volviera defectuosa, inservible, tóxica. No quieres salir de casa, te dan miedo las demás personas y sus temibles juicios. Te da miedo tener otro ataque de pánico o que la ansiedad te exhiba de nuevo. Ya una vez te paralizaste en el metro y el sudor empapó tu blusa. Hablar se ha vuelto un problema: tartamudeas o las palabras vienen demasiado rápido y ni siquiera tú entiendes lo que dices. De las noches de insomnio mejor ni hablar. ¿Hormigueos? ¿Taquicardia? Es como si un hoyo negro devorara tus extremidades. El deseo de que la muerte llegue se vuelve casi asfixiante y los pensamientos nocivos te despojan de la poca autoestima que tienes.

La ansiedad es un veneno que descontrola tu cuerpo y te deja agotada. Te sientes inadecuada y estás harta de las palabras de aliento que escuchas a tu alrededor. Es un esfuerzo desgastante controlar tu desesperación cuando alguien te dice que le eches ganas. Como si no lo hicieras, como si eso fuera remedio mágico que resuelve todo cuando en realidad es sólo una frase vacía que duele, que deja claro que tu lucha es invisible. Es mejor no pedir ayuda y quedarte en casa aislada o salir a la calle disfrazada de sonrisa.

Ojalá las personas pudieran sacudirse sus juicios y palabra innecesarias, que las palabras ansiedad, depresión, trastornos mentales no causaran reacciones tan negativas en ellas. Te hacen sentir avergonzada por lo que te está pasando. A veces pareciera que para ser aceptada, una persona debe estar física y mentalmente saludable. Tener un trastorno mental o tener alguna discapacidad pareciera ser algo malo, como si uno decidiera ser deliberadamente imperfecto. Esto te hace enojar mucho, ¿por qué las personas deben avergonzarse por eso?

Recuerdas la película que viste “Nunca me dejes sola” (You’re not you) y no te afectó la enfermedad que tiene la protagonista (como siempre te sucede) sino las actitudes de las personas cercanas, la forma en que la trataron, cómo se alejaron de ella. Todavía vives ese dolor y ese enojo como si fuera tuyo. ¿Por qué es tan difícil amar a las personas como son? ¿Por qué hemos de vivir con vergüenza cuando padecemos algún trastorno o enfermedad?

Pareciera que ayudarte es una misión imposible pero en realidad no es así: sólo necesitas un abrazo de aceptación, que te quieran tal cual eres con tu luz y tus sombras, con tu paz y tu ansiedad, con tus éxitos y tus batallas. No se trata de entender sino de amar. No se trata de juzgar sino de acompañar. No se trata de ser perfectos, sino de poder ser uno mismo sin disfraces ni máscaras.

Ya pasó el ataque de pánico, te vistes y recuperas el control de tu cuerpo. Lo que se te olvidó en el momento de la crisis fue la hacer respiración que ahora trae calma: inhalar en 4 segundos, contener en 7 y exhalar en 8. Minutos después, te sientes mejor aunque agotada. De todas formas, los días siguen pareciéndote muy oscuros y te preguntas si podrás superar esto.

Todavía no lo sabes pero en los próximos meses te sobrepondrás. Necesitarás ayuda y también el amor de tu seres queridos (tu red de apoyo), quienes te aceptan tal y como eres con y sin ansiedad, sin juicios ni etiquetas. Irás creando tu propio botiquín de primeros auxilios para los momentos de ansiedad/ depresión difíciles: tu cuaderno de cuidado personal, donde escribirás cómo te sientes, qué te ayuda en los momentos de crisis, qué te hace sonreír. Encontrarás alivio cuidando tus plantas, corriendo, meditando, escribiendo, tomando agua, tejiendo, abrazando a tus seres queridos. Trabajarás en tu autoestima: tu mayor reto será amarte a ti misma, abrazarte, dejar de verte como la villana y de tener miedo todo el tiempo. Será un camino largo pero no desistirás. La opinión que los demás tengan de ti dejará de ser importante y -aunque hoy te parezca imposible- desaparecerá la vergüenza por vivir momentos de ansiedad. En algún momento volverás a ser libre para volar hacia tus sueños sin censura ni miedo.

¿Desaparecerán las crisis de ansiedad, los ataques de pánico? Todavía no pero cada vez sucederán con menos frecuencia y podrás manejarlos mejor: un día a la vez, en el aquí y el ahora, dejando atrás el pasado y sin miedo al futuro.

Todo pasará y encontrarás el camino. Lo encontrarás.

Todo pasará y encontrarás el camino. Lo encontrarás.

Roadtrip y una Navidad en Phoenix, Arizona. 10. Regreso a Casa.

•abril 9, 2019 • Dejar un comentario

Una vez más nos esperaban tres días de viaje en coche. Salimos de Phoenix y no puse mucha atención en el camino pues estaba triste, todavía no me recuperaba de la despedida. Acabábamos de irnos y ya extrañaba a mi amiga.

Dejamos Arizona justo cuando las heladas comenzaron y en la carretera de New Mexico recibimos una gran sorpresa: ¡Había nevado y todo estaba cubierto de nieve! Afortunadamente íbamos bien abrigados porque el frío era muy intenso. Creí que no nos tocaría ver nieve esta vez y vaya que me equivoqué. ¡Increíble! ¡Me fascinan los paisajes blancos!

Jea, Rebeca y yo estábamos ansiosos por bajarnos del coche, tocar la nieve, disfrutar. En cuanto fue posible nos estacionamos (en la zona de descanso). Había mucha gente igual de emocionada que nosotros, con una sonrisa enorme caminaba en la nieve y tomaba fotos.

Jea le aventó nieve a Rebeca y los tres nos reímos. El gélido viento nos llenó de caricias y no tardamos en correr al coche, donde tranquilamente desayunamos (el delicioso almuerzo que con tanto cariño nos había preparado Ceci). Yo no podía dejar de comer panquecitos de plátano.

Antes de seguir nuestro camino, salimos del coche y tomamos fotografías.

Seguimos viendo nieve por un rato más, incluso cuando paramos a cargar gasolina. Cabe mencionar que de todos los lugares que visitamos – incluyendo México- aquí es donde la gasolina nos salió menos cara así que aprovechamos para llenar el tanque. Cada vez hacía más frío. Hubo mucha aguanieve y se notaba que también por donde estábamos iba a nevar pronto (afortunadamente todo el tiempo nos escapamos de la nieve).

Me puse un poco nerviosa al llegar a la frontera porque si nos tocaba el semáforo rojo sería una lata sacar las cosas sin poder abrir la cajuela, nada más de imaginar lo que nos tomaría sacar y meter las maletas me estresé un poco. No traíamos nada del otro mundo, pero habríamos perdido más de una hora en eso. No sólo no nos tocó el semáforo rojo: ni siquiera tuvimos que pararnos para enseñar nuestros documentos. Eso para mí fue muy raro. Ya en Juárez buscamos una lona para poder guardar equipaje en el techo. Nos tomó un rato encontrarla y después buscamos un lugar donde comer.

Ciudad Juárez

Nuestro destino de ese día era Chihuahua. Una vez más nos tocó vivir el atardecer en la carretera. Nunca dejará de maravillarme la naturaleza con sus milagros. ¡Qué belleza! Llegamos rendidos a Chihuahua, nos quedamos en el hotel El Casón, cenamos ahí y no tardamos en quedarnos dormidos.

Hizo mucho frío en la noche y ni se diga en la mañana. Cuando fuimos al auto, el techo estaba completamente blanco por tanta escarcha. No fue tan divertido poner la lona en el techo, pero había que hacerlo para que cupiera el equipaje de mis tíos pues ellos viajarían con nosotros a la Ciudad de México. Pasamos por ellos después de desayunar. Hacía tanto frío que yo ya no quería bajarme del coche. De nuevo le ganamos a la nieve: tanto en Juárez como en Chihuahua nevó justo después de que pasamos por ahí.

Pasamos por Delicias, Torreón, Durango y decidimos comer en Cuencamé. ¡No sabía de la existencia de este pueblito tan acogedor! Aunque estábamos un poco preocupados por la hora y por la lona en el techo del coche (a mí me ponía nerviosa que la abrieran y se llevaran el equipaje), comimos rico en un restaurancito cerca del centro.

Oscurecía cada vez más y – otra vez – éramos casi los únicos en la carretera lo que nos tenía un poco preocupados. Me animó la plática con mi tío que me hablaba de mi abuelo, quien – yo no lo sabía – nació en Juan Aldama, Zacatecas. Hubiera sido increíble poder visitar este lugar, pero debido a la hora y oscuridad eso ya era imposible. Queda esa visita pendiente para lo próxima vez. Nos detuvimos en Fresnillo donde buscamos un lugar para dormir. Encontramos un hotel no tan agradable pero donde pudimos descansar.

Fresnillo, Zacatecas

Nos recibió la mañana con una fuerte lluvia y mucho frío. Llovió por un largo rato. Conforme avanzamos, el clima fue cambiando y volviéndose más cálido. Llegamos a San Luis Potosí con muchísima hambre. Comimos en el Parador El Potosino Norte. Una vez satisfechos regresamos al coche y ya no paramos más.

Llegamos a la Ciudad de México justo al atardecer. Vimos la bandera en San Jerónimo y unos minutos más tardes ya habíamos llegado a nuestro destino. Fue un alivio bajar del coche y estirarnos. Sanos y salvos, fuertes y agradecidos, en casa al fin. ¡Qué gran aventura! ¡Espero que se repita pronto!