Roadtrip y una Navidad en Phoenix, Arizona. 10. Regreso a Casa.

Una vez más nos esperaban tres días de viaje en coche. Salimos de Phoenix y no puse mucha atención en el camino pues estaba triste, todavía no me recuperaba de la despedida. Acabábamos de irnos y ya extrañaba a mi amiga.

Dejamos Arizona justo cuando las heladas comenzaron y en la carretera de New Mexico recibimos una gran sorpresa: ¡Había nevado y todo estaba cubierto de nieve! Afortunadamente íbamos bien abrigados porque el frío era muy intenso. Creí que no nos tocaría ver nieve esta vez y vaya que me equivoqué. ¡Increíble! ¡Me fascinan los paisajes blancos!

Jea, Rebeca y yo estábamos ansiosos por bajarnos del coche, tocar la nieve, disfrutar. En cuanto fue posible nos estacionamos (en la zona de descanso). Había mucha gente igual de emocionada que nosotros, con una sonrisa enorme caminaba en la nieve y tomaba fotos.

Jea le aventó nieve a Rebeca y los tres nos reímos. El gélido viento nos llenó de caricias y no tardamos en correr al coche, donde tranquilamente desayunamos (el delicioso almuerzo que con tanto cariño nos había preparado Ceci). Yo no podía dejar de comer panquecitos de plátano.

Antes de seguir nuestro camino, salimos del coche y tomamos fotografías.

Seguimos viendo nieve por un rato más, incluso cuando paramos a cargar gasolina. Cabe mencionar que de todos los lugares que visitamos – incluyendo México- aquí es donde la gasolina nos salió menos cara así que aprovechamos para llenar el tanque. Cada vez hacía más frío. Hubo mucha aguanieve y se notaba que también por donde estábamos iba a nevar pronto (afortunadamente todo el tiempo nos escapamos de la nieve).

Me puse un poco nerviosa al llegar a la frontera porque si nos tocaba el semáforo rojo sería una lata sacar las cosas sin poder abrir la cajuela, nada más de imaginar lo que nos tomaría sacar y meter las maletas me estresé un poco. No traíamos nada del otro mundo, pero habríamos perdido más de una hora en eso. No sólo no nos tocó el semáforo rojo: ni siquiera tuvimos que pararnos para enseñar nuestros documentos. Eso para mí fue muy raro. Ya en Juárez buscamos una lona para poder guardar equipaje en el techo. Nos tomó un rato encontrarla y después buscamos un lugar donde comer.

Ciudad Juárez

Nuestro destino de ese día era Chihuahua. Una vez más nos tocó vivir el atardecer en la carretera. Nunca dejará de maravillarme la naturaleza con sus milagros. ¡Qué belleza! Llegamos rendidos a Chihuahua, nos quedamos en el hotel El Casón, cenamos ahí y no tardamos en quedarnos dormidos.

Hizo mucho frío en la noche y ni se diga en la mañana. Cuando fuimos al auto, el techo estaba completamente blanco por tanta escarcha. No fue tan divertido poner la lona en el techo, pero había que hacerlo para que cupiera el equipaje de mis tíos pues ellos viajarían con nosotros a la Ciudad de México. Pasamos por ellos después de desayunar. Hacía tanto frío que yo ya no quería bajarme del coche. De nuevo le ganamos a la nieve: tanto en Juárez como en Chihuahua nevó justo después de que pasamos por ahí.

Pasamos por Delicias, Torreón, Durango y decidimos comer en Cuencamé. ¡No sabía de la existencia de este pueblito tan acogedor! Aunque estábamos un poco preocupados por la hora y por la lona en el techo del coche (a mí me ponía nerviosa que la abrieran y se llevaran el equipaje), comimos rico en un restaurancito cerca del centro.

Oscurecía cada vez más y – otra vez – éramos casi los únicos en la carretera lo que nos tenía un poco preocupados. Me animó la plática con mi tío que me hablaba de mi abuelo, quien – yo no lo sabía – nació en Juan Aldama, Zacatecas. Hubiera sido increíble poder visitar este lugar, pero debido a la hora y oscuridad eso ya era imposible. Queda esa visita pendiente para lo próxima vez. Nos detuvimos en Fresnillo donde buscamos un lugar para dormir. Encontramos un hotel no tan agradable pero donde pudimos descansar.

Fresnillo, Zacatecas

Nos recibió la mañana con una fuerte lluvia y mucho frío. Llovió por un largo rato. Conforme avanzamos, el clima fue cambiando y volviéndose más cálido. Llegamos a San Luis Potosí con muchísima hambre. Comimos en el Parador El Potosino Norte. Una vez satisfechos regresamos al coche y ya no paramos más.

Llegamos a la Ciudad de México justo al atardecer. Vimos la bandera en San Jerónimo y unos minutos más tardes ya habíamos llegado a nuestro destino. Fue un alivio bajar del coche y estirarnos. Sanos y salvos, fuertes y agradecidos, en casa al fin. ¡Qué gran aventura! ¡Espero que se repita pronto!

~ por Naraluna en abril 9, 2019.

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