Mi héroe, Alex.

•enero 31, 2014 • 5 comentarios

Hoy muy temprano en la mañana me despertó el teléfono con una noticia muy triste: «Alex ya no está con nosotros».  Sabía que este día llegaría, pero uno nunca está preparado para eso. A veces esperamos que un milagro suceda. No, no es fácil despedirse.

Colgué el teléfono con la tranquilidad de que este pequeño gran héroe ya no sufriría más y con los ojos llenos de lágrimas por su partida.  Está por demás decir que duele  y duele mucho esta despedida.  Sin embargo, mi intención no es escribir para llorar ni lamentar su muerte. No. Mi papá siempre me ha dicho que cuando alguien se muere hay que celebrar su vida. Tiene razón. Así que escribo esto para celebrar la vida de Alex, quien se ganó mi admiración desde el día en que lo conocí.

Los héroes en la vida real no tienen superpoderes como los de las caricaturas o películas. No,  no levantan coches con una sola mano, no trepan edificios, no salvan a la humanidad, no vuelan.  La mayoría de los héroes que conozco son personas como tú o como yo, no necesitan disfraces ni tienen identidades secretas. Lo que los hace diferentes es su enorme capacidad de amar  y de hacer cosas extraordinarias por los demás, su voluntad de luchar contra la adversidad y lograr lo que para muchos resulta imposible. Estos héroes no conocen límites y luchan por sus ideales, por sus principios, por los demás con todo lo que tienen, con todo. Para ellos, rendirse no es ni ha sido nunca una opción. Nunca.

Alex fue  y será siempre un héroe para mí.

Conocí a Alex hace un año, en diciembre del 2012.  Siempre, al terminar el año, se organiza un desayuno para los voluntarios de Aquí Nadie se Rinde, asociación que se dedica a ayudar a los niños con cáncer y a sus familias. En este desayuno nos ponemos al tanto de lo que ha sucedido en el año y se premia a algunos voluntarios por su esfuerzo y dedicación.  Fue en ese momento, en ese lugar,  donde nos presentaron a Alex como el voluntario más joven de Aquí Nadie se Rinde.  Alex no sólo era un guerrero en la lucha para combatir el cáncer, sino que además tenía el sueño de convertirse en médico cuando fuera grande para poder ayudar a niños que pasaran por lo mismo que él.  Por eso, a pesar de su corta edad, se unió al equipo de voluntarios para poder empezar a trabajar en alcanzar su meta.  Nos contó  cómo los voluntarios lo ayudaron a él  en los momentos complicados, de cómo les alegraban la vida a él y a  los demás pacientes en el hospital y nos compartió su deseo de hacer lo mismo por los demás pacientes.  Felizmente puedo afirmar que no fue sólo un deseo. El último año de su vida, Alex, tanto en el hospital como en los eventos de la asociación, lo pasó dando lo mejor de sí mismo a los demás.  Ayudó a Aquí Nadie se Rinde a cumplir los sueños de los pacientes, ayudó a que los pacientes y sus familias conocieran la asociación y pudieran encontrar en ella el apoyo que necesitaban para poder seguir adelante con el tratamiento. Siempre tuvo una sonrisa para todos, palabras de aliento y sobre todo mucho amor.

Poco tiempo después, Alex recibió la dura noticia que desearía que nadie tuviera que recibir: el cáncer había regresado. Había que volver a empezar con las quimios, los internamientos, la lucha por la vida.  No sé cómo le hizo, pero no se dio por vencido ni tampoco se dejó llevar por la tristeza. No, no tenía intenciones de rendirse. Así que mientras luchaba por su vida, luchaba también por el bienestar de los demás niños y de las personas cercanas a él.  Luchó con todo y todo el tiempo.

Me atrevo a decir que  nos cambió  la vida a quienes lo conocimos. Es para mí un gran ejemplo.

¿Cuántas veces nos sentimos mal y nos quedamos encerrados en nuestros problemas? ¿Cuántas veces nos come la tristeza y no vemos más allá? ¿Cuántas veces nos desmotivamos porque lo vemos todo negro?  ¿Cuántas veces nuestro malestar nos lleva a olvidarnos de todo y de todos?  El dolor nos envuelve y casi nos vence…

¿Y cómo reaccionó  un pequeño gran héroe de once años ante la terrible adversidad y sufrimiento físico? ¿Lo vio todo negro? ¿Perdió el entusiasmo? Por supuesto que no. Recomenzó su lucha para combatir el cáncer y le sonrió a la vida, a su familia, a sus amigos y a los niños que estaban sufriendo la misma enfermedad que él.  Se dedicó a ayudarlos. Internado en el hospital, jugaba con los demás pacientes. Fuera del hospital, inclusive en los días difíciles de quimios fuertes, participaba en todos los eventos posibles que le permitieran cumplir su meta de ayudar.  Abrió caminos de oportunidades para otros niños y nos dio un enorme ejemplo a los adultos que estuvimos cerca de él. Más grandes que su dolor, eran su amor y sus ganas de vivir.

Me enseñó a amar más y a quejarme menos.

Desde mi primer contacto cercano con el cáncer, mi visión de la vida cambió por completo.  Abrí los ojos al amor aún más que antes y aprendí lo mágico, lo increíble, lo maravilloso que es tener un día más de vida.  Los pequeños detalles son cada vez más importantes.

Alex no vivió lo suficiente para ser médico, pero no necesitó hacerlo para llegar a la meta, pues a sus once años nos cambió la vida a muchísimas personas.

Me enseñó el poder de la voluntad, del «yo, si quiero, PUEDO».  Siempre he dicho que no hay imposibles cuando uno lucha, cuando uno no se rinde a pesar de los obstáculos y los grandes retos que la vida nos presenta. Él me demostró que sí se puede. A pesar de su corta edad, triunfó. Triunfó.

Tuve el gran honor de que me considerara su amiga y las pocas veces que pude estar con él, lo recuerdo riéndose. Le gustaba que le contaran chistes. Le gustaba hacer travesuras.  Le gustaba que le hiciera cosquillas, que los persiguiera a él y a su hermano con mis «dedos mágicos» (porque los harían reír).  Su buen humor era contagioso.

Este año se ganó el premio al Voluntario del Año por su gran labor.  Ese día fue la última vez que lo vi.  Él no esperaba recibir tan merecido reconocimiento.  Recuerdo su sorpresa, su emoción, su alegría. Se sentía un poco mal y sin embargo, sonrió para todas las fotos, hizo caras a la cámara, se rió.

Mi amigo ha sido un ejemplo para mí, me inspira a seguir adelante y vivir la vida con una sonrisa.  Mi amigo es un ejemplo de amor. Mi amigo fue un voluntario que no se rindió nunca.
Alex

Alex. ❤

Hace algunos años alguien dijo que la única manera de vencer a la muerte era manteniendo vivas a las personas en nuestro corazón. Entonces,  querido Alex, vivirás siempre en todos los que tuvimos la fortuna de conocerte.  Tu sonrisa me la quedo.  Desde donde estés, tu amor nos seguirá llenando de luz.
Gracias por tus enseñanzas, pequeño gran Maestro, cuando sea grande quiero ser cómo tú.

Volar en Playa del Carmen

•enero 30, 2014 • Deja un comentario
Sol en Playa del Carmen

Sol en Playa del Carmen

En días como hoy pienso en el calor de la playa y me hace falta la caricia del mar.  Recuerdo esos maravillosos momentos en Playa del Carmen en noviembre, justo antes  de cambiarnos de casa.  Nunca había ido a esta playa y me sentí feliz de estar cerca del mar nuevamente.  Siempre en la playa me lleno de energía. Ahí,  por primera vez en muchos años, le perdí el miedo al mar y me atreví a sumergirme y mecerme en sus cálidas aguas.  Me llené de brisa marina y respiré en libertad.

En este invierno tan frío, el recuerdo del cielo en la playa, del sol entre las nubes me da un poco de calor.  Siempre me anima  mirar el cielo y dejar que me deslumbre un poco el sol. Me gusta descifrar los mensajes de las nubes, ellas siempre me muestran una figura diferente y la mayor parte de las veces  me hacen sentir bien.

Recuerdo cuando en mi infancia me acostaba en el  pasto del jardín de mi abuela y me ponía a mirar las nubes,  a veces sola, a veces con mi hermano y mi prima.  Aunque ahora ya no lo hago seguido, es algo que sigo disfrutando mucho.

Playa del Carmen

Playa del Carmen

El cielo azul, las nubes y el mar:   la combinación perfecta, el mejor lugar. Estas fotos las tomé en Playa del Carmen y son el resultado de un hermoso viaje familiar.   También son el resultado de un reencuentro conmigo misma, con el mar,  con mis sueños.  Me despedí de la mayoría de mis miedos y comenzaron a crecer mis alas, mis ansias de volar…

Amo la naturaleza y la playa siempre ha sido un lugar mágico para mí. Esta vez tuve la oportunidad de  fotografiar a las gaviotas antes y durante su vuelo. Me tocó el milagro de verlas extender sus alas y navegar en el cielo.   Pude también compartir la ilusión y emoción de mi sobrino de dos años que corría detrás de ellas, queriendo alcanzarlas, acariciarlas.  Mientras corría sonreía y gritaba feliz «pío, pío». Como mi hermano y como yo, él también ama la naturaleza.

Estos son los pequeños milagros que nos da la vida y suceden cerca de nosotros todos los días.  El vuelo de un pájaro, la hermosura de un colibrí, el botón de un flor que nos sonríe en un frío invierno, el canto de los grillos en una solitaria noche, el vuelo de las gaviotas en la playa: el amor está  en todo los que nos rodea…

Para terminar,  quiero compartirles algunas de esas fotos.

Contemplando el mar

Contemplando el mar

Listo para emprender el vuelo.

Listo para emprender el vuelo.

Volar

Volar

A veces necesitamos volar solos para encontrar nuestro camino, para reconciliarnos con nosotros mismos, para después poder volar con las personas que amamos.

Extender las alas.

Extender las alas.

Y así encontrar la paz.

Juntos

Juntos

Volar en pareja, descubrirnos sin temor a caer.

Todos

Todos

En equipo luchar todos juntos por el l mismo sueño, llenando de amor cada lugar…

Casa

Casa

Solos y acompañados volar para llegar a casa,  para sentir el abrazo del viento, para vivir el sueño que siempre nos ha acompañado.

Pío Pío

Pío Pío

Correr, reír, perseverar y jamás rendirse: «el cielo es el límite».  La felicidad la llevamos dentro y los más pequeños detalles nos pueden hacer sonreír.  Nos pueden dar un motivo, una ilusión, una esperanza en un día sumamente triste.

La vida es un viaje que dura muy poco, hay que vivir intensamente.

Adiós 2013, Bienvenido 2014

•enero 21, 2014 • 2 comentarios

Terminó el 2013, ya recibimos al 2014, los alumnos ya regresaron a clases y mientras todo se acomoda, yo reflexiono sobre los días pasados, sobre el año que ya se fue  y también me pregunto como será este año que comienza. El 2013 fue un año de mucho movimiento, aprendizaje y trabajo conmigo misma.  Fue un año para  empezar a desprenderme de mis miedos y volar hacia la libertad que me permitirá hacer realidad el sueño que por años he tenido guardado en un cajón.  Después de haber enfrentado y superado los retos de otros años, llegó el momento de acabar con el desorden dentro de mí.

Ese año comencé a ordenar todo, paso a paso, detalle a detalle, sin prisa.  La primera mitad del año  viví varios momentos de crisis y la mayor parte del tiempo tuve  una rodilla lastimada.  Dejé de correr y nadé muy poco.  Estaba en conflicto conmigo misma y con mi entorno. Mi sensibilidad tragaba miedos y  todo lo que había acumulado en los días difíciles, tenía que sacarlo.  Para sanar mi rodilla tenía que trabajar en mí.

En el 2013 aprendí que dedicarme un tiempo a mí misma  no es ser egoísta: para poder dar lo mejor de mí a los demás, primero tengo que estar bien yo y eso es imposible de lograr si me ignoro.  Así que me esforcé en encontrar mi bienestar de una manera constructiva.  Aprendí a darme el espacio que necesitaba y volví a escribir con constancia, a dedicarle más tiempo a mi jardín que tanto amaba y comencé a dibujar de nuevo.   Comencé a sanar poco a poco.  Para lograrlo también ha sido necesario enfrentarme a mí misma y dejar ir.

A veces nos aferramos a algunas cosas, recuerdos, situaciones y lo que necesitamos para seguir adelante es dejar ir.  Justo cuando creía estar encontrando la tranquilidad, el orden, cuando más segura me sentía, llegó la noticia de la mudanza. Sí, iban a vender la casa en la que vivíamos y teníamos que cambiarnos.  Al principio me quedé congelada, segura de que algo podría hacer y me tomó tiempo entender que era el momento de cerrar un ciclo.  A veces cuando llega algo mejor, nos negamos a verlo porque duele profundamente soltar lo que tenemos.   Y  si no soltamos, simple y sencillamente no podemos avanzar.

A pesar de que tuve mucho miedo al cambio y no quería despedirme de mi jardín, me atreví a soltar, abrí mi corazón y mi mente al futuro, al nuevo ciclo que estaba por abrirse.  La mudanza no fue el único cambio del año que acaba de terminar pero creo que fue el más representativo.   Soltar me ha permitido tomar las oportunidades que llegan.  Aprendí que aferrarse nos ciega, nos impide tomar esas oportunidades.   Me queda claro que no quiero dejarlas pasar por no atreverme a soltar, por mirar al pasado en lugar de abrirme camino en el presente.  Así fue como comencé el 2014, soltando para avanzar hacia mis sueños.

Cada año, a finales de diciembre, llueven deseos de felicidad y prosperidad para el año que está por comenzar.  La mayoría de las personas está llena de energía y propósitos para el nuevo año. Casi todos estamos llenos de   ilusiones y expectativas en enero. Desafortunadamente al llegar febrero o marzo esa energía desaparece, los propósitos se olvidan, las ilusiones se convierten en desconcierto y la decepción predomina.  El año nuevo no parece ser lo que se esperaba.    ¿Por qué el año no es tan próspero como todo mundo deseaba? ¿Por qué los propósitos no se llevan a cabo? ¿Por qué desaparece la energía?

Entonces me vienen a la mente todos los deseos de año nuevo, todos los abrazos.  Casi todos decimos “¡Muy feliz 2014!”, “¡Qué sea un mucho mejor año!”, “¡Qué se hagan realidad tus sueños!”. Por supuesto que lo decimos sinceramente y nos ponemos en manos de la «suerte» o «destino».   Sin embargo, en realidad, un año no es bueno o malo por arte de magia y nosotros no somos los “receptores” de esa magia que nos “regala” un buen o un mal año.  Al escuchar tantos deseos y también al decirlos, me di cuenta de que nos faltaba decir algo mucho más trascendente: “Hagamos de éste un mejor año”, “Luchemos porque sea un buen año”, “Trabajemos para hacer realidad nuestros sueños”.

No me quiero quedar sentada esperando a que algo bueno me suceda. No me quiero quedar sentada viendo como la vida pasa. No quiero ser espectadora ni este año ni los venideros. Por el contrario, moveré cielo, mar y tierra para realizar mis sueños. Sudaré, amaré, sonreíré, lucharé, quizá me caiga, quizá llore y si eso sucede, me levantaré, me reiré a carcajadas y tarde o temprano llegaré.  No esperaré que sea un buen año, decretaré que lo será y mis acciones me ayudarán a que lo sea.  No veré la vida pasar, seré parte de ella y viviré intensamente este 2014 y siempre.

Dicen que “Año Nuevo, Vida Nueva”… ¿Será verdad?   La respuesta está en nosotros.

“Vamos a abrir el libro. Sus páginas están en blanco. Vamos a poner palabras sobre nosotros mismos. El libro se llama Oportunidad y su primer capítulo es el Día de Año Nuevo”.  –Edith Lovejoy Pierce

 

Amor y no apariencia

•diciembre 19, 2013 • 2 comentarios

Hay quienes cuando hablan de amor piensan en belleza, la belleza física. En la mayoría de las películas y novelas románticas hoy en día los personajes son físicamente perfectos. Son guapísimos, supongo. Nadie es tan hermoso como los protagonistas de estas historias. Si tenemos acné, si no tenemos el cuerpazo, si nuestro físico no cumple con el estereotipo de belleza por todos aceptado, nos sentimos pequeños, insignificantes, casi con la certeza de que el amor no llegará a nosotros. Hoy en día hay bulimia, anorexia, desesperación en todos lados. Hay también resignación y la necesidad de hacerse cirugías que embellecen  y rejuvenecen. Hay quienes son capaces de renunciar a sus principios, a su corazón, a su personalidad, a perderse a sí mismos para lograr la aceptación de esa otra persona a la que se supone aman.

Visto de esa manera, el amor me parece  un monstruo que devora corazones. Sí, un monstruo capaz de comerse lo mejor de las personas, un monstruo que las despoja de sí mismas  para dejarlas solamente con su apariencia, la que además, nunca será suficiente. Esa terrible idea siempre me ha asustado más que cualquier historia o película de terror.  Esa fue una de las razones por las que por muchos años me «escondí» del «amor» (si es que en realidad se le puede llamar así).

Fui una adolescente llena de acné  y soy una mujer que detesta el maquillaje y la moda.  Me gusta mostrarme tal cual soy, sin disfraces ni apariencias. Sonrío  con todo mi ser y no sólo con la boca. Nunca me interesó que se enamoraran de mis piernas, por ejemplo.  Me decían idealista porque soñaba con alguien que me quisiera POR  QUIÉN SOY y no por cómo me veo… esa idea de que el amor entra por los ojos siempre la he rechazado y siempre me ha lastimado directa e indirectamente.  Directamente cuando fui la flaca fea a la que algunas amigas querían maquillar para que ahora sí fulanito de tal se enamorara de mí  (¿tan poderoso era o es el maquillaje? ). Por supuesto, nunca creí en los poderes del maquillaje ni en ser alguien que no soy para que me tomaran en cuenta.   Indirectamente cuando veo a personas cercanas a mí perderse a sí mismas y hacerse daño para  sentirse amadas por ese alguien que sólo tiene en cuenta la apariencia o que sólo se tiene en cuenta a sí mismo.

Esta idea del amor como sinónimo de perfección y belleza física, del «por ti soy capaz de todo, hasta de volverme un ente vacío, una especie de zombi que se mueve por inercia, una marioneta sin personalidad» nunca me ha cuadrado.   Es más, me desconcierta y me revuelve el estómago. Sí, eso me sucede. Ya estoy cansada de tanta superficialidad y de tantos estereotipos.  El amor no es materialista ni tampoco discrimina.

El amor abraza a todos, el amor da sin condiciones, no se basa en la talla de la persona  o en el largo de sus piernas, sino en todo lo que la persona es: sus cualidades tanto como sus defectos, sus sonrisas tanto como sus lágrimas. El amor acepta a la persona tal cual es, no intenta cambiarla.   Recuerdo bien las palabras de una amiga muy cercana: «lo amo a  él, a la persona que es, si tuviera un accidente y se desfigurara la cara lo seguiría amando de la misma manera».   Sus palabras fueron impactantes pero sabias.  El amor para mí hace florecer a las personas en lugar de marchitarlas; da seguridad y eleva la autoestima.  Es bilateral: da y recibe.

El  amor libera, no encarcela.  No tener la posibilidad de ser uno mismo es como estar enjaulado y eso nos impide crecer, ser felices.  La felicidad no está en otra persona, está dentro de nosotros mismos.  El amor cuando llega sólo engrandece esa felicidad que ya vive en nosotros.

Su belleza es intangible. Hay quienes la encuentran en la luz de una sonrisa, en la voz de una mirada, en  el silencio escondido entre las palabras,  en un abrazo que todo lo da, en un alma transparente que nada oculta…

No hay amor sin luz, sin armonía sin paz.  Nos da la calma en los tiempos de tormenta;   esperanza, en los tiempos oscuros;  fuerza, cuando todo parece perderse…

El amor para mí es una danza de luces, de libertades, de almas,  de oportunidades, de miradas que se encuentran en un cielo donde vuelan sus sueños compartidos.    Es el baile de dos sombras que la luz abraza.

«El amor no es encontrar a la persona perfecta. Es ver perfectamente a una persona imperfecta».
Sam Keen

 

Esperanza, unión y fuerza

•noviembre 21, 2013 • 4 comentarios

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Esta foto fue tomada en septiembre del 2009 y para mí es un símbolo de esperanza,  unión y fuerza.  Es el recuerdo de uno de los momentos más complicados, dolorosos pero también hermosos que he vivido. Es un recuerdo agridulce que se quedó grabado en mi memoria y que me inspira a seguir adelante.  Y ahora que comienza un capítulo en mi vida en un lugar nuevo, esta foto me recordó lo maravillosa que es la vida y lo mucho que tengo que agradecer.

Hoy en un momento feliz, miro al pasado con nostalgia, aprendizaje y con una sonrisa…

El día en que esta foto fue tomada, Rebeca tenía poco tiempo de haber salido del hospital después de una muy dura semana en la que supimos que tenía leucemia. Una semana de transfusión de sangre, de numerosos estudios complicados e inclusive dolorosos para ella, del comienzo de un tratamiento rudo, de cambios drásticos para todos. La muerte que generalmente se ve lejana, se convirtió en una sombra que nos vigilaba todo el tiempo.  Necesitábamos todos algo que nos distrajera, algo que pudiéramos hacer en equipo y en casa (por muchos meses nuestras actividades se llevarían a cabo solamente en casa y en el hospital, extraño pero necesario encierro).  Así que buscamos actividades que pudiéramos hacer juntos, que nos ayudaran a sonreír, a  disfrutar intensamente el presente y a luchar por ver la luz de un mañana…

Ese día hicimos un pastel en equipo, trabajamos juntos, bromeando, riendo, alejando nuestros miedos. El pastel en esa foto representa  la unión, la unión de mi familia, de nosotros cuatro que no nos rendimos y que nos amamos hasta en los momentos de enojos y desacuerdos; la unión que nos permitió salir adelante y bromear, llenar la casa de carcajadas hasta en los momentos más adversos; esa unión que nos ha cobijado en los momentos más fríos y dolorosos.

Antes de partir el pastel, había que tomarle foto. Los cuatro pusimos nuestra mano con la señal de «salió bien», señal que también significa, para mí, «saldrá bien».  Nuestras manos representan la fuerza, la fuerza con la que enfrentamos ese gran reto que la vida nos puso en el camino, la fuerza que nos impidió rendirnos en los momentos  más complicados, la fuerza que nos permitió superar nuestros miedos; esa fuerza con la que construimos y seguimos construyendo nuestro futuro.

Ahí, en la cocina, nos concentramos en lograr una meta. Quizá parecía algo sencillo: hacer un pastel; sin embargo, no se trataba del pastel, se trataba de vivir y de disfrutar a pesar de las circunstancias. El pastel era el camino; la sonrisa, el resultado. El momento aquí plasmado representa la esperanza, la esperanza que nos mantuvo de pie en esos años complicados, la esperanza que nos mostró que lo imposible puede realizarse, la esperanza que nos obligó a levantarnos cuando el agotamiento o la desesperación parecían apoderarse de nosotros, esa esperanza que nos abrazó cuando teníamos pesadillas y que nos sigue abrazando ahora.

Hoy, poco más de cuatro años después, me sigue motivando el recuerdo de ese día.  Hay quienes piensan que fue un pasado que no quiero recordar, que este cambio es bueno para dejar eso atrás y, de alguna manera, «comenzar de nuevo».  Sí, por supuesto que es un nuevo comienzo y lleno de oportunidades. Sin embargo, no hay nada que quiera dejar atrás. Esta lucha por la vida de Rebeca fortaleció nuestro amor, nos llenó de aprendizaje, nos enseñó la solidaridad y la capacidad de dar de personas que apenas conocíamos. Nos cambió la vida para siempre y fue un cambio positivo.  Conocemos el valor de la vida, del amor, de la fuerza, del trabajo en equipo, sabemos que no hay imposibles y tenemos la esperanza de tener un día más de vida todos los días. No podría estar más agradecida.

Levantarse y seguir…

•noviembre 6, 2013 • Deja un comentario

A veces se necesita mucho valor para levantarse de una caída.  Hay situaciones que nos sacuden, que nos quiebran. A veces es algo muy fuerte; otras, es un conjunto de «pequeñas» situaciones.  Sea la circunstancia que sea,  a veces no tenemos ganas de levantarnos: moverse implica un gran esfuerzo que no tenemos la disposición de realizar.   A veces la apatía nos gana, la falta de fe en nosotros mismos, el dolor o el peso de eso que cargamos o de aquello que no esperábamos y que no sabemos cómo resolver.  A veces es más fácil llorar que levantarse y el cuerpo se siente tan pesado que moverlo no es una opción.  Todo parece descomponerse. El sol quema, la noche asusta y se nos olvida que somos fuertes…

Tristeza

Entonces podría resultar más «sencillo» quedarnos en ese lugar de tristeza, miedo, desolación.  Nos ahogamos en un mar de quejas y lamentos.  Se nos pierden los sueños y nos cegamos ante las oportunidades.  Nos sentimos solos, débiles y vulnerables, con ganas de dormir todo el tiempo…

La vida pasa y nos quedamos acurrucados en ese dolor que no nos lleva a ningún lado porque levantarse, en un principio, duele más, mucho más.   A veces la cura duele más que la herida, pero es la única manera de sanar…

Cuando siento que me come el mundo, que la fuerza se me escapa, que los sueños me abandonan, me vienen a la mente las palabras que una amiga me dijo en la adolescencia:  «Sonríe. Sonríe porque no importa que tan mal te sientas, una sonrisa siempre te levanta el ánimo, siempre te ayuda a sentirte mejor.»   Recuerdo que cuando me lo dijo no me pareció agradable quizá porque lo que yo menos quería era sonreír.  Eventualmente, le hice caso.  Es increíble como algo tan sencillo como una sonrisa puede cambiar un estado de ánimo profundamente oscuro. Es imposible sonreír y no sentir un poquito de alivio.  Esa pequeña sonrisa es como una semilla de luz que se siembra en el corazón, es el despertar de la esperanza, es la voz que nos recuerda que sí podemos salir adelante, es el regalo que nos podemos dar a nosotros mismos y que contagia a los demás.

Desde entonces, me obligo a sonreír hasta en los momentos más complicados.  Me obligó a sonreír y después a levantarme.  Me obligó a luchar contra la adversidad y tomo la decisión de no rendirme.

En un principio,  soy como una actriz interpretando el papel de alguien que se siente bien,  que le sonríe al espejo por necesidad, que se repite constantemente «estoy bien, estoy bien, estoy bien» buscando convencerse, que se levanta por obligación más que por deseo.  Todos los días sigo la misma rutina: sonrío a pesar del dolor, me levanto por obligación y me repito constantemente que estoy bien… la diferencia es que cada día es mejor al anterior,  sonreír me cuesta menos trabajo y a veces me levanto por gusto y no por obligación. De tanto repetirme que estoy bien,  eventualmente logro convencerme.  Mis actividades de todos los días me van acercando a mis sueños nuevamente.  Hasta que llega el día  en el que el dolor ha desaparecido y la sonrisa llega naturalmente,  me levanto emocionada y camino de nuevo hacia mis metas: el dolor es un recuerdo lejano, aprendizaje y experiencia, es mi pasado pero ya no mi presente.

Todos los días sonrío: sonrío para agradecer, sonrío para disfrutar, sonrío para luchar, sonrío para sobrevivir, sonrío para dar, sonrío para amar, sonrío para regalar, sonrío para todo y por todo, aunque a veces, mi sonrisa sea el resultado de un gran reto  o de una lágrima atorada.

Tejiendo una Luna

•septiembre 30, 2013 • 2 comentarios

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Después de mucho tiempo, los lápices de colores me llenaron de magia. Hoy no les tuve miedo. Hoy tuve el valor de plasmar los sueños en mi mente. Inspirada en Remedios Varo me atreví a tejer una luna. Quiero llenar mi vida de lunas…No es perfecto, pero lo hice. Es la única manera de volar hacia mi cielo…

How I Felt when I Read Frankestein by Mary Shelley

•septiembre 28, 2013 • Deja un comentario

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10 Cosas que me hacen sonreír. 10 Things that make me smile.

•septiembre 11, 2013 • 2 comentarios

Hay días en los que nos sentimos tristes, melancólicos, desanimados.  Cuando nos atrapa un sentimiento así, es difícil deshacernos de él.  Es necesario vivir nuestra tristeza pero después, hay que soltarla, dejarla ir.

Hace unos días cumplí 37 años.  Los días anteriores a mi cumpleaños me sentía nostálgica, con un nudo en la garganta, irritable.  Quizá porque a veces me duele crecer, quizá porque sentí el peso de los sueños que todavía no he realizado.    Lo importante es que no quería sentirme así el día de mi cumpleaños porque la vida hay que agradecerla y celebrarla.

Entonces, en ese hermoso día soleado decidí hacer algo que en años no había hecho y que me hacía mucha falta:  escaparme con mi cámara al parque.  Estando solos los tres (la naturaleza, mi cámara y yo) mi día se llenó de motivos para sonreír y ahora quiero compartirlos con ustedes.

There are days in which we feel sad, melancholic, disheartened.  Once these feelings get a hold on us, it’s very difficult to get rid of them.   It is necessary to experience sadness at certain moments of our lives, but afterwards we must let it go.

This week I turned 37.  The days before my birthday I was feeling nostalgic, with a lump in my throat, irritable.  Maybe because sometimes growing up is painful for me, maybe because I felt the weight of the dreams that I haven’t made true.  What really mattered was that I didn’t want to feel like that on my birthday because life is a gift we must be grateful for and celebrate.

So, in that beautiful sunny day I decided to do something I hadn’t done in ages and that I really needed to do: go to the park with my camera.  Being alone out there with my camera gave me many reasons for smiling and now I want to share them with you.

Lo que me hace sonreír.

Things that make me smile.

1. La oportunidad de mirar al cielo y buscar figuras en sus nubes, de sentir el abrazo del infinito.  El cielo es sinónimo de esperanza, de libertad, de posibilidades.

1. The opportunity to look at the sky and find figures in the clouds, to feel the infinity embracing me.  The sky is a synonym of hope, of freedom, of possibilities.

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2.  A pesar de vivir en ciudad grande, el tener un lugar donde convivir con la naturaleza, alejado de los ruidos citadinos; un lugar donde se escucha el canto del viento y también el suspiro de las plantas.

2. In spite of living in a big city, being in  a place where it is possible to feel nature, faraway of the city noises; a place where we can listen to the song of the wind and the sighs of plants.

Banca

3.  Encontrar el sol entre las hojas de los árboles,  dejarlo deslumbrarme y quedarme con su luz en todo el cuerpo.

3. To find the sun among the leaves of the trees,  let it dazzle me, and then keep its light in my entire body.

Árbol y sol

4.  Escuchar el canto de los pájaros. Percibirlos escondidos en el pasto y disfrutar el sonido de su aleteo cuando me saben cerca.  Perseguirlos despacio con la intención de atraparlos en mi cámara.

4. To listen to the birds singing. To notice them when they are hiding in the grass and to enjoy the sound of their wings flapping.  To chase them slowly with the idea of  catching them with my camera.

Hidden Bird.

Birds

5. Sentir el amor de los árboles, descifrar los mensajes ocultos de su corteza,  admirar sus brazos abiertos y abrazarlos para empaparme de sus sueños, de su nobleza.

5. To feel the love of the trees, decipher the messages hidden in their barks, to admire their arms wide open and hug them in order to be immersed in their dreams, in their kindness.

Smile

Árbol

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Brazos Abiertos

Self-portrait

Self-portrait

6. Las frágiles flores,  sobrevivientes, perfumes de viento, poesía en un paraíso verde, caricias efímeras que me hacen sentir viva.

6. The fragile flowers, survivors, scent of the wind,  poetry in a green paradise, ephemeral caresses that make me feel alive.

Bugambilias

bugambilias

flowers

flower

Rose

7. Los columpios en los que se agitó mi adolescencia y el comienzo de mi edad adulta y donde ahora juega feliz mi pequeño sobrino. La resbaladilla donde todavía juego a ser niña.   En este parque celebré mis 19 años con las que eran mis dos mejores amigas y ahora,  mis 37, conmigo misma.

7. The swings where my adolescence and the beginning of my young adulthood stirred and where my little nephew plays nowadays.  The slide where I still play to be a girl.  It was here where I celebrated my 19th birthday with my two best friends and where I celebrated my 37th birthday by myself.

Swings

Self-portrait.

Self-portrait.

8. Encontrar un arco iris en el tenue reflejo del  agua y navegar en ese mundo paralelo en el que puedo  esconderme…

8. To find a rainbow in the soft reflection of the water and to navigate in that parallel world where I can hide…

Agua

Reflejo

9. Encontrar un árbol que tiembla en un charco, que se cubre con las hojas del suelo, majestuoso y pequeño,  efímero, listo para evaporarse con el sol.

9. To find a tree trembling in a puddle, covering itself with the leaves on the floor, majestic and small, ephemeral, ready to evaporate vanish with the sun.

Árbol agua

10. Antes de regresar a casa, la oportunidad de sentarme y sentirme parte de la naturaleza, reencontrar mis sueños y mi camino entre los árboles. Disfrutar la danza del viento y de los pájaros.

10.  Before going back home, the opportunity to sit down and feel  I’m part of Nature, rediscover my dreams and my path among the trees. To enjoy the dance of the wind and of the birds.

Admirando

Y al final, una sonrisa para agradecer, una sonrisa para amar, una sonrisa para compartir.

And,  finally, a smile for expressing gratitude, a smile for loving, a smile for sharing.

smile

«Sólo  nos toma un instante sonreír  y olvidar; ,sin embargo, para alguien que lo necesita, puede durar toda la vida.  Todos deberíamos de sonreír más seguido».  – Steve Maraboli

“It only takes a split second to smile and forget, yet to someone that needed it, it can last a lifetime. We should all smile more often.”
― Steve Maraboli

Luchar, Ayudar, Dar y por sobre todas las cosas, AMAR.

•agosto 13, 2013 • 6 comentarios

Desde que tengo memoria siempre he sentido la necesidad de ayudar, la necesidad de dar, la necesidad de amar.  La felicidad y el bienestar de los demás me hacen feliz a mí.

La vida da la oportunidad de ayudar a los demás, está en nosotros tomar la decisión de hacerlo. Siempre hay alguien que nos necesita:  alguien de nuestra familia, un amigo, un conocido, un extraño.   Aunque suene redundante, es la verdad:   ayudar también nos ayuda.   Citando a la Madre Teresa de Calcuta:  «Dar es algo diferente. Es compartir».    Me gusta compartir el amor y los regalos que la vida me ha dado.

Desde niña soñaba con ayudar.  Crecí con el idealismo de salvar al mundo, es decir, de evitar el sufrimiento.  Por supuesto, aprendí que eso no es posible pero lo que sí podemos hacer es  ayudar a aliviarlo.  En fin, crecí con esta necesidad de hacer algo por los demás.  Pero durante el comienzo de mi edad adulta no encontraba un lugar para hacerlo. ¿Ayudar en asilos? ¿A niños? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿A quién?   La vida da muchas vueltas y uno gira y gira por un rato;  sin embargo, cuando uno no pierde su objetivo,  tarde o temprano  encuentra el camino…

La historia que quiero contarles comienza con un reto muy  difícil y que cambió mi vida para siempre.   A pesar del miedo, del dolor, de los obstáculos, fue un cambio positivo y puedo afirmar que si pudiera volver el tiempo atrás, no cambiaría nada. Estaré siempre agradecida por todo el aprendizaje y porque  esa experiencia me ha dado  la oportunidad de dar  y de amar más.

Así pues,  hace casi cuatro años  la leucemia llegó a nuestras vidas, Rebeca tenía casi nueve años cuando la diagnosticaron.  En medio del miedo que da esa palabra y la confusión que se vive al momento de enfrentar esta enfermedad, nos salvó el amor y la solidaridad no sólo de nuestras familias y amigos cercanos, sino también de las personas que conocimos en el hospital, de los padres de varios niños que enfrentaban la misma enfermedad.   Cuando Rebeca y yo fuimos a su primera quimio, no sabíamos nada.  No dormimos. Llegamos en ayunas.  Teníamos miedo.  Mientras esperábamos nuestro turno en el hospital,  la mamá de una hermosa niña nos platicó de qué se trataba,  respondió a las preguntas que antes no habíamos hecho, nos dio un poco de paz.

En el  hospital se hace una red de solidaridad entres los padres y familiares de los niños.  Todos se ayudan unos a otros.  La solidaridad, la ayuda desinteresada, el amor al prójimo en el hospital es algo que se vive todos los días.   Una vez, mientras mi esposo y Rebeca esperaban a que los llamaran en el hospital, llegó la mamá de Andy, una niña hermosa que ya había emprendido el vuelo.  Esta admirable señora  llevó tortas para los papás en el hospital porque sabía que muchas familias pasan horas sin comer y en nombre de su hija, preparó esas tortas para compartirlas con ellos. Ése es el amor al prójimo como me lo enseñaron de niña. Ése es el amor solidario que todos hemos necesitado en algún momento de nuestra vida. Ese amor es el refugio a la tormenta que es el cáncer.  Ese amor es un abrazo que fortalece.  Ese amor es un barco que navega en el río del miedo.

A casi un año del diagnóstico, Rebeca corrió en una carrera organizada por  Aquí Nadie se Rinde. Una asociación dedicada a ayudar a los niños con cáncer.  Fue  la primera vez que corrió desde que enfermó. La vimos con lágrimas en los ojos.  No sólo ella corrió, muchos niños como ella lo hicieron.  Fue maravilloso ver sus ganas, sus sonrisas, su energía.  Estábamos tan emocionados como felices.  Ese fue mi primer contacto con la asociación que después se volvería una parte fundamental de mi  vida pues unos meses más tarde me uniría como voluntaria.

«Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad»  José Martí

La dura lucha para combatir la leucemia me ayudó a encontrar mi camino.  Podría  usar mi experiencia para dar lo mejor de mí  y ayudar a los niños con cáncer.  Me acerqué a Aquí Nadie se Rinde y, al instante, me dieron la bienvenida.  Tenía la intención de ayudar a los niños, pero había algo más para mí: la oportunidad de ayudar a las mamás.   Mi primer visita al hospital como voluntaria consistió en enseñar a las mamás a hacer aretes y pulseras.    Aunque amo a los niños y disfruto cada instante que estoy con ellos, entendí que mi lugar estaba con ellas.  Como ya lo  he dicho y escrito varias veces, el cáncer es una enfermedad que se combate en equipo.   Nada hay nada más doloroso para una madre que la enfermedad, el sufrimiento de un hijo.  También ellas necesitan apoyo, necesitan un espacio para tomar aire y cobrar fuerzas. Necesitan una palabra de aliento. Necesitan ser  escuchadas.   Además hay algo que me une a ellas:  también en mi casa luchamos para combatir el cáncer.

Las mamás en el hospital.

Las mamás en el hospital.

Con los aretes y pulsera que ella hizo. :)

Con los aretes y pulsera que ella hizo. 🙂

Cuando empecé a ser voluntaria,  pensaba sólo en ayudar.  Jamás se me ocurrió que serlo también me ayudaría a mí  y que transformaría por completo mi manera de ver la vida, de percibir las cosas…

Un poco de ayuda puede cambiar nuestro mundo. La ayuda que recibimos cuando Rebeca enfermó nos guió en un camino tan difícil. Lo menos que podíamos hacer después era corresponder y ayudar de la misma manera.  Pero eso no lo es todo; en realidad, ayudar va mucho más allá de eso.  Es difícil comprender la magnitud de esto si uno no lo vive.

Somos voluntarios. :)

Somos voluntarios. 🙂

No sabemos de qué manera podemos influir o cambiar la vida de alguien.  Así como la maldad puede quebrar un espíritu y destruir vidas; el amor da esperanza, disminuye el dolor, acompaña, fortalece, construye, ayuda a sanar.  Nunca voy a olvidar las palabras de una muy hermosa adolescente guerrera, Denisse, quien ha ganado en su batalla contra esta enfermedad.  Ella y su mamá me regalaron un rosal precioso y cuando, pasmada y conmovida, le agradecí, me dijo: «El hospital para nosotros es un abismo y personas como ustedes son la barrera que nos impiden caer.»   Esas palabras me motivan todos los días, me dan fuerza en los momentos difíciles y me recuerdan la razón por la cuál no hay que rendirse nunca.  Ojalá pudiéramos impedirles a todos caer en ese abismo.   No sólo a estos grandes guerreros y sus familias, sino a todas las personas que enfrentan retos terriblemente duros y que, a veces, tienen que hacerlo solas.   ¿Cómo sería el mundo si todos nos uniéramos para dar, para amar?

Un amoroso y dedicado padre lleva música a su hija en el hospital y ella canta feliz, llena de vida. 🙂 🙂

El amor es infinito, entre más ama una persona, más amor tiene para dar.  No hay límites y no hay cansancio.  El amor da energía, jamás la quita.  Por eso dicen que el amor es un motor, mueve al mundo.

Un papá que llevó música al hospital para alegrar a todos. A todos. 🙂

Hoy en día no puedo imaginar mi vida sin ser voluntaria.  Es el camino que escogí seguir.   En este camino se lucha y se ama todos los días. Todos.   En un mundo tan lleno de violencia, egoísmo, destrucción, materialismo, consumismo,  ¿qué puede dar más esperanza que una cadena de amor, solidaridad, apoyo y luz?    Las personas que he conocido me llenan de fe en la humanidad.  Me hace feliz saber que hay personas que todo lo dan por el bienestar de los demás.

Como voluntaria me concentro en los demás, en todo lo que puedo dar, en todo lo que puedo hacer para lograr una sonrisa, para dar paz, para compartir fuerza, para amar más.   La mayor parte del tiempo siento que hago muy poco: unas horas los viernes y mi participación en los eventos que me sean posibles.   Tengo la necesidad de hacer más y por eso  mi mente siempre está trabajando en encontrar más formas de  apoyar.     Las posibilidades para ayudar son infinitas y lo más maravilloso es que la mayoría de ellas no implican dinero. No es necesario ser millonario para alegrarle la vida a alguien. Con amor, dedicación y tiempo se pueden hacer milagros.    Sí, milagros. Porque para muchos de nosotros,  la vida es un milagro.  Ayudar le da sentido a la vida, nos convierte en el eslabón de una cadena que ilumina el mundo. Pocos conocen el  poder, la fuerza de su sonrisa y  el  como ésta puede transformar la vida de alguien.  Les aseguro que siempre hay alguien que necesita una sonrisa. Siempre.