Feria del Tamal en Coyoacán

•febrero 1, 2015 • Deja un comentario

Hoy ha sido una hermosa tarde noche. Ya viene la Candelaria y, por lo tanto, los tamales. Desde el pasado 28 de enero y hasta el lunes 2 de febrero está la  Feria de los tamales en Coyoacán. En años anteriores, esta feria se llevaba a cabo en el parque de Frida, pero  desde el 2013 tiene lugar en la plaza Hidalgo de Coyoacán.

Entrada a Plaza Hidalgo

Entrada a Plaza Hidalgo

Hay más de cien puestos de tamales de diferentes tamaños y sabores. Los hay salados y también dulces. Hay también diferentes bebidas para acompañarlos: chocolate caliente, café de olla, agua prehispánica (agua de chocolate) y atoles de diversos sabores desde el típico champurrado hasta el de novia y de monja

Feria del Tamal

Feria del Tamal

Atole de monja

Atole de monja

Confieso que el año pasado esta feria fue un poco caótica pues había poco espacio y demasiada gente, los tamales estaban muy bien pero era difícil disfrutarlo. Esta vez los puestos están mejor distribuidos y a pesar de que había mucha gente, pudimos caminar a gusto.

Feria del Tamal Coyoacán

Feria del Tamal Coyoacán

Feria del Tamal

Feria del Tamal

Feria del Tamal

Feria del Tamal

Además, cerca de la fuente de los Coyotes, había músicos deleitándonos con una especie de batucada o murga, lo que despertó en mí las ganas de bailar (aunque no lo hice) y frente al kiosko había un espectáculo de baile tradicional. Las personas que no estaban comiendo tamales, paseaban alegremente. ¿Qué puedo decir? Me sentí feliz, muy feliz.

Musicos Coyoacán

Musicos Coyoacán

Coyoacán

Coyoacán

Algodón de azúcar

Algodón de azúcar

Me tardé un poco decidir qué comer. Además de tamales también hay gorditas, carne, comida de otros países de Centro y Sudamérica como Chile, Colombia o Panamá, entre otros. Hasta hay un puesto de comida de Siria.

Se me antojó  una gordita después de ver a mi marido comerse una. La suya era de chicharrón; yo la pedí de requesón; estaba exquisita.  Las gorditas en ese puesto son pequeñas y están bien hechas (es decir que comiendo una nos quitamos el antojo pero todavía tenemos la oportunidad de comer más).

Gordita

Gordita

Con respecto a los tamales, me quedé sorprendida con la cantidad de sabores exóticos que me encontré. De los dulces, me llamó la atención uno de plátanos con cajeta; sin embargo no pude probarlo porque ya se había agotado. Seguí buscando en otros puestos y escogí uno uno de chocolate amargo.  Me supo como a una especie de brownie pero no tan dulce. Me encantó. En ese mismo puesto hay tamales de nata y  también se veían muy bien.

Tamales dulces

Tamales dulces

Con respecto a los salados, yo pedí un chipilín en un puesto de Oaxaca, estaba de buen tamaño y me gustó bastante. En otro puesto, mi marido se encontró con uno de lengua en hoja santa y le encantó. Yo no lo probé pues no me gusta comer lengua.

Chipilín

Chipilín

También venden buñuelos en algunos puestos. En el puesto donde compré uno, me lo sirvieron con la miel recién hecha. Delicia.

Buñuelos

Buñuelos

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Buñuelo con miel

No me encantan los tamales, pero en esta época del año y en esta feria, me gusta comerlos.

Después de comer, nos sentamos un rato a disfrutar la noche en mi amado Coyoacán.

Coyoacán

Coyoacán

Estuve tan contenta hoy que sentí la necesidad de compartirlo con ustedes.

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Si les gustan los tamales y tienen la oportunidad de ir, pueden hacerlo este fin de semana y también este lunes día de la Candelaria, abren a las 10 de la mañana y cierran a las 9 de la noche.

Espero que tengan un muy bonito fin de semana y feliz día de la Candelaria. ¡Vamos a comer tamales!

Duelo.

•enero 27, 2015 • Deja un comentario

Esta semana se cumple el primer aniversario luctuoso de mi pequeño amigo y gran maestro, Alex, un ejemplo de amor para quienes lo conocimos.  Tengo presentes a sus papás que cuentan con mi admiración, respeto y amistad.   También pienso en  las personas que he conocido que han sufrido una pérdida y  necesitan encontrar la manera de salir adelante.   Me viene a la mente lo que no se dice, el sufrimiento que se lleva en silencio, el difícil camino del duelo, de aprender a soltar, de soledad. No puedo imaginarme el laberinto de preguntas sin respuesta, la agonía de abrir los ojos y saber que no fue una pesadilla, las dudas, desaliento, oscuridad antes de levantarse de nuevo. Salir adelante en estos casos no es cualquier cosa y pienso que es uno de los retos más grandes que tenemos que enfrentar los seres humanos.

Pocas personas están preparadas para despedirse de una persona que aman. Decir adiós siempre es doloroso y cuando se trata de alguien cuya vida apenas comienza, es desgarrador, es confuso, es simplemente inimaginable.  Como padre, uno sabe que de acuerdo a la naturaleza,  son los hijos quienes lo enterrarán a uno y no al revés.  La idea de perder a un hijo es aterradora y si esto llega a suceder, la pérdida cambiaría nuestra manera de ver la vida; nos desorientaría, nos sumergiría en ese laberinto oscuro cuya salida desconocemos. Esto significa una tremenda caída de la cual  no todo mundo se levanta o recupera.

Yo, directamente, no conozco ese dolor tan inimaginable; pero sí conocí  la relativa cercanía a la muerte relacionada con un diagnóstico severo como lo es la leucemia, cuando nos dieron los resultados de los estudios de nuestra pequeña niña (ahora adolescente). Recuerdo el vacío en el estómago y la idea de perderla era  impensable,  fuerte,  angustiante. Nuestra pequeña salió adelante y todos los días doy gracias por su vida, por su salud, por poder abrazarla todas las noches antes de irnos a dormir. Pero para muchos otros padres, la historia es diferente y lo que  más asusta se convierte en una realidad, de momento inaceptable. Nos tocó despedirnos de algunos pequeños en el hospital. Recuerdo a Andy, a Casandra, a Aitana, a Ángel y también a la hermosa Sarai.  Recuerdo a Pamela, compañera de escuela de Rebeca, quien se sintió un poco mal un día y al final de la semana le cerró los ojos una enfermedad autoinmune, así, sin previo aviso.  Y quedan los papás, los hermanos, los familiares cercanos, los amigos que no pueden entender, que no encuentran explicación, queda la ausencia que duele hasta quitarnos las ganas de respirar… y comienza el largo camino del duelo.

No tengo explicación y a veces estoy llena de preguntas sin respuesta.   Por lo tanto, hace tiempo que dejé de preguntarme lo que no está en mis manos contestar o entender; ahora busco concentrarme en lo que sí se puede resolver. Cuando alguien se va, eventualmente, necesitamos aceptarlo; a pesar de la pérdida, de la posible oscuridad, la vida tiene que seguir aunque al principio uno avance sólo por inercia.

Me cuesta trabajo escribir sobre este tema, sobre todo porque vivimos en una sociedad que le teme a la muerte y que, por consiguiente, evita hablar de ella.

La muerte es parte de la vida, es algo natural e inescapable. No es un castigo, ni una prueba ni nada negativo, es parte de ciclo de la vida aunque eso implique una despedida que no siempre podemos asimilar y que nos cuesta trabajo aceptar.

Cuando alguien muere, significa que no volveremos a ver a esa persona, ya no podremos oír su voz ni tampoco abrazarla. Nuestra forma de comunicarnos con ella cambia y nuestras conversaciones son una especie de monólogos cuya respuesta esperamos percibir de una u otra manera. La persona ya está en paz, pero nosotros nos quedamos con el peso de su ausencia. Nos llenamos de preguntas. ¿Cómo seguir adelante sin esa persona? ¿Cómo pensar en seguir viviendo cuando estamos tan llenos de dolor? La mayor parte de las veces, el camino no es claro y la oscuridad parece invadirnos. Para cada persona esta vivencia es diferente. El tiempo que toma encontrar la salida, levantarse, no es igual para nadie.  Lo que sí es importante para todos, es la actitud de las personas que nos rodean, la tolerancia, el apoyo, el no estar solos, al menos no la mayor parte del tiempo (pues también es necesario tener momentos de soledad para sanar). Lo que me inquieta acerca de este tema es el papel que jugamos los demás en el duelo de esa persona.

Hay quienes experimentan una gran soledad al comenzar su duelo pues después del funeral, se acaban las llamadas y las visitas; llegan a una casa que ya les parece demasiado grande, silenciosa y llena de recuerdos. Por otro lado, también se sienten presionadas pues los demás, en su afán de ayudar, siempre tienen palabras como «ya no llores», » a él/ella no le gustaría verte así/ no le gustaría que sufrieras tanto», «todo va a estar bien», » ya sonríe». Hay quienes se desesperan porque a los pocos meses del doloroso acontecimiento la persona sigue sufriendo, está de mal humor, no tiene ganas de convivir con nadie. Yo me pregunto, si estuviera en su lugar, ¿me bastarían un par de meses para sonreír de nuevo? ¿Me servirían de algo esas palabras de aliento?  Debo confesar que la respuesta es no, definitivamente no.

La realidad es que si  alguien a quien amamos muere,  necesitamos llorar, llorar a mares, llorar para liberar el dolor, llorar para desahogarnos, llorar para sentir algo, llorar para poder sanar. El llanto nos impide quedarnos con todo el dolor adentro y nos da un poco de alivio. En esos momentos, las palabras sobran, lo que más hace falta es un abrazo, alguien con quien poder llorar con libertad sin necesidad de explicaciones.  Sí, quizá, eso es lo que haría falta decirle a la persona: » Puedes llorar conmigo, aquí estoy, no estás solo/a».   Quizá deberíamos eliminar  las palabras de aliento, la típica frase de «todo va a estar bien».  No,nada está bien y pasará un tiempo antes de que vuelva a estarlo. Comprender es mejor que intentar animar.  ¿Cómo dar una palabra de aliento cuando yo misma pienso que es terriblemente doloroso?

Por supuesto, el dolor no pasa después del funeral. De hecho, toma semanas, a veces meses, asimilar que la persona ya no está. Cuando eso sucede, el sufrimiento puede ser mayor, mucho mayor al del día del funeral.   Muchas veces los amigos o familiares se desesperan. Presionan a la persona por lo que ella llega a sentir la necesidad de aislarse, de vivir su dolor en soledad para no incomodar a los demás, no «molestar» con su mal humor, no decepcionar a nadie por no poder sonreír todavía.

¿Por qué? ¿Por qué cómo sociedad le exigimos tanto a las personas en duelo?

En los momentos difíciles, esa persona necesita que seamos pacientes y tolerantes con ella, quizá necesite también un abrazo, que estemos con ella sin expectativas, que seamos una mano amiga,  alguien con quien sienta libertad para expresarse.

El proceso normal de duelo puede durar desde 6 meses hasta casi 3 años, aproximadamente. Sí, puede llegar a tomar casi tres años recuperarse.  Para cada persona es diferente el proceso para sanar,  reintegrarse a la vida, aprender a vivir con el dolor de esa ausencia y encontrar la felicidad de nuevo.

El duelo es un poco más llevadero si la persona puede  llorar, enojarse, sufrir sin sentirse juzgada ni presionada. Necesitamos hablar del tema sin miedo ni tabúes. Para soltar, aceptar la muerte y encontrar la paz de nuevo se requiere de mucha voluntad y  valor. Es más posible lograrlo acompañados que solos.

No siempre comprendemos ni sabemos qué están viviendo las personas que nos rodean; muchas veces no tenemos las palabras adecuadas; otras, nuestras ideas difieren; pero si usamos nuestra empatía, es decir, si nos ponemos en los zapatos del otro en lugar de juzgarlo o de imponer nuestro punto de vista, ayudaríamos más.

He visto mucho sufrimiento y me siento impotente para ayudar. Cuando pienso en las personas que he conocido y en su dolor, no puedo quedarme cruzada de brazos pero no siempre sé qué hacer.  Muchas veces me he quedado callada por miedo a ser imprudente, por miedo a dañar en lugar de ayudar. No me nace decir «todo estará bien». Esas palabras no salen de mi boca en esas situaciones. Lo que necesito decir es: «lo que sucedió es terrible, no soy capaz de imaginar lo que estás sintiendo, si necesitas llorar, llora; si necesitas gritar, grita; aquí estoy para compartir contigo y abrazarte siempre que lo necesites; no estás sola/o; no tienes poner buena cara conmigo ni decirme que todo está bien; estoy consciente de que pasará mucho tiempo antes de que vuelvas a sentirte bien y te acompañaré en el camino.»

Por último, debo decir que siempre hay esperanza y el sol, eventualmente, vuelve a salir en nuestras vidas. Como ejemplo, conozco a una persona a la que admiro mucho y quien, desde la primera vez que la vi, me dejó un enorme aprendizaje.

Hace casi diez años,  una amiga muy querida me invitó a la presentación del libro de su tía.  Siempre me ha encantado leer y me emociona ir a las presentaciones de libros.  Mi amiga me aclaró que no se trataba de una novela. Su tía perdió a dos hijos en un accidente. Escribió para sanar y  en su libro nos comparte el  camino que recorrió para poder encontrar la felicidad de nuevo. Yo creía que iría a una presentación en la cual todos acabaríamos llorando o por lo menos con el corazón hecho nudos pues no me podía imaginar que alguien pudiera ser feliz después de semejante experiencia.  No podría haber estado más equivocada. Yoli, así se llama la tía de mi amiga, es una mujer fuerte, sonriente, llena de entusiasmo y muy agradecida con la vida. Habló de sus hijos con un inmenso amor y celebrando su vida. No derramó ni una lágrima, no sé quejó y  se refirió a  sus hijos  como sus grandes maestros.

Ver a una persona tan feliz después de aquel accidente, cambió mi perspectiva de la vida. Cada vez que hablo con ella, me transmite paz y armonía. Me demostró que sí se puede salir adelante, que  se puede volver a sonreír, cada quien a su tiempo.  Aunque la veo poco, sigo en contacto con ella y es una de las personas que más admiro y  a quién puedo recurrir cuando no me siento fuerte. Ella creó la Comunidad de Apoyo de Cristal y de Roca para ayudar a las personas a  superar el duelo; comparte su aprendizaje con ellas, a eso dedica su vida (https://www.facebook.com/pages/COMUNIDAD-DE-APOYO-DE-CRISTAL-Y-DE-ROCA/149841288415731?sk=info&tab=overview).

Estoy convencida  de que con fuerza de voluntad y una red de apoyo de personas dispuestas a dar lo mejor de sí mismas, los seres humanos podemos sobrevivir a casi cualquier tormenta y encontrar la luz de nuevo. También creo que el amor de las personas que se han ido, se queda con nosotros, nos fortalece, nos abraza.

Y hoy, casi a un año de tu muerte, celebro tu vida, Alex; agradezco todo el amor que nos diste y espero poder ayudar a los que me rodean como lo hiciste tú, sin quejas y sonriendo, dando siempre lo mejor de mí.

florblanca

¿Por qué leo?

•enero 20, 2015 • 2 comentarios

En diciembre al leer la página de la Gandhi (la librería), me encontré con la pregunta «¿Por qué lees?».  Se trataba de un concurso y había que contestar la pregunta en un renglón, uno solo.  Pensé en participar pero no tuve la oportunidad de hacerlo; sin embargo, la pregunta siguió rondando mi mente.

«¿Por qué lees?»

Leo por amor. Eso fue lo primero que me vino a la mente. Leo por amor a las palabras, a las historias, a la humanidad.   Sin me embargo, decir leo «por amor» no me parece una respuesta suficiente. La mayoría de las personas que disfrutamos de la lectura hablamos justamente de eso: el amor por la lectura. Entonces si digo que leo por amor no estoy profundizando en mi respuesta y quizá no estoy aportando nada.

No me quedé conforme con mi respuesta. Por un rato intenté evadir la pregunta sin mucho éxito. ¿Por qué leo? ¿Qué puedo decir de la lectura sin usar las palabras amor, me gusta y otros sinónimos?  Por supuesto que leer me apasiona y fácilmente puedo sumergirme en un libro y olvidarme de todo lo que me rodea mientras el libro esté abierto frente a mí. Me divierto leyendo, claro que sí.  ¿Pero eso es todo? ¿Eso habría contestado?  «Leo porque me apasiona y me divierte. Leo por amor».  ¿Eso es todo?  Obviamente no lo es.

Mientras buscaba la respuesta, me vinieron muchos recuerdos a la mente y empecé a ver las cosas con mayor claridad. La respuesta estaba en mi historia con los libros, en mi amistad con ellos.  En una de mis películas favorita, el musical de Camelot (1967), al comienzo Merlín le dice al rey Arturo: «Recuerda el principio…».  Sí, el principio, aquel primer encuentro con  los libros en mi vida.

Mi relación con la lectura empezó en la infancia. La casa de mi abuelita materna estaba llena de libros. Eso para mí era como un paraíso. Me gustaban sobre todo los libros viejos, de hojas amarillentas y de olor a historia. Me preguntaba si mi abuelita los había leído todos. Nunca lo supe, lo cierto es que ella siempre leía. Era mi mejor amiga y yo la admiraba muchísimo. Tenía como 8 años cuando me dio el libro de Mujercitas de Louise May Alcott.  Recuerdo que estaba emocionada. Deseaba que disfrutara  leer tanto como ella y a ella le encantaba esa historia.  Ese libro fue una de las primeras novelas que leí que no fueran infantiles. Ya había leído muchas historias antes pero o eran historias infantiles con muchos dibujos o eran versiones clásicas adaptadas para niños (como, por ejemplo, la ligera y agradable versión de las mil y una noches), pero esa era mi primera novela «seria».  Fue la primera que me impresionó, que tuvo un efecto importante en mi vida, que  cambió algo en mí.  Al instante me identifiqué con Jo March, una mujer rebelde, impulsiva, independiente que deseaba haber sido hombre para ayudar a su papá en la guerra y para ser libre;  ella era una mujer que se sentía incómoda usando vestidos y que no tenía la «delicadeza»  que se esperaba de ella. No, no le gustaban los convencionalismos ni tampoco las reglas para las mujeres. Jo era como  yo: rebelde, de carácter fuerte y diferente. No cumplía con lo establecido para la mujer de su época.   Al leer ese libro, ya no me sentía tan rara; es decir, aunque fuera en otra época y en otro lugar del mundo, había una mujer que pensaba como yo, una mujer que se negaba a hacer lo que se esperaba de ella sólo por ser mujer. Me sentí acompañada. Me sentí afortunada por parecerme a Jo. Me sentí bien por ser diferente y me defendía con más energía cuando intentaban obligarme a vestir faldas o  a ser «más femenina».  Fue un gran regalo ese libro. No sólo encontré a alguien que se parecía a mí, sino que encontré una nueva y profunda forma de convivir con mi abuelita.  A partir de ese momento no sólo compartimos libros sino también nuestra visión del mundo relacionada con los libros que leíamos.

Encontré en los libros una forma de comunicarme, de ver y entender el mundo. En ese libro había encontrado a alguien como yo, lo  cual en ese momento me parecía imposible, y me di cuenta de que leyendo encontraría a más personas como yo y me sentiría menos inadaptada.

¿Por qué leo?

Porque en los libros encontré una manera de comunicarme y de pertenecer. La lectura me incluye aun cuando la sociedad me excluye.

Fui una niña solitaria, prácticamente sin amigos. Era tímida, torpe, extraterrestre y constantemente se burlaban de mí. Encontré en los libros a mis amigos.  Leí los cuentos de Hans Christian Andersen que me regaló mi mamá. Siempre me hablaba de sus cuentos. Me sentía como el patito feo aunque no esperaba convertirme en un cisne. Mi favorito fue y sigue sigue siendo «La sirenita». La sirenita dio todo por amor y terminó convirtiéndose en espuma. Me la imaginaba volando con la brisa marina, dejando un agridulce aroma a sal en su camino.  Mi mamá también me regaló dos novelas de Enid Blyton: Las Mellizas de Santa Clara y Primer Curso en  Torres de Mallory. En ese entonces ya me acercaba a la adolescencia y leer historias de adolescentes me gustaba.  Pasaba los recreos sentada en una banca leyendo mis libros mientras comía mi almuerzo. También pasaba en la biblioteca buscando nuevos amigos que me acompañaran en los siguientes recreos. Así encontré la serie de libros de las Gemelas de Santa Clara y de los cursos en Torres de Malory. También en la biblioteca encontré los cuentos de Shakespeare (versión para «niños») y el diario de Anne Frank en inglés (el cuál me dieron oportunidad de leer porque aunque todavía estaba chica, era muy «madura»).  Gracias a los libros mis recreos no eran solitarios, el tiempo no pasaba lento y yo me sentía bien.

¿Por qué leo?

Leo porque un libro es un amigo fiel: nunca me da la espalda, nunca me abandona y siempre está dispuesto a compartir su sabiduría conmigo.  Un libro me acaricia el alma, me consuela y la mayor parte de las veces me entiende.

No me imagino cómo habría sobrevivido a la adolescencia sin los libros. Encontré el amor ideal en el inexpresivo pero tierno Mr. Darcy de Jane Austen (Orgullo y Prejuicio); conocí a uno de mis más grandes y admirados héroes, Fernando Valle, en el libro de Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano; descubrí que la imaginación es la mejor arma para vencer a la nada, a la apatía, a la indiferencia gracias a Bastián Baltasar Bux en la Historia Interminable de Michael Ende.  Me llené de escalofríos con la Gallina Degollada de Horacio Quiroga y viví la magia de las palabras en los cuentos impredecibles del genio Julio Cortázar. No me dio miedo Drácula y me emocionó su extraño amor por Mina en la novela de Bram Stoker. LLoré con el Nocturno de José Asunción Silva y llené mis tardes de poesía.  Encontré novelas sobre la prehistoria y navegué en mundos de sueños, chamanes, animales de poder y un profundo amor, respeto y agradecimiento a la naturaleza que yo también compartía.  Descubrí a Danielle Steel y me llené del romance típico en una adolescente cursi.  Me desvelé en la Noche Navegable de Juan Villoro y me negué a parecerme a los hombres grises de Michael Ende. Me conmovió la poesía de Amado Nervo y llené un cuaderno con los significados de las palabras que no entendía. Me enojé con la abuela desalmada de la cándida Eréndira de Gabriel García Márquez y se abrió mi visión del mundo con el Tercer Ojo de T. Lobsang Rampa.

La literatura estaba llena de mundos que me alejaban de mi complicada adolescencia. Me enseñaban que todo era posible y mi mente comenzó a llenarse de historias.

¿Por qué  leo?

Leo porque en los libros encuentro la fuerza para sobrevivir en un mundo lleno de dificultades;  leer me da esperanza.

Tengo 38 años y sigo rodeada de libros, siempre deseando leer más. Empecé mi edad adulta con la exquisita novela  Cien Años de Soledad de Gabriel García Márquez. Me enamoré del realismo mágico. Leí la Casa de los Espíritus de Isabel Allende, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Aura de Carlos Fuentes.  Me regalaron los cuentos del maestro del horror, H. P. Lovecraft y el Caso de Charles Dexterward me dejó sin aliento.  Gracias a una amiga descubrí a Paul Auster y encontré un camino para mi exagerado existencialismo. No puedo dejar de leer sus libros. Me inspiró Broken Music, la historia de Sting, quien dejó su trabajo como maestro de inglés y lo arriesgó todo por la música… En ese entonces yo era maestra de inglés y me preguntaba si tendría el valor de dejarlo todo por perseguir mi sueño. Cuando terminé una relación importante me reí con «The Between Boyfriends Book» de Cindy Chupack y pude encontrar el lado amable a mi soltería. Sufrí con  el Amante de Marguerite Duras y me encantó su erotismo crudo y doloroso. Me enredé en la obsesión de Orhan Pamuk con el Museo de la Inocencia. Al terminar el libro deseaba visitar ese museo y no podía borrarme esa historia de la cabeza. Hace unos años descubrí el Elogio al Insomnio de Alberto Ruy Sánchez y me hizo feliz saber que hay muchas personas que aman su insomnio tanto como yo.  Me gustó tanto su manera de escribir que busqué más libros de este autor.  Me enamoré del  erotismo poético en los Jardínes Secretos de Mogador, en los Nombres del Aire  y en Nueve Veces el Asombro. Me quedé con ganas de más. Quiero leer todos sus libros.

Estos son sólo unos cuantos de los libros que he leído y la lista de los autores que quiero leer y que admiro es cada día más larga…

¿Por qué leo?

Porque la lectura es mi manera de relacionarme con el mundo; leo para sentir algo cuando me siento vacía; leo para descubrir un mundo diferente al mío. Leo para entender al mundo, leo para encontrar el sentido, leo para reír, para llorar, para armar este infinito rompecabezas que es la vida.

lectura

No siempre.

•enero 15, 2015 • Deja un comentario

No es posible tener siempre una sonrisa en los labios, a veces sucede que no queremos sonreír y los labios se niegan a moverse.

Hay algo que me afecta;  quizá sea una tontería, pero me duele.

Me encanta nadar. Siempre me ha encantado. En mi infancia fui  parte de un equipo de natación y siempre me he sentido libre en el agua. Siempre.

Cuando era niña, en la alberca me imaginaba que era una sirena.  En el agua me sentía (y confieso que todavía me siento) todopoderosa.  Me encanta flotar, «acostarme» boca arriba y descansar;  mientras siento el abrazo del agua dejo que la corriente me lleve a donde quiera.   Sirena, es una de las palabras con las que me identifico aún cuando no siempre he nadado en mi vida. Ha habido muchos momentos, largas temporadas, en las que me he quedado seca.

Fue hace algunos años, cuando volví a sentir el llamado del agua. Me puse a nadar con constancia, en medida de mis posibilidades. Nadar me llenó de bienestar.

Desafortunadamente el año pasado me llené de hábitos sedentarios y pasé seca más de la mitad del año. Fue en mi cumpleaños cuando me prometí cambiar. Regresé al gimnasio y a la alberca con todas las ganas, con mucha disciplina. Entonces nadar se convirtió en mi refugio, en un momento para estar conmigo misma y crecer. En estos meses de entrenamiento he mejorado como nunca tanto en velocidad como en estilo. Ya no siento que me ahogo cuando nado mariposa. Mi entrenador está contento con mi avance y me siento como sirena en el agua.

Cuando nado estoy llena de armonía y paz. Tanto mi mente como mi cuerpo están bien. Mientras nado no hay estrés ni problemas, no hay dolor, sólo una tranquilidad casi infinita y la certeza de que encontraré una respuesta a mis problemas. Braceando y pataleando se disuelven mis nudos, me reconcilio con mi cuerpo y me inunda el agradecimiento, el enorme agradecimiento de poder estar ahí, húmeda y libre, en movimiento.

Como ya lo escribí una vez, nadar para mí es volar y también bailar. Entonces volando y bailando todo se ve más hermoso, más claro…

Después de la primera quincena de noviembre, empecé a desarrollar una especie de reacción negativa a los químicos que ponen en la alberca, un malestar del cual no logro escaparme. Las primeras veces que sucedió, seguí nadando como si nada pasara. Mi cuerpo se rebeló con una fuerte irritación en la nuca y con la sensación de no poder respirar bien. Fue necesario cambiar mi rutina. Primero dejé de nadar una semana. Regresé a la alberca pero solamente nadaba tres veces a la semana. Debido al frío y a las vacaciones dejé de nadar poco más de tres semanas. Regresé sintiéndome más fuerte; sin embargo, mi cuerpo sigue reaccionando negativamente a los químicos.  Mi alegría perdió el acento y se convirtió en alergia.

Esta mañana me desperté triste. Me obligué a ir al gimnasio pero no empaqué mi traje de baño para evitar tentaciones. Fui una sirena fuera del agua. Realicé mi rutina lentamente, casi sin entusiasmo. Cuando terminé, busqué una clase para intentar animarme. En ese horario no había ni zumba ni baile. Nada parecía llamar mi atención. Me decidí por una clase de «spinning». Una hora de «jugar» con la bicicleta y sudar. Una hora de ejercicio y distracción. Una hora para extrañar menos la natación. Me animó atreverme a hacer algo diferente en lugar de quedarme con los brazos cruzados. Pero no fue suficiente, todavía no logro sonreír.

Me pregunto si debería nadar o no mañana. Me pregunto si está en mis manos resolver esto.
¿Por qué estoy haciendo tanto drama por un asunto quizá tan sencillo?
Me molesta mucho que me afecte tanto una situación que quizá no es tan relevante. Entonces me enojo conmigo misma y me recrimino por ser tan exagerada. ¿Cómo es posible que me sienta tan mal por algo tan poco complicado como lo es una reacción negativa a los químicos que ponen en la alberca? ¡Cómo es posible!
Necesito calmarme. Sigo siendo intolerante y exigente conmigo misma. Respiro una y otra vez. Permito que las lágrimas salgan. Me perdono. Se vale sentirse mal un día por algo que no signifique el fin del mundo. Se vale tener un día gris aunque en general todo parezca estar bien.

Me pregunto qué puedo aprender de esto. Me viene a la mente mi tercer propósito de año nuevo: «Enojarme menos, tolerar más; enojarme menos y no juzgar; ser menos dura y más amorosa».   Eso también me incluye a mí.  Si logro ser tolerante conmigo misma, también lograré serlo con los demás.

Lloro. Después me seco las lágrimas. Ya no me siento tonta ni exagerada. Tengo la certeza de que mañana será un buen día independientemente de la relación de mi cuerpo con los químicos en la alberca.  Sea cual sea el obstáculo, saldré adelante y  la sirena nadará de nuevo.

No es posible tener siempre una sonrisa en los labios.  A veces sucede que no queremos sonreír. Eso no es grave mientras no perdamos la capacidad de hacerlo, mientras tengamos la certeza de que sonreiremos de nuevo.

sirena

 

Bienvenido 2015

•enero 12, 2015 • 2 comentarios

¡Feliz 2015 para todos ustedes!

Como la mayoría de las personas, empecé el año con mucho entusiasmo, ideas y proyectos. El 2014 me dejó mucho aprendizaje y estoy muy agradecida por lo vivido, tanto los grandes momentos como los complicados.

Me siento más fuerte y más segura hoy que hace un año. Me siento también más libre. Llevo mucho tiempo trabajando en enfrentar mis miedos, en sentirme bien, en ser una mejor persona y el 2014 fue un año lleno de retos y oportunidades para crecer.

Estoy lista para este 2015, muy lista. Por primera vez en varios años, hice mis propósitos de año nuevo. Tuve el valor de escribirlos y lo hice con la determinación de cumplirlos. Confieso que no llené la página; ni siquiera ocupé la mitad. Prefiero tener pocos propósitos y llevarlos a cabo a tener una lista enorme que habré olvidado al llegar febrero. No soy una heroína ni soy superpoderosa así que decidí ponerme objetivos que me hicieran sentido y que sí tuviera posibilidades de cumplir. No sólo eso, sino que también pudiera convertirlos en hábitos.

Mis propósitos son tres, tres resoluciones, tres metas, tres cosas para este 2015. Fui breve y concreta pues no tenía intenciones de empezar el año agobiada ni tampoco planeaba escribir una lista que, 364 días después terminaría en el temible rincón de lo olvidado o, peor, en el de «tuve la intención de hacerlo».

Este es mi año para actuar, para hacer que las cosas sucedan y tengo que empezar por cumplir lo que me propongo.

Estos son mis tres propósitos para el 2015:
1) Ser constante al escribir, tanto en mi diario como en mis proyectos. Es necesario que escriba todos los días o por lo menos cuatro veces a la semana (cuando menos).
2) Leer más. Leer por lo menos 10-15 páginas diarias de cualquier libro. Los libros siempre han sido mis mejores amigos y me ha hecho falta leer más. Hay mucho libros esperándome y debo llegar a ellos pronto.
3) Mejorar mi carácter: enojarme menos, tolerar más. Enojarme menos, amar más. Enojarme menos y no juzgar. Ser menos dura y más amorosa. En varios momentos del año pasado estuve muy irritable y me enojé con facilidad una buena cantidad de veces. No me sentí bien por eso y necesito ser mejor este año, mucho mejor.

No sólo son mis propósitos para este año sino espero que sean mis hábitos para el resto de mi vida. También tengo muchas metas, proyectos, sueños. Para llegar a ellos necesito avanzar con paciencia. Primero he de llegar a la siguiente cuadra, después a la siguiente calle, a la siguiente colonia, a la siguiente ciudad… y así seguir hasta llegar a mi destino, sin desviarme, sin darme por vencida, enfrentando los obstáculos. La constancia y la perseverancia son la clave para lograrlo.

En estos primeros 12 días del año voy bien. Me mantengo firme. Me sacudo la apatía y la flojera.
Empecé y terminé leí el libro Sunset Park de Paul Auster, uno de mis autores favoritos cuyo existencialismo siempre me deja en qué pensar, muchos conceptos que analizar. Me quedé con un nudo en la garganta al final del libro y, otra vez, llena de preguntas. Me gusta como los libros de Paul Auster me hacen cuestionarme la realidad.
Terminé de leer «Love» de Toni Morrison. Es el primer libro que leo de ella y debo admitir que no me encantó. Me tomó meses leerlo y por fin lo acabé. Los últimos capítulos me gustaron pero no el final. Muchos cabos quedaron sueltos. Quizá deba de leer otro libro de ella para encontrarle el gusto. Según las críticas que leí, este no es el mejor libro que ha escrito. Buscaré «Beloved», desde hace tiempo quiero leerlo.
Hace una semana comencé a leer «Persuasion» de Jane Austen. Este libro me lo regaló Inés, la mayor de las dos hermosas adolescentes de esta casa. Sabe que uno de mis libros favoritos es «Pride and Prejudice» de Jane Austen. La protagonista de esta historia es Anne y como Elizabeth (la protagonista de Pride and Prejudice) es inteligente y culta; sin embargo, Anne, permitió que la persuadieran de dejar ir al hombre que amaba y la pregunta es si encontrará el amor de nuevo y si esta vez defenderá sus decisiones…
Tendré que seguir leyendo. Hoy sólo llevo 2 de las 10/15 páginas correspondientes a este día.

Hace un par de días terminé de escribir el proyecto en el que he estado trabajando por años, sólo me falta corregirlo. Además, en estos 12 días, he sido constante en mi diario y hoy vuelvo a escribir en este blog de nuevo.
Escribir me desenreda. Escribir me abre. Escribir me da energía y me permite liberar mis emociones. Escribir me permite verme sin adornos. Escribir me devuelve la paz y la armonía. Por eso, en estos días que vuelvo a escribir con disciplina y constancia, me siento mucho mejor conmigo misma y más feliz.

Con respecto a mi tercer propósito, todavía es muy pronto para escribir sobre el tema; sólo puedo decir que todos los días lo tengo presente y trabajo en ello. Me esfuerzo en sonreír más y enojarme menos; en sonreír más y amar más.

Mi marido me dijo que 2015 será un buen año porque será un año de cosecha. Tiene razón. Estos últimos años hemos sembrado mucho, hemos luchado mucho y llegó el momento de cosechar. No puedo evitar emocionarme cuando lo pienso. Sin embargo, eso no significa que dejaremos de sembrar, cada día de nuestras vidas seguiremos sembrando y dando lo mejor de nosotros, lo mejor.

Bienvenido sea el 2015. Bienvenidos sean la vida, el amor, el trabajo, los sueños…

Bienvenido sea este año lleno de oportunidades. Está en nosotros hacer de éste un gran año; ojalá que lo sea para todos.

libro y agenda

Visita al Museo de Arte Popular MAP

•agosto 13, 2014 • 1 comentario

Siempre me ha gustado caminar y visitar museos. Me encanta hacerlo acompañada pero también sola. Me maravilla recorrer la ciudad, conocer y reconocer museos. Es un viaje que siempre es diferente y lleno de sorpresas. Hace unos años descubrí al pintor Julio Galán en una exposición en el Museo de San Ildefonso. Su arte me conmovió tanto que me fue difícil no ponerme a llorar ahí, en plena sala. Fue un triunfo aguantarme y largos los días en los que ahorré para poder comprarme el libro con sus pinturas.

Cada museo me deja algo. Cada vez que voy es como si fuera la primera. Siempre hay algo que aprender, que descubrir y que sentir…

Después de varios meses sin haber tenido la oportunidad de visitar museos, la semana pasada pudimos hacerlo. El sábado en la mañana, llegamos al metro y nos bajamos en la estación Juárez (de la línea 3). Muy cerquita de ahí, casi en frente del Teatro Metropolitan, se encuentra el Museo de Arte Popular (MAP) en la calle de Revillagigedo 11, esquina Independencia.

Este museo abrió en el 2006 y tuve la oportunidad de conocerlo dos años después. Desde entonces se ha convertido en uno de mis museos favoritos. Es un museo lleno de tradiciones, de colores, de vida. Es un lugar para conocer y admirar el arte popular en México. Es el museo ideal para quienes les gustan los alebrijes, las catrinas, esqueletos y calacas (típicos del día de muertos), los vestidos típicos mexicanos, el arte huichol, los árboles de la vida… y la lista sigue.

A la entrada del museo podemos ver un letrero que nos da la bienvenida en varias lenguas como el Nahuatl, Otomí, Purépecha.

Bienvenido. Museo de Arte Popular. México D.F.

Bienvenido. Museo de Arte Popular. México D.F.

Como la primera vez que entré a ese museo en el 2008, me sentí muy emocionada. Es un museo alegre, muy alegre. Me hace sentir orgullosa de ser mexicana y admiro mucho a los artesanos que hacen magia con sus manos.

Por supuesto hay exposiciones permanentes y exposiciones temporales. Aunque ya conozco las exposiciones permanentes, siempre es para mí una delicia visitarlas. No importa cuantas veces vaya, siempre me sorprendo. Esta vez me tocó ver dos exposiciones temporales excelentes: “Cuatro Grandes Maestros del Arte Popular”, la cual desafortunadamente ya no está ahora. Les comparto una imagen de esta exposición, mi favorita. Me encantó la falda que tiene al águila devorando a la serpiente.

MAP

Falda

La exposición que todavía pueden vistar se llama «Cuatro manos, dos oficios, una iconografía». En esta sala me encontré trompos y molinillos de colores, colibríes misteriosos, alebrijes. Me encantó. Me quedé con ganas de más. Quizá regrese a verla una segunda vez. Les comparto algunas fotos de esta sección.

"Cuatro manos, dos oficios, una iconografía" Museo Arte Popular

«Cuatro manos, dos oficios, una iconografía»
Museo Arte Popular

Nada es común cuando usamos nuestra creatividad. Aquí los trompos y los molinillos más hermosos que he visto.

Trompos y Molinillos en el Museo de Arte Popular

Trompos y Molinillos en el Museo de Arte Popular

Trompos y Molinillos en el Museo de Arte Popular

Trompos y Molinillos en el Museo de Arte Popular

Trompos y Molinillos en el Museo en el Museo de Arte Popular

Trompos y Molinillos en el Museo en el Museo de Arte Popular

Trompos y Molinillos en el Museo de Arte Popular

Trompos y Molinillos en el Museo de Arte Popular

Me encantan los animales, los que conocemos y los que nacen de la imaginación, sueño o visión de alguien. Por un momento me encontré rodeada de seres mágicos y atractivos, grandes o pequeños, fuertes o frágiles, poderosos.

"Cuatro manos, dos oficios, una iconografía", MAP

«Cuatro manos, dos oficios, una iconografía»,
MAP

Colibrí

Colibrí «Cuatro manos, dos oficios, una iconografía». MAP

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«Cuatro manos, dos oficios, una iconografía»

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Esta exposición estará disponible hasta el 12 de octubre. 🙂

Por último, les comparto algunas fotos de las exposiciones permanentes. Comienzo por un mapa de la República Mexicana, cómo podrán observar, no es un mapa común…

Mapa de la República Mexicana. Museo de Arte Popular.

Mapa de la República Mexicana.
Museo de Arte Popular.

Unos muñecos de madera con trajes típicos y los muñecos de todos los presidentes de la República. ¿Los reconocen?

Muñecos de Madera Museo de Arte Popular

Muñecos de Madera
Museo de Arte Popular

MAP

Presidentes de la República Mexicana Museo dd Arte Popular

Algunos trajes típicos de diferentes lugares de la República Mexicana.

Trajes Típicos. Museo Arte Popular

Trajes Típicos.
Museo Arte Popular

MAP

Trajes Típicos Museo Arte Popular

Arte huichol. La luna y el sol, un eclipse colorido. También un traje típico huichol.

Arte Huichol  Museo Arte Popular

Arte Huichol
Museo Arte Popular

MAP

Traje Huichol Museo Arte Popular

Esta sala me encanta pues hay en ella alegres demonios y también esqueletos y calaveras.

Diablos. Museo Artesanal Popular.

Diablos.
Museo Artesanal Popular.

MAP

Sonrisa. Museo Arte Popular

MAP

Esqueletos. Museo Arte Popular

MAP

Museo Arte Popular

MAP

Museo Arte Popular

MAP

El Secreto. Uno de mis favoritos. Dulce, tierno, romántico. Hermoso. Museo Arte Popular

Calavera Museo Arte Popular

Calavera
Museo Arte Popular

Debo confesar que mi sala favorita es la de los alebrijes y sirenas. Me gusta estar rodeada de alebrijes y siempre he amado las sirenas. Siempre he relacionado las sirenas con la mitología griega; sin embargo, también ella también es entre los indígenas; los indígenas tepehuas la conocen como Xalpanak Xkan; y en el estado de México, la representación de la diosa de los ríos y lagos es Tlanchana.

Aquí esta sala podemos encontrar un alebrije original de Pedro Linares, el creador de los alebrijes. Pedro Linares necesitó mostrarnos las creaturas que conoció en sus sueños. Así nacieron estos animales misteriosos y raros que ahora todos conocemos. Gracias a él surgió esta maravillosa tradición que amo. Entre sirenas y alebrijes, navego en un mundo único.

En esta sala también hay Árboles de la Vida. Originalmente estos son fabricados en Metepec, Estado de México. Su objetivo era enseñar la historia de la creación según la Biblia; sin embargo hoy en día, en algunos árboles se representan temas que no se relacionan con ella.

Sirenas Museo de Arte Popular

Sirenas
Museo de Arte Popular

MAP

Sirenas Museo de Arte Popular

Alebrije de Pedro Linares.

Alebrije de Pedro Linares, creador de los Alebrijes. Museo de Arte Popular

Alebrije de Pedro Linares, creador de los Alebrijes.
Museo de Arte Popular

Alebrijes Museo Arte Popular

Alebrijes
Museo Arte Popular

Alebrijes  Museo Arte Popular

Alebrijes
Museo Arte Popular

Alebrijes  Museo Arte Popular

Alebrijes
Museo Arte Popular

Alebrijes Museo Arte Popular

Alebrijes
Museo Arte Popular

Alebrijes  Museo Arte Popular

Alebrijes
Museo Arte Popular

Árboles de la Vida

Árbol de la Vida Museo Arte Popular

Árbol de la Vida
Museo Arte Popular

Árbol de la Vida Museo Arte Popular

Si les gustan los alebrijes, esperen el desfile organizado por este museo en Octubre. No he tenido la oportunidad de estar presente en los anteriores, pero espero poderlo disfrutar este año.

Hay más de cien museos que visitar en la Ciudad de México, esta hermosa ciudad que tanto amo. Espero pronto poderles compartir mis fotos y experiencias en otros museos.

Hasta pronto.

Un cumpleaños en la Naturaleza.

•julio 12, 2014 • 2 comentarios

Estoy aquí, sentada frente a la computadora, mirando la lluvia en la ventana, sonriendo. El viento juega con los árboles y el sonido de los truenos predomina. Estoy aquí mientras los grillos callan y la noche llega. La noche, la maravillosa noche que tanto admiro, que tanto amo. Y, mientras miro mi reflejo borroso en la ventana, pienso en la felicidad. Sí, la felicidad que me llena de pies a cabeza y que me hace sonreír sin motivo aparente.

Hace unas semanas Rebeca me hizo una pregunta. No recuerdo las palabras exactas, pero fue algo así: «¿Qué cambiarías de tu vida para ser feliz?» Lo que quizá también pueda traducirse como «¿Qué te hace falta para ser feliz?». La pregunta me tomó por sorpresa. Por un segundo no supe qué contestar porque la única respuesta que me vino a la mente fue nada. Así es, nada porque no necesito cambiar nada, me siento feliz con lo que tengo. Me siento feliz, agradecida y afortunada. Le contesté que no cambiaría nada, que más bien lo que me hace falta es trabajar más en mí y seguir luchando por realizar mis sueños. Me sentí feliz cuando mi marido respondió casi lo mismo que yo.

A lo largo de mi vida he aprendido que la felicidad está dentro de nosotros y que está en nuestras manos alcanzarla. También creo que la felicidad se encuentra en los pequeños detalles como escuchar el canto de los grillos, mirar la luna llena, ver un amanecer o cantar, escuchar música, leer, bailar ya sea solos o compartiendo con las personas que llenan de luz nuestro camino.

Cuando estamos tristes necesitamos un abrazo, alguien con quien hablar, alguien con quien compartir nuestras lágrimas, alguien que nos escuche. A mí me sucede lo mismo con la felicidad, necesito alguien con quien compartirla, alguien a quien abrazar, alguien a quien sonreírle. Hoy quiero compartirlo con ustedes.

Hace una semana tuvimos la oportunidad de celebrar el cumpleaños de mi papá. Escogimos hacerlo en un lugar de Querétaro que es muy especial para él, un lugar lleno de naturaleza, un lugar lejos de la civilización: un lugar para ser feliz.

Contaba las horas para salir de la ciudad y alejarme del ruido, del tráfico, de la tecnología, de todo. En la carretera cruzaba los dedos para que nos tocara un clima benévolo en estos días de tormentas y chubascos. LLevaba días soñando con este fin de semana y, sobre todo, anhelando ver las estrellas. En la ciudad es difícil verlas pero en el campo, no, con excepción de los días nublados.

Llegamos en la noche. El viento me llenó de esperanza. Adiós al internet, a la televisión, a casi toda la tecnología. Sólo en ciertos lugares se podía tener señal en el teléfono y era intermitente. Ese viernes me dio la bienvenida un cielo estrellado sin nubes, una luna deslumbrante. Mi siguiente meta es regresar cuando haya luna llena. Me quedé pasmada mirando al cielo y escuchando el increíble concierto de grillos que llenan de vida a la noche. El viento era cada vez más fuerte y hablaba justo como en las películas de miedo. Me gusta esa especie de sílbido, ese suspiro que rara vez se escucha en la ciudad, ese suspiro tembloroso que a muchos les da escalofríos. Como siempre me pasa con la noche, no quería irme a dormir, quería quedarme afuera.

El sábado fue el gran día y la Naturaleza fue muy generosa con nosotros: hubo viento, hubo sol, hubo más viento y más sol, anocheció después de las ocho de la noche y no cayó una sola gota de lluvia. Una sola. Fue un día hermoso. Estuvimos todos y estuvimos riendo, disfrutando. Mi papá, en su 65avo cumpleaños, sonrió la mayor parte del tiempo y nos hizo trampa a la hora de darle la mordida al pastel. Pude tomar la foto con su cara de niño travieso que yo no le conocía.

Los mejores regalos que la vida me ha dado son días como ese, en el que estuve llena de naturaleza y de amor. Días como ese en el cual todos reímos, nos abrazamos, disfrutamos. Un día perfecto.

Caminamos por la cañada y vi varias libélulas que mi cámara no pudo fotografiar pero que se quedaron bien guardadas en mi memoria. Una de ellas era morada (o por lo menos así se veía mientras volaba sobre el agua). Me queda claro que necesito un lente con más «zoom» para poder captar toda su belleza con mi cámara. Desde niña, cuando iba a Cuernavaca con mis abuelos, he sentido una cierta fascinación por las libélulas con las que no me encuentro muy seguido.

No pude fotografiar libélulas, pero me encontré con un grillo, un tierno grillo verde amarillo que cantaba alegremente. Me acerqué a él con mucho cuidado, no quería interrumpirlo, sólo admirarlo y fotografiarlo, agradecerle por las noches de conciertos que tanto me alegran la vida. Se quedó quieto y tranquilo, me permitió acercarme y tomarle fotos. Hice lo mejor que pude y sigo pensando en ese lente nuevo que tanto quiero.

Grillo

Grillo

No le tengo miedo a los bichos, por el contrario, la mayoría me gustan. En este viaje conocí las Tantarrias. Nunca las había visto y me parece que allá son muy comunes. Me encantaron. Me dijeron que se acostumbra meterlas vivas al sartén para freírlas y después comerlas…me dieron escalofríos de sólo pensarlo. Prefiero sólo admirarlas y, si tengo la oportunidad, fotografiarlas.

Una hermosa Tantarria

Una hermosa Tantarria

Tantarria

Tantarria

Hubo una época en la huía de las abejas, sé que duelen mucho sus picaduras. Ahora me gusta observarlas cuando me encuentro con ellas. Ahora pude verlas en las flores. Me encontré a una comiendo polen. Tan concentrada en su tarea que apenas notó mi presencia cuando me acerqué con mi cámara. Ahora me gusta, con la debida distancia y cautela, observarlas.Si nos sacudimos el miedo a los insectos, podemos apreciar su belleza.

 

Abeja y Flores

Abeja y Flores

Abeja  y polen

Abeja y polen

Entre bichos, viento, árboles y flores caminé. Me sentí libre y fuerte. Soy parte de la maravillosa tierra, del milagro del día y de la noche, del sol y de la luna, del viento; soy pasto, soy cielo, soy nube, soy todo, soy nada. Soy naturaleza.

Un lugar en Querétaro

Un lugar en Querétaro

Flor

Flor

Cactus

Cactus

Y en cuanto las vi, se me antojaron. No recuerdo cuando fue la última vez que me comí una tuna…

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No había visto unas calabazas tan grandes. Ya no están buenas para comerlas, pero sirven como abono para la tierra.

Calabazas

Calabazas

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Chiles, manzanas, mesquites y flores. Risas, abrazos y los 65 años de mi padre llenos de viento y sol, sin lluvia. Sin lluvia.

Chiles

Chiles

Manzanas

Manzanas

Mesquite

Mesquite

Mesquite

Mesquite

Flor

Flor

Rosas

Rosas

Rosas

Además tuvimos el privilegio de comer unas gorditas con poca grasa recién hechas. Me sentí en casa.

Gorditas de queso y chile. Recién hechas.

Gorditas de queso y chile. Recién hechas.

Siempre miro la cielo y nunca es igual. Les comparto mis atardeceres, el cielo de las ocho de la noche de este verano en Querétaro. Creo que el cielo de Querétaro es uno de los más hermosos, en este lugar, lo es aún más. No puedo fotografiar la noche todavía, algún día encontraré la manera, mientras tanto, seguiré fotografiando atardeceres. Ninguno es igual al anterior… y todos tienen su dosis de magia.

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Así, feliz, llegó la noche. Me escapé y en silencio platiqué con ella. No tuve frío, sólo paz, mucha paz. Logré obligarme a dormir casi las tres de la mañana. Me desperté con una sonrisa y pensando en que, a pesar de las tormentas que nos toca vivir, de los grandes retos, los obstáculos, ¡la vida es maravillosa! Si nos damos la oportunidad, tarde o temprano el sol llega a nuestras vidas y aminora las tormentas.
Buenas noches a todos…o buenos días, buenas tardes…

Coyoacán, mi cámara y yo

•junio 22, 2014 • Deja un comentario

A veces los problemas de la vida diaria, el trabajo, el cansancio, el estrés, son obstáculos que nos impiden darnos el tiempo para disfrutar, para hacer lo que nos gusta, para relajarnos.  Hubo un tiempo en el que varias veces al año me daba la oportunidad de salir a tomar fotografías y visitar museos. Era un tiempo conmigo misma que disfrutaba muchísimo. Por diversas circunstancias, no me había dado la oportunidad de hacerlo y después de varios días de encierro por un trabajo muy pesado, sentí que me ahogaba, que necesitaba desesperadamente salir de casa con mi cámara y disfrutar.  No, esta vez, no fui a un museo, pero fui a uno de mis lugares favoritos, un lugar donde siempre encuentro paz: Coyoacán.  Sí, soy coyoacanense de nacimiento y de corazón, junto a los coyotes siempre encuentro mi casa.  Así que ayer, viernes, tomé mi cámara y caminé a Coyoacán.  A pesar de la contaminación, del tráfico, de tantas cosas, amo mi ciudad y agradezco la oportunidad de poder caminar a Coyoacán como lo he hecho desde que era adolescente.

Siempre hay algo que hacer en el Centro Histórico de Coyoacán y la ventaja es que no es necesario disponer de mucho dinero.  El simple hecho de pasear por el centro es relajante y divertido. Ayer me tocó una hermosa mañana tranquila y pude pasearme felizmente; en una tarde de viernes o en fin de semana, suele haber mucha gente, también hay mimos y conciertos gratuitos. Ayer, sólo se escuchaba el ruido de la fuente que empapaba a mis queridos coyotes.  Libre y con mi cámara en la mano, disfruté mi mañana.

Hoy mi blog es para compartir mis fotos con ustedes y desearles un muy hermoso día. 🙂

 

El hermoso cielo en Coyoacán

El hermoso cielo en Coyoacán

Siempre miro al cielo y me pierdo en ese infinito mundo que me muestra.

Entrando  a la plaza, la fuente de los Coyotes

Entrando a la plaza, la fuente de los Coyotes

La vista al llegar al lugar que siempre ha sido parte de mi vida: mi niñez, mi adolescencia y mi edad adulta.   Mi lugar de paz. 🙂

Coyoacán

 

Coyoacán

Coyoacán

El organillero en Coyoacán

El organillero en Coyoacán

Me encanta la música de los organilleros, siempre que me es posible, coopero con una cantidad para que esa música continúe.  Me recuerda a mi papá, a quién también le encanta escucharlos.

Iglesia de San Juan Bautista

Iglesia de San Juan Bautista

La iglesia y el cielo.

Palomas en Coyoacán

Palomas en Coyoacán

El techo del kiosko de Coyoacán

El techo del kiosko de Coyoacán

El techo del kiosko de Coyoacán, con una pequeña visitante voladora.  Desafortunadamente no se podía pasar y tuve que tomar la foto desde afuera.

Rehiletes

Rehiletes

Rehiletes. Me recuerdan a mi infancia. Hoy en día todavía disfruto verlos jugar con el viento.  Son esos pequeños detalles los que me llenan de alegría todos los días.

Fuente

Fuente Coyoacán

Fuente Coyoacán

Fuente Coyoacán

Fuente Coyoacán

Esta pequeña fuente está cerca del bar «El Hijo del Cuervo». A veces no le prestan mucha atención y a mí, me encanta.

Banca Coyoacán

Una tarde o mañana soleada, una banca y un libro o un cuaderno y una pluma…la combinación perfecta.

La Fuente de los Coyotes

La Fuente de los Coyotes

La majestuosa fuente de Coyoacán, la de los coyotes, esa fuente donde me sentaba  a soñar en la adolescencia, esa fuente que todo mundo busca fotografiar, esa fuente que en noviembre se convierte en una ofrenda del Día de Muertos.

Coyotes

Coyotes

 

Coyotes

Coyotes

Los Coyotes. 🙂

Cerca de la plaza, hay un parque en la calle de Pino. En ese parque aprendí a andar en bicicleta. En ese parque patinaba con mis hermanos. En ese parque crecí.  Por un tiempo lo descuidaron mucho, ahora, esta lleno de vida y muy hermoso.

Parque de Pino

Parque de Pino

En esos árboles jugábamos en la infancia. Alguna vez  ahí inventamos lo más cercano que tuve a una «casita en un árbol».  Si, en aquellos tiempos en los que casi todos los niños trepábamos árboles y soñábamos con tener una casita en el árbol.

Fuente Parque Pino

Fuente Parque Pino

La Fuente de este parque ha sobrevivido al paso de lo años; sin embargo, ahora está un poco rota. A pesar de todo, sigue fuerte y hermosa.

Fuente Parque Pino

Fuente Parque Pino

 

Parque PIno

Parque PIno

 

Corazón en Parque Pino

Corazón en Parque Pino

Árbol

Árbol

Árbol parque Pino

Árbol parque Pino

 
Desafortunadamente alguien le dibujó ojos a este árbol.  Me dolió verlo. Los árboles merecen todo nuestro respeto.

Árbol Parque Pino

Árbol Parque Pino

 
Un paseo por Coyoacán siempre me llena de energía positiva. Para mí es uno de los lugares más hermosos en esta gran ciudad. Un pequeño blog con muchas fotos para compartir y una sonrisa para todos ustedes. Gracias por leerme.

No más bullying. Ya no.

•junio 5, 2014 • 6 comentarios

Hoy lo que tengo es un nudo en la garganta, un nudo acumulado, un nudo de impotencia.  Hace un par de semanas me pasmó el artículo del niño que murió (¿o debo decir mataron?) en un salón de clases.  Seguido de ese hecho, leí sobre otros casos de bullying en México.

Hoy en día todo mundo habla de bullying, palabra que en español significa intimidación, acoso.   Esta palabra, muy desafortunadamente, se ha puesto de moda junto con su respectivo verbo bulear  (el hacer Bullying). En lo personal, me choca este verbo, pero dadas las circunstancias, supongo que es necesario utilizarlo. Todos hablan de bullying pero pocos saben lo que eso significa. Bullying no es molestar alguien.  No es que un compañero le diga tonto a otro en la escuela.   No, tampoco se trata de un pleito entre compañeros.  No, no se trata ni de insultos ni de pleitos. Ni siquiera se trata de crueldad entre unos y otros.  El bullying es algo mucho peor y está lleno de violencia.

El bullying consiste en varios niños/jóvenes que se unen para hacerle daño a uno que está solo y quien no tiene posibilidades de defenderse.  Significa acorrarlo, lastimarlo en todos los sentidos: meterse con su autoestima, su dignidad como persona, con su físico, sus gustos, con todo.  Consiste en maltratarlo tanto  emocional como físicamente.   Es un acto de violencia que en los  casos más extremos ha llegado al grado de causar la muerte de la persona a la que bulean o de que esta persona busque quitarse la vida.  Las personas que intimidan de esta manera acosarán a la persona hasta hacerla llorar, temblar de miedo, hasta someterla.  La persona no tiene hacia donde correr, no hay lugar en el que pueda esconderse ni nadie que la defienda.

Ojalá que todos los que hablan de bullying hablaran con conciencia y con la intención de hacer todo lo posible por cambiar esta terrible situación, la cual me parece empeora cada día.  Sin embargo, la mayor parte del tiempo no es así. Casi todos los días escucho la palabra «bullying» como sinónimo de molestar. A veces  la escucho acompañada de risas, de bromas.   Sí, para muchos amigos esta palabra es «divertida».  Se molestan entre ellos y luego se «quejan» de que los están «buleando».  Esto me parece grave y me duele. Ni mi humor negro ni mi sarcasmo me ayudan a sentirme mejor.    Ni bullying ni bulear son palabras chistosas.  Nadie que haya sufrido eso en carne propia se lo tomaría a broma.  A veces siento ganas de gritarles que se callen, pero  permanezco en silencio, con un grito ahogado y mi estómago hecho nudos. ¿Serviría de algo mi grito?  Tal vez después dirían que los estoy  «buleando».

Me cuesta mucho trabajo escribir sobre este tema.  No es la primera vez que siento el impulso de hacerlo; sin embargo, siempre hay algo que me detiene.  Hoy, después de lo acontecido hace dos semanas, no puedo pensar en otra cosa.  Estoy llena de preguntas sin respuesta. Intento comprender lo incomprensible.  Por supuesto no pienso escribir sobre el niño que mataron en un salón de clases ni tampoco sobre  los casos que he leído últimamente de crueldad inmencionable. Es otra historia la que tengo que contar. Lo que me quita el sueño, es la indiferencia. La enorme indiferencia acompañada de crueldad.

Los bullies son indiferentes al sufrimiento ajeno, a los sentimientos de los demás.  A veces sólo «se divierten» sin tener conciencia de que están lastimando a alguien;  cierto es que a veces no saben lo que están haciendo.   La indiferencia les permite ser extremadamente crueles con sus compañeros y disfrutarlo, a veces,  al grado de convertirse en delincuentes. Quienes lo hacen, se sienten superiores. Se divierten.  Gozan con el sufrimiento de la otra persona.  Pareciera como si se alimentaran con sus lágrimas, con su miedo; se sienten grandes y fuertes por pisotear al prójimo.  Y muchas personas, al darse cuenta de esto, lo que hacen es mirar hacia otro lado, actuar como si eso no existiera, intentar tapar el sol con un dedo en lugar de parar esto.

¿De dónde viene esa indiferencia? ¿No se supone que las generaciones venideras tendrían que ser mejores que nosotros? ¿Qué está pasando? ¿Por qué esta enorme capacidad de destruir en lugar de construir? ¿En qué pensaban los que aventaron al niño en el salón? ¿En qué piensan los que atacan a un niño que nada les ha hecho?  ¿Es la tele? ¿Somos los adultos? ¿Es la sociedad?  No tengo  las respuestas, sólo algunas teorías y mucho dolor.

El bullying no es nuevo, creo que siempre ha existido, sólo que ahora se le puso un nombre y se le pone más atención o al menos todo mundo habla de él. A veces me pregunto si esto es bueno o malo.  Es  bueno si se habla de esto para resolver el problema. Es malo si solamente se habla de esto sin tomarlo en serio, si la palabra se pone de moda  y todo mundo la usa, la usa tanto que pierde su significado.

¿Dónde comienza el bullying? ¿Con los niños/adolescentes que lo realizan? ¿Con sus padres?  ¿Con quién? ¿En verdad un niño/ adolescente puede ser tan insensible, indiferente al sufrimiento de los demás sólo porque sí?  O,  tal vez, ¿sería la historia de un niño cuyos padres lo sobreprotegen, le dan la razón en todo o están ausentes para educarlo? O tal vez, quizá, ¿unos padres que así tratan a sus compañeros de trabajo, a sus empleados y ese es el ejemplo que dan a sus hijos?   ¿Y qué pasa con el sistema educativo que defiende siempre al alumno, que se olvida de la disciplina, que cada día le quita más autoridad al maestro?  No lo sé.  Quizá es la mezcla de todo. Quizá somos todos.

¿Hay alguien que me pueda decir qué es lo divertido de hacer llorar a alguien? ¿Dónde está la gracia en acorralar a alguien, insultarlo en grupo, pisotearle la autoestima e inclusive dañarlo físicamente?  Sigo sin entenderlo y es probable que nunca pueda hacerlo. En mi niñez y comienzo de la adolescencia todavía no existía esta palabra de moda «bullying» pero la intimidación, por supuesto que sí.  Y lo que puedo decir al respecto es que hay heridas que tardan años en cerrar y hay heridas que nunca sanan.  No todos los sobrevivientes de este terrible acoso pueden dejarlo todo atrás. En esos años el autoestima es muy frágil, tanto que, si fuera visible, una mirada podría romperla.  En esos años de vulnerabilidad en los que un ser humano se está buscando a sí mismo y también busca la aceptación de los demás, esa intimidación le cambiará la vida y si no encuentra el apoyo adecuado, podría ser algo que no supere nunca, que se interponga en sus futuras relaciones.  ¿Y por qué? ¿Por qué la persona es diferente? ¿Por qué no se defiende? ¿Por qué está solo? ¿Por qué no hace lo que los demás?  ¿Por qué es «divertido» hacerlo ?  ¿Por qué así se impone la autoridad de la persona que lo hace?  ¿Por qué pueden?    ¿Por eso?  No logro entenderlo.

Estoy cansada de tanta crueldad y tanta inconsciencia.  Estoy cansada de tanta agresividad y tanta violencia.  Estoy cansada de tanta indiferencia. Sé que no puedo cambiar al mundo ni pretendo hacerlo, pero tengo derecho a levantar mi voz y  a compartir mi grito.  No, el bullying no es nuevo y me parece increíble e insoportable no sólo que siga existiendo, sino que ahora se utilicen herramientas como el internet para empeorarlo todo.

Tenía 4 años cuando entré a preescolar (Kindergarten). Tengo pocos recuerdos: cuando entré al salón por primera vez y las miradas hóstiles del algunos de mis compañeros.  No recuerdo las palabras que me dijeron en esos dos años de preescolar pero recuerdo la soledad y el miedo que sentía. Recuerdo también a las dos amigas que me defendían. Más de 30 años después y recuerdo cómo les decían a los demás que dejaran de molestarme, aunque tal vez  ellas ni me recuerden; yo a ellas, sí.  Dice mi mamá que yo de pequeña (antes de entrar a esa escuela) era muy comunicativa, hablaba hasta por los codos. Yo no lo recuerdo, porque a partir de los cuatro años me volví introvertida, tímida y casi muda.

Al entrar a la primaria ya sabía que era la flaca fea, la calaca. Caminaba agachando la cabeza y deseando que nadie me viera. Lo más terrible de la intimidación (bullying) es que la mayoría de las personas que lo viven, sienten que se lo merecen y yo fui una de esas personas.  Odiaba el espejo y cuando tenía el valor de mirarme, sólo veía eso: a una flaca fea a la que nadie quería acercarse.   Fuera de una compañera en primaria que se sentaba al lado de mi y me pellizcaba o golpeaba siempre que podía (a veces me dejaba moretones), el acoso que yo recibí nunca fue físico, fue psicológico. Hubo quienes me perseguían en el recreo. Hubo quienes me perseguían a la hora de la salida. Hubo quienes me reclamaban que fuera a la escuela.  Hasta ir al baño daba miedo.

Me escondía en la biblioteca en los recreos y los libros fueron mis mejores amigos.  Los libros me dieron la posibilidad de encontrar otros mundos y otros amigos.  Obviamente rara vez alguien me aceptaba en su equipo (para hacer trabajos) y nadie me quería en los equipos de deportes. Nadie quería regalarme nada cuando se jugaba al amigo secreto (quizá por eso nunca me gustó ese juego y los intercambios siguen sin gustarme).  Crecí convencida de que todo lo hacía mal y con una enorme necesidad de esconderme, de hacerme invisible, de pasar inadvertida.  Aprendí a guardar todas mis emociones y poner siempre la misma cara, esa cara de «nunca me verás reír pero tampoco llorar, nunca sabrás como me siento» y al llegar a la casa, lloraba.

Al comenzar  la secundaria todo fue peor. Seguía siendo la flaca fea pero ahora con un nuevo apodo: la Vítola.  Así me gritaban todos, no sólo los de mi edad sino los más grandes y no sólo los de secundaria, también los de prepa. Me gritaban: «Vítola, no te acerques», «Vítola ya te dije que te vayas».   Al llegar a segundo de secundaria, hasta los de primero  se divertían gritándome Vítola.  Tenía miedo a veces no sé ni de qué pero tenía miedo.  Ese año ya no podía verme al espejo.  Sentía vergüenza de ser quién era.  Cuando iban a terminar las vacaciones de diciembre, tuve pesadillas y lloré, lloré porque no quería regresar a la escuela.  Afortunadamente fue mi último año en esa escuela.  Pero la Vitola, flaca fea, calaca, popotitos siguió viva mucho tiempo más porque aunque en la nueva escuela todo comenzó a cambiar para bien, yo seguía mirándome en espejos rotos. No, no era alegre, no sonreía mucho y no confiaba en nadie, no confiaba en mí misma.

Tuve mucha suerte de que en mi niñez y adolescencia no existiera el internet. No sé si hubiera sido capaz de superar el cyberbullying  (el intimidar/bulear a alguien también por medio de las redes sociales y los diversos sitios de internet). Me habría sido imposible comenzar de nuevo.  Y hoy, ¿cómo logran comenzar de nuevo quienes son buleados?  Hoy en día no es suficiente acosar a alguien en la escuela, a la salida de la escuela, ahora es posible hacerlo en todos lados, el mal uso del internet  lo hace posible. Hoy en día uno ya no tiene dónde esconderse. No hay manera de pasar inadvertido. Ya no basta con un cambio de escuela para comenzar de nuevo.  ¿Por qué tanta crueldad?

Tuve la fortuna de tener unos padres increíbles que me ayudaron a salir adelante. Una madre amorosa que me abrazaba siempre cuando salía llorando de la escuela y que me dio las bases y los valores para poder salir adelante y construir mi felicidad; un padre que me hizo fuerte, que me enseñó a levantarme siempre pasara  lo que pasara.  Afortunadamente, a diferencia de otros compañeros y amigos que lo sufrieron, los tuve a ellos para que me apoyaran y escucharan. No les tuve miedo y aunque no les contaba todo, me abrí lo necesario para poder sanar.  Y eso es lo que se necesita para superar el bullying:  tener a alguien (de preferencia un adulto) con quien abrirse, en quien confiar; hay que salir de esa zona de silencio que sólo nos permite recibir más golpes y no nos enseña  a defendernos.

Recuperar mi autoestima me tomó muchos años. A los veintitantos y todavía al comenzar los 30 seguía cargando conmigo a la flaca fea y hasta hace poco tiempo, seguía luchando por hacerme invisible. Los halagos me intimidaban, me llenaban de vergüenza. Mis poemas, cuentos, dibujos, todos los guardé en un cajón. Sí era feliz pero seguía teniendo la necesidad de hacerme invisible. Sí, por siempre invisible.

Tengo 37 años y apenas hace unos meses logré despedirme por completo de la Vítola y sentirme completamente libre de ser yo misma, sin la necesidad de protegerme o esconderme. Tan libre que puedo hoy compartir una historia que fue profundamente dolorosa y no me asusta que todos la lean. Tan libre que puedo usar mi voz para quejarme y decirle a todos que ya basta. ¡Basta de violencia, agresividad y acoso! Nadie, nadie absolutamente nadie, se merece un trato así. Nadie merece que lo obliguen a pedir una disculpa por algo que no hizo y que la publiquen en youtube; nadie se merece que lo estrellen contra la pared; nadie se merece que lo insulten, lo minimizen, lo obliguen a hacer cosas que no desea; nadie se merece que lo hagan avergonzarse de sí mismo.  NADIE.  El bullying no es divertido.  Reírse del dolor ajeno no puede llevar a nada bueno; ¿ y si esa persona de la que se están riendo ahora fuera alguien de su familia? ¿Cómo se sentirían?

No entiendo qué pasa por la cabeza de quienes hacen tanto daño, pero creo que ya es hora de tomar conciencia. ¿Por qué sí pueden unirse para agredir, para burlarse de alguien, para destruir pero no pueden unirse para ayudar, para construir?   ¿Por qué sí pueden ser tan fuertes e ingeniosos para odiar pero no para amar?  Si algo nos falta en este mundo es más amor, tolerancia, solidaridad y empatía, mucha empatía.

No puedo cambiar al mundo, pero sí puedo «cambiarme» a mí. Yo escojo el camino del amor, amor a mí misma, amor al prójimo, amor al mundo. Yo elijo construir.  Ojalá cada día haya más personas que quieran unirse a este camino.  Sueño con el día en el que todos construyamos y nadie quiera destruir.  Sí, quizá es una utopía, pero no pierdo la fe en que llegue ese día porque el amor es más fuerte que el odio y sí, todavía creo en la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

¿Perseverar o soltar?

•abril 21, 2014 • 6 comentarios

Hay que perseverar para hacer realidad nuestros sueños.  A veces son muchos los obstáculos, otras dudamos de nosotros mismos.  Hay momentos en que escoger el camino seguro parece la mejor opción.  Crecemos con el miedo a arriesgarnos.  Por el motivo que sea, muchas veces estamos tentados a alejarnos de lo que soñamos y no tenemos la voluntad suficiente para defender eso que tanto queremos.    Otras veces, las preguntas son: ¿Cuánto hay que perseverar? ¿Cuál es la diferencia entre perseverar y aferrarse?    Esa es mi pregunta  hoy. ¡Cómo me gustaría saberlo! Han pasado muchos días desde la última vez que escribí.  Entre el trabajo, la salud, el estado de ánimo y los grandes retos que tuvimos enfrente, me resultó imposible acomodar mis ideas y expresarme.   Creo que pocas veces he estado tan confundida como en estos días.   Quisiera saber la diferencia entre perseverar y aferrarse; es decir, ¿cuándo se trata de rendirse y cuándo se trata de soltar?  Rendirse implica que abandonamos la lucha cuando no debíamos y soltar implica que ha llegado el momento de dejar ir.

No soy de las personas que se rinden.    Cuando tengo un sueño, me visualizo,  busco  llegar a la meta,  lucho, enfrento los obstáculos, lo doy todo.   Si me caigo, me levanto. Me tome el tiempo que me tome, me levanto.

Me gusta crear, construir y soñar.  Soy de esas personas que disfruta soñar despierta.  Quiero volar con los ojos abiertos.

Sin embargo, esta noche mis sueños o deseos están llenos de preguntas. Junto con ellos camino en la cuerda floja. Me despierto con una sonrisa, pero a veces es una sonrisa de humo;  se me escapa en el transcurso del día.   En este par de meses perdí algo y estoy tratando de saber qué fue.  A veces creo que perdí el estrés que me estaba dañando; otras veces creo que perdí la voluntad para llegar a ese sueño; hay momentos en los que me siento libre, hay momentos en los que la tristeza me humedece el alma.  No sé si fueron las hormonas que tomé, los retos enfrentados, el cansancio o la realización de que llegó la hora de soltar y entender que este sueño en realidad no es para mí.  No quiero darme por vencida pero tampoco quiero aferrarme y obligarme a vivir lo que no me corresponde.  No puedo distinguir si tengo miedo o si estoy poniendo los pies en la tierra.

No sé cómo comenzar de nuevo.  No sé cómo hacerlo.

Mientras escribo,   escucho música.  Tomo un trago de mi té favorito.   Me quito la capa de invisibilidad con la que me vestí  por tantos años y doy gracias a la vida que  tantos regalos me ha dado y me sigue dando.  Me veo al espejo.  Me siento mejor sin esa capa que me nublaba el pensamiento y convertía mis ideas en sombras.   Me veo al espejo, por primera vez sin criticarme.   Quiero abrazarme y decirme que todo va a estar bien, que tengo todo el amor y toda la fuerza para salir adelante.  Quiero limpiarme las lágrimas que me acompañan; pero, sobre todo, quiero verme tal cual soy: con todo lo que soy y lo que puedo ser. Quiero verme con todas mis cualidades. Necesito anestesiar a mi juez interior que me obliga a criticarme todo.   Quiero amarme más a mí para poder amar más al mundo. Me  veo al espejo, busco la respuesta  en mi reflejo, encuentro paz.   Me perdono a mí  misma y me siento tranquila, triste pero tranquila.

Me siento mejor. Tomo el último trago del té.  Lo siento viajar en mi garganta y eso me relaja.  Todavía no sé si debo perseverar o soltar, pero sí sé una cosa: me tengo a mí misma y tengo la capacidad de sanarme… ese es el comienzo, el principio, el camino.