No más bullying. Ya no.

•junio 5, 2014 • 6 comentarios

Hoy lo que tengo es un nudo en la garganta, un nudo acumulado, un nudo de impotencia.  Hace un par de semanas me pasmó el artículo del niño que murió (¿o debo decir mataron?) en un salón de clases.  Seguido de ese hecho, leí sobre otros casos de bullying en México.

Hoy en día todo mundo habla de bullying, palabra que en español significa intimidación, acoso.   Esta palabra, muy desafortunadamente, se ha puesto de moda junto con su respectivo verbo bulear  (el hacer Bullying). En lo personal, me choca este verbo, pero dadas las circunstancias, supongo que es necesario utilizarlo. Todos hablan de bullying pero pocos saben lo que eso significa. Bullying no es molestar alguien.  No es que un compañero le diga tonto a otro en la escuela.   No, tampoco se trata de un pleito entre compañeros.  No, no se trata ni de insultos ni de pleitos. Ni siquiera se trata de crueldad entre unos y otros.  El bullying es algo mucho peor y está lleno de violencia.

El bullying consiste en varios niños/jóvenes que se unen para hacerle daño a uno que está solo y quien no tiene posibilidades de defenderse.  Significa acorrarlo, lastimarlo en todos los sentidos: meterse con su autoestima, su dignidad como persona, con su físico, sus gustos, con todo.  Consiste en maltratarlo tanto  emocional como físicamente.   Es un acto de violencia que en los  casos más extremos ha llegado al grado de causar la muerte de la persona a la que bulean o de que esta persona busque quitarse la vida.  Las personas que intimidan de esta manera acosarán a la persona hasta hacerla llorar, temblar de miedo, hasta someterla.  La persona no tiene hacia donde correr, no hay lugar en el que pueda esconderse ni nadie que la defienda.

Ojalá que todos los que hablan de bullying hablaran con conciencia y con la intención de hacer todo lo posible por cambiar esta terrible situación, la cual me parece empeora cada día.  Sin embargo, la mayor parte del tiempo no es así. Casi todos los días escucho la palabra «bullying» como sinónimo de molestar. A veces  la escucho acompañada de risas, de bromas.   Sí, para muchos amigos esta palabra es «divertida».  Se molestan entre ellos y luego se «quejan» de que los están «buleando».  Esto me parece grave y me duele. Ni mi humor negro ni mi sarcasmo me ayudan a sentirme mejor.    Ni bullying ni bulear son palabras chistosas.  Nadie que haya sufrido eso en carne propia se lo tomaría a broma.  A veces siento ganas de gritarles que se callen, pero  permanezco en silencio, con un grito ahogado y mi estómago hecho nudos. ¿Serviría de algo mi grito?  Tal vez después dirían que los estoy  «buleando».

Me cuesta mucho trabajo escribir sobre este tema.  No es la primera vez que siento el impulso de hacerlo; sin embargo, siempre hay algo que me detiene.  Hoy, después de lo acontecido hace dos semanas, no puedo pensar en otra cosa.  Estoy llena de preguntas sin respuesta. Intento comprender lo incomprensible.  Por supuesto no pienso escribir sobre el niño que mataron en un salón de clases ni tampoco sobre  los casos que he leído últimamente de crueldad inmencionable. Es otra historia la que tengo que contar. Lo que me quita el sueño, es la indiferencia. La enorme indiferencia acompañada de crueldad.

Los bullies son indiferentes al sufrimiento ajeno, a los sentimientos de los demás.  A veces sólo «se divierten» sin tener conciencia de que están lastimando a alguien;  cierto es que a veces no saben lo que están haciendo.   La indiferencia les permite ser extremadamente crueles con sus compañeros y disfrutarlo, a veces,  al grado de convertirse en delincuentes. Quienes lo hacen, se sienten superiores. Se divierten.  Gozan con el sufrimiento de la otra persona.  Pareciera como si se alimentaran con sus lágrimas, con su miedo; se sienten grandes y fuertes por pisotear al prójimo.  Y muchas personas, al darse cuenta de esto, lo que hacen es mirar hacia otro lado, actuar como si eso no existiera, intentar tapar el sol con un dedo en lugar de parar esto.

¿De dónde viene esa indiferencia? ¿No se supone que las generaciones venideras tendrían que ser mejores que nosotros? ¿Qué está pasando? ¿Por qué esta enorme capacidad de destruir en lugar de construir? ¿En qué pensaban los que aventaron al niño en el salón? ¿En qué piensan los que atacan a un niño que nada les ha hecho?  ¿Es la tele? ¿Somos los adultos? ¿Es la sociedad?  No tengo  las respuestas, sólo algunas teorías y mucho dolor.

El bullying no es nuevo, creo que siempre ha existido, sólo que ahora se le puso un nombre y se le pone más atención o al menos todo mundo habla de él. A veces me pregunto si esto es bueno o malo.  Es  bueno si se habla de esto para resolver el problema. Es malo si solamente se habla de esto sin tomarlo en serio, si la palabra se pone de moda  y todo mundo la usa, la usa tanto que pierde su significado.

¿Dónde comienza el bullying? ¿Con los niños/adolescentes que lo realizan? ¿Con sus padres?  ¿Con quién? ¿En verdad un niño/ adolescente puede ser tan insensible, indiferente al sufrimiento de los demás sólo porque sí?  O,  tal vez, ¿sería la historia de un niño cuyos padres lo sobreprotegen, le dan la razón en todo o están ausentes para educarlo? O tal vez, quizá, ¿unos padres que así tratan a sus compañeros de trabajo, a sus empleados y ese es el ejemplo que dan a sus hijos?   ¿Y qué pasa con el sistema educativo que defiende siempre al alumno, que se olvida de la disciplina, que cada día le quita más autoridad al maestro?  No lo sé.  Quizá es la mezcla de todo. Quizá somos todos.

¿Hay alguien que me pueda decir qué es lo divertido de hacer llorar a alguien? ¿Dónde está la gracia en acorralar a alguien, insultarlo en grupo, pisotearle la autoestima e inclusive dañarlo físicamente?  Sigo sin entenderlo y es probable que nunca pueda hacerlo. En mi niñez y comienzo de la adolescencia todavía no existía esta palabra de moda «bullying» pero la intimidación, por supuesto que sí.  Y lo que puedo decir al respecto es que hay heridas que tardan años en cerrar y hay heridas que nunca sanan.  No todos los sobrevivientes de este terrible acoso pueden dejarlo todo atrás. En esos años el autoestima es muy frágil, tanto que, si fuera visible, una mirada podría romperla.  En esos años de vulnerabilidad en los que un ser humano se está buscando a sí mismo y también busca la aceptación de los demás, esa intimidación le cambiará la vida y si no encuentra el apoyo adecuado, podría ser algo que no supere nunca, que se interponga en sus futuras relaciones.  ¿Y por qué? ¿Por qué la persona es diferente? ¿Por qué no se defiende? ¿Por qué está solo? ¿Por qué no hace lo que los demás?  ¿Por qué es «divertido» hacerlo ?  ¿Por qué así se impone la autoridad de la persona que lo hace?  ¿Por qué pueden?    ¿Por eso?  No logro entenderlo.

Estoy cansada de tanta crueldad y tanta inconsciencia.  Estoy cansada de tanta agresividad y tanta violencia.  Estoy cansada de tanta indiferencia. Sé que no puedo cambiar al mundo ni pretendo hacerlo, pero tengo derecho a levantar mi voz y  a compartir mi grito.  No, el bullying no es nuevo y me parece increíble e insoportable no sólo que siga existiendo, sino que ahora se utilicen herramientas como el internet para empeorarlo todo.

Tenía 4 años cuando entré a preescolar (Kindergarten). Tengo pocos recuerdos: cuando entré al salón por primera vez y las miradas hóstiles del algunos de mis compañeros.  No recuerdo las palabras que me dijeron en esos dos años de preescolar pero recuerdo la soledad y el miedo que sentía. Recuerdo también a las dos amigas que me defendían. Más de 30 años después y recuerdo cómo les decían a los demás que dejaran de molestarme, aunque tal vez  ellas ni me recuerden; yo a ellas, sí.  Dice mi mamá que yo de pequeña (antes de entrar a esa escuela) era muy comunicativa, hablaba hasta por los codos. Yo no lo recuerdo, porque a partir de los cuatro años me volví introvertida, tímida y casi muda.

Al entrar a la primaria ya sabía que era la flaca fea, la calaca. Caminaba agachando la cabeza y deseando que nadie me viera. Lo más terrible de la intimidación (bullying) es que la mayoría de las personas que lo viven, sienten que se lo merecen y yo fui una de esas personas.  Odiaba el espejo y cuando tenía el valor de mirarme, sólo veía eso: a una flaca fea a la que nadie quería acercarse.   Fuera de una compañera en primaria que se sentaba al lado de mi y me pellizcaba o golpeaba siempre que podía (a veces me dejaba moretones), el acoso que yo recibí nunca fue físico, fue psicológico. Hubo quienes me perseguían en el recreo. Hubo quienes me perseguían a la hora de la salida. Hubo quienes me reclamaban que fuera a la escuela.  Hasta ir al baño daba miedo.

Me escondía en la biblioteca en los recreos y los libros fueron mis mejores amigos.  Los libros me dieron la posibilidad de encontrar otros mundos y otros amigos.  Obviamente rara vez alguien me aceptaba en su equipo (para hacer trabajos) y nadie me quería en los equipos de deportes. Nadie quería regalarme nada cuando se jugaba al amigo secreto (quizá por eso nunca me gustó ese juego y los intercambios siguen sin gustarme).  Crecí convencida de que todo lo hacía mal y con una enorme necesidad de esconderme, de hacerme invisible, de pasar inadvertida.  Aprendí a guardar todas mis emociones y poner siempre la misma cara, esa cara de «nunca me verás reír pero tampoco llorar, nunca sabrás como me siento» y al llegar a la casa, lloraba.

Al comenzar  la secundaria todo fue peor. Seguía siendo la flaca fea pero ahora con un nuevo apodo: la Vítola.  Así me gritaban todos, no sólo los de mi edad sino los más grandes y no sólo los de secundaria, también los de prepa. Me gritaban: «Vítola, no te acerques», «Vítola ya te dije que te vayas».   Al llegar a segundo de secundaria, hasta los de primero  se divertían gritándome Vítola.  Tenía miedo a veces no sé ni de qué pero tenía miedo.  Ese año ya no podía verme al espejo.  Sentía vergüenza de ser quién era.  Cuando iban a terminar las vacaciones de diciembre, tuve pesadillas y lloré, lloré porque no quería regresar a la escuela.  Afortunadamente fue mi último año en esa escuela.  Pero la Vitola, flaca fea, calaca, popotitos siguió viva mucho tiempo más porque aunque en la nueva escuela todo comenzó a cambiar para bien, yo seguía mirándome en espejos rotos. No, no era alegre, no sonreía mucho y no confiaba en nadie, no confiaba en mí misma.

Tuve mucha suerte de que en mi niñez y adolescencia no existiera el internet. No sé si hubiera sido capaz de superar el cyberbullying  (el intimidar/bulear a alguien también por medio de las redes sociales y los diversos sitios de internet). Me habría sido imposible comenzar de nuevo.  Y hoy, ¿cómo logran comenzar de nuevo quienes son buleados?  Hoy en día no es suficiente acosar a alguien en la escuela, a la salida de la escuela, ahora es posible hacerlo en todos lados, el mal uso del internet  lo hace posible. Hoy en día uno ya no tiene dónde esconderse. No hay manera de pasar inadvertido. Ya no basta con un cambio de escuela para comenzar de nuevo.  ¿Por qué tanta crueldad?

Tuve la fortuna de tener unos padres increíbles que me ayudaron a salir adelante. Una madre amorosa que me abrazaba siempre cuando salía llorando de la escuela y que me dio las bases y los valores para poder salir adelante y construir mi felicidad; un padre que me hizo fuerte, que me enseñó a levantarme siempre pasara  lo que pasara.  Afortunadamente, a diferencia de otros compañeros y amigos que lo sufrieron, los tuve a ellos para que me apoyaran y escucharan. No les tuve miedo y aunque no les contaba todo, me abrí lo necesario para poder sanar.  Y eso es lo que se necesita para superar el bullying:  tener a alguien (de preferencia un adulto) con quien abrirse, en quien confiar; hay que salir de esa zona de silencio que sólo nos permite recibir más golpes y no nos enseña  a defendernos.

Recuperar mi autoestima me tomó muchos años. A los veintitantos y todavía al comenzar los 30 seguía cargando conmigo a la flaca fea y hasta hace poco tiempo, seguía luchando por hacerme invisible. Los halagos me intimidaban, me llenaban de vergüenza. Mis poemas, cuentos, dibujos, todos los guardé en un cajón. Sí era feliz pero seguía teniendo la necesidad de hacerme invisible. Sí, por siempre invisible.

Tengo 37 años y apenas hace unos meses logré despedirme por completo de la Vítola y sentirme completamente libre de ser yo misma, sin la necesidad de protegerme o esconderme. Tan libre que puedo hoy compartir una historia que fue profundamente dolorosa y no me asusta que todos la lean. Tan libre que puedo usar mi voz para quejarme y decirle a todos que ya basta. ¡Basta de violencia, agresividad y acoso! Nadie, nadie absolutamente nadie, se merece un trato así. Nadie merece que lo obliguen a pedir una disculpa por algo que no hizo y que la publiquen en youtube; nadie se merece que lo estrellen contra la pared; nadie se merece que lo insulten, lo minimizen, lo obliguen a hacer cosas que no desea; nadie se merece que lo hagan avergonzarse de sí mismo.  NADIE.  El bullying no es divertido.  Reírse del dolor ajeno no puede llevar a nada bueno; ¿ y si esa persona de la que se están riendo ahora fuera alguien de su familia? ¿Cómo se sentirían?

No entiendo qué pasa por la cabeza de quienes hacen tanto daño, pero creo que ya es hora de tomar conciencia. ¿Por qué sí pueden unirse para agredir, para burlarse de alguien, para destruir pero no pueden unirse para ayudar, para construir?   ¿Por qué sí pueden ser tan fuertes e ingeniosos para odiar pero no para amar?  Si algo nos falta en este mundo es más amor, tolerancia, solidaridad y empatía, mucha empatía.

No puedo cambiar al mundo, pero sí puedo «cambiarme» a mí. Yo escojo el camino del amor, amor a mí misma, amor al prójimo, amor al mundo. Yo elijo construir.  Ojalá cada día haya más personas que quieran unirse a este camino.  Sueño con el día en el que todos construyamos y nadie quiera destruir.  Sí, quizá es una utopía, pero no pierdo la fe en que llegue ese día porque el amor es más fuerte que el odio y sí, todavía creo en la humanidad.

 

 

 

 

 

 

 

¿Perseverar o soltar?

•abril 21, 2014 • 6 comentarios

Hay que perseverar para hacer realidad nuestros sueños.  A veces son muchos los obstáculos, otras dudamos de nosotros mismos.  Hay momentos en que escoger el camino seguro parece la mejor opción.  Crecemos con el miedo a arriesgarnos.  Por el motivo que sea, muchas veces estamos tentados a alejarnos de lo que soñamos y no tenemos la voluntad suficiente para defender eso que tanto queremos.    Otras veces, las preguntas son: ¿Cuánto hay que perseverar? ¿Cuál es la diferencia entre perseverar y aferrarse?    Esa es mi pregunta  hoy. ¡Cómo me gustaría saberlo! Han pasado muchos días desde la última vez que escribí.  Entre el trabajo, la salud, el estado de ánimo y los grandes retos que tuvimos enfrente, me resultó imposible acomodar mis ideas y expresarme.   Creo que pocas veces he estado tan confundida como en estos días.   Quisiera saber la diferencia entre perseverar y aferrarse; es decir, ¿cuándo se trata de rendirse y cuándo se trata de soltar?  Rendirse implica que abandonamos la lucha cuando no debíamos y soltar implica que ha llegado el momento de dejar ir.

No soy de las personas que se rinden.    Cuando tengo un sueño, me visualizo,  busco  llegar a la meta,  lucho, enfrento los obstáculos, lo doy todo.   Si me caigo, me levanto. Me tome el tiempo que me tome, me levanto.

Me gusta crear, construir y soñar.  Soy de esas personas que disfruta soñar despierta.  Quiero volar con los ojos abiertos.

Sin embargo, esta noche mis sueños o deseos están llenos de preguntas. Junto con ellos camino en la cuerda floja. Me despierto con una sonrisa, pero a veces es una sonrisa de humo;  se me escapa en el transcurso del día.   En este par de meses perdí algo y estoy tratando de saber qué fue.  A veces creo que perdí el estrés que me estaba dañando; otras veces creo que perdí la voluntad para llegar a ese sueño; hay momentos en los que me siento libre, hay momentos en los que la tristeza me humedece el alma.  No sé si fueron las hormonas que tomé, los retos enfrentados, el cansancio o la realización de que llegó la hora de soltar y entender que este sueño en realidad no es para mí.  No quiero darme por vencida pero tampoco quiero aferrarme y obligarme a vivir lo que no me corresponde.  No puedo distinguir si tengo miedo o si estoy poniendo los pies en la tierra.

No sé cómo comenzar de nuevo.  No sé cómo hacerlo.

Mientras escribo,   escucho música.  Tomo un trago de mi té favorito.   Me quito la capa de invisibilidad con la que me vestí  por tantos años y doy gracias a la vida que  tantos regalos me ha dado y me sigue dando.  Me veo al espejo.  Me siento mejor sin esa capa que me nublaba el pensamiento y convertía mis ideas en sombras.   Me veo al espejo, por primera vez sin criticarme.   Quiero abrazarme y decirme que todo va a estar bien, que tengo todo el amor y toda la fuerza para salir adelante.  Quiero limpiarme las lágrimas que me acompañan; pero, sobre todo, quiero verme tal cual soy: con todo lo que soy y lo que puedo ser. Quiero verme con todas mis cualidades. Necesito anestesiar a mi juez interior que me obliga a criticarme todo.   Quiero amarme más a mí para poder amar más al mundo. Me  veo al espejo, busco la respuesta  en mi reflejo, encuentro paz.   Me perdono a mí  misma y me siento tranquila, triste pero tranquila.

Me siento mejor. Tomo el último trago del té.  Lo siento viajar en mi garganta y eso me relaja.  Todavía no sé si debo perseverar o soltar, pero sí sé una cosa: me tengo a mí misma y tengo la capacidad de sanarme… ese es el comienzo, el principio, el camino.

Mi héroe, Alex.

•enero 31, 2014 • 5 comentarios

Hoy muy temprano en la mañana me despertó el teléfono con una noticia muy triste: «Alex ya no está con nosotros».  Sabía que este día llegaría, pero uno nunca está preparado para eso. A veces esperamos que un milagro suceda. No, no es fácil despedirse.

Colgué el teléfono con la tranquilidad de que este pequeño gran héroe ya no sufriría más y con los ojos llenos de lágrimas por su partida.  Está por demás decir que duele  y duele mucho esta despedida.  Sin embargo, mi intención no es escribir para llorar ni lamentar su muerte. No. Mi papá siempre me ha dicho que cuando alguien se muere hay que celebrar su vida. Tiene razón. Así que escribo esto para celebrar la vida de Alex, quien se ganó mi admiración desde el día en que lo conocí.

Los héroes en la vida real no tienen superpoderes como los de las caricaturas o películas. No,  no levantan coches con una sola mano, no trepan edificios, no salvan a la humanidad, no vuelan.  La mayoría de los héroes que conozco son personas como tú o como yo, no necesitan disfraces ni tienen identidades secretas. Lo que los hace diferentes es su enorme capacidad de amar  y de hacer cosas extraordinarias por los demás, su voluntad de luchar contra la adversidad y lograr lo que para muchos resulta imposible. Estos héroes no conocen límites y luchan por sus ideales, por sus principios, por los demás con todo lo que tienen, con todo. Para ellos, rendirse no es ni ha sido nunca una opción. Nunca.

Alex fue  y será siempre un héroe para mí.

Conocí a Alex hace un año, en diciembre del 2012.  Siempre, al terminar el año, se organiza un desayuno para los voluntarios de Aquí Nadie se Rinde, asociación que se dedica a ayudar a los niños con cáncer y a sus familias. En este desayuno nos ponemos al tanto de lo que ha sucedido en el año y se premia a algunos voluntarios por su esfuerzo y dedicación.  Fue en ese momento, en ese lugar,  donde nos presentaron a Alex como el voluntario más joven de Aquí Nadie se Rinde.  Alex no sólo era un guerrero en la lucha para combatir el cáncer, sino que además tenía el sueño de convertirse en médico cuando fuera grande para poder ayudar a niños que pasaran por lo mismo que él.  Por eso, a pesar de su corta edad, se unió al equipo de voluntarios para poder empezar a trabajar en alcanzar su meta.  Nos contó  cómo los voluntarios lo ayudaron a él  en los momentos complicados, de cómo les alegraban la vida a él y a  los demás pacientes en el hospital y nos compartió su deseo de hacer lo mismo por los demás pacientes.  Felizmente puedo afirmar que no fue sólo un deseo. El último año de su vida, Alex, tanto en el hospital como en los eventos de la asociación, lo pasó dando lo mejor de sí mismo a los demás.  Ayudó a Aquí Nadie se Rinde a cumplir los sueños de los pacientes, ayudó a que los pacientes y sus familias conocieran la asociación y pudieran encontrar en ella el apoyo que necesitaban para poder seguir adelante con el tratamiento. Siempre tuvo una sonrisa para todos, palabras de aliento y sobre todo mucho amor.

Poco tiempo después, Alex recibió la dura noticia que desearía que nadie tuviera que recibir: el cáncer había regresado. Había que volver a empezar con las quimios, los internamientos, la lucha por la vida.  No sé cómo le hizo, pero no se dio por vencido ni tampoco se dejó llevar por la tristeza. No, no tenía intenciones de rendirse. Así que mientras luchaba por su vida, luchaba también por el bienestar de los demás niños y de las personas cercanas a él.  Luchó con todo y todo el tiempo.

Me atrevo a decir que  nos cambió  la vida a quienes lo conocimos. Es para mí un gran ejemplo.

¿Cuántas veces nos sentimos mal y nos quedamos encerrados en nuestros problemas? ¿Cuántas veces nos come la tristeza y no vemos más allá? ¿Cuántas veces nos desmotivamos porque lo vemos todo negro?  ¿Cuántas veces nuestro malestar nos lleva a olvidarnos de todo y de todos?  El dolor nos envuelve y casi nos vence…

¿Y cómo reaccionó  un pequeño gran héroe de once años ante la terrible adversidad y sufrimiento físico? ¿Lo vio todo negro? ¿Perdió el entusiasmo? Por supuesto que no. Recomenzó su lucha para combatir el cáncer y le sonrió a la vida, a su familia, a sus amigos y a los niños que estaban sufriendo la misma enfermedad que él.  Se dedicó a ayudarlos. Internado en el hospital, jugaba con los demás pacientes. Fuera del hospital, inclusive en los días difíciles de quimios fuertes, participaba en todos los eventos posibles que le permitieran cumplir su meta de ayudar.  Abrió caminos de oportunidades para otros niños y nos dio un enorme ejemplo a los adultos que estuvimos cerca de él. Más grandes que su dolor, eran su amor y sus ganas de vivir.

Me enseñó a amar más y a quejarme menos.

Desde mi primer contacto cercano con el cáncer, mi visión de la vida cambió por completo.  Abrí los ojos al amor aún más que antes y aprendí lo mágico, lo increíble, lo maravilloso que es tener un día más de vida.  Los pequeños detalles son cada vez más importantes.

Alex no vivió lo suficiente para ser médico, pero no necesitó hacerlo para llegar a la meta, pues a sus once años nos cambió la vida a muchísimas personas.

Me enseñó el poder de la voluntad, del «yo, si quiero, PUEDO».  Siempre he dicho que no hay imposibles cuando uno lucha, cuando uno no se rinde a pesar de los obstáculos y los grandes retos que la vida nos presenta. Él me demostró que sí se puede. A pesar de su corta edad, triunfó. Triunfó.

Tuve el gran honor de que me considerara su amiga y las pocas veces que pude estar con él, lo recuerdo riéndose. Le gustaba que le contaran chistes. Le gustaba hacer travesuras.  Le gustaba que le hiciera cosquillas, que los persiguiera a él y a su hermano con mis «dedos mágicos» (porque los harían reír).  Su buen humor era contagioso.

Este año se ganó el premio al Voluntario del Año por su gran labor.  Ese día fue la última vez que lo vi.  Él no esperaba recibir tan merecido reconocimiento.  Recuerdo su sorpresa, su emoción, su alegría. Se sentía un poco mal y sin embargo, sonrió para todas las fotos, hizo caras a la cámara, se rió.

Mi amigo ha sido un ejemplo para mí, me inspira a seguir adelante y vivir la vida con una sonrisa.  Mi amigo es un ejemplo de amor. Mi amigo fue un voluntario que no se rindió nunca.
Alex

Alex. ❤

Hace algunos años alguien dijo que la única manera de vencer a la muerte era manteniendo vivas a las personas en nuestro corazón. Entonces,  querido Alex, vivirás siempre en todos los que tuvimos la fortuna de conocerte.  Tu sonrisa me la quedo.  Desde donde estés, tu amor nos seguirá llenando de luz.
Gracias por tus enseñanzas, pequeño gran Maestro, cuando sea grande quiero ser cómo tú.

Volar en Playa del Carmen

•enero 30, 2014 • Deja un comentario
Sol en Playa del Carmen

Sol en Playa del Carmen

En días como hoy pienso en el calor de la playa y me hace falta la caricia del mar.  Recuerdo esos maravillosos momentos en Playa del Carmen en noviembre, justo antes  de cambiarnos de casa.  Nunca había ido a esta playa y me sentí feliz de estar cerca del mar nuevamente.  Siempre en la playa me lleno de energía. Ahí,  por primera vez en muchos años, le perdí el miedo al mar y me atreví a sumergirme y mecerme en sus cálidas aguas.  Me llené de brisa marina y respiré en libertad.

En este invierno tan frío, el recuerdo del cielo en la playa, del sol entre las nubes me da un poco de calor.  Siempre me anima  mirar el cielo y dejar que me deslumbre un poco el sol. Me gusta descifrar los mensajes de las nubes, ellas siempre me muestran una figura diferente y la mayor parte de las veces  me hacen sentir bien.

Recuerdo cuando en mi infancia me acostaba en el  pasto del jardín de mi abuela y me ponía a mirar las nubes,  a veces sola, a veces con mi hermano y mi prima.  Aunque ahora ya no lo hago seguido, es algo que sigo disfrutando mucho.

Playa del Carmen

Playa del Carmen

El cielo azul, las nubes y el mar:   la combinación perfecta, el mejor lugar. Estas fotos las tomé en Playa del Carmen y son el resultado de un hermoso viaje familiar.   También son el resultado de un reencuentro conmigo misma, con el mar,  con mis sueños.  Me despedí de la mayoría de mis miedos y comenzaron a crecer mis alas, mis ansias de volar…

Amo la naturaleza y la playa siempre ha sido un lugar mágico para mí. Esta vez tuve la oportunidad de  fotografiar a las gaviotas antes y durante su vuelo. Me tocó el milagro de verlas extender sus alas y navegar en el cielo.   Pude también compartir la ilusión y emoción de mi sobrino de dos años que corría detrás de ellas, queriendo alcanzarlas, acariciarlas.  Mientras corría sonreía y gritaba feliz «pío, pío». Como mi hermano y como yo, él también ama la naturaleza.

Estos son los pequeños milagros que nos da la vida y suceden cerca de nosotros todos los días.  El vuelo de un pájaro, la hermosura de un colibrí, el botón de un flor que nos sonríe en un frío invierno, el canto de los grillos en una solitaria noche, el vuelo de las gaviotas en la playa: el amor está  en todo los que nos rodea…

Para terminar,  quiero compartirles algunas de esas fotos.

Contemplando el mar

Contemplando el mar

Listo para emprender el vuelo.

Listo para emprender el vuelo.

Volar

Volar

A veces necesitamos volar solos para encontrar nuestro camino, para reconciliarnos con nosotros mismos, para después poder volar con las personas que amamos.

Extender las alas.

Extender las alas.

Y así encontrar la paz.

Juntos

Juntos

Volar en pareja, descubrirnos sin temor a caer.

Todos

Todos

En equipo luchar todos juntos por el l mismo sueño, llenando de amor cada lugar…

Casa

Casa

Solos y acompañados volar para llegar a casa,  para sentir el abrazo del viento, para vivir el sueño que siempre nos ha acompañado.

Pío Pío

Pío Pío

Correr, reír, perseverar y jamás rendirse: «el cielo es el límite».  La felicidad la llevamos dentro y los más pequeños detalles nos pueden hacer sonreír.  Nos pueden dar un motivo, una ilusión, una esperanza en un día sumamente triste.

La vida es un viaje que dura muy poco, hay que vivir intensamente.

Adiós 2013, Bienvenido 2014

•enero 21, 2014 • 2 comentarios

Terminó el 2013, ya recibimos al 2014, los alumnos ya regresaron a clases y mientras todo se acomoda, yo reflexiono sobre los días pasados, sobre el año que ya se fue  y también me pregunto como será este año que comienza. El 2013 fue un año de mucho movimiento, aprendizaje y trabajo conmigo misma.  Fue un año para  empezar a desprenderme de mis miedos y volar hacia la libertad que me permitirá hacer realidad el sueño que por años he tenido guardado en un cajón.  Después de haber enfrentado y superado los retos de otros años, llegó el momento de acabar con el desorden dentro de mí.

Ese año comencé a ordenar todo, paso a paso, detalle a detalle, sin prisa.  La primera mitad del año  viví varios momentos de crisis y la mayor parte del tiempo tuve  una rodilla lastimada.  Dejé de correr y nadé muy poco.  Estaba en conflicto conmigo misma y con mi entorno. Mi sensibilidad tragaba miedos y  todo lo que había acumulado en los días difíciles, tenía que sacarlo.  Para sanar mi rodilla tenía que trabajar en mí.

En el 2013 aprendí que dedicarme un tiempo a mí misma  no es ser egoísta: para poder dar lo mejor de mí a los demás, primero tengo que estar bien yo y eso es imposible de lograr si me ignoro.  Así que me esforcé en encontrar mi bienestar de una manera constructiva.  Aprendí a darme el espacio que necesitaba y volví a escribir con constancia, a dedicarle más tiempo a mi jardín que tanto amaba y comencé a dibujar de nuevo.   Comencé a sanar poco a poco.  Para lograrlo también ha sido necesario enfrentarme a mí misma y dejar ir.

A veces nos aferramos a algunas cosas, recuerdos, situaciones y lo que necesitamos para seguir adelante es dejar ir.  Justo cuando creía estar encontrando la tranquilidad, el orden, cuando más segura me sentía, llegó la noticia de la mudanza. Sí, iban a vender la casa en la que vivíamos y teníamos que cambiarnos.  Al principio me quedé congelada, segura de que algo podría hacer y me tomó tiempo entender que era el momento de cerrar un ciclo.  A veces cuando llega algo mejor, nos negamos a verlo porque duele profundamente soltar lo que tenemos.   Y  si no soltamos, simple y sencillamente no podemos avanzar.

A pesar de que tuve mucho miedo al cambio y no quería despedirme de mi jardín, me atreví a soltar, abrí mi corazón y mi mente al futuro, al nuevo ciclo que estaba por abrirse.  La mudanza no fue el único cambio del año que acaba de terminar pero creo que fue el más representativo.   Soltar me ha permitido tomar las oportunidades que llegan.  Aprendí que aferrarse nos ciega, nos impide tomar esas oportunidades.   Me queda claro que no quiero dejarlas pasar por no atreverme a soltar, por mirar al pasado en lugar de abrirme camino en el presente.  Así fue como comencé el 2014, soltando para avanzar hacia mis sueños.

Cada año, a finales de diciembre, llueven deseos de felicidad y prosperidad para el año que está por comenzar.  La mayoría de las personas está llena de energía y propósitos para el nuevo año. Casi todos estamos llenos de   ilusiones y expectativas en enero. Desafortunadamente al llegar febrero o marzo esa energía desaparece, los propósitos se olvidan, las ilusiones se convierten en desconcierto y la decepción predomina.  El año nuevo no parece ser lo que se esperaba.    ¿Por qué el año no es tan próspero como todo mundo deseaba? ¿Por qué los propósitos no se llevan a cabo? ¿Por qué desaparece la energía?

Entonces me vienen a la mente todos los deseos de año nuevo, todos los abrazos.  Casi todos decimos “¡Muy feliz 2014!”, “¡Qué sea un mucho mejor año!”, “¡Qué se hagan realidad tus sueños!”. Por supuesto que lo decimos sinceramente y nos ponemos en manos de la «suerte» o «destino».   Sin embargo, en realidad, un año no es bueno o malo por arte de magia y nosotros no somos los “receptores” de esa magia que nos “regala” un buen o un mal año.  Al escuchar tantos deseos y también al decirlos, me di cuenta de que nos faltaba decir algo mucho más trascendente: “Hagamos de éste un mejor año”, “Luchemos porque sea un buen año”, “Trabajemos para hacer realidad nuestros sueños”.

No me quiero quedar sentada esperando a que algo bueno me suceda. No me quiero quedar sentada viendo como la vida pasa. No quiero ser espectadora ni este año ni los venideros. Por el contrario, moveré cielo, mar y tierra para realizar mis sueños. Sudaré, amaré, sonreíré, lucharé, quizá me caiga, quizá llore y si eso sucede, me levantaré, me reiré a carcajadas y tarde o temprano llegaré.  No esperaré que sea un buen año, decretaré que lo será y mis acciones me ayudarán a que lo sea.  No veré la vida pasar, seré parte de ella y viviré intensamente este 2014 y siempre.

Dicen que “Año Nuevo, Vida Nueva”… ¿Será verdad?   La respuesta está en nosotros.

“Vamos a abrir el libro. Sus páginas están en blanco. Vamos a poner palabras sobre nosotros mismos. El libro se llama Oportunidad y su primer capítulo es el Día de Año Nuevo”.  –Edith Lovejoy Pierce

 

Amor y no apariencia

•diciembre 19, 2013 • 2 comentarios

Hay quienes cuando hablan de amor piensan en belleza, la belleza física. En la mayoría de las películas y novelas románticas hoy en día los personajes son físicamente perfectos. Son guapísimos, supongo. Nadie es tan hermoso como los protagonistas de estas historias. Si tenemos acné, si no tenemos el cuerpazo, si nuestro físico no cumple con el estereotipo de belleza por todos aceptado, nos sentimos pequeños, insignificantes, casi con la certeza de que el amor no llegará a nosotros. Hoy en día hay bulimia, anorexia, desesperación en todos lados. Hay también resignación y la necesidad de hacerse cirugías que embellecen  y rejuvenecen. Hay quienes son capaces de renunciar a sus principios, a su corazón, a su personalidad, a perderse a sí mismos para lograr la aceptación de esa otra persona a la que se supone aman.

Visto de esa manera, el amor me parece  un monstruo que devora corazones. Sí, un monstruo capaz de comerse lo mejor de las personas, un monstruo que las despoja de sí mismas  para dejarlas solamente con su apariencia, la que además, nunca será suficiente. Esa terrible idea siempre me ha asustado más que cualquier historia o película de terror.  Esa fue una de las razones por las que por muchos años me «escondí» del «amor» (si es que en realidad se le puede llamar así).

Fui una adolescente llena de acné  y soy una mujer que detesta el maquillaje y la moda.  Me gusta mostrarme tal cual soy, sin disfraces ni apariencias. Sonrío  con todo mi ser y no sólo con la boca. Nunca me interesó que se enamoraran de mis piernas, por ejemplo.  Me decían idealista porque soñaba con alguien que me quisiera POR  QUIÉN SOY y no por cómo me veo… esa idea de que el amor entra por los ojos siempre la he rechazado y siempre me ha lastimado directa e indirectamente.  Directamente cuando fui la flaca fea a la que algunas amigas querían maquillar para que ahora sí fulanito de tal se enamorara de mí  (¿tan poderoso era o es el maquillaje? ). Por supuesto, nunca creí en los poderes del maquillaje ni en ser alguien que no soy para que me tomaran en cuenta.   Indirectamente cuando veo a personas cercanas a mí perderse a sí mismas y hacerse daño para  sentirse amadas por ese alguien que sólo tiene en cuenta la apariencia o que sólo se tiene en cuenta a sí mismo.

Esta idea del amor como sinónimo de perfección y belleza física, del «por ti soy capaz de todo, hasta de volverme un ente vacío, una especie de zombi que se mueve por inercia, una marioneta sin personalidad» nunca me ha cuadrado.   Es más, me desconcierta y me revuelve el estómago. Sí, eso me sucede. Ya estoy cansada de tanta superficialidad y de tantos estereotipos.  El amor no es materialista ni tampoco discrimina.

El amor abraza a todos, el amor da sin condiciones, no se basa en la talla de la persona  o en el largo de sus piernas, sino en todo lo que la persona es: sus cualidades tanto como sus defectos, sus sonrisas tanto como sus lágrimas. El amor acepta a la persona tal cual es, no intenta cambiarla.   Recuerdo bien las palabras de una amiga muy cercana: «lo amo a  él, a la persona que es, si tuviera un accidente y se desfigurara la cara lo seguiría amando de la misma manera».   Sus palabras fueron impactantes pero sabias.  El amor para mí hace florecer a las personas en lugar de marchitarlas; da seguridad y eleva la autoestima.  Es bilateral: da y recibe.

El  amor libera, no encarcela.  No tener la posibilidad de ser uno mismo es como estar enjaulado y eso nos impide crecer, ser felices.  La felicidad no está en otra persona, está dentro de nosotros mismos.  El amor cuando llega sólo engrandece esa felicidad que ya vive en nosotros.

Su belleza es intangible. Hay quienes la encuentran en la luz de una sonrisa, en la voz de una mirada, en  el silencio escondido entre las palabras,  en un abrazo que todo lo da, en un alma transparente que nada oculta…

No hay amor sin luz, sin armonía sin paz.  Nos da la calma en los tiempos de tormenta;   esperanza, en los tiempos oscuros;  fuerza, cuando todo parece perderse…

El amor para mí es una danza de luces, de libertades, de almas,  de oportunidades, de miradas que se encuentran en un cielo donde vuelan sus sueños compartidos.    Es el baile de dos sombras que la luz abraza.

«El amor no es encontrar a la persona perfecta. Es ver perfectamente a una persona imperfecta».
Sam Keen

 

Esperanza, unión y fuerza

•noviembre 21, 2013 • 4 comentarios

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Esta foto fue tomada en septiembre del 2009 y para mí es un símbolo de esperanza,  unión y fuerza.  Es el recuerdo de uno de los momentos más complicados, dolorosos pero también hermosos que he vivido. Es un recuerdo agridulce que se quedó grabado en mi memoria y que me inspira a seguir adelante.  Y ahora que comienza un capítulo en mi vida en un lugar nuevo, esta foto me recordó lo maravillosa que es la vida y lo mucho que tengo que agradecer.

Hoy en un momento feliz, miro al pasado con nostalgia, aprendizaje y con una sonrisa…

El día en que esta foto fue tomada, Rebeca tenía poco tiempo de haber salido del hospital después de una muy dura semana en la que supimos que tenía leucemia. Una semana de transfusión de sangre, de numerosos estudios complicados e inclusive dolorosos para ella, del comienzo de un tratamiento rudo, de cambios drásticos para todos. La muerte que generalmente se ve lejana, se convirtió en una sombra que nos vigilaba todo el tiempo.  Necesitábamos todos algo que nos distrajera, algo que pudiéramos hacer en equipo y en casa (por muchos meses nuestras actividades se llevarían a cabo solamente en casa y en el hospital, extraño pero necesario encierro).  Así que buscamos actividades que pudiéramos hacer juntos, que nos ayudaran a sonreír, a  disfrutar intensamente el presente y a luchar por ver la luz de un mañana…

Ese día hicimos un pastel en equipo, trabajamos juntos, bromeando, riendo, alejando nuestros miedos. El pastel en esa foto representa  la unión, la unión de mi familia, de nosotros cuatro que no nos rendimos y que nos amamos hasta en los momentos de enojos y desacuerdos; la unión que nos permitió salir adelante y bromear, llenar la casa de carcajadas hasta en los momentos más adversos; esa unión que nos ha cobijado en los momentos más fríos y dolorosos.

Antes de partir el pastel, había que tomarle foto. Los cuatro pusimos nuestra mano con la señal de «salió bien», señal que también significa, para mí, «saldrá bien».  Nuestras manos representan la fuerza, la fuerza con la que enfrentamos ese gran reto que la vida nos puso en el camino, la fuerza que nos impidió rendirnos en los momentos  más complicados, la fuerza que nos permitió superar nuestros miedos; esa fuerza con la que construimos y seguimos construyendo nuestro futuro.

Ahí, en la cocina, nos concentramos en lograr una meta. Quizá parecía algo sencillo: hacer un pastel; sin embargo, no se trataba del pastel, se trataba de vivir y de disfrutar a pesar de las circunstancias. El pastel era el camino; la sonrisa, el resultado. El momento aquí plasmado representa la esperanza, la esperanza que nos mantuvo de pie en esos años complicados, la esperanza que nos mostró que lo imposible puede realizarse, la esperanza que nos obligó a levantarnos cuando el agotamiento o la desesperación parecían apoderarse de nosotros, esa esperanza que nos abrazó cuando teníamos pesadillas y que nos sigue abrazando ahora.

Hoy, poco más de cuatro años después, me sigue motivando el recuerdo de ese día.  Hay quienes piensan que fue un pasado que no quiero recordar, que este cambio es bueno para dejar eso atrás y, de alguna manera, «comenzar de nuevo».  Sí, por supuesto que es un nuevo comienzo y lleno de oportunidades. Sin embargo, no hay nada que quiera dejar atrás. Esta lucha por la vida de Rebeca fortaleció nuestro amor, nos llenó de aprendizaje, nos enseñó la solidaridad y la capacidad de dar de personas que apenas conocíamos. Nos cambió la vida para siempre y fue un cambio positivo.  Conocemos el valor de la vida, del amor, de la fuerza, del trabajo en equipo, sabemos que no hay imposibles y tenemos la esperanza de tener un día más de vida todos los días. No podría estar más agradecida.

Levantarse y seguir…

•noviembre 6, 2013 • Deja un comentario

A veces se necesita mucho valor para levantarse de una caída.  Hay situaciones que nos sacuden, que nos quiebran. A veces es algo muy fuerte; otras, es un conjunto de «pequeñas» situaciones.  Sea la circunstancia que sea,  a veces no tenemos ganas de levantarnos: moverse implica un gran esfuerzo que no tenemos la disposición de realizar.   A veces la apatía nos gana, la falta de fe en nosotros mismos, el dolor o el peso de eso que cargamos o de aquello que no esperábamos y que no sabemos cómo resolver.  A veces es más fácil llorar que levantarse y el cuerpo se siente tan pesado que moverlo no es una opción.  Todo parece descomponerse. El sol quema, la noche asusta y se nos olvida que somos fuertes…

Tristeza

Entonces podría resultar más «sencillo» quedarnos en ese lugar de tristeza, miedo, desolación.  Nos ahogamos en un mar de quejas y lamentos.  Se nos pierden los sueños y nos cegamos ante las oportunidades.  Nos sentimos solos, débiles y vulnerables, con ganas de dormir todo el tiempo…

La vida pasa y nos quedamos acurrucados en ese dolor que no nos lleva a ningún lado porque levantarse, en un principio, duele más, mucho más.   A veces la cura duele más que la herida, pero es la única manera de sanar…

Cuando siento que me come el mundo, que la fuerza se me escapa, que los sueños me abandonan, me vienen a la mente las palabras que una amiga me dijo en la adolescencia:  «Sonríe. Sonríe porque no importa que tan mal te sientas, una sonrisa siempre te levanta el ánimo, siempre te ayuda a sentirte mejor.»   Recuerdo que cuando me lo dijo no me pareció agradable quizá porque lo que yo menos quería era sonreír.  Eventualmente, le hice caso.  Es increíble como algo tan sencillo como una sonrisa puede cambiar un estado de ánimo profundamente oscuro. Es imposible sonreír y no sentir un poquito de alivio.  Esa pequeña sonrisa es como una semilla de luz que se siembra en el corazón, es el despertar de la esperanza, es la voz que nos recuerda que sí podemos salir adelante, es el regalo que nos podemos dar a nosotros mismos y que contagia a los demás.

Desde entonces, me obligo a sonreír hasta en los momentos más complicados.  Me obligó a sonreír y después a levantarme.  Me obligó a luchar contra la adversidad y tomo la decisión de no rendirme.

En un principio,  soy como una actriz interpretando el papel de alguien que se siente bien,  que le sonríe al espejo por necesidad, que se repite constantemente «estoy bien, estoy bien, estoy bien» buscando convencerse, que se levanta por obligación más que por deseo.  Todos los días sigo la misma rutina: sonrío a pesar del dolor, me levanto por obligación y me repito constantemente que estoy bien… la diferencia es que cada día es mejor al anterior,  sonreír me cuesta menos trabajo y a veces me levanto por gusto y no por obligación. De tanto repetirme que estoy bien,  eventualmente logro convencerme.  Mis actividades de todos los días me van acercando a mis sueños nuevamente.  Hasta que llega el día  en el que el dolor ha desaparecido y la sonrisa llega naturalmente,  me levanto emocionada y camino de nuevo hacia mis metas: el dolor es un recuerdo lejano, aprendizaje y experiencia, es mi pasado pero ya no mi presente.

Todos los días sonrío: sonrío para agradecer, sonrío para disfrutar, sonrío para luchar, sonrío para sobrevivir, sonrío para dar, sonrío para amar, sonrío para regalar, sonrío para todo y por todo, aunque a veces, mi sonrisa sea el resultado de un gran reto  o de una lágrima atorada.

Tejiendo una Luna

•septiembre 30, 2013 • 2 comentarios

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Después de mucho tiempo, los lápices de colores me llenaron de magia. Hoy no les tuve miedo. Hoy tuve el valor de plasmar los sueños en mi mente. Inspirada en Remedios Varo me atreví a tejer una luna. Quiero llenar mi vida de lunas…No es perfecto, pero lo hice. Es la única manera de volar hacia mi cielo…

How I Felt when I Read Frankestein by Mary Shelley

•septiembre 28, 2013 • Deja un comentario

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