Un Día de Calma

•julio 25, 2015 • Deja un comentario

Temprano al despertar admiré el cielo a través de la ventana. Las nubes son hermosas. Me gusta despertarme primero y disfrutar de ese efímero silencio que existe mientras los demás duermen. Está mañana la vivimos sin prisa.
Almorzamos en un restaurante llamado Eat’n Park. Disfruté unos deliciosos «blueberry pancakes».  Me encantan. Todos platicamos muy a gusto. Me sentí bien.

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Después acompañé a Fabricio a realizar las cosas que tenía pendientes.  Conocí su lugar de trabajo. Lo ayudé un poquito a hacer pizzas y fue divertido.  Mientras él manejaba yo miraba las casas. Me gustan mucho. Me recuerdan a algunos cuentos y también varias películas. Son como las casas de dulce en las portadas de la revistas americanas de repostería de mí abuelita. Me alegra mirar las calles e imaginarme caminando en ellas.
Fabo me pidió que lo ayudara a hacer una piñata. ¡No recuerdo cuando fue la última vez que hice una! Creo que fue con mis alumnos en Navidad para una posada. Fuimos a comprar los materiales para hacerlos. Me encanta visitar las tiendas aquí, me siento como niña en una juguetería.  No compré nada pero me divertí viendo las cosas que me gustan y que no hay en México.
Comenzamos a hacer la piñata Fabricio, Susan y yo.  Fabricio se desesperaba y Susan y yo reíamos.

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Hoy no fue un día para visitar lugares sino para convivir más, platicar, para adaptarme un poco más a Pittsburgh.
En estos días voy aprendiendo a recibir también, a darme la oportunidad de que me consientan. Siempre me gusta ser yo quien dé, quién consienta, quién esté a cargo. Muchas veces me he sentido mal y me recrimino cuando no es así.  A veces hasta me siento insegura como si estuviera haciendo algo malo.  Estoy aprendiendo a recibir. A entender que no siempre debo estar a cargo de todo, que a veces no sólo es bueno sino necesario dejarse querer.  Hay que dar pero también recibir.
Hoy me siento rodeada de amistad, de cariño, de oportunidades.
Estoy aprendiendo a aceptar los regalos, bendiciones que la vida me ofrece sin cuestionarme ni recriminarme. Este es un buen momento para empezar a tomar la felicidad que llega sin barreras ni culpas, sin decirme  que no me lo merezco.
Me hacía mucha falta viajar. Mucha falta y me siento satisfecha y muy conmovida.
Con sus altas y sus bajas, la vida es un lugar maravilloso.

Destino final: Pittsburgh

•julio 24, 2015 • Deja un comentario

Como en las carreras, el ùltimo kilòmetro es el  màs cercano a la meta, el màs pesado, el màs difìcil. Asì fueron para mì las ùltimas dos horas del vuelo. Hubo un poco de turbulencia y estaba mareada.

La mùsica fue mi refugio y sucediò lo inesperado: me dormì una buena parte del vuelo. Soy insomne y casi nunca me duermo en los aviones.   Despertè cuarenta minutos antes del aterrizaje. Tenìa mucha sed, estaba ansiosa y claustrofòbica. Estaba desesperada y querìa gritar. Sòlo encontrè una manera para evitar perder el control:  contè del 100 al 0 (esto lo leì en un libro  y es parte de una tècnica para meditar).

Cerrè los ojos y me concentrè en contar. No habìa nada màs en mi mente. Me vi en paz; me vi en un castillo rodeado de naturaleza, estaba relajada y feliz. Casi me quedo dormida al llegar al cero. Abrì los ojos y ya pude controlar mi desesperaciòn.

Casi lloro de felicidad cuando el aviòn tocò tierra. ¡Ya habìa llegado a mi destino!

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Pittsburgh Airport

Ahora necesitaba recoger mi maleta. Afortunadamente mi amigo me habìa comentado que era necesario tomar un tren para llegar a la sala donde se recogìa el equipaje. Pues al salir del aviòn no habìa indicaciones al respecto. Seguì como zombi a los otros pasajeros.  Fue una pequeña estaciòn la que recorrimos en el tren.

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Pittsburgh Airport

Salì y caminè hacia la sala. Justo antes de bajar unas escaleras elèctricas vi a Fabricio, sonriendo.  Lo saludè todavìa sin poder creer que ya estaba ahì.  Me tardè tanto en reaccionar que me seguì a la escalera y cuando me d cuenta, ya no pude regresarme. Lleguè a la planta baja desorientada y nerviosa.  No sabìa como reunirme con mi amigo ni tampoco dònde encontrar la maleta. Le pedì ayuda a la persona que estaba a lado mìo. No pude expresarme bien. Entonces vi a mi amigo con Susan, su futura esposa y en quien estoy encontrando a una amiga sincera.  Me quedè pasmada, emocionada, haciendo un enorme esfuerzo por no llorar.

Despuès de dos años por fin volvìamos a vernos. Me conmoviò sentir la felicidad de ambos al verme. Fabo corriò emocionado a abrazarme; realmente necesitaba ese abrazo. Me sentì feliz. Abracè a Susan y estuve sonriendo durante el camino a su casa.  Le llamè a mi familia para avisarles que lleguè bien.

Nos tomò alrededor de una hora llegar a casa de Fabricio. Aunque ya era tarde, los tres tenìamos hambre. Fabo preparò quesadillas y Susan, margaritas.

¡Estoy en Pittsburgh!

Estaba tan contenta por este viaje, tan ansiosa por aprovechar cada minuto que me despertè a las 6:30 (5:30) en Mèxico y ya completamente recuperada del dìa anterior.  El papà de Fabricio ya estaba despierto y preparò un cafè delicioso. Comenzamos la mañana platicando. Me da mucho gusto poder pasar estos dìas con mi amigo y su famila. Tenemos la oportunidad de convivir y pasear en vìsperas del gran evento: la gran boda que me trajo aquì.

Es hermoso el cielo en Pittsburgh. El verano suele ser muy caluroso y tengo entendido que julio es el mes màs càlido del año. Este es un lugar muy tranquilo. Aquì sòlo hay alrededor de un millòn de habitantes. Lo percibo como un lugar lleno de naturaleza. Hay àrboles en todos lados y en el transcurso del dìa se escucha el trinar de los diferentes tipos de aves.

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Pittsburgh

Comenzò mi estancia en Pittsburgh con una visita a dos parques. Comenzamos en Schenley Park. Fue una mañana bien soleada y fue el lugar ideal para disfrutarla. Me gusta estar llena de naturaleza.  Fabricio y su hermano jugaban a lanzar un disco, los veìa correr de un lado a otro. Su sobrina se paseaba con su mamà. Yo platiquè un rato con los papàs de mi amigo. Susan no pudo acompañarnos porque tenìa que trabajar. Despuès me recostè cubrièndome la cara (el sol y yo no somos tan amigos y no querìa parecer un camaròn despuès). Me gusta mirar al cielo, encontrar figuras en las nubes y observar a los pàjaros en los àrboles.

Schenley Park, Pittsburgh

Schenley Park, Pittsburgh

En este lugar podrìa pasar mucho tiempo escribiendo, sentada en una banca o en el pasto. Me sentì llena de poesìa y tuve la oportunidad de escribir un poquito. Siempre llevo mi libreta conmigo.

Schenley Park, Pittsburgh

Schenley Park, Pittsburgh

Cuando nos cansamos del sol, Fabricio nos llevò a comer al Sports Grille Cranberry.

Sports Grille Cranberry, Pittsburgh

Sports Grille Cranberry, Pittsburgh

Pedì una hamburguesa con mucho tocino y acompañada de aros de cebolla. Me pareciò enorme cuando vie el plato; sin embargo, me la acabè. Soy màs tragona de lo que pensaba.

Sports Grille Cranberry, Pittsburgh

Sports Grille Cranberry, Pittsburgh

Cuando salimos del restaurante, yo estaba satisfecha y muy agradecida.

En el poco tiempo que llevo aquì, Fabricio, su familia y Susan me consienten mucho. Me siento tan bienvenida como agradecida.

De ahì fuimos a Mc Connels State Park, un inmenso parque con cascadas. Estuvimos en la zona llamada Hells Hollow. A la hora de bajarnos del coche, pude escuchar el canto del agua; su sonido me llena de magia. Como el lugar està rodeado de pinos muy altos, no se siente calor, es clima es un poco hùmedo y muy fresco. Nos adentramos en el parque camino a la cascada. Eran quince minutos de caminata para llegar.

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Hells Hollow, Pittsburgh

Aunque son muy diferentes, me recordò el viaje a Cuetzalan que hice con mi familia y nuestras largas caminatas por las diferentes cascadas que visitamos.

Siempre me siento a gusto en la naturaleza. Los àrboles, las plantas y el agua me dan vida. Podrìa quedarme sentada horas frente a la cascada escuchando su mùsica. Fue un momento de mucha paz.

Hells Hollow, Pittsburgh

Hells Hollow, Pittsburgh

Fabricio lo llamò el «recorrido lunamielero» porque estos fueron los parques donde llevò a Susan el dìa que le pidiò matrimonio a Susan.  Le declarò su amor justo frente a la magnìfica cascada de Hells Hollows.

Dormitè un ratito en el camino de regreso. Despertè justo en el momento adecuado para ver el atardecer reflejarse en los  edificios de Pittsburgh y sus puentes. No esperaba encontrarme con tanta belleza en este lugar. Pittsburgh amenaza con robarse mi corazòn.  Las ùnicas fotografìas que pude tomar en ese momento, fueron con mis ojos. Espero en estos dìas poder atrapar varios atardeceres con mi càmara.

Ya en la casa de Fabricio, me esperaba una noche tranquila en la cual pude escribir y platicar con Susan.

Dormì como angelito y despertè a las 7:00. Lo primero que vi a travès de la ventana fue un pàjaro enorme que pasò volando.  Le sonreì a la mañana y ya estoy lista para comenzar el dìa.

Mi vista al despertar Pittsburgh

Mi vista al despertar
Pittsburgh

Aquì en Pittsburgh amanece a las 6:00 y a las 7:00 ya està lleno de sol.  Atardece cerca de las 9:00 de la noche. Los dìas son largos y llenos de luz.

Asì me siento: llena de luz.  ¡Muy buenos dìas!

Camino a Pittsburgh

•julio 23, 2015 • Deja un comentario

No me pareció largo el tiempo que estuve en el aeropuerto del DF. Caminé tranquilamente hacia la sala de espera después de tomar mi té y escribir un rato. Escuché los mensajes que recibí en mi teléfono. Estaba contenta.
Con respecto a mis impresiones en el aeropuerto de la Ciudad de México, me sorprendió que no hubiera wi-fi disponible para todos, sólo había para los clientes de infinitum.   Por otro lado me parecieron exageradamente caras las botellas de agua.  La más barata que encontré costaba 18 pesos y la más cara 38 (ambas de 600 ml). No esperaba encontrar precios tan variados y elevados para sólo una botella de agua. Fui muy ilusa al creer que con 17 pesos me alcanzaría para una.
Me senté y un poco desconcertada esperé que llegara el momento  de abordar.
Platiqué con una señora que iba a Houston al bautizo de su bisnieto. Me contó que tiene 6 hijas y 2 hijos. Algunas de sus hijas viven allá.  Me contó de sus nietos y bisnieto.  Traté de imaginarme con ocho hijos. No pude. Mis respetos a las pacientes madres de familias tan grandes.
Abordamos el avión cerca de mediodía.  En estos aviones de United Airlines ya no hay radio ni audífonos; sin embargo, hay «United wi-fi» para ciertos vuelos. Es decir, a cualquier pasajero que tenga un dispositivo móvil puede conectarse al wi-fi y tener acceso a las películas que la aerolínea tenga disponibles.
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A veces para poder verlas es necesario tener la aplicación de la aerolínea en los ya mencionados dispositivos.  para tener acceso a redes sociales o cuentas de e-mail es necesario pagar la cantidad estipulada. Es una buena oportunidad pero sólo para quienes tengan dispositivos móviles.
El viaje camino a Houston fue tranquilo. Sólo una pequeña falla mecánica antes de despegar pero la resolvieron en unos minutos. En este vuelo predominó el silencio. Me tocó sentada en medio de dos hombres, ambos muy amables; uno era venezolano; el otro, americano.  Yo estaba muy nerviosa antes del despegue y el venezolano me dijo que es más probable tener un accidente automovilístico que uno aéreo. Mi marido me dice siempre exactamente lo mismo. Me acordé de él y sonreí.  Ambos tienen razón pero soy muy nerviosa. 
Desde mi lugar alcanzaba a ver un poco el paisaje afuera.
Antes del despegue, el americano me regaló un chicle. No me gustan los chicles pero me alegró de haberlo aceptado. Masticarlo mantuvo entretenida durante el despegue. Cerré los ojos y me concentré en el amor, paz, armonía. Despegamos son contratiempos y sentí el vértigo en mi estómago.
El vuelo duró menos de dos horas. Estuve leyendo The White Goddess de Robert Graves. Después el venezolano me mostró lo que escribió Gabriel García Márquez sobre viajar. Me identifiqué con lo que leí. Hablamos de viajes y después de idiomas y cultura. A él también le gustan los idiomas. Habla español, inglés, portugués y quiere aprender otra lengua.  Me mantuvo entretenida la plática.
Cuando comenzamos a descender me sentí mareada. Cerré los ojos para escaparme del miedo. Vi una caverna muy profunda. Me pareció que caía y caía. Abrí los ojos sobresaltada, respiré profundamente y los volví a cerrar. Vi la entrada a una especie de iglesia color arcilla. Vi un paisaje hermoso;  comencé a quedarme dormida.
Abrí los ojos de nuevo cuando ya casi tocábamos el suelo. Tanto el venezolano como el americano me sonreían para reconfortarme (ambos percibieron mis nervios).  Llegamos bien a Houston.
El aeropuerto es enorme. Hay internet gratuito para todos y es muy rápido. Por lo tanto tuve la oportunidad de comunicarme con mi familia.
Tenía mucha hambre pero todavía me faltaba un largo camino antes de poder hacerlo. Primero teníamos que pasar por migración. La fila era enorme. Afortunadamente avanzaba rápido. Fueron como 30 minutos para llegar con la agente que revisó mis documentos y me preguntó la razón de mí viaje. Después había que recoger el equipaje y formarse de nuevo. Otra larga fila para volver mostrar nuestros documentos y entregar nuestra declaración.  Después había que dejar nuevamente la maleta para que llegara a su destino final: Pittsburgh. De ahí nos tocó otra revisión para la cual fue necesario quitarnos los zapatos. Estaba exhausta, estresada y hambrienta.  Me dio ánimos el haber podido ayudar a algunas personas que no hablaban inglés y quienes se acercaron a mí para que les ayudara, explicará o tradujera las instrucciones para realizar los procedimientos. Saberme útil siempre me pone de buen humor.
Casi pierdo mi celular después de la revisión. Lo dejé en la charola donde hay que poner las cosas para que las revisen. Afortunadamente pude recuperarlo sin incovenientes. El agente que lo tenía me hizo reír antes de dármelo.
Tenía tanta hambre que me dolía la cabeza.
Para llegar a la terminal C, tuve que tomar un tren. Se parecía un poco al metro. Sólo era una estación.
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En mi mente sólo había una imagen: COMIDA. En ese momento era lo único que deseaba. No encontré un McDonalds. No me gustan las hamburguesas pero es un buen lugar dónde comer cuando uno no quiere gastar dinero. Comí un pollo del estilo de Kentucky Fried Chicken pero con la enorme diferencia del precio. Es el pollo más caro que he comido en mi vida. El lugar se llamaba Popeye’s Louisiana Chicken.
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Me senté a devorar mi comida. Me sentí como el protagonista de Ravenous (1999) cuando se come con avidez y desesperación un guisado de carne después de haber intentado inútilmente resistirse. A pesar de que no me gusta el pollo, lo disfruté muchísimo. Renové fuerzas.
Me dirigí a la sala de espera y admiré la tarde a través de la ventana.
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Tomé mi ipod, me puse a escuchar música y escribir mientras pasaban las horas.
Anhelé un abrazo, me sentí un poco sola. La música me acompañó en este camino. Sólo una vez he estado en Houston. Viajamos mi papá, mis hermanos y yo. Mi mamá no pudo viajar con nosotros aquella ocasión. Es la única vez que he viajado al extranjero con mi papá. Está parada en Houston me hizo extrañarlo.
Llegó la hora de abordar el avión. Estoy nerviosa y muy emocionada. Cuento las horas para ver a mi amigo.
Hay muchos bebés llorando en este avión. No será un vuelo ni tranquilo ni silencioso. Mejor me pongo los audífonos y me lleno de música. Canto al ritmo de Marie Claire Dubaldo. Quiero bailar mientras escucho Dream of You de Schiller.
Estoy a casi tres horas de reunirme con mi querido amigo en Pittsburgh. ¡Sólo tres horas!
Me siento tan cansada como entusiasmada y ya menos aprehensiva.
Cuando viajó me preocupó por el pasaporte, la visa, mi mochila, mi maleta. Me estresa perder u olvidar algo. Ya falta poco para poder relajarme y disfrutar, muy poco.

El comienzo: Aeropuerto Ciudad de México

•julio 22, 2015 • Deja un comentario

Llegó el día esperado. Nos levantamos temprano, desayuné, me despedí de mis hermosas adolescentes y mi marido me trajo al aeropuerto. Me costó trabajo despedirme.
¡Qué nervios pensar en subirme al avión! Pero estoy tranquila.
Lo primero que hice en el aeropuerto fue registrarme. En realidad fue rápido hacerlo. Mi maleta estaba dentro de los límites de peso reglamentado.  Todo iba muy bien hasta que el señor que me atendió me pidió el domicilio del lugar donde me iba a quedar en Estados Unidos.  Ese fue mi primer olvido (y espero que también el último).  En ese momento mi celular no tenía señal y no pude hablarle a mi amigo.  Registró que llegaría a un hotel.   Vaya que se me «fue el avión».  Mientras no me ocurra de nuevo, todo estará bien.  No pedí que me dieran asiento junto a la ventana y creo que los asientos ya estaban asignados.  Me tocó lugar en el centro; me preocuparé por eso a la hora de abordar. Todavía me faltan un par de horas.
Después de documentar, le hablé a mi amigo y la pedí su dirección. No me  sucederá lo mismo cuando vuelva a documentar en Houston.
Una vez lista, llegué al área de comida con antojo de un » cinabon» (rol de canela). Me encontré con la sorpresa de que ya no está el local donde lo vendían. Me sentí desconcertada. Comer un cinabon calientito  en el aeropuerto era una tradición para mí. Sentí nostalgia.
Me di una vuelta por los otros locales pero no se me antojó nada, ni siquiera un café.
Por fin encontré un lugar donde vendían té. La señorita amablemente me recomendó un té negro cuando le comenté que no deseaba una bebida dulce.
Ahora saboreo mi té mientras escribo.

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Veo a las familias platicar, a los ejecutivos escribir con prisa en sus celulares.
Estoy nerviosa y emocionada, muy emocionada.
La pareja sentada frente a mí me sonríe. ¡La vida me sonríe!
Me dolió despedirme de mí familia, pero la tecnología me permite sentirme cerca de ellos.
Hablando de tecnología, aunque imprimí mi boleto, no me lo pidieron. Solamente escanearon mi pasaporte y apareció en la pantalla toda la información de mis vuelos. Documenté en menos de 3 minutos. ¡Increíble!
Estoy lista para la gran aventura que será este viaje.

Por lo general, para viajar, hay que sacudirse el miedo a volar.

•julio 21, 2015 • Deja un comentario

Me encanta viajar pero me dan miedo los aviones, hermosa paradoja que experimentamos varias personas.

Tenía nueve años cuando salí del país por primera vez. Me dirigía a Dallas Forth Worth donde pasaría unas semanas con unos amigos de mi papá quienes tenían una hija de mi edad: Kate.  Viajé sola.  Por fin se cumplía mi sueño de ese entonces: ir a Estados Unidos. No recuerdo si tuve miedo esa vez. El sentimiento que permanece es la emoción del viaje y los nervios de llegar con personas para mí desconocidas, de quienes sólo sabía algunas anécdotas que me contó mi papá.

La segunda vez, tenía once años y fui a visitar a mi tío en Bélgica; también viajé sola. Esa vez sí temblaba de miedo. Desde el aeropuerto no quería separarme de mis padres. Me subí al avión con un nudo en la garganta. Me torturaba la idea de que el avión se estrellara y no volviera a verlos.  No recuerdo si fue en el viaje de ida o de regreso cuando coincidí con un sacerdote a quien le tocó sentarse cerca de mí.  Con toda la inocencia e ingenuidad posible de mis once años, su presencia me dio mucha tranquilidad, me dio la certeza de que llegaría bien a mi destino porque Dios nos acompañaba, estaba ahí con el sacerdote.

Debido a motivos económicos, no me ha sido posible viajar seguido; sin embargo, hacerlo es una de mis grandes pasiones.   Esas intensas ganas de viajar, esa oportunidad de visitar un lugar increíble, me ayudan a enfrentar el reto de subirme a un avión.  Además de  mi ya mencionado miedo a los aviones, tampoco me es fácil hacer la maleta. Odio empacar; siempre me quedo con la sensación de que estoy olvidando algo.  Por lo tanto, al momento de prepararme para un viaje, necesito armarme de valor por un lado, y superar mi desagrado a empacar por el otro.

Es más sencillo sobrellevar un vuelo tranquilo porque cuando hay turbulencia además del temor, me invaden las náuseas y mi mente inventa historias que terminan en tragedia. Si me toca sentarme cerca del ala, me estresan las luces intermitentes; si no me toca la ventana siento que me ahogo; si necesito ir al baño me mortifica decirles «compermiso» a los otros pasajeros.  Me es indispensable concentrarme en mi destino para calmarme, para poder tener un buen viaje. Me resulta imposible sobrevivir en un avión sin un buen libro que leer, mi cuaderno y mis plumas. El movimiento de mi mano en armonía con el papel me da mucho alivio.

Por eso, al escuchar que se prohibirían las plumas en el avión en el área de pasajeros en el 2006 después de un atentado frustrado  en el aeropuerto del cual saldría mi vuelo de regreso a casa, entré en pánico; sentí que me faltaba el aire. Se trataba de un vuelo largo y no me imaginaba cómo sobrellevarlo. Consideré la opción de cambiar mi fecha de regreso hasta que las cosas se calmaran, pero, ¿y si eso no sucedía?  Afortunadamente no tuve que responder esa pregunta: sí hubo muchas reglas nuevas pero prohibir las plumas no fue una de ellas.  El único «problema» fue la  la incómoda, exhaustiva y pesada revisión que nos tuvo a los pasajeros de pie esperando cerca de 40 minutos en la fila justo antes de abordar el avión.

Los momentos en los cuales logro sacudirme el miedo, me relaja la sensación de volar, de saberme suspendida en el tiempo en un lugar donde todo parece detenerse: aunque vamos a velocidad el movimiento es apenas perceptible.

Después de casi diez años volveré a hacer un viaje fuera de mi país. Una vez más, a pesar de los planes originales, me tocará hacerlo sola. Visitaré un lugar al cual nunca he ido y pasaré esos días con  un amigo quien, para mí, es mi hermano. No lo  he visto en casi dos años. Estaré con él en el día de su boda y tengo el increíble honor de ser dama (bridesmaid) en ese gran evento.  Estoy feliz, emocionada y nerviosa.

Es la primera vez en 38 años que hago mi maleta con una cierta anticipación.  A pesar de tener un enorme hoyo en el estómago, no estoy estresada.   Esta vez no pasaré la noche ni la madrugada ansiosa y desesperada por tener todo listo. Por razones de espacio, esta vez no llevaré libros impresos: llevaré un  lector electrónico.  Confiar en la tecnología también me pone muy nerviosa, pero sé que todo se acomodará bien.

Pronto dejaré de tener los pies en la tierra y estaré más cerca de las nubes. Mientras ese momento llega, estoy tan feliz como nerviosa. Repaso la lista de cosas que ya empaqué y me aseguro de no olvidar nada.

Ya quiero y no quiero estar en el avión. Siempre me invaden estos sentimientos encontrados. He aprendido a controlar mi miedo pero no logro dejar de sentirlo.  Ya no pensaré más en eso. Me concentraré en el viaje que se aproxima, en mi amigo que me espera, en la gran boda.

Ya tengo mis libros, mi cuaderno, mis plumas, mi cámara; ya estoy casi lista para para disfrutar intensamente esta gran oportunidad. Lo único que lamento es que en esta ocasión mi familia no podrá acompañarme.

Viaje :)

Viaje 🙂

De Aguaceros, Reconstrucciones y Flores.

•julio 20, 2015 • Deja un comentario

Algunas veces lo que parece una tremenda tempestad resulta ser lluvia que renueva y limpia, lluvia que refresca. En estos días me tocó sentirla. Primero me pareció implacable y profunda; empapada creí que sería el preludio de una ineludible pulmonía.

Aguacero

¿Tempestad?

Quise arrancarme el peso que cargaba, alejarme de mis decisiones, esconderme en un mundo de silencio donde no fuera necesario convivir con nadie. Estaba extenuada y me lastimaba el ruido de los ideales que se marchaban con el viento, la imagen que no podía desaparecer de mi mente. Hay efímeros minutos en los que todos deseamos tener amnesia, borrar ciertos recuerdos y avanzar como si nada pasara; como si eso nos hiciera sentir menos rotos o fracasados.

No soy  una fracasada pero en esos efímeros minutos sí me sentí un fracaso y rota todavía lo estoy, un poquito: para reconstruirse hay que romperse primero.

Así, un poco rota y un poco triste, abrí mis brazos a la lluvia y dejé que me renovara.  A pesar de los difíciles retos de estos días, mi autocontrol ha mejorado y he podido enfrentar las circunstancias con calma.  Eso me ha ayudado a estar más en armonía conmigo misma. Aunque estoy agotada, me siento ligera.

LLuvia

LLuvia

Lluvia que limpia.

Lluvia que limpia.

He aprendido a navegar en este aguacero. Cuando todo parecía derrumbarse, las personas me sonreían en el pesero, un día hasta el conductor me hizo reír y el ejercicio me ayudó a encontrar el equilibrio.

Además fue la semana de la Feria de las Flores de San Ángel.  Cada año espero con mucha emoción a que llegue este evento. Hay conciertos gratuitos, muchos puestos para comer, venta de artesanías y una gran cantidad de flores que me alegran el alma.

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

El jueves fui con una amiga muy querida y su mamá. Esa tarde estuvo llena de sol y me sentí muy apapachada. La comida estuvo muy rica y rodeada de una plática muy agradable.  Después paseamos por los diversos puestos y nos encontramos uno con unos cuadernos increíbles (son mi debilidad). El señor que atendía el puesto da clases para aprender a encuadernar. Mi amiga y yo nos miramos emocionadas, las dos pensamos lo mismo: tomar ese curso como parte de nuestro proceso creativo y  para los proyectos que queremos realizar.

Tener un nuevo proyecto y un nuevo objetivo fue una buena dosis de energía que me ayudó a sobreponerme.

Vimos una hermosísima Flor de Loto y nos tomamos fotos con un búho. Terminamos el día tomando un sabroso café americano sentadas en el pasto y sonriéndole a la vida.

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Feria de las Flores San Ángel 2015

Desafortunadamente este año la Feria sólo duró una semana. Para nosotras se ha vuelto una tradición ir cada año, es algo que siempre disfrutamos mucho.

Me hizo bien esta lluvia con apariencia de tempestad.  Ha sido dolorosa pero también restauradora. Delante de mí hay un camino brillante. Tengo la certeza de que eventualmente llegaré a la meta.

Vida. :)

Vida. 🙂

Dalia

Dalia

La importancia de no rendirse y creer en uno mismo.

•julio 9, 2015 • Deja un comentario

El domingo 5 de julio fue la Octava Carrera de Aquí Nadie Se Rinde, evento que se realiza anualmente para ayudar a los niños con cáncer. Siempre espero con emoción a que llegue este día.  En los años pasados he participado como voluntaria y ahora, por primera vez, decidí participar como corredora. Estuve entrenando por  meses para poder correr 10 km.  Estaba muy emocionada por vivir este momento y no me imaginé que sería un viaje tan intenso, duro y extraordinario.

A punto de comenzar Octava Carrera Aquí Nadie se Rinde

A punto de comenzar
Octava Carrera Aquí Nadie se Rinde

Una carrera es un buen ejemplo de cómo alcanzar nuestras metas en la vida: se necesita tener el objetivo bien claro, prepararse para llegar y no detenerse ante los obstáculos: no se mira atrás, la meta se encuentra frente a nosotros.

No fue fácil decidir no ser voluntaria en esta carrera pero confieso que no me arrepiento de mi decisión: correr resultó una gran oportunidad para enfrentar mis demonios,  conocer el alcance de mi fuerza de voluntad y  la importancia de poder manejar mis emociones. También pude constatar, una vez más, lo importante que es visualizarme alcanzando la meta.

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Esta sería mi segunda carrera, la primera fue la de Avon en el 2012. En ambas el reto consistía en  correr 10 km. Aquella vez estuve muy nerviosa, insegura y además tenía el tobillo un poco lastimado. Estuve a punto de darme por vencida en el kilómetro 9, pero un amigo me animó todo el camino y me impidió darme por vencida. Terminamos juntos la carrera.

Dejé de correr un par de años pero desde septiembre comencé a ponerme en forma de nuevo. Cambié mis hábitos alimenticios y desde entonces entreno con dedicación y constancia.  El entrenamiento me dio la confianza y seguridad en mí misma que me faltaron en el 2012 y por eso ahora no estaba nerviosa ni asustada.  Además, ya lo había hecho una vez.   Cada vez que logro algo me digo a mí misma: «Si pudiste una vez, puedes siempre». Esperé tranquila a que llegara el gran día.

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Las cosas nunca son tan fáciles como parecen y en la víspera del gran momento me enfermé de faringitis. Los días previos a la carrera los pasé en reposo y con medicamentos. Le pregunté al doctor si podría participar en la carrera y me dijo que dependía de mí, de cómo me sintiera.

Seguí las indicaciones del doctor; aproveché esos días de reposo para volver a visualizarme en la meta.  Había decidido dedicarle esa carrera a alguien muy especial para mí: mi querido Herwig,  un amigo como pocos quien hoy lucha para combatir el cáncer.  ¿Cómo no participar en la carrera?

For Herwig Carrera Aquí Nadie Se Rinde 2015

For Herwig, Carrera Aquí Nadie Se Rinde 2015

El domingo me desperté antes de que sonara el despertador.  Me sentí fuerte, serena y capaz de cumplir mi objetivo. Era una mañana despejada y pudimos admirar los volcanes. En ese momento no hacía ni frío ni calor, sólo había un poco de viento. Inés y yo ya estábamos listas: ella correría 5km y esta sería su primera carrera.

Al estar en el estadio como corredora, sentí nostalgia de los años anteriores, en los cuales tenía que llegar a las cinco de la mañana para reunirme con mi equipo de voluntarios y comenzar nuestro trabajo. Ese día se reúnen alrededor de mil voluntarios para sacar adelante este gran evento. Es un enorme trabajo de equipo y es una experiencia tan enriquecedora que, al finalizar el evento, a pesar del cansancio y estrés acumulados, los voluntarios quedamos llenos de entusiasmo y listos para regresar el siguiente año.

A la mayoría de los voluntarios no les toca ver nada del espectáculo, trabajan arduamente «detrás de las cámaras» para que las cosas salgan bien. Mientras me acercaba al área de calentamiento, los miraba con admiración. Extrañé reunirme con ellos, lo extrañé mucho.

La carrera inició a las ocho. Empecé a trotar acompañada del viento y estar en el estadio fue muy emotivo. Empecé a aumentar la velocidad y a disfrutar inmensamente. Acompañada de la música me concentré en vivir el momento y dar lo mejor de mí.  Aunque me encontré en el camino a algunos compañeros que también fueron voluntarios el año pasado, la mayor parte del tiempo corrí sola. Me di cuenta de lo importante que es tener al menos un compañero de equipo: alguien a quien echarle porras y que me echara porras también. Esa es una tarea pendiente para la próxima carrera en la que participe.

En esos primeros kilómetros recordé nuestra primera carrera de Aquí Nadie se Rinde. Mi marido y yo fuimos como espectadores, fuimos a ver a Rebeca quien llevaba  apenas 10 meses de tratamiento para combatir la leucemia. Era la primera vez que la veíamos correr sin caerse después del diagnóstico. Fue un gran logro y tanto su papá como yo lloramos emocionados. ¡Celebramos tanto ese día!  Me sentí orgullosa por el camino recorrido y afortunada por estar ahí corriendo en el estadio con Aquí Nadie se Rinde unos años después. Ya había sido espectadora, después voluntaria y ahora me tocaba correr.

Cerca del kilómetro cinco ya había encontrado mi velocidad,  estaba con conectada con mi cuerpo y mis emociones y en lugar de cansarme, mi energía aumentaba: tenía la mente casi en blanco y bien enfocada en llegar a la meta. Todo parecía ir viento en popa. Me parecía ir más rápido que en los días de entrenamiento; me sentía cómoda yendo a ese ritmo.

Debido a mi salud,  el día anterior a la carrera, consideré la posibilidad de caminar en lugar de correr si me sentía débil (bajo ninguna circunstancia pondría mi salud, mi bienestar en riesgo). El estar tan lista, tan fuerte me «cargó» de energía. Así creí que llegaría a la meta; sin embargo, después del kilómetro seis me empezó a doler la corva (hueco poplíteo) de la rodilla izquierda. No me detuve pero conforme avanzaba, el dolor iba en aumento. Empecé a angustiarme. No tenía la intención de detenerme pero no sabía cómo seguir. Todavía me faltaban poco más de tres kilómetros y el dolor no cedía. Dudé. Mi determinación se tambaleaba y el miedo entenebrecía mi mente. Perdí la concentración. Sentí el impulso de frenarme, de llorar, de pedir ayuda. Justo en ese momento escuché a alguien al lado de mí decir: ¡Vamos, ánimo!. No sé si fue a mí o a los corredores con los que venía o si fue a ambos; pero sus palabras surtieron efecto. Pensé en Rebeca y en su lucha. Si ella no se rindió, ¡yo tampoco!. Tomé aire. Necesité caminar unos metros para que el dolor cediera. Pensé Herwig, mi querido amigo, quien hace un par de meses recibió la noticia de que el cáncer había vuelto y no dejó que el miedo lo dominara: siguió y sigue luchando por la vida, por hacer realidad sus sueños; porque hoy ante la adversidad, él sonríe. Pensé en ellos, en mi marido que me esperaba en la meta. Pensé en mi papá quien también estaría ahí, en el estadio, esperándome, justo en el día de su cumpleaños- hermosa coincidencia correr justo en ese día- con mi hermoso sobrino de cinco años. Pensé en todas las tempestades en mi vida y en todos los amaneceres después.

«¡No me rindo! ¡No me rindo! ¡No me rindo!» me dije en ese momento. Me conecté con el amor y busqué estar en armonía con mi cuerpo.  Comencé a trotar de nuevo; sin embargo, mi mente seguía enfocada en el dolor. Seguí.  Por fin logré dejar de pensar en el dolor y volver a poner la mente en blanco. Troté lo más rápido que pude, a veces corría un poco.  Me acarició la magia de estar en CU, el hecho de estar en un lugar donde tengo tantos recuerdos y que me gusta mucho.  Me reía al ver letreros como «Disminuya su velocidad»  o «Velocidad máxima 40 km/h». ¡Ojalá tuviera que disminuir mi velocidad por que iba a 40 km/h (aunque eso sólo aplique para coches). Nunca vi el kilómetro ocho, cuando me di cuenta ya estaba pasando el kilómetro 9. Estaba a menos de un kilómetro de llegar a la meta. En medida de mis posibilidades aumenté la velocidad y seguí adelante, siempre adelante.

Entrar al estadio me llenó de escalofríos, ver en las gradas a mi familia esperándome me conmovió profundamente, ya casi faltaba poco, muy poco.  Llegué a la meta con las manos en alto y las lágrimas a punto de mostrarse. Llegué sorprendida porque hice mejor tiempo del que esperaba, dadas las circunstancias. Llegué agradecida con mi cuerpo por haber aguantado este reto. Estaba impresionada por el poder que tienen la fuerza de voluntad y la determinación en la mente de una persona. No me sentía exhausta y habría sido perfecto si no fuera por el dolor en mi pierna.

¡En la meta! Octava CarreraAquí Nadie Se Rinde, Estadio CU, Junio 2015

¡En la meta! Octava Carrera Aquí Nadie Se Rinde, Estadio CU, Junio 2015

Aquí Nadie se Rinde, Estadio CU

Aquí Nadie se Rinde, Estadio CU

Mis muy amadas adolescentes salieron a recibirme antes de que llegara a las gradas. Me felicitaron y estuvieron conmigo. Cuando llegamos a las gradas, mi papá me recibió con una enorme sonrisa y mi sobrino me llenaba de preguntas emocionado. Yo sentía que volaba.

Octava Carrera Aquí Nadie Se Rinde, Estadio CU, después de correr 10 km. :)

Octava Carrera Aquí Nadie Se Rinde, Estadio CU, después de correr 10 km. 🙂

Ni la faringitis ni la rodilla me detuvieron. En este fascinante viaje de 10 km logré lo más difícil para mí: TENERME FE, CREER EN MÍ y no hacerle caso a los demonios que siempre me limitan. Me sentí satisfecha, ligera y, por primera vez en mi vida, no le tuve miedo al éxito. Me di la oportunidad de celebrar el haber llegado a la meta. Como Rebeca, como mi familia, como los pacientes (niños y adultos), como los fundadores (a quienes tanto admiro) y voluntarios de Aquí Nadie se Rinde, como mi amigo Herwig: Yo tampoco me rindo, Yo tampoco me rindo. ¡Viva la vida!

Si YO no me rindo, Tú tampoco.

Si YO no me rindo, Tú tampoco.

A partir de hoy me daré siempre la oportunidad de disfrutar mis logros y creeré en mí sin criticarme ni avergonzarme.

No hay misión imposible si tenemos el corazón, voluntad, decisión, paciencia y dedicación para realizarla. Debo tener eso siempre presente, siempre.

Letras, libros y una misión casi imposible…

•julio 2, 2015 • Deja un comentario

Ya terminó la primera mitad del año. Se fueron ya los primeros seis meses de este 2015 y comenzamos con entusiasmo (espero) esta segunda mitad.

Mientras escucho música me pregunto que tan cerca o tan lejos estoy de alcanzar mis metas este año.  En enero me propuse trabajar en tres cosas: sólo tres resoluciones a cumplir. Tres resoluciones que no estaba dispuesta a olvidar una vez pasado el «entusiasmo» del Año Nuevo.

La primera fue escribir con constancia. Todavía me falta  camino para llegar a la meta pero avanzo con pasos firmes y cada día más fuertes. Este año he sido más disciplinada para escribir que los años anteriores.  Entre las metas que me puse con respecto a escribir, está la de escribir en mi blog por lo menos una vez a la semana y sólo dos veces he fallado en cumplirlo.   También he cumplido en ser constante para escribir mis sentimientos, pensamientos y experiencias; sin embargo, todavía no he terminado el proyecto en el cual he estado trabajando y que a estas alturas ya debería de estar listo. Todavía me falta ser más disciplinada y también valiente para terminarlo y para empezar uno nuevo.  Estoy tranquila porque sé que Roma no se construyó en un día y poco a poco me abro  camino, me adentro en mi universo de palabras y sé que pronto estaré lista para compartirlo.

Mi segunda resolución fue leer por lo menos de 10 a 15 páginas diarias. La mayor parte de las veces, leo más de las páginas que me propuse: no sé cómo detenerme cuando un buen libro me atrapa.

En estos seis meses he recuperado el hábito de leer todos los días y mi reto ahora es mantenerlo: organizar mi tiempo y seguirme dando esos minutos (por lo menos) al día para navegar en los libros.  Leer me hace crecer, me abre caminos, me muestra universos que jamás habría imaginado. A veces leer eleva mis alas y se vuelve mi refugio cuando la realidad duele; otras veces me obliga a poner los pies en la tierra y me muestra como es la vida en otros lugares del mundo. Cada libro me lleva por un camino diferente, cada libro me llena de lenguajes muchas veces desconocidos.

Me propuse leer 25 libros este 2015. No tenía idea si eso era mucho o poco y ahora estoy muy cerca de mi meta: llevo 18 libros leídos hasta ahora. Me siento contenta con respecto a la lectura porque ya tengo el hábito para leer diario. Si por algún motivo un día me resulta imposible leer, siento que algo me falta.  En los días más ocupados me esfuerzo por leer aunque sea unos quince minutos justo antes de dormirme.

Mi tercera resolución es la más difícil, la más compleja y para alcanzar esa meta todavía me falta un muy largo camino por recorrer. Se trata de mejorar mi carácter, es decir, de enojarme menos, de ser menos dura/ruda y estar más en armonía conmigo misma.

Toda mi vida, mi carácter ha sido fuerte y explosivo. En la adolescencia me enojaba con mucha facilidad. Mi mal carácter siempre ha sido un dolor de cabeza para mí pues va contra mi naturaleza pacífica, por más paradójico que esto suene.  En el transcurso de los años, ese mal carácter me ha llenado de culpa, de telarañas y por mucho tiempo me hizo sentirme una basura. Esa era otra razón por la cual no deseaba verme en el espejo.

Atrapada

Siempre he querido que desaparezca esa parte de mí. Al comienzo de mi adolescencia la bauticé como la Bestia. Algunas veces, al mirarme al espejo, eso era lo único que veía: una horrible bestia llena de culpa y vergüenza. Al llegar a la edad adulta decidí cambiar, acabar con la Bestia. Empecé por reprimirla, por tenerla bien enjaulada en mi interior. Para contenerla tenía que callarme y aguantarme. En realidad era una solución superficial que me llevaba a agacharme, a no defenderme y eso me llevaba  a perder el control después. Y al final, siempre terminaba sintiéndome como la peor persona del planeta.

Mi mal genio se contrapone a mi necesidad de paz, de amor, de vivir en armonía lejos de la violencia.

He logrado mejorar en  estos años de lucha para «deshacerme» de esa parte de mí que tanto daño hace, que tanto me lastima, pero me siento muy lejos de donde quisiera estar.  Además de llamarme bestia y/o monstruo, repetidas veces he llorado frente al espejo gritándome que no me merezco nada. He sido muy buena para recriminarme y juzgarme pero no tanto para perdonarme ni mucho menos para reconocer mis aciertos.

Hace dos años  comencé a perdonarme, a soltar los sentimientos que no deben permanecer en mí; sin embargo, me ha faltado mejorar mi carácter. Por eso este año me propuse alcanzar esa meta.

Sí he mejorado pero no me siento conforme con el resultado. Hasta hace una semana seguía utilizando la palabra bestia para referirme a mí misma; sin embargo, fue justo en esa semana, después de una fuerte crisis y un intenso malestar conmigo misma (emocional y físico), cuando encontré un nuevo camino para acercarme a mi meta. Creo que estoy más cerca ahora de armarme y reconstruirme que antes.

En estos días aprendí que bajo ninguna circunstancia debo utilizar palabras como bestia o monstruo para hablarme a mí misma. Juzgarme de esa manera sólo me permite sentirme mal conmigo misma, llenarme de culpas, mirarme -una vez más- en espejos rotos. Además, insultar esa parte de mí que tanto me desagrada es también rechazarla. ¿Cómo voy a mejorar algo que no acepto? ¿Cómo puedo sanar algo que me niego a ver? ¿Esa actitud me va a llevar a la meta?

Me tomó muchas lágrimas y varios días de crisis y colitis entenderlo. Me prometí no volver a insultarme de esa manera. Después de hoy nunca más volveré a usar las palabras bestia, monstruo y sinónimos para hablarme a mí misma ni tampoco para describirme.  Estoy aprendiendo a aceptar esa parte de mí, a abrazarla como mía, a perdonarla (perdonarme) para después poder transformarla en algo positivo.

Tener un carácter fuerte es parte de mí. No puedo eliminar esa parte de mí ni tampoco debo hacerlo pues también ese carácter me ha permitido defenderme y salir adelante en situaciones críticas, difíciles. Ese carácter me ha permitido lograr muchas cosas buenas y me ha llevado a ser quien soy ahora.  Lo importante es aprender a controlarme y no decir cosas de las que después me voy a arrepentir. Mi lucha no consiste en quitar esa parte de mí sino moderarla. Mi lucha consiste en aprender a expresar mi enojo de manera constructiva y a quedarme callada cuando me ganen los sentimientos negativos, cuando la emociones nublen mis pensamientos y me impidan ver la cosas con claridad.

No soy perfecta ni pretendo serlo. Sé que a veces enojarse es inevitable y también debo permitirme vivir esos momentos pero me esforzaré en ser una persona más constructiva, tolerante, en armonía conmigo misma y con las personas que me rodean.

Me tomó seis meses encontrar el camino que debo seguir para llegar a la meta. Me quedan otros seis para seguir aprendiendo y trabajando en ella, para convertirme en una persona más tranquila y con un mejor control de sus emociones.

Me siento satisfecha por seguir avanzando hacia mis sueños, por tener bien presentes mis resoluciones para este 2015, porque no me rindo ni tengo planeado hacerlo. Hay que seguir adelante en este verano que comienza.

Una Cortina de Cristal y el Retorno de la Serpiente

•junio 23, 2015 • 1 comentario

Me encanta mi ciudad. Me gusta vivir aquí. Cuando necesito escapar de la rutina, alejarme del estrés, siempre encuentro un lugar para relajarme, para llenarme de energía, para disfrutar.

Me gusta el Centro Histórico. Me gusta salir del metro Juárez y caminar hacia el Zócalo. Me gusta caminar junto a la Alameda.  Me gusta sentir el viento, el sol y también la lluvia. Me gusta ver los árboles y las esculturas. Me siento como si viajara a un mundo diferente.

Hemiciclo a Benito Juarez Juárez

Hemiciclo a Benito Juarez Juárez

El jueves pasado, después de algunas semanas de mucho trabajo y cansancio, de mucha rutina y poco espacio para crear, por fin encontramos, mi amiga y yo, el tiempo para irnos de paseo. Escogimos ir al Palacio de Bellas Artes porque, además de que nos gusta mucho a ambas, ese día había una visita guiada a la sala principal donde se encuentra la fabulosa cortina de cristal.

Me encanta el Palacio de Bellas Artes.  Me parece tan hermoso que no puedo evitar tomarle fotos cada vez que paso por ahí. Mi esposo opina diferente: él compara este palacio con un pastel de quinceañera; yo jamás podré verlo de esa manera.  No importa cual sea mi estado de ánimo, a estar frente al Palacio de Bellas Artes siempre se me escapa una sonrisa.

El Palacio de Bellas Artes

El Palacio de Bellas Artes

El recorrido comenzó a la una y el destino era uno: la sala principal de este palacio.  Nos sentamos casi frente a la cortina de vidrio. Estábamos ahí como 50 personas, todas entusiasmadas por saber más de Bellas Artes, todas admirando la belleza de la sala.  En tan solo media hora los dos guías con mucho entusiasmo nos contaron la historia de este palacio  y de su arte de una manera divertida y también breve. De acuerdo con lo que nos dijeron ese día, este palacio alguna vez fue un convento llamado Visitaciones de la Virgen María a Santa Isabel, mejor conocido como Convento Santa Isabel.  La construcción del Palacio de Bellas Artes  inició a finales del Porfiriato y estuvo a cargo del italiano Adamo Boari quien tuvo que enfrentarse a dos grandes problemas: el hundimiento que presentó el palacio en 1908 y el comienzo de la Revolución Mexicana en 1910. Este conflicto lo llevó a abandonar el proyecto y regresar a Italia. Fue en 1932 cuando el arquitecto Federico Mariscal, quien fue alumno de Boari, continuó con la construcción de este palacio, el cual fue inaugurado el 29 de septiembre de 1934.

Bellas Artes Sala Principal

Bellas Artes     Sala Principal

Adamo Boari  pensó en  un telón de cristal con la idea de que fuera una compuerta para evitar incendios. Pensó en un diseño del Valle de México en el cual se vieran lel  Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. El telón fue fabricado en la casa de Louis Comfort Tiffany de Nueva York y el diseño lo hizo Harry Stoner usando la idea de Boari.  El telón está fabricado con 206 tableros  de lámina bronceada y  cerca de un millón de cristales opalescentes colocados a modo de rompecabezas para formar la imagen del Valle de México.

La primera vez que vi esta cortina tenía 13 años. Mi padrino me llevó a ver una danza a Bellas Artes. Mi mamá estaba emocionada porque yo vería ese telón.  Fue toda una aventura para mí: ir con mi padrino, estar en Bellas Artes, ver el telón y después una danza. De la danza sólo recuerdo el baile de los Viejitos, que me dejó impresionada. La vista de los volcanes en el telón me dejó enamorada.

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Cortina de Cristal Bellas Artes

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Cortina de Cristal Bellas Artes

Estas visitas guiadas se llevan a cabo de martes a jueves a las 13:00 y también a las 13:30; los viernes es a las 12:30. La entrada es libre. Desafortunadamente   los fines de semana no hay visitas guiadas.

Después de este refrescante paseo por Bellas Artes, fuimos al Palacio de Cultura Banamex. Yo no conocía este museo y me gustó mucho. La entrada es libre, lo cual me emocionó mucho.  Me entusiasma encontrar lugares que es posible visitar aún en esas quincenas difíciles en las cuales pensar en gastar dinero resulta muy estresante. Nos tocó la exposición » El Retorno de la Serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional».  Antes de entrar este museo, yo no había escuchado hablar de este gran artista.  Lo primero que vimos al entrar fue una enorme serpiente, aunque confieso que al principio no le puse mucha atención, fue a la hora de salir cuando descubrí su sonriente rostro. La serpiente no es mi animal favorito, pero esta traviesa serpiente sí me gusto.

18junio2015 (108)

Ataque Mathias Goeritz

Ataque Mathias Goeritz

Ataque
Mathias Goeritz

Me imaginé trepando por la Ciudad Sin Fin.  ¿A dónde me llevaría? ¡Eran tantas las posibilidades…!  Mi imaginación como su ciudad, tampoco tiene fin.

18junio2015 (41)

La Ciudad Sin Fin Mathias Goeritz

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La Ciudad Sin Fin Mathias Goeritz

No lo podría explicar pero cuando vi la Cruz en la Caja sentí escalofríos. Quizá fueron sus puntas afiladas, quizá los recuerdos de mi educación religiosa llenos de cruces y clavos, de sufrimiento. En mi infancia tenía pesadillas con el Cristo en la Cruz. En el sueño me decía que su sacrificio no había sido suficiente, que los humanos no habíamos entendido la lección y que ahora era mi turno: tenían que clavarme a mí en la cruz para salvar a la humanidad. Me desperté sudando aquella vez.  Ya  casi me había olvidado de ese sueño hasta que vi esta cruz y me imaginé ahí sangrando por los seres humanos.  ¡Qué idea tan terriblemente macabra!

Es una cruz en la caja porque al doblarla forma una caja.

Cruz en Caja Mathias Goeritz

Cruz en Caja
Mathias Goeritz

Lo siguiente que llamó mi atención fue un mural en tonos rojo y naranja cuyo nombre no recuerdo. Apenas lo vi sentí la necesidad de acercarme, de fotografiarlo, de fotografiarme con él y sentirme llena de colores brillantes, de alegría, de pasión. Fue una deliciosa dosis de alegría, una lluvia de bienestar, un abrazo de armonía, No recuerdo el nombre de este mural pero no se me olvida todo lo que me hizo sentir.

Me gustó este mural de Mathias Goeritz

Me gustó este mural de Mathias Goeritz

Además de sus obras, me encontré con un divertido juego de palabras. Me encanta todo lo relacionado con el lenguaje y me reí con este ingenioso detalle.

Mathias Goeritz

Mathias Goeritz

Me gustaron sus estrellas, sobre todo las explosivas, las de vértices afilados.

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Estrellas Mathias Goeritz

Estrella Explosiva Mathias Goeritz

Estrella Explosiva
Mathias Goeritz

Estrella Mathias Goeritz

Estrella
Mathias Goeritz

Sus pinturas también me gustaron mucho, tienen una cierta ingenuidad, una naturalidad con la cual me identifiqué al instante. Admiro su maestría para expresarse con sencillez. Su colorido mensaje llega sin excesos, puro y fuerte.  Entre mis favoritos está el Retrato Psicológico.

Retrato Psicológico Mathias Goeritz

Retrato Psicológico
Mathias Goeritz

En algunos de sus cuadros reviví la inocencia de la infancia. Fue un breve regreso al mundo de los sueños y de las pesadillas, a ese mundo donde los colores bailan y la mano se desliza por la hoja sin represión ni miedo ni preocupaciones. Recordé cuando dibujaba mis sirenas, las recortaba cuidadosamente y las guardaba en una caja como un tesoro que nunca compartí con nadie. Con el paso de los años, me avergoncé de ellas y las tiré a la basura. Me refugié en la pluma porque me sentía inútil para pintar.  Ver sus dibujos me regresó a esa época donde todo era posible. Me pregunto porqué los adultos nos llenamos de prejuicios e ideas ridículas que nos obligan a reprimir muchos de nuestros anhelos, ideas e incluso capacidad para crear.  Me niego a seguir siendo ese adulto. Las pinturas de Mathias Goeritz me llenan de entusiasmo, inspiración y quiero ser diferente. ¿Habrá una manera de «revivir» a mis sirenas?

18junio2015 (80)

Mathias Goeritz


Mathias Goeritz

Mathias Goeritz

Creo que fue en esa misma sala donde me encontré con su «autorretrato» y me quedé pasmada: es una dulce, alegre y enorme sonrisa. Me fascinó. En realidad, podría ser mi autorretrato también. Sí,me describe perfectamente.

Es la mejor sonrisa: es sencilla, traviesa, alegre, genial.  Me quedé mirándola y sonriendo también yo.  Ese autorretrato tan original y fresco me hizo sentir muy feliz.

Mensaje, Autorretrato Mathias Goeritz

Mensaje, Autorretrato   Mathias Goeritz

Después me encontré frente a frente con una obra de Yves Klein: Sin Título (Monocromo azul) y me quedé hipnotizada. Ese es mi azul favorito, el azul que me trae recuerdos abstractos, que me hace viajar a épocas lejanas, desconocidas, llenas de aventuras; el azul que siempre miro fijamente y que hace poco tiempo descubrí que también era el color favorito de mi adorada abuela. Nunca pensé que un cuadro de ese estilo llamara tanto mi atención.  De pronto me sentí tan feliz como melancólica. Me quedé atrapada en el cuadro. En ese trance levanté mi cámara y le tomé una foto que sin saberlo ni esperarlo resultó ser una «selfie azulada»: por siempre llena de azul, por siempre en el cuadro…

Selfie en el cuadro Sin Título (Monocromo Azul) de  Yves Klein.

Selfie en el cuadro  Sin Título (Monocromo Azul) de Yves Klein.

Justo antes de salir, nos encontramos un Ángel que parecía estar arrepentido por la travesura que hizo. ¿Qué travesuras podrían hacer los ángeles? ¿Qué esconde detrás en esa media sonrisa?

Ángel de Mathias Goeritz

Ángel de Mathias Goeritz

Se terminó rápido el viaje. Mi amiga y yo lo disfrutamos mucho. Esta exposición durará hasta septiembre. El Palacio de Cultura Banamex (Palacio de Iturbide) abre de lunes a domingo de 10:00 a 19:00 hrs.

Camino al metro llegó el momento de poner los pies en la tierra y seguir el camino a casa.  Dedicar un día a pasear por esta gran ciudad es toda una experiencia y planeo repetirla pronto.

¡Qué bonito es el DF!

De Regreso a Mi Casa

•junio 16, 2015 • 6 comentarios

La mayor parte de las veces, para mí, escribir poesía significa arrancarme la coraza, las inhibiciones, el miedo y volverme tinta que grita, llora o baila en el papel mudo y paciente que siempre me tolera.

Al escribir poesía he sido amor o dolor, violencia desoladora o pasión desmedida, llanto innavegable o felicidad inasible. La mayor parte del tiempo he agonizado en cada verso y muerto en cada estrofa; sin embargo, al final siempre he renacido y recuperado mi voz para escribir de nuevo.

Antes de llenarme de prosa ya me había llenado de poesía. De mi pluma sólo salían versos; mis pensamientos se rimaban casi todo el tiempo…

Un día me arranqué las estrofas del cuerpo y las rimas desaparecieron. Mis sentimientos se volvieron prosa y la poeta en mí cayó en un sueño tan profundo como largo.  Se me escondieron las figuras de las nubes y las estrellas dejaron de hablarme. Desde entonces he soñado con ideas que no sé cómo traducir. He buscado convertirlas en prosa y eso me bastó por algunos años.   Pero comencé  extrañar los versos, las rimas y los sueños que la luna me compartía. Desde entonces mi nostalgia aumenta cada día.

Luna yo

Luna y yo

Con frecuencia me quedo mirando al papel e imagino el verso que saldrá de la pluma. Mis palabras se derrumban y la tinta se queda muda: dentro de mí se mueve un terremoto severo: el miedo a soltar mi voz rimada. Me siento desafinada, tal vez oxidada. Me veo como un arpa de cuerdas rotas.

Necesito cuerdas nuevas para despertar a la poeta que una vez fui y que deseo volver a ser. Ya no debo ni quiero tener miedo. Anhelo volar libre y volar siempre. Este es mi momento para armarme de nuevo, para crear unas cuerdas más grandes y resistentes, para tomarme una buena dosis de confianza y abrazarme a la poesía de nuevo.

Tengo el cuaderno, la pluma y al maestro para hacerlo. Sólo me falta dejar atrás el miedo y tengo la certeza de que voy a lograrlo.  Una vez más haré de la poesía mi casa.

Mi muy querido amigo y poeta Cristián, escribió un poema donde describe su casa. Esa es mi casa también, el lugar al cual por fin estoy regresando.  Para terminar mi blog de hoy, quiero compartirles ese poema.

Mi Casa

Mi casa está enclavada

en el amanecer,

en la alegría

de quien no teme el tacto de la suerte

porque no tiene nada que perder.

Mi casa es fuerte.

En mi jardín florece

cualquier sueño que espera ser cumplido;

los sutiles poemas del destino

cuajan las ramas

del antiguo rosal de la esperanza,

y los frutos prohibidos y los versos

hacen felices a los peregrinos.

En mi jardín no hay bardas.

La luz del día plagia

la obscuridad de mis ventanas,

y el alma lastimada del que pasa

descubre sus heridas

y cura las heridas descubiertas,

y toma lo que quiera sin medidas.

En mi casa no hay puertas.

Mi casa es el refugio

de todos los suspiros extraviados;

de los mitos;

de los atardeceres

que no hallaron camino de regreso;

de los besos

perdidos en la senda del recuerdo;

de la nostalgia y la melancolía:

de los gritos rebeldes

y el místico silencio….

Mi casa es la poesía.

Cristián