Tormentas, flores y una palabra que te cambia la vida

•junio 9, 2015 • 4 comentarios

Llevo semanas con la inquietud y necesidad de escribir sobre este tema, con las palabras pidiendo salir pero sin el tiempo suficiente para poder hacerlo. Hoy por fin en esta tarde tranquila me es posible tener una cita con mi cuaderno y pluma.

Sé que he tocado este tema varias veces debido a lo que nos tocó vivir con la enfermedad de nuestra Rebeca y a mis experiencias como voluntaria para ayudar a niños con cáncer en Aquí Nadie se Rinde. También escribí sobre el segundo cumpleaños de Rebeca: el inolvidable día en el cuál terminó su tratamiento y regresamos a la salud; sin embargo, todavía necesito escribir un poco más al respecto de este tema antes de cerrar este capítulo.   Me parece que hoy es un buen día para hacerlo pues me siento fuerte, tranquila y cuento con el tiempo para hacerlo sin sentir estrés ni presiones. Hoy la vida me regala una tarde libre para escribir y estoy dispuesta a aprovecharla.

Antes de que diagnosticaran a Rebeca, mi visión del cáncer era casi la misma que la de la mayoría de las personas que no lo han vivido de cerca:  lo veía como algo aterrador, como una pesadilla que no le deseaba ni a mi peor enemigo. Esta visión del cáncer nos paraliza cuando esa palabra toca nuestras vidas y, desafortunadamente, muchas veces también nos impide comprender a las personas que están pasando por eso.

Aunque hoy en día todo mundo habla de esta enfermedad y circula en las redes sociales una gran cantidad de fotos y mensajes  al respecto, veo con tristeza que pocas personas están conscientes de la situación  de las personas que lo padecen.  Lo primero que quiero decir sobre el cáncer es que se trata de una enfermedad y no de una maldición. Las personas que lo padecen no necesitan nuestro miedo o rechazo ni tampoco nuestra compasión; necesitan comprensión, empatía y, sobre todo, amor.  También quiero aclarar una cosa, cuando pensamos en estas  personas quienes día a día luchan por recuperar su salud, no hablemos de ellas como víctimas porque no lo son. Se trata de guerreros y héroes quienes a mí me han cambiado la vida y quienes me han enseñado el valor de un nuevo día; son héroes sobrevivientes o héroes ángeles y merecen mi admiración y respeto. Quisiera tener la fuerza y valor que ellos tienen o tuvieron. Escribo feliz por haberlos conocido y con lágrimas por quienes ya no están con nosotros. Escribo con la tinta de mi corazón por todas las personas que en circunstancias difíciles en lugar de quejarse y rendirse, encuentran la luz donde parece no haberla y sonríen. Me enseñaron y ayudaron a ser mejor persona.

Nuestra historia comenzó en septiembre de 2009 cuando a Rebeca (de casi nueve años) la diagnosticaron con leucemia linfoblástica aguda de alto riesgo. Se le consideró de alto riesgo porque empezaba a formarse un tumor en el timo. La diagnosticaron justo a tiempo.

La leucemia es cáncer en la sangre. Cáncer. Sí, esa palabra estaba ahí frente a nosotros y no podíamos darle la espalda. No sé qué llegó primero si el miedo, la incredulidad o la angustia. Después de sea palabra, ya nada se mira de la misma manera, nada.

No soy de las personas que se quede paralizada por el miedo. Después de mi momento de pánico, respiré profundamente y concentré mi atención en la vida. Me prohibí pensar en la muerte, me prohibí considerar la posibilidad de perder a mi amada Rebeca y me prometí luchar por ella, porque viviera.

Lo primero que necesitaba era estar tranquila: si yo me llenaba de miedo, de angustia, de sentimientos negativos, eso es lo que Rebeca recibiría de mí y esos serían los sentimientos que predominarían en ella. Una de las cosas que aprendí de mis alumnos en mis años de maestra fue que los niños son como esponjas: absorben los sentimientos de los adultos cercanos a ellos.  Esto también nos sucede a los adultos en momentos de mucho miedo, en esos momentos en los que nos sentimos muy vulnerables.   El miedo y la angustia no son nuestros aliados cuando se trata de superar situaciones duras.   Mi marido compartía la misma filosofía: él tampoco les dio la bienvenida a esos sentimientos negativos. Poco después de recibir el diagnóstico de Rebeca,  mi marido hacía bromas y nos hizo reír a todos un poquito.  A partir de ese momento dos cosas se volvieron fundamentales para enfrentar este reto:

1) Ser un  equipo.

2) Reír, reír mucho, llenar de risas nuestro entorno, nuestro hogar.

¿Por qué ser un equipo? Porque las enfermedades tan complejas como el cáncer se combaten en equipo. Es necesario construir alrededor del paciente una red de amor, de fuerza, un red que lo ayude a abrazar la vida. En los momentos de quimioterapias fuertes, de dolor, de enojos, cuando uno tiene ganas de rendirse, en ese equipo, esa red de amor la persona puede encontrar la fuerza para seguir adelante. No es posible ser fuerte las 24 horas del día los 365 días del año; sin embargo, en un equipo, cuando uno no se siente fuerte, siempre encontrará a alguien dispuesto a compartir su fuerza, a darle la mano para ayudarlo a levantarse, siempre encontrará un alma solidaria que le comparta su luz. Yo no sé cómo habríamos salido adelante sin nuestro equipo, sin nuestra red de apoyo. No es lo mismo caer en el suelo duro que en un colchón suave.

No siempre se construye esta red de apoyo pues hay personas que desaparecen al escuchar la palabra cáncer. En el hospital nos tocó conocer a un pequeño cuya madre lo abandonó al recibir el diagnóstico, era la abuela quien se hacía cargo.  También conocí el caso de una niña con su madre a quienes tanto el padre como los otros hermanos abandonaron. Otras veces la distancia, la falta de confianza y el miedo (principalmente en adultos) los llevan a ocultar su situación a los demás y deciden enfrentar esto solos. Sea cual sea la circunstancia, duele más superar esto solos.  Uno de los motivos por los cuales decidí hacerme voluntaria fue el de acompañar, ayudar (aunque fuera sólo un poquito) a estas personas a sentirse menos solas.  Muchas redes de apoyo surgen en el hospital y no sólo hablo de los voluntarios, sino de los familiares de los pacientes: entre todos nos apoyamos y se crea un ambiente de solidaridad.

Cuando nos tocó ir al hospital a la primera quimioterapia de Rebeca, las dos estábamos muy nerviosas. Llegamos en ayunas (si ella ayunaba, yo también) y sin saber qué hacer. La mamá de Andy (una hermosa niña compañera de Rebeca en dos de sus internamientos), se acercó a mí apenas notó lo desorientadas que estábamos y nos dio toda la información necesaria. Supimos que el ayuno no era necesario y corrí a comprar algo para Rebeca y para mí pues la espera sería larga.   Meses después Andy emprendería su camino al cielo. Su madre llevó tortas al hospital  (en nombre de su hija) para los familiares de los pacientes pues sabía que muchos de ellos pasan horas y/o días en el hospital sin tener nada que comer.

Muchas veces el tener una red de apoyo, un equipo hace la diferencia. Es cierto el lema de «Uno para todos y todos para uno». En equipo es menos pesado llegar a la meta.

Con respecto a la risa, se dice mucho que la risa es la mejor medicina. Confieso que esa frase es una parte fundamental de mi filosofía de vida. A  mi marido, a nuestras adolescentes y a mí nos encanta reír. Desde que nos conocimos reímos la mayor parte del tiempo. Una vez salimos a cenar los cuatro e Inés no podía parar de reír. Se cambió de mesa para «calmarse» pero entre más intentaba hacerlo, más se reía. Cuando llegó la leucemia a nuestras vidas, decidimos seguir riendo aunque hubiera días en los que parecía una misión imposible. En esos años de tratamiento, de quimioterapias, de un reto tras otro, todas las noches le hacía cosquillas a Rebeca justo antes de que se durmiera. Soltaba enormes carcajadas. Escucharlas me daba felicidad. A la fecha, cada vez que escucho sus carcajadas me emociono tanto que duele.

Todo cambió con la llegada de la leucemia pero seguimos riendo, disfrutando los buenos momentos y agradecíamos un día más de vida de nuestra pequeña guerrera, por un día más de vida para todos.

Sonría

Sonríe

Cuando recibimos el diagnóstico de cualquier enfermedad, es indispensable entender la situación, saber los síntomas, las consecuencias, el protocolo del tratamiento que se realizará,  los efectos secundarios. Estar bien informado le da las herramientas al paciente para defenderse pues sabe a lo que se enfrenta; es casi imposible luchar contra lo desconocido.  El estar consciente de su situación le da seguridad a los pacientes.  Rebeca siempre me preguntaba todo acerca de su condición, de los medicamentos, de las quimioterapias, de las consecuencias y posibilidades. Me decía que sentía tranquila y segura porque tenía la certeza de que yo le iba a decir las cosas cómo eran por más difíciles y duras que éstas fueran.  Ni mi marido ni yo intentamos sobreprotegerla. Los dos pensamos que la sobreprotección debilita a las personas. Además, nos gusta enfrentar la verdad aunque no siempre se trate de noticias agradables.

Cuando comenzó el tratamiento, no sabíamos como decirle a nuestra guerrera que perdería el cabello.  Mientras buscábamos la manera de hacerlo, ella lo dedujo al notar que sus compañeros de  cuarto no tenían cabello.  Una oncóloga amiga nuestra nos recomendó cortarle el cabello de una vez pues teniendo el pelo corto, cuando el cabello comenzara a caerse, no se encontraría con mechones de cabello en la almohada al despertar o en el cepillo justo después de cepillarse el cabello. Lo hicimos en equipo: las dos nos cortamos el cabello y tanto su papá como sus tíos se raparon.  Desde el día uno su papá inventó una porra la cual se volvió nuestro lema en esos años de tratamiento: «Yo sí le voy, le voy a Rebeca».  Himno que cantábamos o casi gritábamos en los días difíciles cuando prácticamente había que obligarse a seguir.

Los primeros meses fueron los más complicados: además de adaptarnos a la nueva situación, tuvimos que aprender a distinguir los efectos secundarios normales de los graves (con respecto a las quimioterapias y medicamentos).  Rebeca casi no podía salir de la casa por lo tanto no era posible ir al cine, salir a dar la vuelta, ir a comer a un restaurante. Esos meses tuvo poco contacto con sus amigos o con niños de su edad, la mayor parte del tiempo sólo convivía con su hermana. Hubo noches de insomnio, noches que se pasaba vomitando, noches en las que mi marido y yo no podíamos conciliar el sueño porque estábamos preocupados. Hubo días en los que ella no podía ni levantarse porque las piernas no le respondían.

Nuestra rutina estaba llena de idas al hospital, quimioterapias y de una buena cantidad de medicamentos. Había días en los que el fantasma de la muerte nos acompañaba: imposible evitarlo cuando vimos despedirse a algunos compañeros de cuarto de Rebeca; entre ellos, recuerdo a Casandra quien soñaba con ir a Francia y conocer la Torre Eiffel y a Aitana la de la sonrisa inolvidable. Además es imposible escuchar la palabra cáncer y no tener presente a la muerte. Esa presencia es innegable, la sentimos quienes hemos conocido esa palabra muy de cerca.  Lo importante de esta lucha no es ignorarla sino mirar hacia la vida; lo que necesitamos es hacer planes, pensar en el futuro, visualizarnos en él.  Con Rebeca hacíamos muchos planes. Hacíamos planes del fin de semana que estaba por llegar, planes para el mes siguiente,  planes para los próximos años.  Tener sueños, planes, metas, cosas que realizar nos da razones para vivir, nos pone del lado de la vida.  En esos momentos soñábamos con un viaje a Canadá a las Cataratas del Niágara. Me preguntaba por ellas y le contaba como en la noche las iluminaban con colores. Como aquella vez que fui mis amigos y yo nos tomamos una foto en la noche, emocionados por las luces de las cataratas y como me reí cuando al revelar las fotos salimos nosotros rodeados por un fondo negro (el flash de mi cámara no era lo suficientemente bueno para captar las luces de las cataratas). Reíamos juntas.  En ese entonces soñaba con ser chef y cuando tenía oportunidad nos hacía deliciosos pasteles.

Además de perder el cabello, de los efectos rudos de las quimioterapias, de las enormes dosis de medicamentos,  las biometrías hemáticas, los aspirados de médula, los pacientes se hinchan como efecto de uno de los medicamentos que deben tomar. Debido a esto, se ven llenitos.  Por esos días a ella no le gustaba verse al espejo y no había manera de convencerla, de hacerla ver su belleza. Jamás sabrá lo hermosa que era en ese momento ni la admiración con la cual la veíamos su papá y yo. La verdadera belleza trasciende lo físico y no tiene nada que ver con los ridículos estereotipos que imponen las diferentes sociedades. Ella era y es una guerrera que aceptó todos los retos con valentía.

Para recuperar la salud, además del tratamiento médico, de cuidar la alimentación, hay que sanar nuestras emociones y abrazar la vida.  El miedo, angustia, odio, resentimiento, depresión, el tragarnos las cosas (no compartirlas ni digerirlas), el evadirnos, son obstáculos que no nos permiten levantarnos.   El famoso dicho «mente sana y cuerpo sano», no está muy lejos de la realidad.  Estando en armonía, le damos más oportunidad a nuestro cuerpo de sanar; esa armonía nos permite encontrar la paz, reconciliarnos con la vida, hacer planes para el futuro, encontrar razones para vivir.

Cuando diagnosticaron a Rebeca, mi manera de vivir esa lucha por su salud fue concentrarme en las variables que sí estaba en nuestras manos controlar: cumplir con el tratamiento médico, cuidar su alimentación, construir una red de amor (que Rebeca se sintiera segura y bien amada), enseñarle a manejar sus emociones, a estar sana mental y emocionalmente. No me preocupé por las variables que no se pueden controlar, con respecto a esas, sólo me quedaba rezar y apoyarme en el amor, luz, rezos y energía positiva de las personas a nuestro alrededor. Nunca olvidaré esas cadenas de oraciones, esos abrazos, esas palabras de aliento.

Nunca me atreví a ver la muerte como una opción. De haberlo hecho, me habría angustiado, no habría encontrado la manera de mantenerme de pie y en lugar de ser un soporte de seguridad para Rebeca, le habría contagiado mi miedo. No, nunca me di la oportunidad de considerarla una opción. Me dediqué a buscar la vida en todos los rincones, en los pequeños y en los grandes detalles, en lo visible y también en lo invisible.

En cuanto al bienestar emocional siempre hacemos énfasis en lo importante que es hablar las cosas: solamente sacando lo que nos hace daño podemos librarnos de ello y sentirnos bien.  Hay que perdonarnos y perdonar para vivir en armonía, para dejar atrás las tormentas, para atraer al sol.

No voy a decirles que la vida es color de rosa pues eso sería una enorme mentira. Hay momentos en los que todo se ve negro y no dan ganas ni de levantarse ni de sonreír.  Se vale no hacerlo. Se vale cansarse. Se vale tener un mal día. El reto es no quedarse estancado en ese mal día, no quedarse con esos sentimientos todos los días del año. Enojarse, quejarse, sentirse triste, llorar, gritar es necesario, es parte del proceso para sanar y también es parte de la vida: a todos nos pasa. Lo importante es no quedarse con esos sentimientos, no  esconderlos, no acumularlos, no permitir que nos hagan daño. Hay que dejarlos salir para después poder levantarnos.

Un día muy difícil, Rebeca estaba harta. Habría sido un muy mal día si ella no hubiera llorado y gritado a todo pulmón lo enojada que estaba con su circunstancia, con su enfermedad, con las quimioterapias, con todo. Gritó hasta quedarse sin ira, lloró hasta sentir alivio.  Después nos abrazamos y alcanzamos a mi marido e Inés quienes nos esperaban en la puerta.  Salimos los cuatro a divertirnos porque la vida sigue y porque después de la lluvia, llega la paz.

Cuando estamos en una situación tan complicada como combatir una enfermedad delicada, deseamos que la magia exista, que llegue el remedio mágico que nos cure sin complicaciones. Entonces aparece el internet lleno de «soluciones milagrosas» y esperanzas sin fundamentos.  Si lo usamos bien, el internet es una gran herramienta pero si creemos en todo lo que leemos puede hacernos daño. Hay que saber distinguir entre la información fundamentada y la que no lo está. Cuando leíamos o encontrábamos algo interesante, lo compartíamos con los doctores y buscábamos trabajar en equipo.

El cáncer es duro, la mayoría de los tratamientos para combatirlos son agresivos y largos, el camino a la salud puede tomar meses, años o no llegar.  La personas que lo padecen tienen un espíritu de lucha admirable. La mayoría de las personas que he conocido en esta situación luchan, enfrentan y aman la vida. Lo que me sorprendió al principio es la frecuencia con la que sonríen (a veces lo hacen más seguido que las personas con salud). A mí me han dado lecciones de vida.

Recuerdo a Jonathan, amigo de Rebeca, quien llevaba meses en el hospital y siempre estaba riéndose. Cuando Rebeca se sentía triste o desanimada, le contaba chistes hasta hacerla reír.   Rebeca en tiempos de quimios, se obligaba a ir a la escuela saliendo del hospital porque no quería perderse más días de clases.  Denisse (a quien conocí ya siendo voluntaria de Aquí Nadie se Rinde) ahora se dedica a ayudar y animar a niños que están pasando por lo mismo que ella vivió.  Alex ayudaba a sus compañeros aun cuando él tenía que luchar por su propia salud. En lugar de quejarse, se preocupaba por dar y amar a los demás.  A quienes lo conocimos nos dejó una gran enseñanza de vida.  Ana Sophie se enfrentó a dos transplantes de médula, el segundo fue exitoso pero todavía pasa mucho tiempo en hospitales pues la recuperación es larga y a veces dolorosa, pero sigue siempre sonriente, cantando y  llena de vida, ni ella ni sus papás se rinden.

Hace unos meses un amigo muy cercano perdió el estómago en esta lucha pero junto con él perdió sus miedos en los que vivía atrapado y ahora disfruta más de la vida que antes; ahora se esfuerza más por hacer realidad sus sueños y se ríe más seguido.

Nuestra experiencia con el cáncer nos enseñó a apreciar más la vida, a valorar los pequeños detalles, a sonreír más, a amar más.  Nos hicimos más conscientes del mundo en el que vivimos y también nos tocó aprender a vivir con la indiferencia,  ignorancia, inconsciencia, intolerancia y hasta lástima de varias personas. Esto es un obstáculo más al que tienen que enfrentarse las personas con enfermedades serias o con capacidades diferentes. Es algo que me hizo enojar mucho en el momento, me sigue doliendo y me obliga a preguntarme: ¿Cómo puedo ayudar a cambiar eso? ¿Qué puedo hacer para mejorar la situación?

El lugar donde más encontramos este problema fue en la escuela de Rebeca.  Me pasé de ingenua: jamás se me ocurrió que Rebeca tendría conflictos debido a su situación. En la escuela para la que yo trabajaba, mis alumnos eran muy conscientes. Me preguntaban por su salud y le escribían cartas para darle ánimos. Se hacían eventos en esa escuela para donar sillas de rueda a niños que los necesitaran y la entrega se realizaba en la escuela. La mayoría de los niños tenían conciencia de ese tipo de situaciones.  El ciclo escolar del año del diagnóstico, Rebeca contó con el apoyo de la escuela, principalmente de la directora, la coordinadora de inglés y la maestra de inglés, este apoyo incluyó el que la coordinadora y maestra de inglés vinieran a darle clases de regularización a la casa sin cobrar un peso y con la mejor actitud.  La maestra le traía cartas de sus compañeros. Le organizó una bonita bienvenida cuando pudo regresar a clases.

Con tristeza escribo que los ciclos escolares siguientes no fueron así.  Sus compañeros se burlaban de ella por su falta de cabello, recibió comentarios agresivos, se quejaban porque a ella le cargaban la mochila (no tenía fuerzas para cargarla) y le reclamaban que llegara tarde a la escuela (llegaba justo después de haber ido al hospital a recibir su quimio), frente a ella hacían bromas y chistes con respecto al cáncer y hubo quienes la trataban como si fuera un fenómeno raro que fuera a contagiarlos. Ella se guardaba estos comentarios y actitudes. Nos enteramos gracias a la psicóloga de la escuela que habló con mi marido y conmigo.  Rebeca, como muchos otros pacientes y como muchas personas con capacidades diferentes, además de luchar por su vida, tenía que lidiar con la inconsciencia y crueldad de sus compañeros. En este caso se trató de la escuela, pero este tipo de cosas suceden también en la vida diaria (como en el caso de las personas que se estacionan en los lugares para discapacitados, los que se burlan, los que se aprovechan, los que los rechazan por ignorancia o prejuicios,…).  Lloré de impotencia y de enojo. ¿Por qué los seres humanos somos tan crueles?

A pesar de haber proporcionado material para crear consciencia en sus compañeros de clase, de haber construido un plan de trabajo con la psicóloga ese día, nada cambió y nada hizo la escuela.   En mi tiempo como voluntaria,  conocí  a una hermosa adolescente que, por esas mismas razones, no quería volver a la escuela.  ¿Dónde queda la solidaridad, el apoyo, el compañerismo, el trabajo de equipo?

A pesar de todo, confirmo lo que ha repetido varias veces: el amor es más fuerte que la crueldad, el amor construye. Rebeca siguió yendo a la escuela y en familia salimos adelante, en equipo trabajamos para sonreír de nuevo.

Continuamos con nuestra rutina y un viernes llegó la gran y esperada noticia: el fin del tratamiento y la  salud de Rebeca. Primero en  familia y después con amigos celebramos su nuevo su nuevo cumpleaños.   Junto con la emoción, llegó también el miedo: ¿Cómo reaccionaria su organismo sin medicamentos?  Era aterradora la idea de que la enfermedad volviera. Nos sentimos vulnerables y frágiles, nuestra seguridad parecía colgar de un hilo muy delgado. Los primeros días, además, a veces me angustiaba porque se me había olvidado darle sus medicamentos a Rebeca (ya era una rutina de casi tres años) y me tomaba unos segundos acordarme de que ya no los necesitaba. Ahora teníamos otro reto: sacudirnos ese miedo y adaptarnos a la nueva rutina sin hospitales ni medicamentos.  Aunque suene tonto o chistoso, tuvimos que aprender a vivir sin cáncer. A no asustarnos por cada dolor de cabeza, por un poquito de fiebre, por un día con dolor de estómago, por una tos común y corriente. A dejar de pensar en llamarle al doctor por cualquier cosa.

Rosas para celebrar el alta de Rebeca.

Rosas para celebrar el alta de Rebeca.

Nuestra vida nunca volvería a ser como antes.  La conciencia que se despertó en esos tiempos de quimios nunca más se dormirá. Hoy en día seguimos dando gracias por tener un día más de vida, de salud, de «normalidad» (si se le puede llamar así); los detalles que antes pasaban inadvertidos ahora son una parte fundamental de nuestro camino. Cada día es un día más de oportunidades, de estar aquí, de estar juntos y no puedo evitar sonreír cuando pienso eso.

En esos años de leucemia, Inés, hermana mayor de Rebeca, comenzaba su adolescencia, justo cuando más necesitaba toda la atención para ella, su hermana nos necesitaba a todos.  Aunque luchamos mucho por estar en equilibrio, no siempre lo logramos; sin embargo, Inés siempre estuvo ahí, no puedo ni contar todas las veces que me abrazó justo cuando más lo necesitaba, lo mucho que me ayudó cuando me sentía a punto de explotar, además de sus palabras de aliento, tenía siempre la mejor disposición para ayudar.

Lloraba cuando creía que no la escuchábamos porque no quería molestar a nadie, se guardaba sus miedos.  Las veces que la escuché, corrí a abrazarla. Trataba de estar con ella el mayor tiempo posible. También ella tuvo su propia batalla y es un reto hacerlo desde la sombra.

Los cuatro sentimos la necesidad de compartir nuestra experiencia para ayudar a otros. Aunque a veces tengamos que hacer una pequeña pausa, darnos un respiro, esa necesidad de dar, de apoyar, de continuar la cadena de solidaridad que inició cuando Rebeca comenzó su tratamiento estará siempre presente en nosotros.

Son muchas las personas en el mundo que viven momentos muy duros, que luchan todos los días para tener un día más de vida, para recuperar la salud. La mayoría de ellas necesitan apoyo. En los momentos de oscuridad no se imaginan cuánto ilumina un abrazo, una sonrisa, un poco de compañía. Esos detalles pueden cambiar el giro de nuestro día. Yo nunca olvidaré todos los abrazos que recibimos. Siempre me faltarán palabras para agradecer a todos los que cooperaron, los que formaron parte de la fuerte y suave red de apoyo que nos impulsó a seguir, no solamente a Rebeca sino a su familia para que pudiéramos apoyarla. No me imagino cómo habría sido esa época sin ustedes, sin esos rayos de sol en los días fríos.

Ojalá yo también pueda ser un rayito de sol para quienes tienen días fríos; he de encontrar la manera de dar más y amar más, de retribuir a todo el amor que nos han dado.

Me hace falta decir una cosa más: ayudar no es publicar cosas contra el cáncer (o cualquier enfermedad) en las redes sociales ni pedir/ exigir que las personas las compartan en su muro. Tampoco se trata de publicar remedios mágicos sin fundamentos. La verdadera ayuda consiste en actuar. Hay muchas maneras de hacerlo. Una esencial y que todos debemos llevar a cabo es respetar a las personas que pasan por momentos difíciles. Su lucha ya  es lo suficientemente dura como para todavía tener que soportar los insultos, burlas, malos tratos, miradas raras, indiferencia y comentarios inapropiados de las personas que se cruzan en su camino. Yo hubiera preferido este trato para Rebeca a las veinte mil publicaciones superficiales en Facebook.

Celebración de la Vida en el INP.

Celebración de la Vida en el INP. Julio 2014

Hay muchas más formas de ayudar. La mayoría no requieren de dinero, consisten en dedicarle tiempo a los pacientes, donar sangre, donar cabello, comprenderlos, ayudarlos a integrarse a la sociedad en lugar de excluirlos, hacerlos reír, ayudar a construir redes de apoyo…

Hay tantas maneras de ayudar como personas en el mundo, sólo se trata de tener la voluntad para hacerlo.

Los milagros sí existen y los vivo todos los días al abrir los ojos y dar la bienvenida a un nuevo día, al abrazar a mi familia, al ver a nuestros amigos, al ver mis plantas crecer y florecer.  Lo que aprendimos nos convirtió en personas más fuertes, más sensibles, más conscientes y más felices.  A pesar de las tinieblas y tormentas nos convertimos en personas más alegres y agradecidas. No nos conformamos ni nos quejamos, vivimos cada día lo mejor que podemos y con la mayor cantidad de sonrisas posibles.

Para cerrar este capítulo, sólo me queda, una vez más, agradecer la salud y vida no sólo de Rebeca sino la de mi familia y seres queridos.

Yo sí creo en el amor. ¡Sí creo! ¡Sí creo!

Una Reunión y Libertad

•junio 2, 2015 • Deja un comentario

Para ser libres hay que soltar nuestro pasado, dejar de arrastrar lo que nos hizo daño, lo que nos hizo enojar, lo que nos llenó de miedo. Necesitamos cerrar ciclos para poder abrir nuevos, pero hacerlo no es tan sencillo. No lo es.

Hay cosas que vivimos en la infancia y adolescencia que nos limitan, dañan, que nos obligan a escondernos, a desear ser invisibles. Nos colgamos etiquetas que después ya no sabemos cómo quitarnos. Yo crecí siendo la flaca fea, la Vitola, la «No te acerques» y aún después del cambio de escuela, de haber superado la adolescencia, me seguí viendo como esa flaca fea que todo lo hacía mal. Comencé la edad adulta deseando hacerme invisible y mis palabras vivían encerradas en un cajón.

Siempre he deseado ser libre y en estos años aprendí que para serlo necesito superar mi pasado y tener fe en mí.   Ha sido un arduo trabajo, principalmente tuve que enfrentarme a mí misma, dejar de ver sólo mis defectos y reconocer también mis cualidades.  Logré perdonarme a mí misma y perdonar a quienes en algún momento me hicieron daño. Fue después de los 35 años cuando, por fin, me atreví a mirarme al espejo y sonreír.

Poco tiempo después de eso, me deshice de mi capa de invisibilidad, abrí el cajón donde escondía mis palabras y comencé a sacarlas.  Me sentí fuerte para volar, me sentí bien, muy bien.  Creí que ya había soltado mi pasado y que la libertad llegaba a mí. Estaba segura de haberme despedido de la flaca fea, de haber cerrado ese capítulo, pero no era así, todavía dolía un poquito ese recuerdo.

Mis compañeros de preescolar, primaria y secundaria (la prepa la estudié en otra escuela) organizaron una reunión, una reunión grande, en la cual buscaron convocar a la mayor cantidad de compañeros posible, pues justo este año se cumplieron los 20 años de que terminamos la prepa.  Cuando supe de esta reunión, me emocioné mucho. Habían pasado mucho tiempo de la ultima vez que vi a la mayoría de mis compañeros.  Había a quienes tenía mas de 25 años de no ver. Quería verlos, sobre todo, a aquellos con los que he estado en contacto en las redes sociales (Facebook) en los últimos años. Estaba entusiasmada y no dudé en decir que sí.

No pensé en cómo me sentiría después de confirmar mi asistencia.  Insegura y nerviosa, la flaca fea parecía apoderarse de mí a ratos. Me preguntaba si  yo estaba fuera de lugar, si participar en la reunión era una mala idea. Se mezclaban los buenos y los malos recuerdos; obviamente mis demonios seguían presentes en mi vida. Confieso que consideré la posibilidad de no ir pero sabía que me arrepentiría si dejaba que mis demonios ganaran. Eran más fuertes mis deseos de ver a varios compañeros que de esconderme. También entendí que esta sería una buena oportunidad para cerrar el ciclo y reconciliarme con mi pasado, conmigo misma.

El esperado día llegó. Algo tan sencillo como una reunión me tenía muy nerviosa y me sentía un poco torpe; sin embargo, decidí hacer lo que normalmente hago: ser yo misma y no preocuparme por lo que los demás pensaran de mí, ser yo misma y dejar que las cosas se acomodaran y fluyeran, ser yo misma y disfrutarlo.

Reunión 2015

Reunión 2015

Apenas llegué,  lo primero que recibí fue un fuerte abrazo (que no me esperaba) de mi compañera, una de las organizadoras del evento. No pude evitar sonreír y me sentí tranquila. Comencé a saludar a mis compañeros. Al principio fue un poco extraño. Las pláticas comenzaban con un «Hola. ¿Cómo estás?», «¡Qué gusto!», «¿Qué haces ahora?» y así poco a poco se iba rompiendo el hielo. La mayoría de los que fuimos estamos casados y tenemos familia.  Nos vimos con gusto, curiosidad, cariño y/o nostalgia. Hubo muchos abrazos, risas compartidas, fotos y también sorpresas. Recibí muestras de cariño de personas que no me esperaba y escuché historias que no imaginaba. Hubo dos personas a quienes siempre consideré muy populares y alegres que me compartieron una parte de su vida. Ambas sufrieron momentos complicados en la escuela, en algún momento vivieron algo parecido a lo que yo viví y a una de ellas también le costó trabajo ir a la reunión; afortunadamente sí decidió ir y pudimos coincidir unos instantes. Todavía sigo sorprendida por esas historias y también agradezco que las hayan compartido conmigo.  Cada día se aprende algo y ese día yo aprendí de ellas.

Aunque no era mi idea ni tampoco mi deseo, hablé del pasado y eso me quitó un enorme peso de encima. No es lo mismo hablarlo con personas ajenas a hablarlo con las personas que estuvieron ahí. Sentí un gran alivio y la certeza de que ya no necesitare volver a hablar de eso.

Conviví con varios compañeros y fui yo misma con todas mis cualidades y defectos y me sentí bien, alegre y en paz.   Me divertí mucho. Vi a las personas que quería ver y a la mayoría pude expresarles el gusto que me dio verlas.  Pude convivir un rato con ellas y no se imaginan las ganas que tenía de platicar con ellas, de acercarme.  Tomé muchas fotos (aunque reconozco que me faltó tomar más fotos) y disfruté mucho el momento.

Aunque no conozco sus vidas, sólo lo poquito que pude percibir y lo que me permiten ver en las redes sociales, la mayoría de mis compañeros me parecieron felices, con muchas metas y sueños que cumplir; nuestros prejuicios y rollos del pasado no estuvieron presentes esa tarde.  Entre abrazos, risas y palabras, me fui liberando del pasado.  Aunque nos toca a cada uno de nosotros hacernos cargo de nuestras heridas y sanar solos, este fin de semana tuve la oportunidad de cerrar un ciclo acompañada, pude reconciliarme con mi pasado y ser feliz con mi presente.

No sé qué pasará mañana. No se si la vida vuelva a reunirnos de nuevo. Sólo sé que ahora puedo mirar atrás y sentirme a gusto.  En mi presente, a mis 38 años, me sentí feliz, libre y me divertí en un lugar donde nunca pensé que eso fuera posible. Me quedo agradecida, contenta y abierta a lo que venga ahora.

La vida está llena de sorpresas, de muy felices sorpresas.

Natación, maratón y un equipo

•mayo 25, 2015 • Deja un comentario

La natación es el deporte que más disfruto. Nunca fui buena en los deportes con pelotas: jugué voleibol, basquetbol y tenis. Me daba miedo la pelota y me distraía constantemente. Me resultaba tan imposible como  aburrido concentrarme en la pelota.  En la natación es diferente: para nadar sólo necesito conectarme con mi cuerpo, mover con ritmo mis brazos y piernas, concentrarme en mi respiración, estirarme y llegar a la meta. Cuando nado, no me distraigo ni tampoco me desespero; por el contrario, siempre quiero más.

Nadar es un deporte solitario que también se realiza en equipo. La competencia es principalmente contra uno mismo pero es muy importante tener un equipo que nos respalde, que nos ayude a mejorar, que nos motive.

Comencé a nadar desde pequeña y fui parte de un equipo de natación por mucho tiempo pero no siempre he nadado. Por un largo rato la sirena en mí estuvo dormida y resurgió hace apenas algunos años. Hoy en día no puedo imaginar mi vida sin la natación.  Cuando regresé a la alberca, empecé nadando sola. Después volví a tomar clases,  las que me han ayudado a mejorar mi técnica y a ser más veloz.   En el agua encuentro paz y nadar siempre me libera.

Algo que siempre me ha gustado de la natación es el ambiente de compañerismo y solidaridad que surge entre quienes nadamos.  Entre compañeros nos apoyamos y damos ánimos. Algunos de mis compañeros hoy son también mis amigos.

En los últimos años he participado en una que otra competencia, lo cual revivió un poquito los nervios y emoción de aquellos días de entrenamiento arduo y competencias casi cada fin de semana; lo cual ha sido para mí un pequeño recordatorio de esos años de convivencia y risas, de pertenecer a un equipo de natación.

En el club donde nado, una vez al año se realiza un maratón de natación que consiste en nadar continuamente durante cuatro horas.  Esto se realiza en equipo y cada equipo cuenta con seis nadadores, quienes van nadando por turnos a manera de relevos. En las primeras dos horas, en cada turno se nadan 200 metros; en las últimas dos horas se nadan 100 metros por turno.

Yo llevaba años queriendo participar en este maratón, pero por una u otra razón, no había podido hacerlo. Este año prometí hacerlo y lo cumplí. Fui constante en mi entrenamiento y tenía la certeza de que físicamente estaba preparada para realizar esta prueba. Tenía confianza en mí misma y además amo nadar.

Estaba más que lista para este maratón pero no tenía idea de lo que significaría para mí volver a ser parte de un equipo: ya se me había olvidado lo que era eso. Participar en este maratón me devolvió esa poderosa sensación de pertenencia, solidaridad y compañerismo.

No tenía contemplado que un equipo debe tener nombre y también un logotipo. Las semanas previas al maratón, todos los miembros de mi equipo estuvimos en contacto. Cuando me uní a ellos, ya tenían nuestro nombre y algunos diseños del logo (hechos por nuestra creativa compañera). Elegimos el que más nos gustó y nos pusimos de acuerdo en cómo queríamos que quedara la sudadera que nos identificaría como equipo ese día. En esos días compartimos ideas, bromeamos, nos echamos porras y nos dimos consejos para mejorar nuestro rendimiento el día del maratón. Más de veinte años después volví a sentirme parte de un equipo.

El sábado 16 de mayo llegó el gran día y poco después de las seis de la tarde ya estábamos frente a la alberca listos para comenzar con el calentamiento. No sólo estaba muy emocionada sino también muy nerviosa. Una vez ahí, frente a la alberca, me pregunté si aguantaría las 4 horas. Para colmo, el traje de baño me quedaba un poco grande (nunca hay que estrenar traje, gorra o gogles el día del evento) pero mi entrenadora, quien siempre me salva cuando surgen detalles como este, me ayudó a resolver el problema rápidamente.  Entonces pude calentar sin más contratiempos y a las siete ya estábamos listos para comenzar.  Me tocó ser la primera en nadar de mi equipo y en ese turno me costó mucho trabajo controlar mis nervios. Nadé lo mejor que pude y me conmovieron las porras de mi equipo. En el transcurso de esas cuatro horas nos apoyamos todo el tiempo y nadamos con todo. Ya se me había olvidado lo que era tener un equipo que te respalde, que te eche porras, que te acompañe.

El maratón consistió en cuatro horas de esfuerzo, de economizar energía, de mantener el ritmo al nadar, de apoyarnos, de reír, de resistir, de superarnos, de celebrar, de sentir nervios y, sobre todo, de disfrutar. Para mí fueron también cuatro horas de volver a sentir la solidaridad que hay en un equipo.

Me llené de recuerdos felices de mi infancia en la alberca, recuerdos en los que hace tiempo no pensaba. Mientras en la escuela era una niña solitaria de quien todos se burlaban y a quien molestaban la mayor parte del tiempo, en la natación tenía compañeros y amigos que me aceptaban tal cual era, que reían y jugaban conmigo cuando el entrenamiento terminaba. Ganáramos o perdiéramos, nos abrazábamos en las competencias, sabíamos que habíamos dado nuestro mejor esfuerzo.

No tenía idea de cuánto extrañaba ser parte de un equipo, de cuánta falta me hacía ese compañerismo hasta que volví va vivirlo el día del maratón.  Fue increíble tener con quien compartir el amor a la alberca, la emoción, los nervios,  la alegría y la enorme sensación de bienestar de haber llegado al final del evento.

Nadar Una vez que terminamos, todos con nuestra sudadera puesta nos abrazamos, gritamos, giramos abrazados, nos tomamos fotos. ¡Lo hicimos, equipo!

Equipo

Equipo

Y mientras todos sonreían alegres, yo escondí mi emoción en la garganta pues no quería ser la cursi del grupo que llorara. Estaba llena de agradecimiento, de recuerdos, del deseo de que ese ese momento no se acabara, de seguir viviendo la experiencia de pertenecer a un equipo.

La premiación del maratón terminó poco después de la medianoche.  Me desvelé nadando y volvería a hacerlo sin duda alguna.  Nadar en la noche es una excelente combinación y lo sería aun más si la alberca estuviera al aire libre.

Regresé a casa exhausta, llena de vida y feliz por el gran regalo de haber tenido un equipo, un extraordinario equipo.

Nostalgia de mayo, del salón de clases.

•mayo 16, 2015 • Deja un comentario

Los grillos cantan y la noche avanza tranquila. No hay lluvia, sólo un poco de viento.

Después de unos días de mucho trabajo y poco tiempo libre, por fin puedo sentarme a escribir. Este es mi tercer intento por publicar algo en mi blog hoy. Veamos si es cierto que la tercera es la vencida.

Amo la noche y la oportunidad de escuchar el concierto de mis grillos me pone de buen humor, me llena de música, me relaja.

Hoy fue día del maestro. A diferencia de otros años, hoy sentí mucha nostalgia. Me acordé de mis alumnos y de las muchas experiencias que vivimos en el salón de clases. Me acordé de los buenos y de los malos momentos, de lo divertido que era estar con mis alumnos y de lo mucho que aprendí de ellos.  Si pudiera volver el tiempo atrás, no cambiaría nada. Sé que hubo días en los que me enojé,  en los que lloraba desesperada al llegar a casa, en los que me sentí un fracaso porque parecía que todo lo hacía mal; sin embargo, jamás me di por vencida y aprendí de mis errores. Siempre luché por darle lo mejor de mí a mis alumnos.

Extraño sus risas, sus chistes, sus dibujos, sus ocurrencias, los cariñosos apodos que me pusieron. Ellos me mostraron una parte de mí que yo no conocía.

Hace unos días una de mis adolescentes me preguntó si me acordaba de todos mis alumnos. Se sorprendió cuando le dije que sí, que me acuerdo bien de casi todos. Quizá no recuerde todos sus nombres, pero sí recuerdo bien sus caras.

Hay días como hoy en los que me hace falta su vitalidad y frescura, la alegría dentro del salón de clases, en los que extraño hablarles con canciones, verlos crecer y tener logros tanto pequeños como grandes; me hacía feliz poder compartir con ellos la sorpresa de un nuevo descubrimiento y la magia de aquellos detalles que para ellos lo son todo pero que nosotros, los adultos, ya no vemos pues estamos demasiado acostumbrado a ellos.  ¡Me encantaba descubrir el mundo a través de sus ojos y poder recuperar la capacidad de emocionarme por todo!  Ellos me regalaron esa magia que sigue viviendo en mi aunque ya no trabaje en un salón de clases. Ser su maestra fue un privilegio, un gran privilegio.

Teacher's Day

Teacher’s Day

He tenido la fortuna de ser alumna, después maestra y luego, una vez más, alumna. Sé lo que es estar de ambos lados del salón y no puedo sino agradecer a todos los maestros que han dejado huella en mi vida: no sólo me enseñaron su materia sino también me dieron grandes lecciones de vida y me exigieron lo necesario para ayudarme a ser mejor persona.

A mis 38 años sigo estudiando y estoy rodeada de maestros extraordinarios que dan lo mejor a sus alumnos, no se conforman con lo que se espera de ellos, sino siempre buscan dar más.

Mi papá siempre me ha dicho que el alumno debe superar al maestro. Él hablaba de sí mismo como padre, diciendo que para él un buen padre significaba lograr que nosotros fuéramos mejores que él.  Es un hecho que los primeros maestros de una persona son sus padres.   Siempre he estado de acuerdo con esa visión de mi papá y tanto como maestra y madre siempre he buscado que las nuevas generaciones sean mejores que yo.

En mi vida también he tenido el privilegio de conocer a varios maestros cuyo objetivo es el mismo: buscar que sus alumnos sean mejores que ellos.

Para los maestros siempre es hermoso recibir regalos en este día, no he conocido a ninguno que le desagrade; sin embargo, pienso que el mejor regalo que se le puede dar a un maestro es el respetarlo (todos los días del año), reconocer  su esfuerzo, dedicación y trabajo.

En esta época de exigencias y críticas, es necesario valorar y apreciar más a todos los maestros que trabajan arduamente  para el aprendizaje y bienestar de sus alumnos.  No sólo los alumnos necesitan respeto, paciencia y palabras de aliento, también a los maestros eso les hace falta.

Me despido con un abrazo infinito para todos mis maestros, gracias por todo lo que me han dado y siguen dando.

La Madrastra Madre

•mayo 5, 2015 • 2 comentarios

Hace algunos años cuando nos dijeron que Rebeca tenía leucemia, muchas personas me vieron con admiración porque me quedé a su lado y muchas otras me preguntaron por qué me quedé, me dijeron que ellas no habrían podido con el «paquete».  Agradezco a quienes me manifestaron su admiración; por otro lado, con respecto a la pregunta, confieso que nunca la he comprendido bien.

Cuando me miro al espejo no encuentro ni admiración ni duda en mí, sólo veo amor: todo el amor que,a pesar de mis defectos, soy capaz de dar y todo el amor que he tenido la oportunidad de recibir; amor que agradezco todos los días cuando me despierto.

Ha comenzado mayo, el famoso mes de la madre. Pensando en eso, tengo quizá mucho que decir. En estas semanas de reflexión, tengo una historia que contar, o quizá sean dos entrelazadas.

Llega el día de la madre y me pregunto si en ese día se incluye a la madrastra o si a la madrastra se le considera madre o cuál es su lugar en esta ecuación.  No puedo evitar mencionar a la madrastra aunque odio esa palabra. No solamente porque fonéticamente suena terrible sino también porque al mencionarla, lo primero que nos viene a la mente es la madrastra malvada de Blancanieves, de la Cenicienta o de cualquier cuento. Es casi imposible escuchar la palabra madrastra y no pensar en una mujer egoísta,  envidiosa que odia y maltrata a los hijos de su pareja, de quienes ahora está a cargo. En mi clase de polaco, cuando le pregunté a mi maestra cómo se decía madrastra en polaco (macocha) también comentó que en Polonia era una palabra fea y que hacía referencia a las madrastras malvadas de los cuentos.

En estos días en los que he estado luchando conmigo misma y por encontrar mi lugar, nuevamente me topo con esta palabra y me siento muy incómoda. Me resulta imposible identificarme con esa desagradable y fea palabra. Por muchos años decirme madre me hacía sentirme muy culpable (aunque no haya razón para ello) y decirme madrastra era inaceptable. Me sentía perdida, confundida, muchas veces fuera de lugar.  Cuando en realidad no hay que darle tantas vueltas al asunto: hoy en día me veo como la feliz madre – no biológica- de dos hermosas adolescentes. No tuve el privilegio de darles la vida, pero sí la oportunidad de amarlas, de que me aceptaran y adoptaran. Porque eso nos sucedió desde el comienzo: nos adoptamos mutuamente.

Aunque de acuerdo al diccionario lo correcto sería decir que soy su madrastra, no me queda esa palabra. La persona que está al otro lado del espejo no es una madrastra, es una madre que todos los días lucha por el bienestar de sus hijas. Llevamos años viviendo juntas y hoy decidí ya no sentirme culpable por decirme madre ni por llamarlas hijas. Por el contrario, estoy agradecida por ese regalo que la vida me ha dado.  Estas hermosas adolescentes son las mejores hijas del mundo y junto con su padre, han llenado mi vida de amor.

La mayoría de las personas que nos conocen y que saben nuestra historia,  hablan de mí como su madre y de ellas como mis hijas. Ellas me presentan con sus amigos como su mamá y cada vez que eso sucede, me emociono como adolescente. Por eso me es difícil comprender la pregunta que me hacían cuando supimos que Rebeca tenía leucemia y también por eso tampoco me identifico con las palabras de admiración que me han dicho. En este mes para celebrar a las madres, quiero explicar porqué ambas cosas me han causado conflicto en estos años; para hacerlo necesito regresar al principio y no hablar solo de la «madrastra madre» sino también de la madre que me ha enseñado a vivir en amor.

El amor de mi madre siempre me ha cobijado. Recuerdo como me contaba cuentos en las noches de mi infancia y como me llenaba de canciones. Me hacía feliz cantar y a veces hasta bailar con ella. En esos tiempos ella era educadora y me gustaba verla trabajar. Siempre quería ayudarla a revisar los trabajos de sus alumnitos y quería parecerme a ella. Desde que nací no hubo lágrima que no me limpiara y nunca me faltaron abrazos.  En la primaria cuando lloraba con ella porque me molestaban y se burlaban de mí en la escuela, siempre sabía qué decirme y cómo ayudarme. Me hice valiente gracias a ella. Me enseñó a defenderme sin ser agresiva y a no darle importancia a las tonterías que me decían en la escuela. Ella me aceptaba así, tal cual era, y así estaba orgullosa de mí; eso me ayudó a ser auténtica, a defender siempre mi yo por más raro y diferente que este fuera. Mi mamá me ama y esa certeza me ayudó a sentirme bien cuando todos me consideraban un bicho raro.

A pesar de mi complicada adolescencia y mi carácter tan desagradable en ocasiones, estuvo ahí conmigo y no me dio la espalda nunca, ni siquiera cuando me lo merecía. En mi vida adulta, el amor de mi madre me sigue cobijando y no dejo de preguntarme: ¿Cómo logra siempre dar tanto amor?. En su corazón no hay lugar para el rencor ni los malos sentimientos, su capacidad de amar es infinita.  Esa enorme capacidad de amar me desesperaba cuando era más joven. Muchas veces he deseado que sea más dura para que sufra menos. Por que a veces sucede que cuando amas tanto, las personas a tu alrededor no lo valoran y, por el contrario, se aprovechan de eso. Nada me duele más que la crueldad e indiferencia de esas personas hacía mi admirada madre.

Cuando mi fe en la humanidad se tambaleaba debido a la crueldad y egoísmo del ser humano, mi madre siempre hacía énfasis en el hecho de que uno no debe de cambiar por los demás, que no debemos permitir que la actitud de los demás afecten nuestra forma de ser y de ver el mundo, también me enseñó que siempre hay alguien que nos acepta y quiere tal cual somos. La certeza que me daban sus palabras me permitió enfrentar con éxito el rechazo en mis días de soledad pues sabía que algún día llegarían a mi vida quienes sí me aceptaran tal cual soy.  Sobreviví al acoso en la escuela, a mi terrible acné, a mi desagradable carácter y a tantos otros retos gracias a su paciencia, enseñanza y, sobre todo, a su amor.

Su amor ha sido mi protección, bendición y aprendizaje en esta vida. Es luz, es fuerza, es la sonrisa que me levanta en los días que duelen. También es mi ejemplo a seguir.

Ella nunca se cuestiona, sólo ama.  Así de sencillo, así de complicado. El amor es un compromiso que se adquiere por voluntad, por decisión y que dura toda la vida; el amor de una madre es un regalo que se da a los hijos sin esperar ni exigir nada a cambio. Así me ha amado mi madre, así me ha enseñado a amar a mí.

La mayoría de las madres tienen a los hijos que les tocaron, que nacieron de sus vientres; yo tengo a las hijas que elegí. Cuando conocí a mi marido, sus hijas vivían con él. Ambas estuvieron de Cupidos en nuestra relación. No pasó mucho tiempo antes de que empezáramos a vivir los cuatro juntos y cuando eso sucedió, yo ya había hecho mi compromiso de amor; a ellas ya les había dado mi corazón de madre.

El amor no abandona. En los momentos duros cuando todo se complica es cuando más necesitamos amar y ser amados. Mi madre jamás me dio la espalda ni renunció a mí.   Renunciar tampoco es ni ha sido una opción para mí.

Eso es lo que venía a mi mente cuando me preguntaban por qué me quedé con Rebeca.  Hubo veces en las que me quedé en silencio, confundida,  con otras preguntas en mi mente: ¿Cómo  podía parecerles normal o aceptable que renunciara?, ¿por qué me decían que ellos no podrían con el paquete? ¿Cuál paquete? ¿Amar es un paquete? Otras veces contesté: porque es mi familia y la amo.  Amo a mi marido y a sus hijas que también son mías. Tan sencillo como eso.

Si hubieran sido mis hijas biológicas, esa pregunta jamás habría existido.  Ese «si hubieran» cómo me pesaba, porque varias veces en estos años me ha dolido esa irreductible verdad: no soy ni seré su madre biológica. Preguntas cómo esa me lo recordaban a cada instante. También sacaban a la luz mi miedo a perderlas, ese increíble miedo con el que viví mucho tiempo.

¿Por qué no me fui? Porque irme nunca fue una opción. Mi única opción es y siempre ha sido el amor.

Con respecto a las palabras de admiración, todavía no sé qué hacer con ellas. Debo admitir que no me he sentido admirable en estos años. Me he sentido fuerte y débil; he sentido miedo y me han pesado mis defectos; ha habido  días de cansancio, confusión, tristeza y de preguntarme si estaba haciendo lo correcto; días de risas, de logros, de abrazos, apapachos, alegrías, bromas y felicidad; todos esos días los buenos y los malos, he sido y soy madre. No me pongo adjetivos. No me admiro porque a veces todavía me sobrepasan mis defectos, porque me pregunto si he sido demasiado dura o exigente, si me ha faltado abrazarlas más, decirles lo orgullosa que estoy de ellas. Hay días en los que me siento satisfecha y feliz, otros en los que me siento un fracaso.  No veo  admiración, sólo veo a una persona que lucha por ser madre a pesar de su falta de experiencia, de los retos que hemos tenido en frente, de todo.   Cierto es que todos tenemos días en los que deseamos tirar la toalla, pero es sólo un instante de debilidad, no una decisión de vida. No me imagino una vida sin ellas ni sin mi marido. Junto con la leucemia y después de ella, hemos superado grandes obstáculos, nos hemos caído y nos hemos levantado. Nos hemos peleado y nos hemos abrazado. Hemos llorado pero también hemos reído.

Familia

Familia

Con mis hijas también he aprendido a ver a mi madre desde otra perspectiva. Con ellas he aprendido lo que significa amar y educar a un hijo, también lo complicado que eso resulta a veces. Ahora comprendo mejor a mi madre y le agradezco que me haya aguantado en mis épocas difíciles. ¿Cómo logró tener siempre una sonrisa para mí inclusive cuando nos habíamos peleado? No tengo palabras para agradecerle el apoyo que me dio entonces y que me sigue dando ahora.

En el libro que leí hace poco, Y las Montañas Hablaron de Khaled Hosseini, hay una parte en la que uno de los personajes reflexiona sobre la relación con su madre y valora lo que de niño dio por sentado: el que su mamá nunca lo abandonara, que siempre estuvo ahí para él. No le daba la mano para llevarlo a la escuela, pero estaba ahí con él. A veces damos por sentado las bendiciones que tenemos en la vida porque las vivimos a diario y es importante tenerlo siempre en cuenta. No se trata de agradecer a nuestra madre una vez al año en mayo, sino todos los días.

Tengo 38 años y mi mamá nos sigue llenando de amor a mí, a mis hermanos y a sus nietos. Cuando pienso en ella me siento la persona más afortunada del mundo y también la más agradecida.

Tengo 38 años y la oportunidad de ser la madre de dos extraordinarias adolescentes que luchan por ser mejores cada día y que tienen las herramientas y voluntad para salir adelante. Mi vida está llena de regalos y bendiciones.

No usaré nunca la palabra madrastra y ya no me siento fuera de lugar por no usarla. Soy la madre que escogió a sus hijas y se comprometió a amarlas toda la vida, como mi madre lo hizo conmigo.

En este mes de mayo y todos los días de todos los años, muchas felicidades a las madres biológicas y adoptivas que aman incondicionalmente a sus hijos.

Últimamente

•abril 28, 2015 • Deja un comentario

Últimamente escribir ha sido una lucha, una disciplina, un momento de estrés. No me escondo de mí misma, pero todos los días me despierto con un nudo en la garganta, con la sensación de una pesadilla que ya no recuerdo al despertar y me siento una persona chiquita, sin nada relevante que decir, llena de lugares comunes e ideas aburridas. Me he vuelto más introvertida y solitaria.  Me da flojera hablar y me siento poco apta para convivir.

Me levanto en las mañanas y me obligo a hacer ejercicio. Eso me da energía y me motiva a realizar las actividades que tengo pendientes. Soy disciplinada y trabajo para alcanzar mis metas,  pienso en ellas para salir de este trance, para sacudirme esta apatía.

Me lleno de libros y me evado en los mundos que ahí encuentro. No quiero pensar en mis defectos, ni en mi yo insignificante. Me conmueven los más pequeños detalles y no puedo salir sin unos kleenex a la mano. No tengo control sobre mis emociones ni sobre mi nostalgia o melancolía.

Tengo que exprimirme el alma para sacar palabras y luego me pregunto: ¿para qué?   Me busco pero no tengo claro cuál es mi lugar.  Últimamente no tengo idea de dónde estoy. Todavía guardo luto por la muerte de mi sueño (hace algunos meses) y no he podido concebir uno nuevo.

Ya no quiero temerle a mi sombra. Seguiré luchando hasta que mi futuro tenga forma. Seguiré luchando hasta volver a reírme de todo. Seguiré luchando porque no me gusta darme por vencida.

Necesito reconciliarme conmigo misma y reencontrarme con las palabras. ¡Ojalá no me doliera tanto!

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Trabajo, cansancio y unos cuantos demonios.

•abril 23, 2015 • Deja un comentario

Después de unos días de mucho trabajo y también cansancio, por fin he encontrado un espacio para escribir.

Una vez leí que es la idea la que escoge al escritor y no viceversa. Me parece que algo de verdad hay en esa frase. Cuando una idea decide hacerse presente, no hay escritor que pueda rebelarse. Pero, ¿qué ocurre cuando nos falta valor para escribirla? ¿Qué hacer cuándo esa idea duele?

Hay días en los cuales escribir no se trata de hacer poesía ni de embellecer nada; sólo se trata de escupir los demonios que uno lleva dentro, de buscar alivio al dolor, de sobrevivir.

Hay momentos en los que me siento merecedora de nada, momentos  en los que, además, me siento insegura y llena de miedos.  Me peleo conmigo misma y me cuesta trabajo mirar atrás y aceptar a quien yo fui y quien ya no se parece a mí, ya no. Al mismo tiempo, me cuesta trabajo tener fe en quien soy ahora.

No pude terminar un proyecto personal en la fecha que me había propuesto. Llevo años trabajando en él y no lo termino por no poder enfrentarme a mí misma, por no atreverme a lidiar con mi yo del pasado ahí reflejado. No me atrevo a llegar al futuro que ya tantas veces he visualizado.

Además de insegura, también me siento atrapada. Me envuelven las sombras de aquellos ayeres y tiemblo frente al espejo. No sé dónde quedó mi iniciativa ni tengo valor para moverme.  No avanzo y siento la desesperación llenar mi aliento.

No sé que hacer conmigo misma.  Llevo días sumergida en esta especie de letargo, apatía creativa, de parálisis anímica, de tormentas silenciosas.

Me cuestiono todo.  Me da miedo el éxito pero  también me da miedo quedarme aquí sentada. Por sobre todas las cosas me da miedo escribir. Me dan miedo las palabras.  No me atrevo a describirme. Me siento invadida por mis defectos y creadora del caos que me deja muda.

Mentiría si negara que tengo ganas de llorar. Mentiría si dijera que esta noche mi relación con la pluma es buena. También mentiría si dijera que hoy me sonreí en el espejo, que no me afectan ni la indiferencia ni las miradas de reproche, que no estoy cansada de tantas exigencias y expectativas que cubrir.

Esta noche mis palabras son el eco de un llanto profundo,  la tristeza de mis noches sin grillos, la expresión del caos despierto en mi interior, la voz de lo que callan mis labios…

También son la búsqueda de la salida, el camino para salir de este laberinto, un grito, un lamento, una esperanza.  Las palabras son  la única manera que conozco para comenzar a deshacer los nudos y salvarme.

Sólo escribiendo soy fuerte para enfrentar mis demonios.

Después de unos días llenos de mucho trabajo y también cansancio, por fin me atrevo a tomar la pluma y comenzar a sanarme…

Las flores se marchitan pero siempre renacen, yo también, yo siempre también.

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No soy torpe, sólo zurda.

•abril 14, 2015 • 7 comentarios

Cuando voy a correr, tengo que hacerle un doble nudo a las agujetas de mis tenis con la esperanza de que esta vez no se deshaga. Muchas personas se han reído de mí por eso e inclusive tuve un novio que se enojaba conmigo por eso. Alguna vez me dijo: «A ver si ya aprendes a amarrarte las agujetas».  Como si yo no lo hubiera intentado, como si no fuera eso un problema para mí.  Además de torpe, me sentía inútil.

Tiempo después, en una revista para zurdos que me encontré en la red, leí un artículo sobre las situaciones por las cuales una persona zurda crece convencida de que es torpe, ahí mencionaban el problema de amarrarse las agujetas. Descubrí que algo tan «sencillo» como eso podría resultar un gran reto para las personas zurdas. Algunas de ellas compartían sus experiencias al respecto en ese artículo. Entonces no se trataba de mi inutilidad y torpeza para hacer algunas cosas sino de los retos que tenía en frente por el simple hecho de ser zurda. Leer eso me dio un gran alivio y comenzó a cambiar la manera en la que me veía a mí misma, aunque a veces todavía no logro eliminar del todo la palabra torpe de mi vocabulario.

Con respecto a las agujetas, sigo peleándome con ellas pero ya no me angustio ni me siento mal por eso, lo tomo con gracia. Aprendí a reírme de eso en un  viaje con mi gran amigo Herwig. Mientras paseábamos, las agujetas se me desamarraban a cada rato, no puedo ni contar la cantidad de veces que tuvimos que detenernos por eso. Mi amigo, en lugar de desesperarse, se estaba divirtiendo y me tomó una foto amarrándome las agujetas. Nos reímos mucho los dos. A diferencia del pasado, me sentí aceptada.  También aprendí a reírme de eso. A la fecha él no sabe lo mucho que significó esa foto para mí, lo mucho que me ayudó en ese momento.

Amarrándome las agujetas ;)

Amarrándome las agujetas 😉

No sólo se trata de amarrarse las agujetas, los zurdos nos enfrentamos a cosas que para los diestros son triviales.

Cuando yo estaba en primaria no existía toda esta cultura en favor de los zurdos. En esos tiempos no se hablaba de tijeras para zurdos, no se hablaba de nada para zurdos; lo más que recuerdo es que nos asociaban con tener mala letra y dislexia. Pero no todos los zurdos tienen mala letra ni tampoco dislexia.  El punto es que cuando yo estaba en primaria no había tijeras para zurdos y no importaba cuánto me esforzara, siempre cortaba mal y siempre me lastimaba la mano. Los maestros me llamaban la atención por hacerlo mal y mis compañeros se burlaban de mí.  Hasta hace relativamente poco, cortar era una experiencia difícil y dolorosa para mí (algunas veces terminé con  ampollas en la mano).

Escribir con letra cursiva también  ha sido complicado para mí. Cómo hacer la G e I mayúsculas sigue siendo un gran enigma para mí. Cuando era maestra intentaron enseñarme con un nuevo sistema en el cual decían que para eso no había diferencia entre diestros y zurdos; sin embargo, sí la hubo y esas letras cursivas serán siempre un enigma para mí. Cuando estaba en primaria, las maestras me bajaban puntos en ortografía porque no sabían si mi letra era una a o una o. Nunca me fue posible tener un cuaderno limpio, pues quedaba lleno de manchas de lápiz o de tinta al igual que mis manos (cosa que no ha cambiado mucho hoy en día). Es raro que un zurdo no se manche las manos de tinta cuando escribe. Tenía como 7 años cuando me mandaba llamar la psicóloga de la escuela porque las maestras pensaban que hacía mal la letra para llamar la atención porque tenía problemas en casa. Nunca tomaron en cuenta mi esfuerzo. Mi único «problema» era ser zurda; aunque en realidad no era un problema. Ir con la psicóloga tenía sus ventajas: perdía clase, me ponían juegos y me daban algo de tomar y galletas.

Con respecto a los deportes, cuando jugábamos kickball siempre me mandaban la pelota del lado derecho pero yo pateaba con el pie izquierdo. Por otro lado, durante los años que jugué tenis, mi revés era una gran ventaja: a las personas diestras les cuesta mucho trabajo lidiar con el revés de una persona zurda.

La parte interesante de ser zurda en la universidad, nuevamente, tenía que ver con escribir. En los salones había escritorios para diestros pero rara vez se encontraban  para zurdos o había que mandarlas pedir. Resultaba menos complicado adaptarse a uno para diestros. Aprendí a escribir encima de mi carpeta, la cual colocaba en mis piernas.  Cuando había examen tenía que encontrar la posición menos incómoda para poder escribir en el escritorio y si alguien hubiera querido copiarme, le habría sido casi imposible lograrlo.

En la vida de quienes somos muy zurdos, es decir, que nuestra zurdez va mucho más allá de sólo escribir con la mano izquierda, hay algunos misterios sin resolver que resultan ser cosas muy sencillas para los diestros.

Por ejemplo, hoy en día sigo sin saber cómo funciona un abrelatas. No podría explicar cómo he logrado abrir latas todos estos años y me daría mucha vergüenza decir cuánto tiempo me tardo en hacerlo.

Nunca sé hacia qué lado se abre o se cierra la llave del agua; eso es problemático cuando no hay agua pues no tengo manera de saber si dejé la llave abierta o cerrada.

Afortunadamente hoy en día hay laptops y ya son más comunes que las computadoras de escritorio (PCs), porque mover el cursor con el mouse ha sido terriblemente complejo para mí y es misión imposible cuando se trata de hacerlo con la mano derecha, lo cuál era un verdadero problema en las clases de computación.

No importa cuántas veces me lo han repetido, nunca sé de qué lado van los cubiertos en la mesa. Cuando no tengo a quién preguntarle, me siento completamente desorientada.

Además, me estresa mucho saludar a las personas de beso. Seguro hay quienes están pensando que soy una exagerada, pero un detalle tan sencillo como dar un beso en mejilla puede terminar en un accidentado beso en la boca por no saber hacia qué lado moverse. Es un accidente muy común en los zurdos y no, no es una trampa para robarle un beso a alguien. Por eso cuando se trata de saludar, muy rara vez doy yo el beso; me daría mucha pena equivocarme de lado. Hay accidentes que no son graves pero sí muy incómodos.

Hay otros misterios que con paciencia y constancia he logrado resolver.

Me encanta crear cosas con las manos y cuando busco tutoriales en youtube, muchas veces necesito mirar los videos desde el espejo para entender las instrucciones.  Antes, ver estos videos y leer instrucciones para hacer algo era como tratar de descifrar códigos de gran complejidad.  Voltear las instrucciones no es nada sencillo, pero ahora ya puedo hacerlo casi automáticamente.

Cuando vamos a restaurantes busco sentarme siempre en el extremo izquierdo, para que nadie se siente junto a mí de ese lado y pueda comer tranquila sin preocuparme por no chocar ni tirar la comida de quién esté a mi lado.

En la escuela nos enseñaban: «la derecha es la mano con la que escribes», excepto que la derecha no es la mano con la que yo escribo. Por consiguiente, hoy en día todavía me confundo. Para saber cuál es la derecha, me pongo una pulsera en esa mano y recuerdo: «la derecha es la mano de la pulsera»; aunque confieso que últimamente se me ha olvidado hacerlo.

Bailar en coreografías o en pareja también representaba problema para mí. Bailar sola está perfecto, pero coordinar en las coreografías o girar hacia el lado correcto era prácticamente imposible. Yo era la que siempre giraba en sentido contrario, quien pisaba o se estrellaba con quien estuviera cerca;  no podía bailar  canciones como «No Rompas Más» o «Payaso de Rodeo» sin tener algún pequeño accidente. Y luego me pregunto porqué me sentía torpe…

Además de tomar clases de baile por un buen rato, aprendí algo muy útil para una zurda como yo: cuando no sé hacia donde girar, sólo tengo que hacerlo al revés de como yo lo haría, exactamente al revés.  Así logré bailar «No Rompas Más» y «Payaso de Rodeo» sin accidentes. No son mis canciones favoritas, pero siempre que las ponen en las fiestas las bailo feliz pues es mi manera de celebrar es pequeño gran triunfo que es bailar esas canciones sin tener accidentes ni ir contra corriente.  De vez en cuando es bueno no ir contra corriente.

A diferencia de los diestros, yo me levanto,  comienzo mi día y mis actividades con el pie izquierdo; no quiero pensar en lo que sucedería si empezara con el pie derecho.

Todavía digo «a la derecha» cuando quiero ir hacia la izquierda. Quienes van conmigo se ríen y  me dicen: «Te refieres a  la derecha de los zurdos».

Hasta hace algunos años, no lograba que una pluma fuente durara mucho tiempo: todas se tapaban.  Como en otros detalles, llegué a creer que no sabía usarlas, hasta que un día me  topé con una pluma fuente para zurdos y esa pluma, sin ser muy fina, me duró casi nueve años.  Mi amiga, quien vive en Londres, me regaló una la última vez que vino a México y ya tengo pluma fuente para varios años.

Plumas fuente para zurdos

Plumas fuente para zurdos

El pequeño detalle con los utensilios, herramientas, accesorios para zurdos es que no es fácil conseguirlos y generalmente son muy caros.  Hay una enorme diferencia entre comprar unas tijeras grandes y de buena calidad para diestros que para zurdos. Son mucho más caras las tijeras para zurdos.

También hay varias cosas para zurdos que son innecesarias pero divertidas, como las tazas. Todavía conservo una taza que me regaló alguien muy especial y que me hace sonreír cada vez que la veo. Es mi primera y única taza para zurdos. Es divertido tenerla y es genial para mi colección de tazas. Me hizo reír mucho cuando me la regalaron. Esa taza me encanta.

Taza para zurdos

Taza para zurdos

Aunque la mayoría de las veces haga las cosas al revés y dé más vueltas de las necesarias para llegar al resultado (el profesor que me daba clases particulares de física, me decía que sus alumnos zurdos encontraban la manera más complicada de resolver los problemas), nunca me doy por vencida, no desisto: tarde o temprano he de llegar a la meta.

Aprendí que no soy torpe, que en realidad nunca lo he sido; sólo soy zurda en un mundo de diestros y hay cosas a las que he tenido que adaptarme, hay cosas me cuestan más trabajo que a ellos pero eso hace que mi vida sea divertida; eso me obliga enfrentarme a grandes retos que para otros son trivialidades; eso me obliga a tener paciencia y a ser constante.

He leído y también lo he vivido que los zurdos somos creativos porque nos vemos obligados a inventar diversas maneras de adaptarnos al mundo de los diestros. Eso también nos hace fuertes y perseverantes.

Afortunadamente hoy ya no se discrimina a los zurdos ni se les considera malos. A mí ya no me tocó vivir en la época en la que les amarraran la mano y se les obligara a ser diestros. Mis papás me dejaron ser yo misma y me impulsaron a volar tal cual soy. Mi zurdez nunca ha sido un problema para ellos y siempre he contado con su apoyo para salir adelante.

Aun en los momentos más difíciles, cuando mi autoestima estaba toda lastimada, el saberme zurda me hacía sentir especial.

Hoy en día me da mucho gusto ver que ya hay más herramientas para nosotros, para facilitarnos este interesante proceso de adaptación.

No soy torpe, sólo soy zurda, felizmente zurda.

Vacaciones

•abril 7, 2015 • Deja un comentario

Me encanta viajar pero no disfruto hacer la maleta ni mucho menos deshacerla. Hoy me desperté y como al mal paso hay que darle prisa, lo primero que hice fue desempacar y poner todo en su lugar. Mientras lo hacía, trataba de sacudirme la ligera melancolía que llega cuando un viaje se acaba, cuando llega la hora de regresar a casa.

Ayer terminó nuestro viaje después de unos deliciosos días fuera de la ciudad.  Ya necesitábamos salir, cambiar de ambiente, refrescarnos. Me encanta el DF,  pero ya era urgente descansar de él por unos días.

El miércoles en la tarde llegamos a Querétaro, donde pasamos unos días en la naturaleza y conviviendo en familia. Nos quedamos en un fabuloso rancho muy querido para mí.  En las noches me dormía con la música de los grillos y de las cigarras; en las mañanas me despertaba con la voz del gallo y el canto de los pájaros.

Fue maravilloso despertar y saludar al sol. Todos los días desayunamos al aire libre, sin prisas, disfrutando.  Esas mañanas también fueron un buen momento para pasear y para leer.

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En la tarde del jueves fuimos a la finca de Freixenet. Además de tomar vino, comimos rico, platicamos, reímos y vimos el atardecer. Aunque el mayor atractivo de este lugar es el vino, es un lugar para convivir en familia. Hay puestos de comida, hay música en vivo, venta de artesanías y algunos juegos para los niños.   Además es posible visitar las cavas y hay paseos a los viñedos. Nosotros sólo disfrutamos del vino, la comida, la música y la compañía.

Freixenet, Qro.

Freixenet, Qro.

Vino, Freixenet

Vino, Freixenet

Freixenet

Freixenet

Freixenet Atardece

Freixenet Atardecer

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Freixenet Atardecer

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Al día siguiente nos levantamos temprano para correr.  Era la mañana perfecta para disfrutar del viento, del cielo, de la increíble vista frente a mí, pero al comenzar la tercera vuelta me desconcentré cuando vi que tenía la agujeta desamarrada y me caí. Me lastimé un poco y ya no pude seguir corriendo, pero al menos pude disfrutar de ese momento, de esa mañana, de esa conexión con la naturaleza.

Rancho. Querétaro.

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Rancho. Querétaro.

Rancho Querétaro

Después del desayuno, nos fuimos al Cerro de las Campanas, lugar donde estuvieron los restos de Maximiliano de Habsburgo y donde hay una enorme estatua de Benito Juárez.

Se le llama Cerro de las Campanas por el sonido de campanas que sale de las piedras al golpearlas.

Cerro de las Campanas Querétaro

Vista desde el Cerro de las Campanas Querétaro

Cerro de las Campanas

Cerro de las Campanas Querétaro

Cerro de las Campanas
Querétaro

Cerro de las Campanas Querétaro

Disfrutamos nuestra caminata por ese lugar, nos tomamos un helado y nos dirigimos al centro.   Tanto en este lugar como en todo Querétaro hay muchas jacarandas y cómo todavía es época de flores para ellas, siguen vestidas de violeta.

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Disfrutamos nuestra caminata por ese lugar, nos tomamos un helado y nos dirigimos al centro.

Centro de Querétaro

Centro de Querétaro

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Comimos en el centro de Querétaro y como era Viernes Santo, nos quedamos  para ver la Procesión del Silencio. En mi infancia y adolescencia, mis papás, hermanos y yo solíamos pasar la Semana Santa en Querétaro y presenciábamos esta procesión. Tenía más de diez años de no vivirla en Querétaro. De niña me asustaba mucho verla debido a los participantes con máscaras triangulares que caminaban descalzos cargando su cruz. Esta vez no me impactó de esa manera, más bien, me dolió. Permanecí en silencio escuchando el ruido de las cadenas de algunos de los participantes. La mayoría de los espectadores también permaneció en silencio.

Procesión del Silencio Querétaro

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Procesión del Silencio Querétaro

Procesión del Silencio Querétaro

Independientemente de las creencias, escepticismo, devoción o dudas, la procesión del silencio tiene un fuerte impacto en sus espectadores. Me quedé pensando en las cadenas que arrastramos a veces y también en la manera en la que escogemos «expiar» nuestras culpas. Es muy doloroso ver a los participantes caminar descalzos, arrastrando cadenas y cargando su cruz.

Procesión del Silencio Querétaro

Después nos despedimos y regresamos al rancho. Cenamos, leímos un poco y cerca de la medianoche mi marido y yo nos paseamos por los sembradíos, los cuales estaban iluminados por la esplendente luna llena. Los animalitos se escondían al escucharnos y varios pájaros trinaban (me impresionó la cantidad de pájaros que trinan en la noche). Fue increíble poder caminar en libertad y sin miedo a esas horas de la noche. Nos protegía la luna y nos abrazaba la naturaleza.  Lo más difícil fue despedirme de la noche  e ir a dormir.

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Luna Llena Querétaro

Tenía la intención de levantarme temprano para escuchar a las ranas croar pero el cansancio me impidió hacerlo. Eso quedó pendiente  para la próxima vez. Tampoco vi el eclipse pero disfruté la caminata esa noche y me dormí sonriendo.

Nuestro último día allá nos quedamos en el rancho. Invitamos a desayunar a un gran amigo con su esposa. Teníamos ya un buen rato sin vernos y fue una mañana feliz. Además de la plática, la caminata e intentar fotografiar a las ranas que saltaban alegremente, escondiéndose de nosotros, ni amigo me dio una breve clase de fotografía que me trajo nuevos retos para tomar mejores fotos.  Ya estamos comenzando el cuarto mes del año y en este tiempo casi no he usado mi amada cámara.

Rancho. Querétaro

Rancho. Querétaro

Rancho. Querétaro.

Rancho. Querétaro.

Rancho. Querétaro.

Rancho. Querétaro.

Cactus. Querétaro.

Cactus. Querétaro.

Flores de Cactus. Querétaro.

Flores de Cactus.
Querétaro.

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Se nos pasó la mañana y me sentí triste cuando tuvieron que irse. Nunca he sido muy buena para hablar por teléfono ni tampoco para estar en contacto con las personas que quiero. Esa es otra cosa que me gustaría cambiar de mí, pues quiero convivir más con las personas que quiero y no esperar a mañana para llamarlas o verlas. Esa lección todavía no la aprendo.

En la tarde invitamos a comer a la familia. Fue una tarde muy especial, muy soleada al principio y después muy llena de viento. Entre más pasa el tiempo, más valoro y agradezco los momentos con mi familia. Las tardes como las de ese sábado son un regalo que me da la vida, son los momentos felices que me hacen fuerte. Me sentí plena y contenta.

Rancho. Querétaro.

Rancho. Querétaro.

Esa noche hizo frío y ya no pudimos realizar nuestra caminata nocturna. Apenas se fueron las visitas, nos pusimos a leer, en armonía, en tranquilidad.  Así terminaron nuestras vacaciones.

Al día siguiente nos levantamos temprano y nos preparamos para el regreso. Di mi último paseo por los sembradíos. Me despedí de las plantas, los árboles, las flores, de las ranas y los sapos, los grillos y las cigarras, los pájaros. Di las gracias y me dirigí al auto, donde me esperaban mi marido y mis hermosas adolescentes. Me quedé con un nudo en la garganta.

Llegamos bien a casa y nuestro perrito nos recibió emocionado; mis plantas estaban bien.  Descansamos y nos preparamos para comenzar un ciclo nuevo. Estas vacaciones regresamos relajados y llenos de energía.

Disciplina, y palabras en un blog.

•marzo 30, 2015 • 2 comentarios

Ser disciplinada cuesta trabajo. Me prometí escribir en este blog por lo menos una vez a la semana.  Sabía que sería un gran reto y hasta ahora lo he cumplido; sin embargo, no siempre encuentro las palabras para expresarme. En días como hoy pienso que no tengo nada qué decir y obligo a la pluma a moverse, a escupir  tinta y formar frases.

Marzo fue un mes de dormir poco. Las primeras semanas de este mes mi insomnio estuvo fuera de control y esas noches de vigilia estaba angustiada. Durante el día, cuando no estaba cansada me dolía la cabeza. Mi debilidad aumentaba y no podía hacer ejercicio.  Tuve que deshacer muchos nudos para lograr dormir de nuevo y recuperarme.

Recibí la primavera con la sensibilidad a flor de piel y con preguntas sin respuesta.  La lluvia me emociona, las flores me conmueven y todo me duele.  Mis errores me sobrepasaron y últimamente me he sentido un fracaso. Me he cuestionado todas mis acciones y decisiones.  Me caí al abismo sin saber cómo levantarme. Me convertí en agua hasta quedar empapada, hasta que se secaron mis ojos, hasta que por fin llegó el sueño. Perdí la brújula que me mostraba el camino.

tulipan

No recuerdo cuándo fue la última vez que bailé sola, con la música a todo volumen, sin reprimirme ni sentir vergüenza, moviéndome al ritmo de la música sin preocupaciones ni prejuicios.

Esta semana que terminó fue una semana de cambios, de ciclos que se cerraron, de despedidas. Llegó la hora de soltar un sueño y prepararme para abrazar otro.  Sigo aprendiendo a perdonarme, a deshacerme de tantas recriminaciones y culpas.

Muchas veces cuando me equivoco, no sé cómo dejar de juzgarme, reclamarme, minimizarme. Soy capaz de perdonar a las personas que me rodean, pero perdonarme a mí sigue siendo un enorme reto. No sé cómo dejar de exigirme tanto, cómo dejar de ser tan dura conmigo misma.

Cuando me siento así, tan oscura, me resulta casi imposible expresarme. Una vez más critico todo lo que hago y me lleno de inhibiciones. No me atrevo a llorar y no me dan ganas de hablar conmigo misma. Si no hubiera prometido ser constante y escribir por lo menos una vez a la semana, seguramente estaría evadiendo la pluma; pero aquí estoy, tratando de sentirme mejor mientras escribo.

Ayer fuimos a la Sinagoga Histórica en Justo Sierra #71 a un concierto de música klezmer del Shtetl Klezmer.  La música tiene un lenguaje universal, su voz puede llegar a cualquier persona dispuesta a escuchar su mensaje. Yo casi no conocía este tipo de música y ni siquiera me habría enterado del concierto si mi maestro de la clase de lenguas romances no nos lo hubiera mencionado; de hecho fue él quien organizó la ida a esta Sinagoga justo el día del concierto.

Shtetl Klezmer

Shtetl Klezmer

Amé esta música. Me habló de tristezas y alegrías, de sueños y pesadillas, pero sobre todo, del perdón y la esperanza. Lloré silenciosamente pero no pude contener algunas lágrimas. Durante el concierto sentí como las notas vibraban en mi pecho.  Encontré el perdón en la mezcla del violín con la flauta, en la fuerza del teclado.  Sonreí emocionada casi sin darme cuenta.  Al final del concierto, los músicos se dieron cuenta de que iba a tomarles una fotografía y posaron para mi cámara.

Shtetl Klezmer

Shtetl Klezmer

De regreso a casa pasamos por el Zócalo del Centro Histórico. Me gusta contemplarlo, admirarlo.  Tenía curiosidad por ver los adornos del Día de Muertos que colocaron para la película del agente 007 que están filmando en la ciudad. Me dio ánimos estar ahí y me siento afortunada por vivir aquí, en el DF.

Zócalo

Zócalo

Zócalo

Zócalo

Zócalo

Zócalo

Todo pasa y hay que aprender de nuestros errores, perdonarnos y disfrutar las decisiones que tomamos. Todavía me duele despedirme de un sueño pero me propuse salir adelante y lograré hacerlo.

Se va marzo y con él va desapareciendo el color violeta de las hermosas jacarandas, algunas ya comienzan a cubrirse de verde.

Jacaranda

Jacaranda

Jacaranda

Jacaranda

Se va marzo pero llegan las vacaciones y con ellas la oportunidad de sanar, de cambiar de ambiente, de comenzar de nuevo…