Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo quinta carta.

•diciembre 23, 2020 • Deja un comentario

Martes 22 de diciembre 2020

¡Hola! En esta época distópica me pesa la melancolía decembrina y quisiera estar alegre, pero no es el caso. Me ha tomado tiempo escribirte pues las palabras huyen de mí o, mejor dicho, si soy sincera, soy yo quien huye de ellas.
Es inevitable hablarte de la pandemia. Debo decirte que estamos en semáforo rojo, los lugares que no son considerados esenciales han cerrado de nuevo, los hospitales están llenos y «quédate en casa» es el grito que resuena en todo momento. En las redes sociales y conversaciones sobran los juicios, críticas, insultos y sentencias para quienes salen y para quienes no usan tapabocas – según esto, ellos son los «culpables» de esta situación-. El quédate en casa se impone como una orden fácil de seguir y sin repercusiones. Yo, Nadie, que no voy a fiestas, que casi no salgo, tuve un ataque de pánico con este cambio. Estamos como en marzo/abril cuando esto comenzó, pero es peor. Estoy harta de la violencia que se ejerce de unos contra otros (ciudadanos contra ciudadanos), de la falta de empatía tanto de los que usan tapabocas como de los que no lo usan. No puedo soportar palabras como «covidiota» ni frases como «merecen morirse, no deberían atenderlos en los hospitales» entre otras cosas. No digo que esté bien el no usar tapabocas, vivir en fiestas y sin sana distancia pero tampoco creo que las agresiones resuelvan nada ni que generen conciencia; no he conocido a alguien que cambie su modo de actuar por este tipo de comentarios y actitudes. Estoy harta también de la indiferencia, de que se considere esta pandemia como un asunto político (de quien cree y quien no cree en el virus), de que el tapabocas sea visto como «un robo a la libertad» y no como una manera de proteger al otro (independientemente de cualquier creencia, usarlo protege al otro no sólo de ser contagiado, también del miedo al coronavirus que se ha generado). Usarlo es algo que podemos hacer por nuestro prójimo. En fin, entre quienes no respetan ninguna medida para prevenir el contagio y quienes se sienten con la autoridad moral para soltar juicios, insultos y condenas, siento que me ahogo. Es paradójico como se puede desear feliz navidad justo antes o después de haber publicado o dicho algo así como «mueran los covidiotas». Además de la pandemia del coronavirus, hay que sobrellevar la pandemia del miedo y -sobre todo- la del odio.

Hace unos días me dijeron soñadora por pensar en un mundo donde la empatía reine y nos cuidemos los unos a los otros. ¿Te imaginas que en lugar de destrozarnos unos a otros buscáramos el bienestar común, qué eso fuera más importante que nuestras creencias o puntos de vista? Me duele saber que quien me lo dijo tiene razón. Me agota leer y /o escuchar tantas quejas y/o juicios, que la pandemia sea la protagonista de la mayoría de las conversaciones. Las noticias parecen amenazas: aumento de casos de personas contagiadas y del número de muertos, alerta de nuevas cepas del virus que son más agresivas, restricciones, hambre, desempleo, violencia, desesperanza. Si eso no es suficiente, además, contamos con la irrefrenable necesidad de escupir nuestra opinión llena de juicios y palabras de odio en los medios en los que nos sea posible hacerlo. Por eso ya casi no visito mis redes sociales ni leo las conversaciones de los grupos de whats app: es casi imposible no toparme con publicaciones negativas. Nos culpamos unos a otros de lo que sucede. Exigimos las cosas con agresividad. No medimos el poder de nuestras palabras ni cómo éstas pueden afectar a los demás.

Nadie, estoy aquí, buscando en mi interior los recursos para mantenerme de pie. No puedo ir al gimnasio y hago lo posible por no caer en ansiedad ni depresión. Meditando disuelvo el nudo en la garganta y encuentro un camino para seguir adelante, en armonía. Elevo mi mirada al cielo y agradezco las bendiciones en mi vida; sin embargo, he recibido noticias tristes. Dos personas muy queridas fallecieron por este virus. Una de ellas fue un amigo muy cercano con el que quedó pendiente un karaoke, una velada para hablar de música. No hubo despedidas ni funeral, sólo el silencio enorme que predomina ahora. Llevo mi luto guardado dentro pues no me atrevo a llorar. ¿Qué tal si mi llanto se convierte en cascada? Pienso en mis sobrinos creciendo en casa, tomando clases frente a una computadora, conviviendo con amigos por medio del zoom o de los videojuegos virtuales. Pienso en el mayor que comienza su pubertad solo, entre adultos. Pienso en mi hija que debería estar en la universidad, salir con amigos, bailar. En lugar de descubrir el mundo, está aquí, con nosotros la mayor parte del tiempo, como con mis sobrinos: la vida social se reduce a estar sentada frente a la computadora, tableta o celular y convivir por medio de la tecnología. ¿Por cuánto más?

Dicen «quédate en casa» como si la vida fuera a esperarnos y el mañana pospandemia nos recibiera a todos con los brazos abiertos, porque todos estaremos ahí. En realidad no es así: la cruda verdad es que no sabemos que pasará mañana y ninguno tenemos la vida comprada. No puedo evitar pensar en las personas que no volveré a abrazar. ¿Cuánto tiempo seguiremos así? ¿De cuántas personas más no podré despedirme? ¿Cómo dejaremos de tenerle miedo al prójimo cuándo esto pase? ¿Pasará?

Extraño profundamente a mis amigos. ¿Cuándo volveré a verlos? ¿Cuándo podré salir con ellos con libertad y sin tapabocas? ¿Nuestros abrazos servirán para recomponernos, para compensar un poco nuestras pérdidas?

Miro al sol que entra por mi ventana. Quiero sentir esperanza, creer que tenemos remedio, que podemos ser mejores.

En fin, Nadie, salí a ver mis plantas y tienen plaga. Estoy demasiado cansada como para luchar contra ella. Después de las batallas de los últimos días, necesito un respiro. Me refugio en los libros: por primera vez desde que comenzó esta pandemia me la he pasado leyendo, estoy participando en un reto y eso me ayuda a poner mi mente en otro lado; además la lectura siempre me lleva a conocer otros mundos. Ya te hablaré de este reto en unos días, esta vez sí será pronto.

Escribirte me ayuda a ver más claro pero esta tarde mi pluma se rebela: no quiere soltar la tinta y ya me está doliendo la mano. Sólo una cosa más: hace una semana recibí una gran sorpresa: unas hermosas violetas persas (cyclamen) color rosa. ¡Quería unas flores así! Fue un regalo de mi querida amiga Val. Pese a todo, la vida tiene sus pequeños grandes milagros y son esos los que me motivan a seguir adelante.

Algo que sí puedo agradecer a esta pandemia: el volver a estar tan cerca de Val y Ceci, el reunirnos por zoom una vez a la semana y compartir nuestras inquietudes y vivencias como cuando estábamos en la universidad. Eso me rejuvenece y trae alivio.

No te enojes conmigo querido Nadie, pero no voy a mencionar la navidad en esta carta. Haré lo posible para que antes de la Nochebuena recibas otra carta de mi parte.

Cuídate mucho,

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo cuarta carta.

•noviembre 14, 2020 • Deja un comentario

13 de noviembre de 2020

¡Hola! No creas que te he olvidado. En estos meses cambió mi rutina y – aunque parezca increíble- no había tenido tiempo de hacerlo. Mi pluma bailó cuando sintió mi mano acercarse y esta hoja está contenta: ya quiere llenarse de palabras.

Nadie, no tengo idea cuándo acabará esta pandemia. De nuevo el virus ataca con fuerza y esta especie de confinamiento no tiene fecha de caducidad. Aunque se abrieron algunos lugares con el objetivo principal de ayudar a la economía del país, muchas personas siguen trabajando en casa y los niños y jóvenes no han regresado a la escuela/ universidad. Siguen buscando sobrellevar las cosas con la educación en línea y te aseguro que a veces esto puede parecerse al infierno.

En fin, no tengo idea de cómo será el futuro pero sí tengo claro el daño que nos ha hecho el confinamiento. Por lo tanto, querido Nadie, salgo poco pero salgo. Sí, claro, siempre con el tapabocas puesto y con todas la precauciones necesarias. Pasé cuatro meses sin ver a mis hermanos. Los vi una vez y luego pasaron alrededor de tres meses más. Fue muy duro sobre todo para mi mamá (a ella ninguno pasamos tanto tiempo sin verla, eso sí, pero la distancia era grande). Ahora como familia nos reunimos más seguido y eso nos ha traído paz a todos.

Una de las cosas más duras de esta pandemia es que nos ha llenado de temor y soledad. Sin dejar de cuidarme a mí y a los demás, hay que quitar la pausa y avanzar. Es necesario cerrarle las puertas al miedo y preocuparnos por nuestra salud mental y física.

Mi hermana, mi mamá y yo tomamos una decisión muy difícil pero que nos ha traído más bienestar del que esperábamos: regresar al gimnasio. Para poder ir hay que programar una cita, es imperativo usar tapabocas todo el tiempo. Ahora es un lugar solitario y solemne. Extraño socializar, reír, hablar con alguien sin pensar en la sana distancia, convivir, pero eso no sucederá pronto. Volver nos ha cambiado la vida y también el ánimo. Esto me ha ayudado a – por fin- disciplinarme también para comer y ya logré bajar dos kilos. Si sigo así, en pocos meses volverán a quedarme mis faldas.

Puedo decirte que soy feliz estas mañanas en las que nos vamos juntas a hacer ejercicio. A veces nos invitamos un cafecito al terminar y convivimos un poco antes de volver a casa a nuestras respectivas rutinas.

Aunque estamos conscientes de que no ha terminado todavía, necesitamos curarnos las heridas que nos ha dejado el confinamiento. No quiero volver a estar en pausa nunca.

Nadie, hay que abrir las puertas de nuevo y eso me mueve ahora. A pesar de las tormentas y los eventos raros de este 2020, vuelvo la mirada a la vida, dejo atrás las sombras y permito que me guíe la luz. Avanzo hacia ella y encuentro paz.

Agradezco cada abrazo que recibo, cada palabra de aliento, cada muestra de cariño. A veces las tinieblas podrán nublar mi pensamiento, pero el amor y la amistad que bendicen mi vida siempre me ayudan a regresar al universo de sonrisas donde quisiera quedarme. Son ellos los que me inspiran para seguir adelante.

Hablando de cosas bonitas, quiero compartirte algo que me sucedió esta semana y que me sigue llenando de una felicidad muy profunda que me aleja del trauma del confinamiento y otros demonios.

Desde muy pequeña mi mamá compartía conmigo su fascinación por las películas de terror. Crecí con Alligator, Tiburón, las películas de plagas como Tarántula y Enjambre, las de los bichos gigantes- químicamente alterados por el error de algún científico- como las hormigas y, por supuesto, las de asesinos seriales y monstruos. Claro, mis favoritos eran Freddy Krueger, Mike Myers, Jason Voorhes y Chucky. Es por ella que me convertí en amante de este género (excepto de las películas gore) y que no suelo asustarme con estas películas. Cabe mencionar que ahora mi hija también disfruta mucho de este género (me temo que la contagiamos).

El miércoles mi mamá, Rebeca y yo vimos una película de terror juntas. Escogimos El Conjuro 2. No recuerdo cuándo fue la última vez que vi con mamá una película de terror, que pasamos una tarde así. Mi mamá sonreía. Las dos comentábamos un poco la película mientras Rebeca intentaba no asustarse. Se divertía. Mi mamá me abrazó y me acarició la cabeza como cuando era niña y yo, a mi 44 años, me sentí protegida y muy amada. Me quedé junto a ella, dejando que me consintiera, disfrutando.

La vida, mi querido Nadie, tiene sus tinieblas pero también sus arco iris y días soleados. Ese fue el arco iris que ninguna lluvia borrará de mi pecho. Para mí la felicidad es la colección de estos instantes con las personas que amo. Puedo asegurarte una cosa: no volveré a permitir que la pandemia me prive de estas experiencias. Abrazaré a mi familia lo más que pueda por el tiempo que me sea posible. Ninguno en este planeta tenemos la vida comprada y me niego a seguir en pausa, con temor, esperando al incierto mañana en el que todo se habrá resuelto…

Me estoy adaptando al tapabocas o por lo menos me obligo a hacerlo. No creas que vivo en fiestas ni rodeada de gente (eso ni siquiera lo hacía antes de la pandemia) pero es necesario entender que el tiempo no se detiene ni siquiera por el coronavirus.

Repito las palabras de una maestra muy querida y admirada del Diplomado de Tanatología que estudié: la vida sigue y nosotros con ella. ¡Nosotros con ella!

Nadie te prometo que saldremos adelante y seguiremos coleccionando instantes felices.

Te escribiré pronto, todavía tengo muchas historias que contarte.

¿Puedes creer que llegará la Navidad y seguiremos en esta especie de encierro?

Cuídate mucho.

Carla

P. D. Te mando una foto de mis geranios, cada día están más hermosos.

Mis geranios

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo tercera carta.

•septiembre 7, 2020 • Deja un comentario

¡Hola! El miércoles fue mi cumpleaños número cuarenta y cuatro. Me hubiera gustado celebrarlo con un karaoke y la casa llena de amigos, pero en estos momentos eso no puede ser. A pesar de todo, querido Nadie, fue un día muy feliz.

Me desperté muy temprano y a las seis de la mañana ya estaba en la calle corriendo. Me regalé una carrerita deliciosa donde pude ver el amanecer. Ya no tuve miedo ni estrés: fueron nueve kilómetros de bienestar, de empezar a encontrar la música en mi cuerpo. Sigo avanzando a un paso lento y me sentí satisfecha. Después el ejercicio me regalé un exquisito café del Buentono Café con una galleta de chispas de chocolate (me encantan) y regresé a la casa muy contenta.

Tengo la impresión de que a muchos nos ha hipersensibilizado la pandemia y tenemos más presentes a las personas que son (o han sido) parte de nuestra vida. Te digo esto porque no sólo recibí más llamadas y mensajes que en años pasados, sino que fueron mucho más emotivos, hasta mi hermano que no suele hablar mucho, estuvo más cariñoso y platicador esta vez. Recibí mensajes de amigos y compañeros de la prepa a quienes tengo años sin ver. Fue inesperado y bonito. Por supuesto que mis amigas más cercanas estuvieron presentes y no podía faltar la feliz videollamada de Fabillo y su familia, llena de música y buenas noticias.

Desde temprano me felicitaron Jea y Rebeca. Me sorprendieron con un regalo genial: Una playera y un pin de The Cure. ¡No podría ser mejor! O bueno eso creía yo, porque luego Jea me dijo que también me regalaba un libro, que lo escogiera yo. ¡Doble regalo para mí!

Mi regalo de cumpleaños

Mi mamá vino a comer y Rebeca cocinó muy rico. Estuve muy consentida, más de lo que imaginaba.

Ese mismo día fui a la Gandhi por mi libro. Volví después de seis meses de no pisar una librería. No exagero cuando te digo que estaba en el paraíso. Casi lloro, pero me contuve. Estaba tan en las nubes que ni siquiera el tapabocas me puso de malhumor. Deambulé por los pasillos sin prisa, mirando a detalle cada libro que me interesara, deseando comprarlos casi todos. Paseaba feliz. La Gandhi estaba casi vacía y si no fuera por el mareo provocado por el tapabocas, me habría quedado más tiempo. Encontré los libros que buscaba y mi mente por fin se va desconfinando. Ya estoy respirando de nuevo. Sabes, Nadie, ya casi no he tenido ansiedad y cada vez duermo un poco mejor. Creo que por fin el insomnio angustiado está dejándome en paz.

En la noche de ese mismo día, llegaron de sorpresa nuestras queridas vecinas con un hermoso pastel para mí. ¡Qué afortunada soy! ¡Viva la vida! El pastel estaba delicioso – por cierto, lo acompañé con una cervecita- y la plática lo estuvo más.

Pastelito cumpleañero

Me costó un poco de trabajo dormir porque estaba tan emocionada que mi corazón no se desaceleraba, una y otra vez repasaba las felicitaciones recibidas, la alegría y a pesar de que estaba muy cansada tenía muchas ganas de bailar.

Eso sí, Nadie, no hubiera estado tan completa la celebración si el fin de semana anterior no hubiera venido mi familia. Tuvimos casa llena: mis papás, mis hermanos y mis sobrinos. ¡Por fin pude ver a mis sobrinos! Mi mamá trajo mi pastel favorito que con tanto amor me prepara cada año y nuestro hogar se lleno de risas y comida rica. Sí, me faltaron los abrazos, pero al menos, con cuidado, nos pudimos reunir. No tuve miedo ni ansiedad, sólo amor y agradecimiento.

Mi pastel preferido

La pandemia sigue, pero también la vida. Con las debidas precauciones hay que avanzar, encontrar motivos para sonreír, salir del miedo, tomar aire. Mi mente está menos saturada de las noticias y de los encierros; por fin me estoy sintiendo bien.

¡Agradezco un año más de vida! No doy por hecho nada y llegar a los cuarenta y cuatro años ha sido un gran logro. Confío en que vengan muchos más.

Mis seres queridos y yo tenemos vida y salud y eso siempre será el mejor regalo del mundo.

Esto pasará, Nadie, y volveremos a la calle sin temerle al prójimo, sin la necesidad de traer puesto un tapabocas. No tengo idea ni de cuándo ni de cómo, pero sucederá. Mientras tanto te seguiré escribiendo. No creas que se me ha olvidado: tengo algunas historias pendientes que contarte.

Este año mis cempasúchiles están enormes. ¡Ya tienen varios botones! No sólo la flor huele delicioso sino la planta completa y su aroma me envuelve cuando me acerco. No puedo evitar preguntarme cómo será la celebración del Día de Muertos este año. Me entristece pensar que no podré visitar las ofrendas como lo hacemos cada año. Al menos ya sé dónde poner la mía y confío en poder comer un helado de cempasúchil del Portal del Sabor. Es mi favorito y sólo se vende en esta temporada del año.

Cempasúchil

Los esquejes de la lavanda están creciendo mucho. ¡Ya pronto necesitarán maceta nueva! ¡Uno de ellos ya tiene una flor! ¡Está grande y fuerte! ¡No perdí mi lavanda querida!

En fin, no te rías, pero otra vez mis perritas hicieron travesuras y se comieron la menta que sembré hace poco. No te voy a negar que se me salieron las lágrimas pero reaccioné rápido. Rescaté las ramitas y las puse en agua. Confío en que pronto llegarán las raíces para poder plantarlas en la tierra de nuevo. Así planté la primera: le volé una ramita a la menta de mi hermana, la puse en agua y listo, hasta esta mañana, ya tenía una planta grande.

Las dalias superaron la plaga y hoy abrió una flor violeta, una sobreviviente hermosa.

Dalia

En fin, espero que te hayan gustado las fotos que te envío, Nadie. Hasta pronto mi confidente y amigo querido.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo segunda carta.

•agosto 28, 2020 • Deja un comentario

28 de agosto de 2020

¡Hola! Aquí estoy, querido Nadie, escuchando la lluvia y mirando mis plantas. ¡Hay un cempasúchil que casi está de mi estatura! ¡En poco más de un mes empezará a llenarse de flores grandes!

Con el Cempasúchil

Sabes, si no existiera la pandemia, este fin de semana me tocaría correr un maratón. ¡Ahora ni siquiera he corrido veinte kilómetros! De todas formas, déjame contarte que ya voy quitándome las telarañas y estoy corriendo de nuevo. La semana pasada, después de más de seis meses, hice diez kilómetros y sin llegar al agotamiento. Todavía no siento libertad al hacerlo, pero ya comienzo a disfrutarlo. Cuando salgo me pongo muy nerviosa y estoy tan preocupada por no coincidir con otras personas, por evadirlas, que me cuesta trabajo encontrar el ritmo de mi cuerpo, relajar los hombros, avanzar. Unos kilómetros después ya logro calmarme un poco.

Así yo, después de correr 10 km.

Antes de la pandemia solía correr correr en los Viveros, ahora lo hago en la calle y me sigue pareciendo raro. Debo estar más alerta pero también tengo la posibilidad de escoger la ruta que voy a seguir. Ahora- como nunca- soy una corredora solitaria. Extraño el compañerismo y la motivación que surgen al encontrarse con otros corredores, el ayudarnos a ir más rápido, el convivir en esos breves instantes en los que nuestros caminos se cruzan. Ahora lo mejor es evitar cualquier interacción y guardar una sana distancia cuando evitar la cercanía es imposible. Se han borrado – por el momento- los saludos, las sonrisas, las palabras de aliento. A veces ya ni siquiera nos miramos a los ojos.

En fin, me concentro en el camino, la belleza de las calles, los árboles y las flores. Me invaden los recuerdos bonitos pues corro en las calles de siempre, las de mi infancia, adolescencia y edad adulta. Mientras corro llegan imágenes que me obligan a sonreír. He corrido por el parque donde aprendí a andar en bicicleta, por la calle donde está la que fue casa de mi abuelita, alrededor del centro de Coyoacán pues el parque sigue cerrado. Ayer me invadió la nostalgia de sentarme a la Fuente de los Coyotes. Recordé el atardecer que vi justo ahí hace dos años, en Octubre, mientras saboreaba un helado de cempasúchil.

Atardecer en Coyoacán, octubre 2018

Ya tengo medida mi ruta de diez kilómetros. Me encanta que no necesito dar varias vueltas por los mismos lugares. Además tengo la oportunidad de volver a enamorarme de las calles de la colonia donde vivo.

Nadie, extraño mucho mis entrenamientos, a mis amigos del gimnasio, participar en las carreras; sin embargo, agradezco el poder correr de nuevo, el seguir teniendo la condición física para -por lo ,menos- llegar a los diez kilómetros. Todavía he de obligarme a hacerlo porque me sigue visitando el miedo, aunque hoy soy un poco más valiente que los meses pasados.

Mientras corro, pienso que esto también pasará, que volveré a hacer maratones. Me da alivio ponerme los tenis, salir a la calle y dejar que el viento me guíe. Eso sí, Nadie, estoy lenta como nunca. Tomará tiempo recuperar mi velocidad. Primero necesito volver a sentir la música de mi cuerpo, de mis pies al tocar el pavimento/la arcilla. Una vez que lo logre podré concentrarme en ser más veloz (bueno en dejar de ser una tortuga). Por lo pronto ya tengo una nueva meta y me concentraré en eso.

Volveré a ser feliz corriendo, querido Nadie, te lo prometo. El cubrebocas no volverá a robarme el entusiasmo. Por fortuna hay calles tranquilas donde puedo correr sin usarlo la mayor parte del tiempo. No te preocupes, me cuido a mí y a quienes me rodean.

Gracias por tenerme la paciencia que – a menudo- me falta, por siempre leerme.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo primera carta.

•agosto 19, 2020 • 2 comentarios

18 de agosto de 2020

¡Hola! Me da miedo que esta especie de confinamiento se convierta en un estilo de vida. Me aterra que el tapabocas sea la única manera de salir al mundo y vivir rodeada de medios rostros y sanas distancias.

Añoro pasear por Coyoacán. Sé que te lo digo mucho, pero nunca en mi vida había pasado tanto tiempo sin visitarlo. No quiero que mi vida social- por más pequeña que ésta sea- se reduzca a sesiones de zoom. No pienso quedarme en un mundo sin abrazos donde nos ahogue el miedo al prójimo. Lo siento, Nadie, he sido presa de la ansiedad y depresión.  Sigo viviendo en las entrañas del insomnio, cada día tengo más sueño y menos ganas de hacer las cosas.

Cuando llegó la pandemia y con ella el confinamiento, estaba muy activa: me propuse sanar mi autoestima, lidiar con mis demonios y escribir con disciplina. Además no paré con el ejercicio.  Llegué al punto de sobreexigirme pero estaba contenta porque estaba logrando muchas cosas.  Ahora me miro al espejo y sólo encuentro un rostro apático y cansado. Es todo un reto para mí superar la fobia al tapabocas que ha llegado al grado de que prefiero no salir de mi casa. Usarlo me provoca mareos, sudoración excesiva, sensación de que me falta el aire. Como no logro respirar bien, termino agotada como si hubiera corrido un maratón aunque sólo haya caminado medio kilómetro (y a veces menos).

Me parece que me muevo en cámara lenta y me resulta imposible volver a la velocidad normal. No sé cómo encontrar el ritmo de estos tiempos.

¡Ay, Nadie! ¿Qué estamos viviendo? ¿A dónde vamos?  En fin, mejor dejo de hacerme preguntas sin respuesta y me concentro en contarte algo menos denso, que ya tuve suficiente oscuridad en estos días.

A pesar del tapabocas, me gusta mucho llevar a los perritas y a Tommy (nuestro perrito, el viejillo) al parque. Me encanta verlas mover sus colitas y verlos pasear felices, correr  y saltar cuando hay oportunidad de hacerlo. Desde el momento que veo el brillo de sus ojos cuando les vamos a poner las correas, me siento ligerita y con ganas de sonreír.  Me ayudan a mantenerme en el presente, a agradecer lo que tenemos, a ver más allá de mi hartazgo y/o dolor. 

Mi pluma se resiste a bailar en la hoja pero te escribo como una promesa que me hago para seguir luchando y ver más allá de mis pensamientos negativos o agotamiento.

Sabes, Nadie, he vuelto a abrir los libros. Mi mente ya puede concentrarse, por fin. Los libros son mis salvavidas y sin ellos, las violentas olas me tenían prisionera. Con los libros puedo nadar en este mundo pandemioso. En estas dos semanas me he dedicado a devorar libros. Empecé con un par de romances rosas, ligeros y melosos en exceso. En fin, no son dignos de Premio Nobel pero me sacaron del trance y de la densidad que me estaba matando. Después, empecé a leer – y ya casi termino- la trilogía del Holocausto de Imre Kertész: Sin destino, Fiasco y Kaddish por el Hijo no nacido.  El último libro lo leí hace varios años y ahora que lo vuelvo a leer, me obliga a repensar mi vida,  a ver y reconocer el esqueleto de mis emociones, experiencias y sentimientos.  Entendí que dejar ir es dejar de saber, bueno más allá de eso, es dejar de querer saber sobre la vida de esa persona (o personas); es atreverse a vivir sin tener ninguna noticia de la otra persona y aceptar que ya no es parte de mi hoy. Llevaba ya un buen rato cargando conmigo personas que ya no pertenecen a la Carla que soy ahora y que ya no desean pertenecer. Me hice consciente de que todavía acaparaban mis pensamientos.  Ahora ya tengo el valor de decirles adiós sin preguntar, sin lamentar, siempre deseándoles lo mejor.  Esta es la única manera de encontrar armonía y libertad en mí.

Todavía no termino de leer esta novela, este Kaddish por el Hijo No Nacido, este conjunto de reflexiones intensas que hace el protagonista  a partir del no que responde a la pregunta de si quería tener hijos. No te diré que es una novela optimista, esperanzadora ni mucho menos feliz, pero es una novela que me mueve, que despierta en mí la necesidad de reflexionar sobre mi vida también. Me falta poco para terminarla y me da mucha tranquilidad el saber que ya regresó mi pasión por leer.  Me agobiaba el vació enorme que no podía controlar, pero cada vez que intentaba leer un libro me quedaba dormida, lo que me frustraba cada vez más. Ahora sólo quiero devorar libros y más libros para volver a sentirme viva.

¿Cómo recordaremos estos dias, Nadie?

Volviendo a mis perritas. Acabo de regarlas y me divertí bastante. Lo hago con la regadera que uso para mis plantitas y les encanta. Corren, ladran y buscan el agua.  Mientras no se trate de bañarlas, les encanta mojarse.  Ahora mi estudio- que está pegado al patio donde hemos estado jugando ellas y yo- huele a perro mojado  porque Laika está sentada junto a mí.  Justo hoy me pasé un buen rato barriendo, lavando y trapeando mi estudio. Prendí una vela aromática para que oliera bien y ahora sólo huele a perritas mojadas.  Lo más paradójico, Nadie, es que lo estoy disfrutando. Me río de esta situación. Quisiera reírme a carcajadas pero no tengo la energía y me doy cuenta de que eso es lo que necesito: reír a mandíbula batiente, contar chistes, dejar de tomarme la vida tan en serio.

Mi hija está llenando la casa de plantas. Yo no sé dónde nos van a caber tantas (no hablo de las que tenemos, sino de las que todavía nos falta plantar).  Este fin de semana me regaló una peperomia hoja de sandía preciosa para mi estudio. Me siento llena de amor cuando la veo. 

Peperomia hoja de sandía

No te he contado pero es la primera vez en meses que escribo en mi estudio. No estaba consciente de cuánta falta me hacía tener mi espacio. Me encantó este pequeño cuartito desde la primera vez que vimos este departamento. Todavía no termino de decorarlo, pero es mi espacio.  En una de las paredes cuelga un cuadro con la palabra «Love» que me regaló Jea para que siempre tenga presente el amor que me rodea. Cuando lo veo, escucho sus palabras y vuelvo a ver su sonrisa de emoción por darme este regalo. Es increíble el bienestar que me dan estos dos detalles.  Por si fuera poco, escucho I’ve got you under my skin con Frank Sinatra y Bono (vocalista de U2). 

Love

Ya casi me despido, pero te hablaré un poquito de mis plantas. Por fin llegaron las lluvias y eso ha sido muy benéfico para mis cempasúchiles: este año están enormes. ¡Me sorprendo cada vez que los veo! El árbolito – retoño del que plantó mi abuelita- sigue creciendo.  Es temporada de fresas y ya vienen varias en camino.   Y la mejor noticia de todas: ¡están muy contentos los esquejes de lavanda!  ¡Sí sobrevivieron! ¡Uno de ellos ya tiene un botón!

En fin, Nadie, no concibo que mi cumpleaños número cuarenta y cuatro llegará con tapabocas en una pandemia que parece no terminar nunca.  Ya van a ser seis meses desde que empezó el confinamiento.  ¡Qué rara época estamos viviendo!

Mi pluma ha saltado del temible nudo en mi garganta a la alegría de regar a mis perritas, del hartazgo a la felicidad de ver mis plantas crecer, del negativismo a mi deseo de seguir viviendo.  Sí, leíste bien, a pesar de mis palabras nubladas al principio de esta carta, sí quiero seguir viviendo.

Gracias, Nadie, porque de eso me percaté hoy mientras te escribía: ¡Sí quiero seguir viviendo! ¡Sí quiero! ¡Sí!

Te mando un abrazo, mi paciente Nadie, un abrazo muy fuerte.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésima carta.

•julio 29, 2020 • Deja un comentario

¡Hola! Quiero escribirte seguido, pero me ha resultado imposible. Después de casi cinco meses de confinamiento, tapabocas, distanciamiento social, no abrazar a mi mamá, me siento pesada, me tardo el doble de tiempo en hacer las cosas, vivo agotada y con insomnio.

Quisiera decirte que celebro la vida y que, a pesar de todo, soy feliz; pero eso no es cierto. Estoy en pausa, como si viviera en cámara lenta. Tengo la sensación de vivir en una pesadilla que quizá nunca termine. Después de cinco meses no disminuye la cantidad de contagios, no tengo claro nada y me fastidia escuchar palabras optimistas. No puedo pensar positivo siempre. A decir verdad, Nadie, el esfuerzo de levantarme de la cama me deja agotada.

Falta poco más de un mes para mi cumpleaños y creo que seguiremos en las mismas circunstancias ese día. Eso significará que llevaremos casi seis meses de confinamiento. ¡Seis meses de no abrazar! ¡Seis meses de tapabocas! ¡Seis meses de vivir sin libertad!

Ya volví a correr. No en los parques o lugares de siempre. No podría. Corro en lugares solitarios, evadiendo a la gente, huyendo de ella. Sola y triste, atenta no sólo al camino sinó también a las personas: si no puedo evadir a alguien, con mucho cuidado tengo que ponerme el tapabocas antes de acercarme o de que se acerque. Es estresante y agotador. Me aguanto el nudo en la garganta.

Cuando me dicen que esto no es temporal, que ésta será nuestra «normalidad», pierdo el entusiasmo y pienso en la muerte. No quiero envejecer en esta época distópica.

¡Ay, Nadie! No sé qué decirte. Me siento lúgubre y monótona. Me ayuda meditar todos los días, aprendo a flotar en estas aguas hostiles.

A pesar del caos que me envuelve, estoy haciendo algo por mí: llevo más de dos semanas con una alimentación saludable y haciendo ejercicio con más disciplina. Ya dejé atrás el pan dulce, los postres, galletas, chocolates y comida chatarra. Como a mis horarios y tomo más agua. Fue una locura hacerlo ahora porque mi ansiedad aumenta. Se me antojan los dulces y todo aquello que me inflama el abdomen o me provoca colitis. Me mantengo firme y mi fuerza de voluntad regresa. Me cuesta seguir así, pero no daré marcha atrás. Descubrí que el chayote relleno de atún con aguacate es delicioso. Te cuento que ya me queda una de mis faldas (aunque todavía me aprieta un poco). Sanar es un proceso largo, he de tener paciencia.

Mis anécdotas felices también están en pausa. No puedo escribirlas en este estado de ánimo.

Te preguntarás qué me ayuda a seguir adelante además de meditar. Tengo un par de respuestas a esa pregunta.

Hace poco más de un año adoptamos a Nahui y a Circe. Con ellas nos convertimos en dueños de cuatro perros (ya teníamos a Tommy y a Laika). Me pareció una locura. Aunque estábamos felices pensé que Jea, Rebeca y yo nos habíamos metido en la cueva del lobo. Me equivoqué, ahora agradezco que lo hayamos hecho. En estos días tan complejos, nuestros perros nos salvan. Su amor me motiva, su alegría se contagia y sus travesuras nos mantienen ocupados. Me preocupa tanto su bienestar que por momentos me olvido de mi crisis existencial. Soy capaz de sonreír cuando se acuestan encima de mí o cuando me llenan de besos y al verlos dormir encuentro la paz que a veces me falta. Con ellos nunca estamos solos ni tampoco podemos aburrirnos.

También vuelvo a la vida con mis plantas, necesito aprender de ellas. Planté cempasúchiles y a pesar de que no ha llovido mucho están creciendo rápido. El geranio y las caléndulas siempre tienen flores. Cada vez que las veo, se alegra mi corazón. El cactus y las suculentas -retoños que me regaló Rebeca- están adaptándose a su nuevo hogar y han sobrevivido hasta ahora. Aprender a cuidarlos, mantenerlos con vida, me hace sentir bien conmigo misma. Rodearme de plantas me acerca a la Madre Tierra y me da esperanza.

¿Te acuerdas de mis esquejes de lavanda? ¡Sobrevivieron tres y han crecido mucho! ¡Eligieron vivir! ¡Tienes que ver las fotos!

Por instantes me olvido de mi malestar y me percibo verde, llena de flores, con raíces fuertes, abrazando a la Madre Tierra. Quiero hacer un dibujo de esa imagen y colgarlo donde pueda verlo para evitar que me devore esta pandemia.

Lo sé, Nadie, esto pasará, pero no sabemos cuándo. Mientras tanto, no me avergüenzo por sentir dolor ni porque me cueste trabajo levantarme de la cama. No puedo estar bien todos los días. Ahora no sé cómo lidiar con lo que está sucediendo y busco mantenerme a flote. Confío en el amor que me rodea.

Sueño con tomarme un helado en mi amado Coyoacán, sentada en la banca junto a la Fuente de los Coyotes, acompañada de mi esposo, mi hija y mis perros…

Hasta pronto, querido Nadie, ojalá te gusten las fotos de mis plantas.

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo novena carta.

•junio 29, 2020 • Deja un comentario

¡Hola! Acabo de despertar en este domingo soleado donde los pájaros llevan rato cantando. Estoy sentada frente al balcón.

Hace veinte años murió mi abuelita, como a esta hora. Recuerdo la llamada, la estaba esperando. Lo primero que sentí fue agradecimiento: ella ya quería irse con mi abuelo, con su papá, con su familia. Su agonía debía terminar. A pesar del peso de su ausencia, fue un alivio que su estancia en la Tierra terminara. Pasaron algunas horas antes de que pudiera llorar, mi papá me ayudó a hacerlo. Esa tarde comí arroz con leche en un lugar cerca de la funeraria y las lágrimas fluyeron descontroladas: el arroz con leche era el postre que con tanto amor me preparaba cuando iba a comer a su casa. Ya pasaron veinte años y yo la extraño. El tiempo no es olvido: su amor siempre me acompaña.

En fin, Nadie, el motivo de mi carta es otro pero me dejé llevar por la nostalgia de la fecha. 

La vez pasada te conté de la flor de mi lavanda y lo contenta que estaba por eso.  Fue un reto levantarla después de la plaga. Le tomó tres meses volver a llenarse de hojas.  Estaba muy a gusto pero hace tres días sufrió un accidente. El huracán de mis perritas le cayó encima y la dejaron sobre la tierra con las raíces afuera. No se la comieron pero quedó muy lastimada. Cuando la vi ni siquiera pude llorar. Entré en desesperación. La planté de nuevo, le hablé bonito, la acaricié.

Una hora  más tarde fui a ver cómo estaba y me percaté que la mitad de la planta no tenía raíces (estaba despegada del tallo principal pero eso era casi imperceptible).  Lo único que se me ocurrió hacer fue sacarla de la tierra, separarla en partes para hacer esquejes y plantarlos de nuevo. Estaba muy alterada, me temblaban un poco las manos. Rebeca estaba conmigo y me ayudó a hacer los cortes de 45 grados en la parte inferior del tallo para poder plantarlos.  En una maceta pequeña puse en el fondo pedazos de barro (de una maceta rota), eso ayuda a que el agua drene bien, luego puse tierra, una cáscara de plátano y más tierra.  Una vez lista, con mucho cuidado fui plantando los esquejes. También planté uno pequeño en un envase de refresco.  Tengo la esperanza y también la ilusión de que vivan. La posibilidad de tener más lavandas calmó mi tristeza. Después de un incidente así, por un periodo de tiempo las plantas son muy delicadas y frágiles. El menor de los descuidos puede matarlas.

Tres días después de lo ocurrido, te cuento, Nadie, que los esquejes van muy bien. Se mantienen de pie, verdes y aromáticos casi como si nada hubiera pasado. No puedo decir lo mismo de la lavanda que se quedó en la maceta. Hoy podé las hojas muertas, ojalá eso le ayude a levantarse y sobrevivir.

La lavanda en mi maceta, después de podarla.

Hace unos días mi lavanda me iba a dar una flor. Ahora tengo varios esquejes y si sobreviven tendré varias lavandas. Es decir, se habrán multiplicado y lo que parecía una tragedia, podría convertirse en un regalo. Así de extraña es la vida.

Como mi planta, yo me he roto varias veces y lo que me parecía un túnel oscuro, un sufrimiento irremediable terminó siendo un evento que me permitió crecer y renovarme. Algunas veces lo que parece funesto resulta ser una oportunidad para armarnos con piezas diferentes que nos permiten multiplicar nuestros sueños y nos percatamos que tenemos las herramientas para llegar a ellos.

En fin, Nadie, sólo quería contarte de la flor que ya no está y de la esperanza de un futuro lleno de flores.

¿Ya viste los esquejes en mis fotos? ¿Verdad que se ven bien?

Hasta pronto, querido Nadie, esta semana tengo otra historia para ti.

Un abrazo,

Carla

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Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo octava carta.

•junio 26, 2020 • Deja un comentario

24 de junio de 2020

¡Hola! Llevamos más de tres meses en confinamiento. La semana pasada estaba harta de todo, incluso de escribirte. Tuve un insomnio tan severo que el jueves ya parecía zombi y el viernes lloraba casi por cualquier cosa. Apenas el fin de semana logré dormir mejor y ahora, por fin, ya empiezo a descansar.

Nadie, te cuento que ayer recibimos una horrible sacudida aquí en la ciudad: un temblor de 7.5 grados. Íbamos a desayunar cuando sonó la alerta sísmica. Fue nuestro primer temblor en nuestro departamento (en el tercer piso). Nos dio tiempo de subir a la azotea con nuestros cuatro perros justo antes de que la tierra empezara a moverse. Tuve que recargarme en la pared para no caerme. Fue tan intenso que estuve a punto de vomitar. Duró más de un minuto. Mis perritos jugaban como si no pasara nada.

Rebeca y yo estuvimos mareadas y con náuseas toda la mañana. Además me dolía la cabeza. Me comí un bolillo antes de desayunar y no me supo a nada la comida. La buena noticia es que no se reportaron daños en la ciudad.

Lo que tengo en la mente desde ayer es que estamos aquí y estamos bien. Odio los tapabocas, las calles solemnes, el silencio inagotable donde antes había risas, pero estamos bien.

Por lo tanto, querido Nadie, quiero hablarte de las cosas que alegran mis días. Por ahora dejemos de lado la pandemia y las malas noticias.

He sabido de casos en los que la convivencia de las personas confinadas en la misma casa es insoportable, que eso de estar forzados a estar juntos las veinticuatro horas del día, todos los días es un verdadero infierno. En las redes sociales hay memes haciendo alusión a la cantidad de divorcios que habrá cuando esto termine. Hay quienes no se soportan, viven en pleitos, ya se hartaron los unos de los otros. No es nuestro caso y me siento muy agradecida por eso. Quizá te parezca increíble, pero está convivencia tan intensa ha fortalecido nuestros vínculos. De alguna manera nos hemos reencontrado.  A pesar de las circunstancias, nos conocemos mejor, nos reímos más y nos acompañamos en los días monótonos, cuando nos invade el estrés o el cansancio. Somos afortunados porque rara vez sufrimos al mismo tiempo. Los que estén animados, apapachan a quien no lo esté.  No te digo que todo sea miel sobre hojuelas ni que nunca nos enojemos o tengamos diferencias pero sí estamos más unidos ahora. Sé que me sentiré sola cuando volvamos a la «normalidad» y ellos regresen al trabajo y a la universidad respectivamente.

En medida de lo posible en esta situación, me da bienestar que estemos juntos, que nos acompañemos y que nuestra prioridad sea hacernos la vida más amable. Hemos logrado hablar de temas que el año pasado eran motivo de grandes pleitos y discusiones. Valoramos más los abrazos. Somos un poco más amorosos y risueños. Lo único que me desagrada de esto es que me estoy volviendo demasiado cursi y creo que es algo irremediable. A ver si no termino empalagada con mi propia miel.

Desde que nos mudamos, me emocionó tener una cocina bien iluminada y tenía mil ideas para cocinar, pero empecé a hacerlo cuando comenzó esta pandemia. Me sigue  haciendo feliz preparar algo delicioso para consentirnos y evitar que nos gane la monotonía. Sin embargo, debo confesarte que subí de peso, tengo el vientre tan inflado que la mayor parte de mi ropa ya no me queda. Eso aumentó mi ansiedad y tendencia a la depresión. Ahora estoy tranquila y disciplinándome de nuevo. Entonces ya no preparo diario desayunos tan etravagantes y cargados de calorías (sólo dos veces a la semana, a veces tres). Lo último que preparé fue unos panquecitos de tocino, manzana y queso cheddar. ¡Qué extraña combinación! Fue un éxito y volaron.

Panquecito de tocino, manzana y queso cheddar

Otra cosa que me ha pasado en estos días es que estoy cantando (o aullando) de nuevo. Canto al cocinar, al lavar los platos, al limpiar los baños. Les invento más canciones a mis perritas y puedo rimarlas mejor.

Hablando de mis perritas, estoy tan acostumbrada a pasar mi tiempo con ellas, que no quiero ni pensar en lo duro que será separarme de ellas cuando volvamos a salir de nuevo y ellas se queden en casa (aunque sólo se trate de unas horas). Ahora, mientras te escribo, Laika está a mi lado, durmiendo encima de mis pies.

Si se pudiera hablar de regalos que me ha traído el confinamiento, te diría que uno de ellos son las tardes que pasamos juntas Rebeca y yo viendo series de Netflix, ella bordando o decorando sus macetas, yo tejiendo. Esas tardes juntas en las que también platicamos, reímos o lloramos. A menudo me pregunto cuántas tardes cómo esas tendremos cuando vuelva a la universidad, cuando pase el tiempo libre con su novio y amigos.  Todavía no acaba el confinamiento y ya siento que la extraño. 

Recuerdo cuando era chiquita y le hacía cosquillas en las noches, justo antes de que se durmiera en aquellos días de hospitales y miedos. Sus carcajadas nos llenaban de luz y esperanza.

A pesar de esta dolorosa época de aislamiento, agradezco mi tiempo con Rebeca.

Otra cosa que compartimos ella y yo es el amor a las plantas. Juntas -citando a Jea- estamos convirtiendo la casa en Jumanji. Tenemos plantas en casi todos lados, excepto en el pasillo y sólo porque está muy oscuro. Hace dos semanas me regaló unos geranios, caléndula, té verde y salvia. Gracias a ella, mi balcón quedó hermoso.  Aquí están muy contentas. Pareciera que vivimos en un lugar mágico donde todas las semillas germinan y las plantas crecen.

Mi balcón

He aprendido más de mis plantas en estos tres meses y medio que en mi vida entera. Paso mucho tiempo observándolas. He visto germinar las semillas de melón y de pimiento morrón. Sembré una cúrcuma y ahora un jengibre. A la albahaca que puse en agua ya le salieron raíces. Por cierto, descubrí que tiene un efecto sedante que me ayuda a calmar la ansiedad. La lavanda que renació va a dar su primera flor después de la terrible poda. Por fin está feliz.

Ya viene la flor de la lavanda

Conectarme con mis plantas debilita mis sombras. Me da paz quitarles la mala hierba, podarlas, buscar que estén sanas. Diario les dedico tiempo, les doy las gracias, platico con ellas. Estoy floreciendo con ellas, querido Nadie.

Ya es hora de que mis perritas cenen. Me voy a darles de comer.

No me preguntes sobre la pandemia ni el fin del confinamiento, no tengo idea de cuándo va a llegar.

Espero que te gusten las fotos que te envío en esta carta.

Un abrazo,

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo séptima carta.

•junio 11, 2020 • Deja un comentario

10 de Junio de 2020

¡Hola! Te escribí un par de veces de la semana pasada, pero no terminé ninguna carta. Fue una semana sombría. De nuevo una fétidez aguda me provocó una reacción alérgica severa, creí que me asfixiaba. Por si no fuera suficiente, la depresión me acosaba y perdí el control con las noticias de racismo y brutalidad policíaca en México y Estados Unidos. No es que no supiera que pasara, es que fue la gota que derramó el vaso y con tanta crueldad e indiferencia perdí la fe en la humanidad. No pude lidiar con lo que ya te he escrito varias veces, querido Nadie: la falta de amor al prójimo. Estaba enojada y paralizada por el sentimiento de impotencia. Fue como ver a las personas al aire libre en una tempestad sin poder darles un paraguas, impermeable, un lugar para que se resguardaran. El mundo es un caos y la necesidad de sabernos superiores destruye vidas.

En fin, Nadie, no deseo seguir hablando de este tema. Ya estuve en ese lugar oscuro la semana pasada y lo que nos hace falta es luz. Eso es lo que busco ahora: luz. Primero debo encontrarla en mí para después compartirla con los demás.

La intención de mis cartas ha sido la de escribirte para lograr salir de mi negrura y – a pesar de este desastre mundial- creo que voy avanzando. Te he hablado mucho de mi falta de autoestima y de libertad para expresarme. Llevo muchos años viviendo con un muro gigante con el que me estampo cada vez que quiero lograr algo. Es el muro de la autocensura, juicios negativos que hago de mí misma. Eso es lo que me detiene cuando me siento en las nubes capaz de compartir el universo en mi cabeza. Llevo años tratando de saltar ese muro, derrumbarlo treparlo, pero era indestructible. Hace dos semanas cuando iba a escribirte, fue él quien me impidió hacerlo. Fue como si me amarrara las manos o me susurrara «eso no está bien, ya ves cómo sí eres estúpida». Me venció la frustración y terminé acurrucada en la esquina de mi escritorio, llorando. Estaba tan enojada que deseaba lastimarme. No te asustes, Nadie, no lo hice. En lugar de eso, me hice consciente de la voz del muro y me di cuenta de que no era sólo una voz, su existencia se basaba en las voces con las que crecí en la escuela, en todos esos NOs que acepté como ciertos, los juicios que me comí sin rebelarme, las voces que me enseñaron a descalificarme. Las escuché por tantos años que se volvieron mi realidad. Esa tarde no se callaban y más de veinte años después, me estaban dejando sorda: «No te queremos en nuestro equipo, no eres buena en deportes»; «dibujas horrible»; «recortas chueco»; «¡qué fea letra!»: «flaca fea!»; «no te acerques»; » no te queremos aquí»; «no queremos ser tu amiga secreta»; «¡qué feos tenis»; «¡todo lo haces mal!». Hasta escuché la voz de aquella maestra que con una sonrisa en la boca me dijo: «Hubieras tenido 9.5 en el examen de Spelling (ortografía) pero no supe si era una a o una o y eso te baja puntos, eso no te pasaría si hicieras bien las letras». Estaba convencida de que mi letra cursiva era así de fea por desidia mía y no porque me parecía imposible lograrlo (soy zurda y me sigue resultando imposible, por eso no uso esa letra).

Esas voces me enseñaron a ver y a pensar lo peor de mí, a sentir vergüenza de ser yo. Lo sé, Nadie, fui yo la que las aceptó, las que las hizo reales. Ese es el problema con el acoso (bullying) muchos niños aceptamos las burlas y ofensas creyendo que las merecemos, que nosotros las provocamos. No sé porqué ni cómo pueda evitarse, el hecho es que sucede y que no siempre nos damos cuenta. Creí que eso ya lo había superado pero no era así. Entre más deseaba creer en mí, más inútil me sentía.

Fue bueno volver a escuchar las voces ese día porque pude rebelarme, porque ahora sí tuve la oportunidad de rechazarlas. Descubrí que ellas eran el sostén del muro y que alejándome de ellas por fin podría derrumbarlo. Ya no me definen. No pienso escucharlas más. Fue aterrador enfrentarme a ellas pero eso me permitió cerrar mis oídos a su sonido. No me recuperé en el momento, Nadie, pero después de ese día no he vuelto a escucharlas.

Lloré tanto que, al fin, quedé limpia. Mi esposo me abrazó, me escuchó, me ayudó a recomponerme. Me dio paz.

Quedé agotada esa noche, mis emociones necesitaban descansar. No tenía sueño, entonces me metí a la cocina y me puse a hacer un pastel de zanahoria, calabaza y manzana. Desde que mi querida Josee me mandó la receta (sabe que amo la repostería) quería hacerlo. Me entretuve en eso más de tres horas. Me dormí después de medianoche pero valió la pena, el pastel quedó exquisito. Se acabó al día siguiente, a mi familia le encantó. Le llevé un pedazo a mi mamá y también lo disfrutó mucho.

Desde entonces me voy reencontrando conmigo misma, poniendo atención a mis cualidades. Ya pasaron varios días en los que el muro ha estado ausente. Siento un poco de libertad para expresarme, ya no es una batalla desgastante. Vuelvo a sentir el impulso para crear de nuevo y no lo estoy censurando. Pronto me pondré a dibujar de nuevo, a pintar.

Me corté las alas varias veces, sin importar el daño que eso me causara. Lo hice tantas veces que se convirtió en un hábito y di por sentado que jamás volvería a volar, que la muerte me encontraría bien lejos del cielo.

Querido Nadie, ahora mis alas están creciendo, puedo sentir las cosquillas en mis omóplatos y sé que pronto estarán completas, colosales como mi cuerpo (mido casi 1.80 metros). Volaré como lo hacía en mi infancia cuando nadaba con las sirenas y me cantaban las hadas.

Mientras tanto avanzo hacia al amor a mí misma. Estoy dejando de insultarme y de llamarme inútil.

Todavía seguimos en confinamiento pero ya falta menos. Anoche soñé que salía clandestinamente al cine con mi esposo y mi hija. Me sentía tan mal que sólo quería regresar a casa. Entonces llegaba una chavita que me gritaba entre risas que tenía coronavirus y me escupía en la cara. Me desperté sin saber si reír o traumarme. Eso de las personas que le escupen a alguien en la cara está pasando ahora. Me enteré de la noticia en la noche y quizá por eso me ocurrió eso mientras dormía. Es impactante la facilidad con la que nos agredimos unos a otros.

No te enojes, Nadie, pero no puedo evitar preguntarme si algún día dejaremos de ser tan estúpidos, si algún día dejaremos de matarnos unos a otros para demostrar nuestra «superioridad» (odio esa palabra) o por el simple hecho de «tener la razón». Por esto mismo no tengo ganas de salir a la calle. Quizá me parezca al Grinch, pero todavía no me caen bien muchos humanos. Lo que ya no soporto es no abrazar a mi mamá, no ver a mis hermanos, no jugar con mis sobrinos. Tenemos tantas cosas pendientes que celebrar y esta pandemia nos lo impide. Ya perdí la cuenta, además, de cuánto tiempo llevo sin correr y tengo las piernas muy inquietas.

Gracias por tenerme paciencia, Nadie. Ya estoy lista para contarte las historias pendientes.

Mientras tanto te diré que este fin de semana hice unas galletas de lavanda y miel que me quedaron exquisitas y fueron perfectas para acompañar mi café. No duraron mucho en la casa porque todos las devoramos. Te dejo unas fotos del pastel de zanahoria y de mis galletas para que se te antojen. También te comparto una foto del cielo que me puso feliz el domingo.

Cuídate mucho,

Carla

Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo sexta carta.

•mayo 23, 2020 • Deja un comentario

23 de mayo de 2020

¡Hola! Esta tarde llueve un poco pero dudo que sea suficiente para mis plantas o para refrescarnos del calor intenso.

Quiero contarte un recuerdo que también es una historia, una de las tantas que tengo pendientes contigo. De nuevo agradezco el amor y la influencia directa e indirecta de las mujeres en mi familia materna. Soy orgullosa descendiente de un linaje de mujeres fuertes.

A Finita, mi tía abuela (hermana de mi abuelo), la vi pocas veces en mi vida pero me hacía tan feliz que nunca la olvidé. Su luz te deslumbraba, te llenaba de calma y bienestar. Era una mujer tan dulce que junto a ella era casi imposible sentirse mal.

Finita vivía en Guadalajara con su hermana Lulú. No pudo ser una mujer independiente porque a los trece o catorce años sufrió una caída tan fuerte que se quedó casi ciega y con serios problemas auditivos. Debido a esto, dependía de sus hermanas y nunca se casó ni tuvo hijos. En ese entonces ya era poco común que una mujer fuera independiente (ya te conté la historia de mi Granny rebelde) y en su situación era más difícil todavía poder serlo. Además no se tenían los mismos recursos para ayudar a una persona con sus problemas de visión y audición como ahora.

No sé cómo asimiló lo que le sucedió ni cuánto tiempo le costó adaptarse, sólo sé que amaba la vida, que siempre encontraba motivos para reírse. Me contó mi mamá que a Finita le encantaba reír a carcajadas y que cuando estaba sentada en la cama, echaba el cuerpo para atrás y alzaba las piernas de tanto que se reía.

Ir a Guadalajara era para mí sinónimo de ver a Finita y pasar mi tiempo con ella. Estoy segura de que ella habría sido una madre excepcional. No pudo tener hijos pero nos envolvió con amor maternal a sus sobrinos y sobrinos nietos. ¡Brillaba de felicidad cuándo llegábamos a verla! ¡Nos adoraba! Nunca nos faltaron besos ni abrazos y nos dedicaba todo su tiempo. Era divertida y paciente. Nunca nos alzó la voz ni se enojó con nosotros. Pasaba la tarde contándonos cuentos y cantándonos canciones. Su voz era bella, angelical. Creo que si el amor hablara, sonaría como ella.

Nadie, debo decirte que recuerdo poco su apariencia. Era bajita, caminaba un poco encorvada pero conocía cada rincón de su casa, del jardín, sabía moverse muy bien y sola. Tenía el cabello blanco, corto y peinado con un broche. Sus orejas me parecían muy grandes y me llamaba mucho la atención su aparato auditivo. Me parecía que tenía una boca enorme y me gustaba mucho verla hablar. No sé si en verdad tenía la boca grande o yo la veía así por la enormidad de sus palabras.

Sabes, Nadie, sólo tengo una foto de ella, en ese entonces yo tenía cuatro años y nunca vi una foto de ella cuando era joven. Sin embargo, te aseguro que era una mujer hermosa que irradiaba paz.

Aunque casi no veía, nos reconocía siempre. Me acariciaba la cara con mucha ternura. Ella nos veía a través de sus manos.

Sus canciones me acompañan ahora. Me sorprendo tarareando la canción de los perritos y la del barquito chiquito. Escucho la Muñeca Vestida de Azul y soy niña otra vez…

Finita está sentada a mi lado en el jardín grande de Guadalajara. Ese jardín donde nos sobraba espacio para correr y saltar, donde seguía a mi tía abuela a la especie de muro blanco donde nos sentábamos (no sé si sea un recuerdo real, si ese muro exista, pero tengo esta imagen de nosotras sentadas ahí sin que nuestros pies tocaran el suelo). Está cantando feliz las mismas canciones, las únicas de niños que se sabe, divirtiéndose con nosotros, emocionada. Siento las mismas ganas de abrazarla que en aquel entonces. Con sólo pensarla me lleno de paz. Nadie, no hubo tormenta capaz de nublarle el alma ni tragedia capaz de robarle la alegría.

Hablando con mi mamá de Finita, resultó que las dos tenemos el mismo recuerdo de ella: Finita contándonos cuentos, Finita cantando, Finita llenándonos de abrazos y besos, Finita alegre, Finita riendo. Finita un oasis de paz, una fuente de amor, una mujer con infinito entusiasmo para vivir.

Yo era adolescente cuando murió. Pasó el último año de su vida en un asilo en la Ciudad de México con su hermana Lulú. Fuimos a visitarla varias veces. Seguía siendo la misma mujer sonriente y amorosa que se ponía bien feliz con nuestras visitas. Me costaba mucho trabajo despedirme, me dolía.

Nadie, en los días eternos de este confinamiento a menudo siento su abrazo amoroso y largo como los que me daba en mi infancia. Sé que está conmigo porque me contagia su alegría de estar viva. Me comparte sus carcajadas y me pongo a cantar como ella, libre y sin inhibiciones. Recordé que así me ponía a cantar en la adolescencia cuando estaba sola.

Siento las manos de Finita reconociendo mi cara y la escucho decirme que voy a estar bien. Yo le creo, Nadie, yo le creo.

Su amor está aquí, conmigo y me doy cuenta de que no soy tan débil ni tan tonta como a veces me veo.

No es fácil estar aquí ahora, encerrados, sin saber como será la «nueva normalidad» ni tampoco tener la certeza de cuándo llegará, pero agradezco que esto me permita encontrarme en las mujeres de mi familia y aprender de ellas para convertirme en una mejor persona.

Todavía queda mucho tiempo para compartirte mis historias. Te envío la única foto que tengo de mi tía abuela Finita.

Con mi querida tía Finita

Deseo que tengas un buen fin de semana.

Carla