Cartas para Nadie escritas después del aislamiento y distanciamiento social por el coronavirus. Trigésimo sexta carta.

¡Hola! No has sabido de mí porque me quedé sin palabras. Poco después de mi última carta, me dio COVID. No fue grave pero tardé en recuperarme. Duró mucho tiempo el agotamiento y el dolor en las articulaciones. Mi mente se volvió todavía más dispersa que antes y se llenó de neblina. A la fecha y a menudo olvido palabras o me quedo a la mitad de una frase. Para paliar un poco mi angustia, canto mientras los nombres de las cosas o las ideas vuelven a mí, como lo hacía mi querido Herwig cuando no sabía cómo decir una palabra en inglés (su idioma materno era el alemán). Tampoco creas que me he sentido tan fuerte: mi organismo sigue decaído.

En septiembre, querido Nadie, cumplí 46 años. Fue una pequeña celebración pero me la pasé sonriendo, rodeada de amor y de sorpresas, cantando con personas muy queridas y con abrazos, muchos abrazos. Estoy cada día más cerca de los cincuenta sin saber cómo me siento con respecto a eso.

Lo que quiero contarte hoy tiene que ver con el viaje que hicimos a Playa Ventura en abril. Fuimos a celebrar nuestro aniversario de bodas Jea y yo. Es una playa en Guerrero bien tranquila, donde me fue posible convivir con la naturaleza y llenarme de atardeceres. Ahí ví una ballena, un delfín, aves de colores exóticos y cangrejos negros. Medité temprano celebrando la salida del sol, sentada en la arena y escuchando el grito de las olas.

Playa Ventura

Tuve la oportunidad de ayudar a liberar tortugas y todavía sigo pensando en esa experiencia, en lo que aprendí en ese momento. Primero debo decirte que son muy pocas las tortugas que sobreviven en el mar, en realidad son la gran minoría. Si mal no recuerdo, el guía nos dijo que sobreviven alrededor de cinco (o menos) de cada cien. Las tortugas llegan a la playa a desovar después se van y los huevos se quedan en la arena. Las tortugas despiertan a la vida solas: sin madre que las guie. Así, tan frágiles, se enfrentan al inmenso mar para ellas desconocido, a veces hostil y también violento.

Tortugas Playa Ventura

Me maravilló verlas dar sus primeros pasos en la arena. No todas reaccionaron igual, Nadie, eso fue, para mí, lo más impactante. Hubo algunas aceleradas, se deslizaban a toda velocidad, sin miedo, desesperadas por llegar, como si fueran invencibles. Parecían comerse el mundo a grandes bocados. No se tomaron ni un instante para sentir la arena o mirar a su alrededor. Nunca dudaron.

Hubo otras que iban despacio, concentradas pero disfrutando. Avanzaban con confianza y calma, pero también curiosas y decididas. Sabían a dónde ir y eran precavidas. Me daba la impresión que estaban contentas, atentas a su entorno, como si supieran que podrían o no sobrevivir pero eso no les quitaba el sueño. ¡Qué tranquilas estaban!¡Cuánta paz transmitián!

Hubo unas cuantas que no querían avanzar. Se quedaban muy quietas, asustadas. Avanzaban temblorosas, después se regresaban. El guía las empujaba un poquito, con cuidado, ellas se daban la vuelta dejando muy claro que no querían hacerlo. Cuando ya no les quedaba de otra algunas avanzaban renuentes, resignadas, temblando como si tuvieran consciencia de su fragilidad o supieran que el mar iba a devorarlas. Otras luchaban, se resistían una y otra vez hasta que sucedía lo inevitable: las olas se las llevaban sumergiéndolas para siempre.

¡Cómo quería que todas sobrevivieran! El corazón me dolía porque sabía que la mayoría no lo lograrían. Mientras las observaba esfumarse en el agua, me vino esta reflexión a la mente: el mar representa la vida; y las tortugas, la actitud que nosotros tenemos ante ella. Hay quienes viven a toda prisa, sin detenerse a disfrutar, como si los persiguieran. Hay quienes, envueltos en sus miedos e inseguridades, no se atreven a vivir. También hay quienes (y como ellos quiero ser) avanzan sin prisa, seguros de sí mismos, decididos, dándose tiempo para mirar a su alrededor y disfrutar.

¿Cómo logra un ser tan diminuto y recién nacido enfrentarse al mar solo y sin miedo? Aquí estoy yo, con mis casi 1.80 metros de altura, mi poderosa red de apoyo (ese amor que me acompaña siempre) pero envuelta en mis defectos, dudas, temores, atrapada en mi pequeñez e insignificancia. Me siento un lugar común cuando escribo, también cuando hablo. Salir de las sombras está siendo una batalla extenuante. Me siento culpable por no usar el cubrebocas (ya no es obligatorio hacerlo) pero me sofoco si lo uso. Tomé la decisión de estar sin él pero me percibo como una horrible paria contaminante en una sociedad demasiado juzgona. Además, he perdido varias plantas y la voluntad para cuidarlas. A pesar de eso, hay muchas flores resilientes que me alegran el día cada mañana.

Mis hermosos geranios
Caléndula

Alguna vez fui hiperactiva, soñadora, loca y hasta risueña. Hoy no logro salir de la monotonía, del agotamiento en mi cuerpo, de las dolencias que me han llenado de vergüenza e inutilidad. Me enoja no poder nadar porque me hace daño el agua de la alberca o correr porque me lastimé la espalda. Me enoja también sentirme tan cansada una buena parte del tiempo. Los pensamientos ansiosos me golpean, Nadie. Entonces, aquí estoy, conviviendo con mis defectos y lugares oscuros, con la melancolía de la navidad que se aproxima y que me recuerda a mi abuelita, a mi Granny.

Nadie, Nadie, Nadie, hace casi tres años empecé a escribirte otra vez para sanar y en estos meses he evitado hacerlo, me siento avergonzada por mis palabras o la falta de ellas, por mi enorme incapacidad para brillar. A veces creo que nunca seré como la luna llena.

Gracias por no abandonarme y tomarte unos minutos para leerme.

Carla

P.D. Espero que te gusten las fotos de Playa Ventura, de las tortugas y de mis flores.

~ por Naraluna en diciembre 6, 2022.

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