Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Trigésimo primera carta.

4 de junio 2021

Querido Nadie:

No puedo creer que ya llevo más de un año escribiéndote cartas. He de decirte que la pandemia sigue acompañándonos pero vamos mejor. Mis papás ya están vacunados. A Jea y a mí ya nos tocó la primera de las dos dosis de la vacuna. De hecho, a mi hermana y a mí nos tocó este miércoles.

Hay personas que ya están desesperadas por vacunarse, otras que celebran cuando por fin les toca su turno, hay quienes no creen en la vacuna y no piensan hacerlo, hay quienes sabemos que tenemos que hacerlo pero una parte de nosotros se resiste. La noche anterior a la vacuna no dormí bien por eso; sin embargo, tengo la certeza de que tomé la mejor decisión.

En general, aquí en la Ciudad de México hay buena organización para vacunar a las personas. Cuando llega el día, no hay que esperar mucho tiempo en la fila, se respeta la sana distancia y el proceso es muy rápido. Eso sí, una vez vacunados hay que esperar sentados de 20 a 30 minutos de observación para asegurarse que no haya una reacción negativa, que no sea necesaria la asistencia médica. Empezaron con la población más vulnerable: las personas de 60 años y mayores, después los de 50 a 59 y ahora ya nos toca a los de 40 a 49. ¿Cómo saber cuándo nos toca? Depende de la alcaldía donde vivamos. La cita para la segunda dosis depende de la marca de la vacuna que se aplicó. Para unos el intervalo de espera es más corto que para otros. Por eso no todos los adultos mayores han recibido la segunda dosis. Hay muchas personas que no van a vacunarse porque no desean hacerlo. En lugares como Estados Unidos ofrecen cerveza gratis y si mal no recuerdo también comida de McDonalds como regalo para quienes sí lo hagan.

El miércoles fui a mi cita con la jeringa después de desayunar. No me dan miedo las agujas y cuando llegó mi hora ni siquiera estaba nerviosa. No sentí el piquete, no dolió nada. Unos segundos después, sentí una leve molestia en el brazo. Me senté a esperar los 30 minutos reglamentarios. Entonces llegaron las náuseas y el mareo, el hormigueo en las manos y podía escuchar los latidos de mi corazón como si éste fuera a salirse de mi pecho. Traté de calmarme pero sólo logré ponerme nerviosa. Cuando se acercó el médico para ver cómo estábamos y decirnos que ya podíamos irnos a casa, le pregunté si era normal lo que sentía. Me dijo que no. Me revisó. Tenía taquicardia y también la presión baja. Pasaban los minutos y mi situación no cambiaba. El médico que me observaba comentó que iba a llevarme a la ambulancia y me asusté más. No voy a saber si fue la reacción a la vacuna o un ataque de pánico, sólo tengo claro que cuando escuché la palabra ambulancia sentí un hoyo en el estómago y me dije a mí misma que eso no sucedería. Cerré los ojos, respiré profundamente (tardando más tiempo en exhalar que en inhalar), me visualicé sana en mi casa. Me fui recuperando y no fue necesario llevarme. ¡Qué alivio!

Los efectos un poco adversos de la vacuna me duraron un día y medio. Aparte del enorme agotamiento, del fuerte dolor de articulaciones y de lo mucho que me pesaba el cuerpo, parecía que la inyección contenía también una enorme dosis de tristeza porque así, de pronto, en la noche, me cayó encima: lloraba y lloraba sin poder detenerme. Me devoró el dolor de no poder ver a mis amigos, del tiempo que llevo físicamente lejos de ellos, de no poder abrazarlos. También pensé en la pérdida de la espontaneidad: en todo lo que se tiene que tomar en cuenta para poder ver a alguien un ratito y guardando la distancia. Después desapareció: me quedé con el silencio del insomnio y el calor tan frío de la fiebre. Ayer fue un mejor día, sin fiebre ni tanto dolor, pero sí con mucha debilidad. Ahora ya estoy bien, muy agradecida porque haya llegado mi turno. Claro, todavía me falta la segunda dosis pero pasarán varias semanas antes de que eso suceda.

Nadie, no lo dicen, pero la verdad vacunarse es un acto de valor y saber que fui valiente me hace sentir muy bien. Confío en que ya haya pasado lo peor de la pandemia y poco a poco vayamos volviendo a la libertad.

Gracias por no reclamarme mi largo silencio. No había podido acercarme a la pluma, fue como si temiera dejar salir mis emociones. Cuando lo intenté parecía que mi voz se había quedado sin tinta. Me paralizó también mi necesidad de salir, cambiar la rutina, ver a mis amigos. Este largo semi-confinamiento acompañado del insoportable miedo a acercarse a las personas ha sido un peso que me sobrepasaba. Pero, no creas, Nadie, que me la pasé apática y deprimida. Hago ejercicio, duermo bien, tomo más agua, medito y poco a poco voy encontrando paz en mis demonios: cada vez me asustan menos. No te voy a negar que hay días en los que sigo sintiéndome tonta, aburrida, incapaz de darle vida a mi universo interno pero ya no me quedo ahí todo el tiempo. Quizá mi parálisis emocional se debió justo a eso: mi lucha por sacudirme esas ideas opresivas y falsas.

A menudo sonrío cuando estoy frente al espejo. Me gusta la imagen bonita que veo y trato de hacer amistad con ella. Me corté el pelo y compré ropa nueva. Ahora me importa verme bien, mi apariencia. Ya no me siento culpable por eso: por fin mi corazón comprende que eso no es algo frívolo ni superficial. Me está costando mucho trabajo asimilarlo pero ahora sé que amarme significa también ponerle atención a mi cuerpo, dedicarle tiempo. Poquito a poco eso voy haciendo. Quizá parezca algo sencillo, pero, para mí, eso implica escupir las ideas que me autoimpuse en la adolescencia cuando la única manera de escapar de la flaca fea era mirando hacia dentro, ignorando mi “feísimo rostro”. Derrumbar muros y transformar los malos hábitos del pasado es en lo que me concentro ahora. Estoy tranquila porque tengo la certeza de que las palabras volverán a mí conforme vaya aumentando la confianza en mí misma.

Te confieso que me asusta un poco quitarme la capa de invisibilidad; por eso, sin importar cuanto me esfuerzo, todavía la tengo puesta. Pareciera que deshacerme de ella fuera sinónimo de quedarme desprotegida. Sin embargo, por llevarla conmigo olvido mi fuerza e ignoro las batallas que he ganado. Es un caparazón que no me protege y sí me impide volar. Lo importante es que ya descubrí la razón y aunque agradezco haber tenido esa capa que me ayudó a sobrevivir varias tormentas, ahora debo arrancarla de mi alma. ¿Celebrarás conmigo cuándo lo logre?

Cambiando de tema, tengo que contarte algo increíble que pasó el sábado. Llevaba mas de un año esperando ese momento y aunque no hubo un helado, no pudo ser mejor. ¡Por fin volví a mi lugar feliz! Justo cuando ya no soportaba estar en casa, la rutina del encierro, Jea y yo decidimos salir a caminar. ¿A dónde crees que fuimos? ¡Síí! ¡A Coyoacán, mi siempre amado Coyoacán! Un año y más de tres meses después, por fin volvimos a la fuente de los Coyotes. Una parte del parque estaba cerrado por remodelación, pero, ¡en sus calles ya había música! Se escuchaba la versión de una canción de Jarabe de Palo. Se sentía la alegría de las personas ahí presentes (no, no eran muchas). Casi no podía hablar pues tenía la emoción atorada en la garganta. Miraba extasiada la Fuente de los Coyotes mientras pensaba en la falta que me había hecho mi querido Coyoacán en estos días. En mis cuarenta y cuatro años (ya casi cuarenta y cinco) nunca había pasado tanto tiempo sin visitarlo. Me sentí ligera y renovada. ¡La lluvia nos impidió volver a casa! Cenamos en el Atrio (La Esquina de los Milagros) y lo disfrutamos. Era nuestra primera salida así en todo este tiempo. Nos sentimos casi libres y muy aliviados. ¡Qué velada memorable! Tengo la ilusión de que sea la primera de muchas y de que no falte tanto para poder deshacernos de los cubrebocas (en esta época de calor me sofoca usarlo).

Una velada en Coyoacán. 🙂

En mi última carta te conté de mis lavandas. ¡No puedo creer que hace un año las planté! Van muy bien y están dando muchas flores. Hace unas semanas les corté unas ramitas para plantarlas (más esquejes) y sobrevivieron cuatro. ¡Estoy emocionada! Además, después de casi un año, vienen en camino las exquisitas flores del jazmín y las dalias también están llegando. Nadie, la méndiga plaga se niega a irse, pero la mayoría de mis plantas están sanas, varias llenándose de flores. Otra cosa buena de pasar tanto tiempo en casa: me he hecho casi experta en reproducir mis plantas con esquejes, saber qué necesitan y cuánto tardan en crecer, madurar, dar flores. Tengo casi treinta caléndulas (porque esparcí las semillas de una flor y pues no esperaba que surgieran tantas) y ya tengo dos plantitas de geranios (esquejes que van creciendo bien). La lista continúa pero no quiero aburrirte.

Por último, Nadie, te cuento que sueño con festejar mi cumpleaños con un karaoke al aire libre. Todavía faltan unos meses y tengo la esperanza de que ya sea posible hacerlo. Cruza los dedos, por favor.

Espero que te gusten las fotos que te envío y te mando un abrazo muy fuerte. ¡Hasta pronto, mi Nadie querido!

Carla

~ por Naraluna en junio 5, 2021.

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