Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Vigésimo quinta carta.

Martes 22 de diciembre 2020

¡Hola! En esta época distópica me pesa la melancolía decembrina y quisiera estar alegre, pero no es el caso. Me ha tomado tiempo escribirte pues las palabras huyen de mí o, mejor dicho, si soy sincera, soy yo quien huye de ellas.
Es inevitable hablarte de la pandemia. Debo decirte que estamos en semáforo rojo, los lugares que no son considerados esenciales han cerrado de nuevo, los hospitales están llenos y «quédate en casa» es el grito que resuena en todo momento. En las redes sociales y conversaciones sobran los juicios, críticas, insultos y sentencias para quienes salen y para quienes no usan tapabocas – según esto, ellos son los «culpables» de esta situación-. El quédate en casa se impone como una orden fácil de seguir y sin repercusiones. Yo, Nadie, que no voy a fiestas, que casi no salgo, tuve un ataque de pánico con este cambio. Estamos como en marzo/abril cuando esto comenzó, pero es peor. Estoy harta de la violencia que se ejerce de unos contra otros (ciudadanos contra ciudadanos), de la falta de empatía tanto de los que usan tapabocas como de los que no lo usan. No puedo soportar palabras como «covidiota» ni frases como «merecen morirse, no deberían atenderlos en los hospitales» entre otras cosas. No digo que esté bien el no usar tapabocas, vivir en fiestas y sin sana distancia pero tampoco creo que las agresiones resuelvan nada ni que generen conciencia; no he conocido a alguien que cambie su modo de actuar por este tipo de comentarios y actitudes. Estoy harta también de la indiferencia, de que se considere esta pandemia como un asunto político (de quien cree y quien no cree en el virus), de que el tapabocas sea visto como «un robo a la libertad» y no como una manera de proteger al otro (independientemente de cualquier creencia, usarlo protege al otro no sólo de ser contagiado, también del miedo al coronavirus que se ha generado). Usarlo es algo que podemos hacer por nuestro prójimo. En fin, entre quienes no respetan ninguna medida para prevenir el contagio y quienes se sienten con la autoridad moral para soltar juicios, insultos y condenas, siento que me ahogo. Es paradójico como se puede desear feliz navidad justo antes o después de haber publicado o dicho algo así como «mueran los covidiotas». Además de la pandemia del coronavirus, hay que sobrellevar la pandemia del miedo y -sobre todo- la del odio.

Hace unos días me dijeron soñadora por pensar en un mundo donde la empatía reine y nos cuidemos los unos a los otros. ¿Te imaginas que en lugar de destrozarnos unos a otros buscáramos el bienestar común, qué eso fuera más importante que nuestras creencias o puntos de vista? Me duele saber que quien me lo dijo tiene razón. Me agota leer y /o escuchar tantas quejas y/o juicios, que la pandemia sea la protagonista de la mayoría de las conversaciones. Las noticias parecen amenazas: aumento de casos de personas contagiadas y del número de muertos, alerta de nuevas cepas del virus que son más agresivas, restricciones, hambre, desempleo, violencia, desesperanza. Si eso no es suficiente, además, contamos con la irrefrenable necesidad de escupir nuestra opinión llena de juicios y palabras de odio en los medios en los que nos sea posible hacerlo. Por eso ya casi no visito mis redes sociales ni leo las conversaciones de los grupos de whats app: es casi imposible no toparme con publicaciones negativas. Nos culpamos unos a otros de lo que sucede. Exigimos las cosas con agresividad. No medimos el poder de nuestras palabras ni cómo éstas pueden afectar a los demás.

Nadie, estoy aquí, buscando en mi interior los recursos para mantenerme de pie. No puedo ir al gimnasio y hago lo posible por no caer en ansiedad ni depresión. Meditando disuelvo el nudo en la garganta y encuentro un camino para seguir adelante, en armonía. Elevo mi mirada al cielo y agradezco las bendiciones en mi vida; sin embargo, he recibido noticias tristes. Dos personas muy queridas fallecieron por este virus. Una de ellas fue un amigo muy cercano con el que quedó pendiente un karaoke, una velada para hablar de música. No hubo despedidas ni funeral, sólo el silencio enorme que predomina ahora. Llevo mi luto guardado dentro pues no me atrevo a llorar. ¿Qué tal si mi llanto se convierte en cascada? Pienso en mis sobrinos creciendo en casa, tomando clases frente a una computadora, conviviendo con amigos por medio del zoom o de los videojuegos virtuales. Pienso en el mayor que comienza su pubertad solo, entre adultos. Pienso en mi hija que debería estar en la universidad, salir con amigos, bailar. En lugar de descubrir el mundo, está aquí, con nosotros la mayor parte del tiempo, como con mis sobrinos: la vida social se reduce a estar sentada frente a la computadora, tableta o celular y convivir por medio de la tecnología. ¿Por cuánto más?

Dicen «quédate en casa» como si la vida fuera a esperarnos y el mañana pospandemia nos recibiera a todos con los brazos abiertos, porque todos estaremos ahí. En realidad no es así: la cruda verdad es que no sabemos que pasará mañana y ninguno tenemos la vida comprada. No puedo evitar pensar en las personas que no volveré a abrazar. ¿Cuánto tiempo seguiremos así? ¿De cuántas personas más no podré despedirme? ¿Cómo dejaremos de tenerle miedo al prójimo cuándo esto pase? ¿Pasará?

Extraño profundamente a mis amigos. ¿Cuándo volveré a verlos? ¿Cuándo podré salir con ellos con libertad y sin tapabocas? ¿Nuestros abrazos servirán para recomponernos, para compensar un poco nuestras pérdidas?

Miro al sol que entra por mi ventana. Quiero sentir esperanza, creer que tenemos remedio, que podemos ser mejores.

En fin, Nadie, salí a ver mis plantas y tienen plaga. Estoy demasiado cansada como para luchar contra ella. Después de las batallas de los últimos días, necesito un respiro. Me refugio en los libros: por primera vez desde que comenzó esta pandemia me la he pasado leyendo, estoy participando en un reto y eso me ayuda a poner mi mente en otro lado; además la lectura siempre me lleva a conocer otros mundos. Ya te hablaré de este reto en unos días, esta vez sí será pronto.

Escribirte me ayuda a ver más claro pero esta tarde mi pluma se rebela: no quiere soltar la tinta y ya me está doliendo la mano. Sólo una cosa más: hace una semana recibí una gran sorpresa: unas hermosas violetas persas (cyclamen) color rosa. ¡Quería unas flores así! Fue un regalo de mi querida amiga Val. Pese a todo, la vida tiene sus pequeños grandes milagros y son esos los que me motivan a seguir adelante.

Algo que sí puedo agradecer a esta pandemia: el volver a estar tan cerca de Val y Ceci, el reunirnos por zoom una vez a la semana y compartir nuestras inquietudes y vivencias como cuando estábamos en la universidad. Eso me rejuvenece y trae alivio.

No te enojes conmigo querido Nadie, pero no voy a mencionar la navidad en esta carta. Haré lo posible para que antes de la Nochebuena recibas otra carta de mi parte.

Cuídate mucho,

Carla

~ por Naraluna en diciembre 23, 2020.

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