Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo novena carta.

¡Hola! Acabo de despertar en este domingo soleado donde los pájaros llevan rato cantando. Estoy sentada frente al balcón.

Hace veinte años murió mi abuelita, como a esta hora. Recuerdo la llamada, la estaba esperando. Lo primero que sentí fue agradecimiento: ella ya quería irse con mi abuelo, con su papá, con su familia. Su agonía debía terminar. A pesar del peso de su ausencia, fue un alivio que su estancia en la Tierra terminara. Pasaron algunas horas antes de que pudiera llorar, mi papá me ayudó a hacerlo. Esa tarde comí arroz con leche en un lugar cerca de la funeraria y las lágrimas fluyeron descontroladas: el arroz con leche era el postre que con tanto amor me preparaba cuando iba a comer a su casa. Ya pasaron veinte años y yo la extraño. El tiempo no es olvido: su amor siempre me acompaña.

En fin, Nadie, el motivo de mi carta es otro pero me dejé llevar por la nostalgia de la fecha. 

La vez pasada te conté de la flor de mi lavanda y lo contenta que estaba por eso.  Fue un reto levantarla después de la plaga. Le tomó tres meses volver a llenarse de hojas.  Estaba muy a gusto pero hace tres días sufrió un accidente. El huracán de mis perritas le cayó encima y la dejaron sobre la tierra con las raíces afuera. No se la comieron pero quedó muy lastimada. Cuando la vi ni siquiera pude llorar. Entré en desesperación. La planté de nuevo, le hablé bonito, la acaricié.

Una hora  más tarde fui a ver cómo estaba y me percaté que la mitad de la planta no tenía raíces (estaba despegada del tallo principal pero eso era casi imperceptible).  Lo único que se me ocurrió hacer fue sacarla de la tierra, separarla en partes para hacer esquejes y plantarlos de nuevo. Estaba muy alterada, me temblaban un poco las manos. Rebeca estaba conmigo y me ayudó a hacer los cortes de 45 grados en la parte inferior del tallo para poder plantarlos.  En una maceta pequeña puse en el fondo pedazos de barro (de una maceta rota), eso ayuda a que el agua drene bien, luego puse tierra, una cáscara de plátano y más tierra.  Una vez lista, con mucho cuidado fui plantando los esquejes. También planté uno pequeño en un envase de refresco.  Tengo la esperanza y también la ilusión de que vivan. La posibilidad de tener más lavandas calmó mi tristeza. Después de un incidente así, por un periodo de tiempo las plantas son muy delicadas y frágiles. El menor de los descuidos puede matarlas.

Tres días después de lo ocurrido, te cuento, Nadie, que los esquejes van muy bien. Se mantienen de pie, verdes y aromáticos casi como si nada hubiera pasado. No puedo decir lo mismo de la lavanda que se quedó en la maceta. Hoy podé las hojas muertas, ojalá eso le ayude a levantarse y sobrevivir.

La lavanda en mi maceta, después de podarla.

Hace unos días mi lavanda me iba a dar una flor. Ahora tengo varios esquejes y si sobreviven tendré varias lavandas. Es decir, se habrán multiplicado y lo que parecía una tragedia, podría convertirse en un regalo. Así de extraña es la vida.

Como mi planta, yo me he roto varias veces y lo que me parecía un túnel oscuro, un sufrimiento irremediable terminó siendo un evento que me permitió crecer y renovarme. Algunas veces lo que parece funesto resulta ser una oportunidad para armarnos con piezas diferentes que nos permiten multiplicar nuestros sueños y nos percatamos que tenemos las herramientas para llegar a ellos.

En fin, Nadie, sólo quería contarte de la flor que ya no está y de la esperanza de un futuro lleno de flores.

¿Ya viste los esquejes en mis fotos? ¿Verdad que se ven bien?

Hasta pronto, querido Nadie, esta semana tengo otra historia para ti.

Un abrazo,

Carla

,

~ por Naraluna en junio 29, 2020.

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