Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo octava carta.

24 de junio de 2020

¡Hola! Llevamos más de tres meses en confinamiento. La semana pasada estaba harta de todo, incluso de escribirte. Tuve un insomnio tan severo que el jueves ya parecía zombi y el viernes lloraba casi por cualquier cosa. Apenas el fin de semana logré dormir mejor y ahora, por fin, ya empiezo a descansar.

Nadie, te cuento que ayer recibimos una horrible sacudida aquí en la ciudad: un temblor de 7.5 grados. Íbamos a desayunar cuando sonó la alerta sísmica. Fue nuestro primer temblor en nuestro departamento (en el tercer piso). Nos dio tiempo de subir a la azotea con nuestros cuatro perros justo antes de que la tierra empezara a moverse. Tuve que recargarme en la pared para no caerme. Fue tan intenso que estuve a punto de vomitar. Duró más de un minuto. Mis perritos jugaban como si no pasara nada.

Rebeca y yo estuvimos mareadas y con náuseas toda la mañana. Además me dolía la cabeza. Me comí un bolillo antes de desayunar y no me supo a nada la comida. La buena noticia es que no se reportaron daños en la ciudad.

Lo que tengo en la mente desde ayer es que estamos aquí y estamos bien. Odio los tapabocas, las calles solemnes, el silencio inagotable donde antes había risas, pero estamos bien.

Por lo tanto, querido Nadie, quiero hablarte de las cosas que alegran mis días. Por ahora dejemos de lado la pandemia y las malas noticias.

He sabido de casos en los que la convivencia de las personas confinadas en la misma casa es insoportable, que eso de estar forzados a estar juntos las veinticuatro horas del día, todos los días es un verdadero infierno. En las redes sociales hay memes haciendo alusión a la cantidad de divorcios que habrá cuando esto termine. Hay quienes no se soportan, viven en pleitos, ya se hartaron los unos de los otros. No es nuestro caso y me siento muy agradecida por eso. Quizá te parezca increíble, pero está convivencia tan intensa ha fortalecido nuestros vínculos. De alguna manera nos hemos reencontrado.  A pesar de las circunstancias, nos conocemos mejor, nos reímos más y nos acompañamos en los días monótonos, cuando nos invade el estrés o el cansancio. Somos afortunados porque rara vez sufrimos al mismo tiempo. Los que estén animados, apapachan a quien no lo esté.  No te digo que todo sea miel sobre hojuelas ni que nunca nos enojemos o tengamos diferencias pero sí estamos más unidos ahora. Sé que me sentiré sola cuando volvamos a la “normalidad” y ellos regresen al trabajo y a la universidad respectivamente.

En medida de lo posible en esta situación, me da bienestar que estemos juntos, que nos acompañemos y que nuestra prioridad sea hacernos la vida más amable. Hemos logrado hablar de temas que el año pasado eran motivo de grandes pleitos y discusiones. Valoramos más los abrazos. Somos un poco más amorosos y risueños. Lo único que me desagrada de esto es que me estoy volviendo demasiado cursi y creo que es algo irremediable. A ver si no termino empalagada con mi propia miel.

Desde que nos mudamos, me emocionó tener una cocina bien iluminada y tenía mil ideas para cocinar, pero empecé a hacerlo cuando comenzó esta pandemia. Me sigue  haciendo feliz preparar algo delicioso para consentirnos y evitar que nos gane la monotonía. Sin embargo, debo confesarte que subí de peso, tengo el vientre tan inflado que la mayor parte de mi ropa ya no me queda. Eso aumentó mi ansiedad y tendencia a la depresión. Ahora estoy tranquila y disciplinándome de nuevo. Entonces ya no preparo diario desayunos tan etravagantes y cargados de calorías (sólo dos veces a la semana, a veces tres). Lo último que preparé fue unos panquecitos de tocino, manzana y queso cheddar. ¡Qué extraña combinación! Fue un éxito y volaron.

Panquecito de tocino, manzana y queso cheddar

Otra cosa que me ha pasado en estos días es que estoy cantando (o aullando) de nuevo. Canto al cocinar, al lavar los platos, al limpiar los baños. Les invento más canciones a mis perritas y puedo rimarlas mejor.

Hablando de mis perritas, estoy tan acostumbrada a pasar mi tiempo con ellas, que no quiero ni pensar en lo duro que será separarme de ellas cuando volvamos a salir de nuevo y ellas se queden en casa (aunque sólo se trate de unas horas). Ahora, mientras te escribo, Laika está a mi lado, durmiendo encima de mis pies.

Si se pudiera hablar de regalos que me ha traído el confinamiento, te diría que uno de ellos son las tardes que pasamos juntas Rebeca y yo viendo series de Netflix, ella bordando o decorando sus macetas, yo tejiendo. Esas tardes juntas en las que también platicamos, reímos o lloramos. A menudo me pregunto cuántas tardes cómo esas tendremos cuando vuelva a la universidad, cuando pase el tiempo libre con su novio y amigos.  Todavía no acaba el confinamiento y ya siento que la extraño. 

Recuerdo cuando era chiquita y le hacía cosquillas en las noches, justo antes de que se durmiera en aquellos días de hospitales y miedos. Sus carcajadas nos llenaban de luz y esperanza.

A pesar de esta dolorosa época de aislamiento, agradezco mi tiempo con Rebeca.

Otra cosa que compartimos ella y yo es el amor a las plantas. Juntas -citando a Jea- estamos convirtiendo la casa en Jumanji. Tenemos plantas en casi todos lados, excepto en el pasillo y sólo porque está muy oscuro. Hace dos semanas me regaló unos geranios, caléndula, té verde y salvia. Gracias a ella, mi balcón quedó hermoso.  Aquí están muy contentas. Pareciera que vivimos en un lugar mágico donde todas las semillas germinan y las plantas crecen.

Mi balcón

He aprendido más de mis plantas en estos tres meses y medio que en mi vida entera. Paso mucho tiempo observándolas. He visto germinar las semillas de melón y de pimiento morrón. Sembré una cúrcuma y ahora un jengibre. A la albahaca que puse en agua ya le salieron raíces. Por cierto, descubrí que tiene un efecto sedante que me ayuda a calmar la ansiedad. La lavanda que renació va a dar su primera flor después de la terrible poda. Por fin está feliz.

Ya viene la flor de la lavanda

Conectarme con mis plantas debilita mis sombras. Me da paz quitarles la mala hierba, podarlas, buscar que estén sanas. Diario les dedico tiempo, les doy las gracias, platico con ellas. Estoy floreciendo con ellas, querido Nadie.

Ya es hora de que mis perritas cenen. Me voy a darles de comer.

No me preguntes sobre la pandemia ni el fin del confinamiento, no tengo idea de cuándo va a llegar.

Espero que te gusten las fotos que te envío en esta carta.

Un abrazo,

Carla

~ por Naraluna en junio 26, 2020.

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