Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo quinta carta.

18 de mayo de 2020

¡Hola! Aquí estoy, tristeando un poco. Extraño a mis amigos que viven lejos y cada día me pesa más la distancia. Ni siquiera cuando pase el confinamiento podré irme a tomar un café con ellos. ¿Cuándo volveré a verlos? ¿Volveré a verlos? Es inevitable para mí pensar en lo efímeros que somos y en lo poco que eso nos importa (a menudo dejamos lo esencial para mañana). Me repito con frecuencia que voy a cambiar eso y dedicaré más tiempo a las personas que quiero, pero a veces mi naturaleza asocial me gana. Mi amigo Herwig me viene a la mente una y otra vez. Todavía pienso en lo que pude haber hecho mejor pero sobre todo, lo extraño.

Ya van a ser tres años de su muerte y me pregunto cuánto tiempo más necesito para superar el hecho de que no pude volver a verlo, de que no pude tomarle la mano en sus últimos momentos.

Mi amistad con él fue por correspondencia. Nos conocimos hace dieciséis años, ambos buscábamos un penpal en otro lado del mundo. Él vivía en Innsbruck, Austria y quería saber más sobre México. No nos tomó mucho tiempo encontrar las cosas que teníamos en común. Nos escribíamos largos correos electrónicos por lo menos una vez a la semana. A pesar de no conocernos en persona, estuvo conmigo cuando terminé con mi entonces novio. Sus correos me animaban.

Soñaba con venir a México pero le daba terror subirse a un avión. Al igual que yo, amaba tomar fotografías y era muy bueno haciéndolo: se expresaba a través de ellas.

Dos años después de conocernos, pude viajar a Innsbruck. ¡Por fin íbamos a vernos en persona! Cuando el tren ya estaba por llegar a la estación sentí un poco de miedo, ¿y si me estaba metiendo a la cueva del lobo?. Me dio mucha risa saber que él pensaba lo mismo mientras me esperaba en la estación: ¿Y si había invitado a su casa a una psicópata? Ni cuevas de lobos ni psicópatas, sólo las aventuras de dos amigos que por fin podían reunirse y abrazarse. Conocí Innsbruck, Salzburgo y Seefeld. Visitamos jardines botánicos, él también amaba las flores. Paseamos por museos y en las noches hacía pasta para cenar que acompañábamos con vinto tinto mientras escuchábamos la radio con música de los ochentas.

Te escribo con ilusión mientras me lleno de recuerdos. Casi puedo escucharlo hablar a toda velocidad y tararear canciones mientras buscaba la palabra adecuada en inglés, era muy nervioso y a menudo se le olvidaban (sólo por unos segundos). Fue difícil despedirnos. Él lloraba y yo me sentía mal. Nos abrazamos y me subí al tren con el corazón hecho nudos. Jamás imaginé que sería la última vez que lo vería en persona. Estaba segura que pronto lo visitaría de nuevo y que él vendría a México. ¿Cómo iba a saber que no volvería a abrazarlo?

No seas escéptico, querido Nadie, la amistad a distancia sí funciona y es muy fuerte cuando los corazones están cerca. Herwig me apoyó sin peros ni exigencias hasta el último momento. Estaba ya en el hospital, luchando por su vida, cuando llegó el temblor del 2017 y lo primero que hizo fue enviarme un mensaje para asegurarse de que estuviéramos bien. Me siguió enviando fotografías y mensajes de voz mientras su salud se lo permitió.

En los años de nuestra amistad me acompañó en mis alegrías, celebró mi boda y cada año recordaba mi aniversario, me acompañó en la enfermedad de mi hija y en su regreso a la salud, desde su querido Innsbruck fue parte de los eventos importantes de mi vida y yo de la suya.

Agradezco la tecnología que nos ayudó a estar cada vez más cerca. Nos tocó vivir juntos los avances: la llegada del hi5 y luego del Facebook, del smartphone. Con ellos tuvimos la posibilidad de mandar fotografías en tiempo real del lugar donde estuviéramos. Ilusionada le mandé una foto del lugar donde esperaba el pesero al salir del gym y él me mandaba fotos de la comida que estaba disfrutando. Tener una cámara y computadora integradas en el celular era casi mágico (ahora ya es normal, rutinario, nada asombroso).

Me llamaba por teléfono, me enviaba calendarios con postales de Austria, nos escribíamos con mucha frecuencia. Como te escribí hace poco, lamento no haber hecho más videollamadas con él. Con la llegada de WhatsApp me enviaba mensajes de voz casi todos los días. Me costaba un poco responderle porque no me gustaba el sonido de mi voz, pero me fui acostumbrando hasta aprender a aceptarla como es y disfrutar escucharla. A veces le mandaba mensajes a mi familia y en una videollamada platicó con mis sobrinos. Él y Rebeca se daban ánimos en sus respectivas luchas por recuperar la salud.

Es paradójico pensar que fue el cáncer lo que le quitó el miedo a vivir. La primera vez que llegó a su vida lo despertó. Se sacudió el miedo y luchó con todo y sin quejarse. Empezó a vivir con más alegría y plenitud. Cuando lo dieron de alta regresó a jugar voleibol y decidió venir a México aunque para eso todavía necesitaba enfrentar su miedo a volar. En cuanto se lo permitieron empezó a planear viajes cortos, por ejemplo, voló a Alemania. Compartía sus aventuras entusiasmado. A través de sus ojos yo conocía lugares increíbles. Esperaba ansiosa el momento en que vendría a México, en cuanto se lo permitieran los doctores y él se sintiera seguro. Le mandaba fotos de mis viajes por la República y de los lugares bonitos de mi ciudad.

El cáncer regresó un día. Lo más impactante para mí no fue la noticia sino su valentía, su entereza, su decisión de luchar para volver a verme. Además me dijo que no tuviera miedo porque él estaba tranquilo y todo iba a estar bien. Fue tan fuerte su voluntad de vivir que aceptó los tratamientos más agresivos, lo cual me llenó de admiración pero también me rompió el corazón. En el fondo sabía que se acercaba su momento de partir y hubiera deseado que fuera con menos malestar físico, que su agonía no se hubiera prolongado tanto.

Es muy duro que la vida cueste tanto, que nuestro sistema esté basado en el dinero (poder adquisitivo) y que sea tan caro viajar. Por eso me fue imposible ir a verlo, estar con él hasta el último momento. Su mensaje de despedida estaba impregnado de vida, de su anhelo de venir acá. Cuando lo escuché me ilusioné por unos instantes, vislumbrando una esperanza inexistente. Unos minutos más tarde lloré mientras absorbía ese adiós eterno.

Nadie, él era una persona generosa, leal, atenta. Nunca esperó ni exigió nada a cambio de lo que me dio. Nunca me reclamó si me tardaba en contestar un mensaje, siempre me decía que respondiera cuando tuviera tiempo, que no me presionara. Le di lo mejor de mí pero me sigue persiguiendo la culpa de mi personalidad poco sociable, mis fobias por el teléfono, mi lentitud para interactuar con los demás. Me consuela la certeza de que él me aceptaba tal cual soy y se sabía querido. Tenía una fe casi ciega en mí y por eso nunca me sentía sola. Mis tinieblas nunca lo asustaron. Te voy confesar algo: en eso me recordaba a mi abuelita. Al igual que con ella, tenía la certeza de que pasara lo que pasara siempre estaría ahí para apoyarme.

Me quedé muy desorientada cuando murió. Su silencio me pesaba tanto que camino a casa después de hacer ejercicio le grababa mensajes como cuando estaba vivo, aunque luego los borrara. A veces no podía hablar porque la garganta se me cerraba.

Ya van a ser tres años de su muerte. No puedo evitar imaginarme cómo compartiríamos el confinamiento si estuviera aquí. Me enviaría fotos de la vista a través de su ventana, me mandaría las noticias que oyera sobre México, quizá por fin se animaría a hablarme un poco en español. Se sorprendería al ver que ya no me inhibo tanto en las videollamadas…

Es imposible no pensar en estas cosas en estos días raros. Te cuento sobre Herwig para que siga vivo en mis palabras, en mis recuerdos, en esta carta.

Las fotos de hoy son de Herwig, algunas de las que me enviaba. La naturaleza a través de su mirada, la comida que le gustaba, la nieve que tan feliz me hace y que rara vez he visto en persona.

A pesar de mi nostalgia, me alegró escribirte de mi amigo. Han sido días pesados porque a veces el confinamiento me roba el ánimo y despierta las pesadillas que llevo dentro. Si no tuviera tanta luz a mi alrededor, no encontraría fuerza para levantarme de la cama estos días.

Cuídate mucho, querido Nadie, esta vez no me tardaré tanto en escribirte de nuevo.

Carla

~ por Naraluna en mayo 21, 2020.

Una respuesta to “Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo quinta carta.”

  1. Que bonito relato. Me ha encantado leerte…

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