Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo tercera carta.

5 de mayo de 2020

¡Hola! El calor aumenta y las lluvias no llegan. A veces quisiera regarme como mis plantas después de estar con ellas en el sol. No lo hago porque ni con este clima del infierno me atrevo a bañarme con agua fría.

No estoy bien. Otra vez estoy durmiendo mal, tengo mucha ansiedad y me está costando trabajo controlarla. Me duelen las muñecas y las piernas. Sí, Nadie, aunque no lo creas son síntomas de la ansiedad, no tengo problemas con las articulaciones ni con mis extremidades.

Ayer debido a un olor muy penetrante y desagradable, tuve una reacción alérgica. Me desesperé tanto que creí que me ahogaba. Entonces tuve un ataque de pánico y me puse peor. He querido llorar desde ayer pero soy de esas personas a quienes, después del llanto, se les queda la nariz tapada por un periodo prolongado y después de la crisis de ayer no estoy dispuesta a tener dificultades para respirar otra vez.

Tengo la nostalgia en el cuerpo y el sabor de mis pérdidas en la garganta. El confinamiento me obliga a hacerme preguntas que no puedo contestar. Tenemos la costumbre de actuar como si fuéramos eternos y la verdad es que ni siquiera es un hecho que estemos aquí mañana. Suelo dar por sentado que terminado el confinamiento podré abrazar a mis seres queridos. La mayor parte del tiempo estoy en paz con eso… pero esta tarde me pregunto: ¿Estaré aquí para ese entonces? ¿Lo estarán los demás? ¿Hago bien quedándome en casa? ¿Cómo me sentiría si salgo y contagio a un ser querido (porque en esta época todos tenemos esa posibilidad de contagiar aunque no tengamos síntomas)?

Me vienen a la mente las personas que aseguran que este virus no existe, que es un invento del gobierno (supongo que en acuerdo común con todos los gobiernos del mundo) para mantenernos encerrados (por voluntad propia); las que lo comparan con la gripe y otras enfermedades como si se hubiera dicho que este virus es letal cuando no lo es, el problema es que con tantos contagios se saturan los hospitales y es entonces donde vienen las complicaciones. En fin, te lo menciono porque esto se ha convertido en una guerra donde abundan los juicios, críticas, deseos de muerte y falta de empatía.

Sigo pensando que estamos en esta situación grave de pandemia, que el coronavirus es tan poderoso por nuestros malos hábitos, la indiferencia a nuestra Madre Tierra, egoísmo y falta de amor al prójimo. Es sólo mi opinión, no es una afirmación científica.

No puedo lidiar con la forma de hablar acerca de los criminales y de su situación en la cárcel debido al coronavirus. En las redes sociales se burlan de ellos, de que quieran ser tratados con respeto, de que le tengan miedo al coronavirus, de que se encuentren indefensos ante él. No sólo hay burlas, predominan el deseo de que se mueran y el juicio de que se lo merecen. Son más personas de las que imaginé diciendo que no se merecen nada por ser tan malos. Porque, como te has de imaginar, ellos- los buenos- tienen la superioridad moral y el derecho de juzgarlos. Ser buenos ( buenos se refiere a no cometer delitos, a no hacer nada que merezca cárcel, nada más) nos permite no sólo decidir quien vive sino sentir indiferencia o desprecio hacia los “malos”. Me impresiona el nivel de empatía que se maneja: se trata de ser empático con quien comparte mi escala de valores, piensa y actúa como yo. Nadie, ¡me duele el alma!

Estoy harta de la superioridad de los seres humanos. ¡No soporto las críticas, burlas, palabras hirientes, deseos de muerte, juicios! No me malinterpretes, no justifico a quienes hacen daño, no estoy de acuerdo con sus acciones, no los exonero ni mucho menos, pero, ¿quién soy yo para desear que se mueran, para afirmar que se lo merecen? ¿Qué sé yo de sus historias, sus circunstancias, sus sufrimientos (sí, porque aunque hagan cosas horribles son personas)? ¿Qué conozco de ellos y desde qué absurda superioridad moral me creo con el derecho a juzgarlos? ¿Con qué cara hablo de amor si me muestro indiferente ante el sufrimiento humano? ¿O sólo cuenta el sufrimiento de los “buenos”? ¿Qué tan buenos somos los “buenos”? ¿Qué hacer en este caso del coronavirus en las cárceles? No tengo la respuesta, pero la indiferencia y los juicios no me parecen la solución, al menos no considero que sean una solución aceptable.

Es tan desmotivante lo que leo, que pierdo el entusiasmo para participar en las redes sociales. Comparto saludos, algunas fotografías pero leo poco a los demás. Es increíble que usemos nuestra voz para odiar, para mostrar nuestra superioridad. Nos llaman tontos a quienes nos quedamos en casa y también tontos a los que no. ¿Y si en lugar de etiquetarnos intentamos ver qué está pasando y tomar conciencia de la situación? ¿Y si nos preocupamos por los demás aunque no sepamos ni su nombre?

Llevo casi dos meses en confinamiento. No me pesa tanto el encierro como el ver que – al parecer- los seres humanos somos incapaces de aprender de esta situación: seguimos alimentándonos de superioridad y poder. ¿Hacía dónde vamos? ¿Es que nunca nada nos sacudirá lo suficiente para sacarnos de nuestra burbuja egocéntrica y materialista? ¿Qué se necesita para que podamos ver a los demás? No me entusiasma salir a convivir…

Lo siento, estoy alterada. ¿Por qué no podemos conectarnos con La Madre Naturaleza? ¿Por qué despreciamos a los seres vivos? ¿Cómo es posible que nos importe más tener el mejor smartphone del mundo que el bienestar de una persona? ¿Cómo es posible que haya tantos animales maltratados y abandonados? ¿Por qué tanta indiferencia hacia la vida en todas sus formas?

Quiero gritar cada vez que veo fotos de perritos maltratados por sus (ex) dueños. Claro, te hablo de perros porque me encantan, pero no son los únicos. Recuerdo cuando llegó mi amada Laika a nuestra casa. Estaba en los huesos, deshidratada, con pulgas y parásitos, con problemas en las vías respiratorias. Tenía menos de dos meses, la dejaron en la calle. Nuestra entonces muy pequeña perrita pitbull estaba agonizando en mis brazos. Pasó una semana en el hospital y sobrevivió. Desde entonces la llenamos de amor y ella a nosotros.

He aprendido mucho con Laika y hay algo que me aterra: su confianza ciega en mí, fallarle, lastimarla, que esté expuesta a la crueldad humana. Nadie, me quita el sueño la manera de Laika (y mis otras perritas) de confiar en sus dueños. Los perritos están convencidos de que sus dueños los aman y por eso se dejan lastimar sin atacarlos, por eso también se vuelven agresivos cuando sus dueños lo son. Es terrible, Nadie, cómo los humanos menospreciamos ese nivel de confianza, no sólo en los animales sino también en las personas. Una persona que confía ciegamente en otra es considerada estúpida y la mayoría de las personas (porque no todas, nunca todas) sacan provecho de ellas, como si fueran objetos a su servicio. Me enoja que la confianza, uno de los más grandes regalos que una persona puede recibir, sea vista como un punto débil, una posibilidad de beneficiarse a costa de otra persona. ¿Cómo es que confiar es sinónimo de permitirle al otro que me haga daño? Cuando pienso en eso, la verdad, Nadie, me dan ganas de morirme. ¿Cómo vivir cuidándome de todo y de todos? Me agota.

¿Dónde está el amor? ¿Quién está dispuesto a amar al prójimo aunque sea un reverendo desconocido que quizá navegue en la oscuridad?

Mi querido Nadie, a pesar de las sombras que nublan mi visión, reconozco que la vida no es tan oscura. ¿Sabes qué me salva cuando me abrasa esta desesperanza? Mirar al cielo, la luz de la luna, mis amadas plantas, mis perritas juguetonas, las personas de luz en mi vida y en el mundo.

Si me desmorono, siempre hay alguien que me devuelve la fe. Te confieso que hasta en mis peores momentos siempre encuentro alguien a quien admirar, a quien agradecerle su brillo.

Mi mamá es una fuente de amor inagotable, por eso hoy más que nunca necesito su abrazo. No sé cómo lo hace, pero, pase lo que pase, cree en la bondad de la gente y su fe en ellas jamás se quiebra. No te niego que eso ha llegado a desesperarme pero hoy me anima, me mantiene de pie.

En la mañana mi hija me abrazó y me dijo que me quiere mucho. Agradezco que vivamos juntas y pueda abrazarme. Agradezco el vínculo de amor que nos une. Es mi privilegio ser su madre y espero llegar a ser un ejemplo de amor para ella como lo es mi madre para mí.

Cambiando de tema, tengo algo que presumirte: ¡Mis vecinas me regalaron dos plantas ayer! Una plectanthus (conocida como planta de vaporub) y una Cuna de Moisés pequeñita. Ellas tal vez no lo sepan, pero me regalaron vida. Quería abrazarlas para agradecerles, pero eso está prohibido en los tiempos del coronavirus. Hay personas buenas en este mundo, personas muy buenas. Lo repito para no olvidarlo, lo repito para salir de este trance, lo repito para no caer en desesperación.

Para terminar, ayer tempranito vi un grillo en mi dalia. ¡Qué ganas de acariciarlo y pedirle un concierto!

Un grillo en mi dalia

Me despido, espero que te gusten las fotografías de mis nuevas plantas y del grillo.

Hasta pronto,

Carla

~ por Naraluna en mayo 6, 2020.

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