Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Décimo Segunda carta.

¡Hola! ¡Llevamos más de un mes en casa y todavía nos falta por lo menos otro! Viéndolo por el lado amable, me quedan varias semanas para seguirte escribiendo.

No siempre sé en qué día vivo. Cada vez es más complicado distinguir un día del otro. En ocasiones es necesario consultar el celular para saber si es miércoles, jueves o viernes.

La vez pasada te escribí sobre mis experiencias dolorosas con respecto a las mujeres. Ahora es importante decirte la otra cara de la moneda. Nunca me imaginé encontrar un grupo de mujeres donde pudiera sentirme como pez en el agua y que – a pesar de no conocerlas en persona- me ayudarían a sanar. Lo más extraño del mundo es haberlo encontrado en el Facebook durante el confinamiento.

Cuando dejé de ir al gimnasio con la llegada del coronavirus, me quedé muy desorientada. La falta de ejercicio aumentó mis niveles de ansiedad. Busqué disciplinarme sola pero no era suficiente. Estaba luchando pero necesitaba compañía, lo cual parecía imposible sin poder salir de casa. Entonces una amiga (compañera de entrenamiento y de carreras) me agregó al grupo de Woman Up by As Deporte, algo que siempre voy a agradecerle.

El objetivo de Woman Up es fomentar que las mujeres hagan deporte. No sólo está dirigido a quienes ya son atletas (triatletas) sino a cualquier mujer que quiera hacer ejercicio. Lo primero que llamó mi atención fue el que hay una clase (Facebook Live e Instagram Live) todos los días a las siete de la mañana enfocada a cumplir el reto del momento: hacer un triatlón en casa. ¡Qué locura tan genial! Las entrenadoras que nos ponen las rutinas dan lo mejor de sí mismas, nos contagian su entusiasmo y nos animan a seguir adelante. Estoy segura que no soy la única a la que le han dado un motivo para levantarse en esta temporada de incertidumbre. Debo decirte que esto que nos ofrecen es gratuito (las clases y los eventos), un gran alivio para muchas mujeres que de otra manera no podríamos participar.

Te sorprendería la gran cantidad de mujeres que participan no sólo en los retos, sino también compartiendo sus fotos, experiencias, recetas saludables y palabras de aliento. Cientos de mujeres (¿o debo decir miles?) motivando a otras sin rivalidades, críticas o comentarios negativos: mujeres amigas, mujeres aliadas. Nunca he visto comentarios hirientes, agresivos o desagradables. No tienes idea lo difícil que ha sido asimilar eso para mí. ¡Cientos de mujeres echándonos porras unas a otras! Pareciera que estoy en un mundo de fantasía o escribiendo sobre una utopía (en otros grupos de Facebook también de puras mujeres me he encontrado comentarios y críticas terribles con más frecuencia de la que quisiera). Por primera vez me atrevo a ilusionarme y a creer que esto no cambiará después de la pandemia cuando salgamos a la calle de nuevo.

Me levanto diario poco antes de las siete (me he perdido muy pocas clases porque de repente tengo algún día malo con mi espalda). Se han quedado atrás mi apatía, mis feas etiquetas y mi timidez. No sólo estoy más activa sino que en esta página sí publico muchas fotos, comparto cosas que antes ni de broma lo habría hecho. Me descubro capaz de ser emotiva sin juzgarme exagerada, capaz de mostrarme como soy sin estar a la defensiva ni sentirme vulnerable. Es raro para mí ser así y sentirme bienvenida, aceptada, parte del equipo.

Tener con quién entrenar y compartir mi amor por el ejercicio ha sido mi salvavidas cuando la ansiedad ha querido adueñarse de mí, cuando no he tenido ánimo de levantarme de la cama. Es maravilloso coincidir con atletas que nos transmiten su alegría y ganas de vivir, que nos inspiran con su ejemplo. La ventaja de tomar la clase en vivo es el poder interactuar con ellas y acompañarnos a pesar de la distancia. Casi siempre termino empapada en sudor y sonriendo. Después de la clase sigo activa el resto del día.

Con esta experiencia, me voy transformando. Empiezo a reconocer y reconciliarme con mi lado femenino. Me siento menos torpe para interactuar con mujeres y más dispuesta a hacerlo cuando vuelva la posibilidad de salir de casa.

Me conmueve la solidaridad de estas grandes mujeres y atletas que nos donan su tiempo y conocimientos sin pedir nada a cambio. Nos enseñan que podemos lograr lo que nos propongamos. No hay límite de edad, lo importante es tener fuerza de voluntad, disciplina, constancia y poner el corazón en lo que hacemos. Te confieso que yo a los veintitantos años no podía correr ni 300 metros, me quedaba sin aliento o me daba dolor de cabello. ¡Quién diría que a los cuarenta correría mi primer maratón!

Es impactante lo que puede lograr una convocatoria tan “sencilla”. Yo estaba feliz de tener un objetivo y un entrenamiento para lograrlo. Nunca imaginé cómo esto cambiaría la vida de tantas mujeres. Para muchas significó el comienzo de un sueño, de lograr lo inimaginable, la posibilidad de realizar un triatlón, una razón para hacer ejercicio por primera vez, una oportunidad de fortalecer su autoestima, un momento para consentirse, un espacio para convivir, una ilusión, un motivo para distraerse del encierro, para escaparse de la ansiedad.

Así que entrenando para el gran día “nadamos” con ligas (o con dos botellas de un litro llenas de agua), “anduvimos en bici” en una bicicleta con rodillo, fija o con ejercicios que lo compensaran y “corrimos” en las escaleras, con la cuerda o con jumping jacks; porque aprendimos que es posible hacerlo sin salir, sin comprar nada, adaptándonos con lo que tuviéramos en casa. ¿No te parece increíble?

Tanto el día anterior al Triatlón como el fin de semana en el que tuvo lugar, llovieron publicaciones en la página: fotos, videos, comentarios y un desfile de creatividad que yo no creía posible con respecto al deporte. Hubo quienes inventaron sus medallas, crearon la zona de inicio de la competencia, la meta, la zona de recuperación; también hubo quien hizo el diseño del número, quienes lo imprimieron y se lo colgaron el día del evento, quienes lo dibujaron porque no tenían impresora. No faltaron las palabras de aliento, el apoyo para quienes se sentían inseguras, las respuestas a las dudas, las sonrisas. Yo – te lo confieso- no daba crédito a la libertad para expresarse de las participantes, su manera tan auténtica de emocionarse sin ninguna represión o censura. Quería conocerlas a todas, abrazarlas muy fuerte, agradecerles el ejemplo que me daban a mí, la experta en reprimirme y juzgarme, de impedirme ser así de abierta en público.

El triatlón consistía en hacer diez minutos de ligas, veinte minutos de bicicleta y treinta minutos de saltar la cuerda, subir y bajar escaleras, hacer jumping jacks. Por supuesto, teníamos la posibilidad de hacerlo en vivo con nuestras atletas guías. Podría decirte mil cosas, pero lo importante es que me sentí en las nubes, agradecida por conocer (aunque sea de manera virtual) a personas tan solidarias y cálidas, por tener la oportunidad de hacer algo extraordinario en mi propia casa.

Me tomé fotos y videos para compartirlas en la página del grupo (parte del evento). No vas a creer lo que me sucedió al final: me sentí bonita, radiante, a gusto conmigo misma. Sí, leíste bien, yo Carla, me sentí BONITA. Quise saltar, abrazarme, gritarle al universo que estaba bien. Me gustaron tanto un par de fotos que tengo que compartirlas contigo. ¡Pocas veces me he sentido así de bien conmigo misma!

¡Fue un gran día! ¡Qué ganas de celebrarlo siempre! ¡Qué daría por poder verme así todos los días, por olvidarme de mis tóxicas etiquetas y mi enemistad con el espejo! ¡Quiero desear abrazarme siempre!

¿Qué te parece que alrededor de 600 mujeres hicimos este triatlón? Me entusiasmé viendo las publicaciones de mis compañeras. De haber sido posible, habría felicitado a todas. Hubo quienes tenían a su familia esperándolas en la meta, quienes tiraron la casa por la ventana para este gran evento, quienes creyeron que no lo lograrían y se sorprendieron de su enorme potencial, quienes amaron tanto la experiencia que perdieron el miedo y se han puesto como meta hacer uno afuera cuando eso sea posible. Hubo porras, aplausos, palabras de aliento. ¡Hubo vida!

No tengo palabras. Querido Nadie, si pudiera decirles algo, les diría que me han ayudado a dejar de naufragar, que con ellas he encontrado un camino en este encierro, que esta experiencia me levanta la autoestima, me veo más fuerte y avanzo cada día más lejos de mi ansiedad.

Mientras te escribo revive la sensación de bienestar, vuelvo a sentirme grande, brillante y sobre todo libre de etiquetas y juicios, capaz de expresarme sin represión. A diferencia de otras veces, estoy en paz.

Escucho las voces de mi abuela, de mi madre, de mi hija, de mi hermana. Me siento afortunada. Me lleno de las voces de las mujeres que me acompañan, que me aceptan, con quienes comparto luchas, lágrimas y sueños.

Puedo ver con ternura a la mujer que soy y acercarme a la mujer que quiero ser. Comienzo ahora por aceptar a la persona que veo frente al espejo. Me urge arrancarme las etiquetas con las que he vivido todos estos años; sólo así podré ser yo sin complejos ni censuras.

La generosidad y el amor que veo y vivo en estos momentos me salvan, me permiten soñar con un futuro diferente. Sí hay personas dispuestas a marcar la diferencia, corazones que dan luz a quienes los rodean sin esperar nada a cambio.

Son muchas las personas que están ofreciendo sus conocimientos y habilidades para ayudar a los demás, personas que son salvavidas en tiempos de naufragio: un acto de amor en tiempos inciertos, luz que guía en las tinieblas.

Hay esperanza en este mundo, no debo olvidarlo. No importa qué tan oscuro parezca todo, aunque no sean la mayoría, aunque estén bien escondidas, hay muchas personas que son un oasis de paz, un abrazo de amor, granitos de arena que vuelven mejor al mundo.

Después de esta carta kilométrica, me despido. Hasta mañana mi querido Nadie.

~ por Naraluna en mayo 2, 2020.

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