Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Sexta carta.

¡Hola! Quisiera seguirte contando sobre las mujeres en mi familia pero hoy no tengo humor para hacerlo. No lo creerás, pero me está costando mucho trabajo mover la pluma en este momento. Tampoco he estado muy activa. Me dolió un poco la espalda, no me dieron ganas de levantarme temprano y ni siquiera he hecho ejercicio. La verdad es que me presioné tanto por ser productiva, por “sacarle provecho” a estos días de aislamiento que además de quedar agotada, también he tenido mucho estrés. Apenas me voy recuperando, con esta carta intento ordenar mis ideas.

Todo el mundo dice que hay que permanecer positivo ante esta crisis; sin embargo, es imposible hacer eso diario, sobre todo cuando necesito abrazar a mi mamá sin poder hacerlo. Duele ser responsable, duele cuidarnos unos a otros. Duele.

Es jueves santo y es la primera vez que pasamos estos días encerrados sin salir a pasear. Trato de no llorar, no sé si lo logre.

Ayer fui al supermercado y fue deprimente ver el lugar tan vacío. Las personas avanzábamos a comprar lo necesario sin mirarnos a los ojos, evitando saludarnos, evitando acercarnos, no hubo sonrisas ni saludos. Nos evadíamos lo más posible: al parecer la sana distancia incluye también mirar hacia otro lado. El miedo se percibe en el aire. Lo peor es que esto todavía no va a pasar, apenas viene lo bueno: el comienzo de la fase 3 de esta pandemia, la etapa más dura. Mientras nos escondemos en casa, el coronavirus afuera asusta y colapsa al mundo entero. No dejo de preguntarme cómo llegamos a esto y qué pasará después. Para bien o para mal ya no seremos los mismos.

Evito ver las noticias y limito el tiempo que paso en las redes sociales. Es duro estar presente. Hay momentos en los que las redes son el lugar para juzgar, criticar, crear una guerra entre quienes piensan diferente. Hay quienes han decidido imponer a los demás cómo sobrellevar esto y no ser “productivos” pareciera una falta de disciplina o de ganas de cumplir una meta… como si nada más estuviéramos de vacaciones, rascándonos la panza sin sentir angustia. En fin, no es así y, si lo fuera, ¿por qué juzgar? ¿Por qué obligar a otra persona a vivir como nosotros decidimos que es lo correcto? Luego sobran las noticias falsas (fake news), las amarillistas, las que sólo tienen como función generar pánico. Entiendo a los que están huyendo de las redes sociales en estos momentos, a veces quiero hacerlo también, pero me gusta compartir fotos bonitas y comunicarme. Tal vez eso pueda alegrarle el día a alguien. Además es una manera de no estar tan aislada y, sobre todo, hay muchas personas amorosas, solidarias que nos comparten su luz y nos alegran los días complicados. Me he encontrado a muchas cuyo abrazo virtual aminora el peso del distanciamiento social, me empapa de luz y vida, me da esperanza. Ellas me acompañan en este camino neblinoso.

En está época de caos mundial, de miedo, nos envuelve la incertidumbre mientras luchamos contra las increíbles ganas de abrazar a nuestros seres queridos. La vida como la conocemos se está esfumando y no tenemos idea de lo que sucederá ahora.

Tengo la impresión de que nos sentimos más solos que nunca. Es un reto convivir con nuestros compañeros de encierro y/o con la soledad. Entonces, querido Nadie, sucede algo muy extraño: en medio de todo este aparente desastre, nos atrevemos a mirarnos. Nos vemos a nosotros mismos y también a los demás. Nuestras preguntas e inquietudes van más allá del trabajo, de los bienes materiales, de los viajes que soñamos con realizar. Nos damos cuenta de nuestra humanidad, quizá. Está cambiando la forma en que nos comunicamos con los demás y ya no damos por sentado las cosas que antes considerábamos triviales como ir a tomar un café con alguien. Las videollamadas nos salvan del aislamiento, ponemos más atención a las palabras que nos dicen nuestros seres queridos y nos hacemos más conscientes de nuestra propia mortalidad, quizá.

No quiero hablarte de la pobreza, la falta de recursos para atender a las personas enfermas, el no poder protegerse en casa por la necesidad de salir a ganarse el pan (nadie puede vivir sin comer) y otras cosas terribles que están sucediendo ahora. No soy indiferente pero esas noticias están en todos lados a veces informando y, otras, dando angustia.

¿Qué sucederá cuándo salgamos de nuevo? ¿Dejaremos de temer a las demás personas o a nosotros mismos? ¿Es una utopía pensar que seremos más solidarios? ¿Nos enseñará esta pandemia que todos estamos conectados, que lo que pasa en China de alguna manera también nos afecta a los demás seres humanos del planeta? ¿O seguiremos necios aferrados a la absurda idea de que mis acciones no afectan a nadie más ni las acciones de los demás me afectan a mí? En momentos como éste me parece que estábamos más aislados antes fuera de casa que ahora dentro de ella.

Ya no sé ni qué te estoy escribiendo. Estoy agotada, triste, un poco negativa. Me da miedo no volver a abrazar a mis seres queridos. Me da miedo salir a la calle y me da miedo quedarme aquí.

Recuerdo mis primeros años de infancia cuando mis papás nos llevaban a la feria los domingos. Nos encantaba la Feria de Tlalpan porque era la más grande, la que más juegos tenía. ¡Cómo nos divertíamos! Era un día de fiesta, de risas, juegos y de caminar tomados de la mano. Me sentía segura y feliz. Ahora me siento lejos de esa época, como si estuviera suspendida en el tiempo viendo las cosas pasar sin poder moverme.

Nunca imaginé que viviría una época en la que nadie sabe qué hacer y que cada quien busca sobrellevar esto de la mejor manera posible, con sus propios recursos. Es una situación nueva que – por momentos- nos desgarra. ¿Habrá instantes en que los demás se sientan tan rotos como yo ahora?

Nunca me había preocupado tanto toser o que alguien más lo hiciera. Quiero esconderme para no contaminar a nadie (aunque estoy bien y contaminar es una palabra bien inadecuada en este caso).

Ya no tolero los juicios ni las palabras agresivas. ¿Por qué generamos tanta violencia en esta crisis? ¿Por qué es tan complicado mirar al otro con amor y empatía? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo cuidarnos unos a otros? Creo que si algo tenemos que aprender de todo esto es eso: CUIDARNOS UNOS A OTROS, considerarnos unos a otros, pensar los unos en los otros.

Necesito un impermeable que me proteja de la lluvia y no a alguien que me regañe por no traerlo puesto.

Escucho música y mi llanto empieza a materializarse. Extraño la voz de mi amigo Herwig, la música entre sus palabras cuando olvidaba como se decía una palabra en inglés. Imagino las conversaciones que tendríamos ahora, nuestros miedos, el viaje a México que nunca hizo, los lugares que visitaríamos juntos. A él ya nunca volveré a abrazarlo. Eso pienso mientras escucho a Katie Melua, su cantante favorita.

¿Me ayudará esta crisis a dejar atrás mis miedos? Por lo menos estoy volviendo a abrazarme a mí misma, lo hago casi todos los días, sean buenos o malos.

Mientras te escribo, mis perritas duermen encima de mis piernas. Su calor me anima. Escucharlas respirar y roncar me calma.

Cuando siento que ya no puedo, le dedico más tiempo a mis plantas. Esta primavera está siendo muy generosa conmigo. El arbusto de zarzamora se llena de flores y fruta. Acaban de nacer dos retoños fuertes que están creciendo sanos. ¡Desde cuándo soñaba con su llegada! Mi pequeño patio se llena de dalias, de flores de chile y de albahaca.

Mis plantas y yo somos sobrevivientes (ellas constantemente batallan con la plaga que aún no logro erradicar) y estamos aquí, ellas floreciendo y yo aprendiendo a hacerlo.

Así las cosas este jueves santo, jueves encerrado, jueves solitario, jueves que parece lunes, martes, miércoles, sábado o domingo. Es difícil saber en qué día de la semana estamos.

Me despido dejándote las fotos de mis plantas, un abrazo a distancia.

Hasta pronto,

Carla

~ por Naraluna en abril 9, 2020.

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