Fragmentos de un duelo, Cumbres Borrascosas y cáncer.

No suelo arrojarme al abismo del llanto, siempre busco algo que me ayude a salir de las tinieblas; sin embargo, cuando falleció mi querido amigo Herwig, empecé a caer en ese abismo. Estaba enojada con la distancia que no me dejó volver a verlo y furiosa con el cáncer que le impidió cumplir su sueño de venir a México. No sabía qué hacer conmigo y lo único que me vino a la mente fue volver a leer Cumbres Borrascosas de Emily Brönte. Necesitaba de la literatura para calmar el caos adentro.

Fui por el libro y comencé a leerlo. Esta novela fue escrita en 1845-1846 y pertenece al oscuro romanticismo que tanto me gusta. El protagonista de esta historia, Heathcliff, es uno de los personajes que, junto con Fernando Valle (Clemencia de I.M. Altamirano) y Mr. Darcy (Pride and Prejudice de Jane Austen), marcaron mi adolescencia y comienzo de la edad adulta, mis tres inmortales amores de la literatura.

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Wuthering Heights (Cumbres Borrascosas) Emily Brönte

Heathcliff no es ningún héroe, no podría estar más lejos de serlo; además no es guapo ni simpático. Tampoco es galante ni tierno. Su amor es tan grande como su sed de venganza. Heathcliff vive en las tinieblas de un amor que lo descontrola y que está condenado a la infelicidad.

Tenía alrededor de siete años cuando llegó a las Cumbres Borrascosas. Lo encontró el papá de Cathy y decidió llevarlo a vivir con él. Como no tenía nombre, lo llamó Heathcliff. Desde el comienzo su origen desconocido, su piel oscura y su apariencia fueron motivo del rechazo, insultos y agresiones que sufriría la mayor parte de su vida. La única persona en darle la bienvenida fue la pequeña y muy caprichosa Cathy. Ambos crecieron juntos, corriendo en los páramos, haciendo travesuras, libres y salvajes. Cathy era para Heathcliff un oasis donde encontró aceptación y la posibilidad de un futuro feliz; sin embargo, Cathy también fue la roca contra la que se estrelló y que despertó en él los sentimientos más violentos. Su sufrimiento lo volvió cada vez más monstruoso. Su venganza y crueldad, como su dolor, no tuvieron límites.

Página a página naufragué en la negrura de esta historia. Me quebré en el báratro de Heathcliff. Caí con él al vacío después de la muerte de Cathy. Su temible ira me ayudó a calmar la mía.

Mientras leía, lloré tormentas y dejé que la fascinación que siento por Heathcliff me guiara. Es inevitable amarlo a pesar de su impiedad. Su sufrimiento se quedó conmigo. Terminé de leer el libro más rota que nunca y mucho más tranquila. Todavía me faltan lágrimas por derramar por la muerte de Herwig, pero mi enojo ya se ha desvanecido.

Nada como una historia bien oscura para ayudarme a lidiar con mi propia oscuridad. En ella encontré la salida que buscaba. No me quitó el dolor (ni esperaba que lo hiciera, al contrario) pero encontré la forma de canalizar mi enojo y abrirme a la luz.

Leer me dio la oportunidad de sacar mi oscuridad de una manera constructiva. Todavía me pesa la distancia que no pude recorrer para volver a ver mi amigo pero comprendo que no estuvo en mis posibilidades hacerlo. No tuve la oportunidad de despedirme como hubiera querido, pero fui la mejor amiga que pude ser y sé que él me quería con todo y mis fallas. Ya no estoy enojada, sólo triste.

Tampoco estoy furiosa aunque cuando se trata del cáncer tendría motivos para estarlo. Podría reclamarle muchas cosas pero eso sólo haría daño y no me llevaría a ningún lado. No quiero vivir hecha nudos ni mucho menos enojada. Tampoco quiero aferrarme a lo que lastima. Me dio mucha rabia que el cáncer invadiera el cuerpo de mi amigo; sin embargo, ahora necesito reconciliarme para superar esto y dejar atrás esta primera etapa del duelo. Diré lo que necesito para sanar, aunque me tiemble la mano al hacerlo.

No odio al cáncer. No lo odio a pesar del tiempo que pasamos en hospitales cuando nuestra querida Rebeca luchó por su vida en tiempos de leucemia (afortunadamente hoy es una adolescente sana con mucho entusiasmo por hacer realidad sus sueños).

No lo odio a pesar de que lo vi llevarse a niños extraordinarios que a muchas personas nos dieron una gran lección de amor a la vida. A esos angelitos no los olvidaré nunca.

No lo odio a pesar de que se llevó a uno de los más grandes amigos que he tenido.

No lo odio porque, a pesar de todo, el cáncer nos ha enseñado a valorar la vida. Por más paradójico que parezca, también nos ha enseñado a vivir sin miedo.

Gracias al cáncer aprendimos a agradecer cada cumpleaños, a celebrar un año más de vida. A apreciar el regalo de un amanecer más.

Gracias al cáncer aprendimos a no complicarnos la existencia con exigencias absurdas. Somos felices aquí y ahora sin olvidar nuestros deseos ni obsesionarnos con el futuro o con lo que no tenemos y quisiéramos tener. Aprendimos a dimensionar nuestros problemas y a dejar de ahogarnos en un vaso de agua.

Los niños en el hospital siempre encontraban una razón para sonreír. Muchos de ellos sentían alegría por el simple hecho de estar vivos. A través de sus ojos volví a apreciar los milagros de la vida cotidiana que a menudo olvidamos como mirar al cielo, fotografiar un atardecer, sentir la caricia del viento, caminar, morder un chocolate, abrazar a alguien, cantar, mojarnos con la lluvia…

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Mirar al al Cielo…

Gracias al cáncer, mi amigo se dio cuenta de que era más fuerte que el miedo con el que había vivido. Se atrevió a hacer cosas que, en otras circunstancias, no habría hecho. Se puso metas que alcanzar y encontró muchos motivos para vivir. Le aterraba subirse a un avión. Cuando superó el cáncer la primera vez, empezó a viajar en vuelos cortos, para después atreverse a tomar un vuelo largo y llegar a México. Se fue antes de lograrlo, pero en los últimos años de su vida pudo vivir sin miedo, consciente de su fuerza y de su capacidad para lograr lo que se proponía. Encontró la seguridad en sí mismo que le había faltado y disfrutó la vida lo mejor que pudo. Cuando le dieron la noticia del tumor en el cerebro, me lo dijo muy tranquilo pues afirmó que era un luchador y que iba a estar bien. Vivió el proceso con una voluntad firme, con amor, dando lo mejor de sí. Se enfrentó a la situación sin dudarlo y aceptó el tratamiento sin quejarse porque tenía un sueño que cumplir.

No odio al cáncer aunque nombrarlo siempre duele. Agradezco el aprendizaje recibido. Agradezco cada momento de mi vida y de las vidas que me acompañan y me han acompañado. Siento el alivio que da el alejarse de los sentimientos negativos y avanzar hacia la luz.

Seguiré leyendo historias sin final feliz para sacar la tristeza que aún guarda mi pecho, para seguir sanando los fragmentos de este duelo.

~ por Naraluna en diciembre 5, 2017.

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