Mi Querida Adolescente

Eres una adolescente encerrada en una cueva con un cúmulo de palabras fragmentadas, única evidencia de tu novela mutilada.  Con tu pluma construiste mundos para esconderte del acoso y las burlas en la escuela. Tu alma soñadora se expresaba con libertad hasta que un día la llamaste cursi.  Desde entonces tomar la pluma comenzó a darte miedo.  Antes de escribir juzgas tus palabras, las dejas salir para salvarte pero no sientes orgullo ni tampoco ilusión, sólo vergüenza…

Detrás de cada palabra en el papel, hay un juicio, una batalla contigo misma, un verso quebrado, desconcierto. Avientas la pluma, rompes las hojas y lloras frente al cuaderno.

“¡Cursi! ¡Ridícula! ¡Tonta! ¡Flaca fea! ¡Cursi! Demasiado soñadora. Demasiado rosa. ¡Cursi!”  Te lo has dicho tantas veces, que ya te convenciste de ello. Aseguras que no tienes brillo, que no te pareces a los poetas y escritores que admiras. Afirmas que te sobran ilusiones y te falta talento. Ahora detestas las palabras dulces.  “¡Cursi! ¡Cursi! ¡Cursi!”

Querida adolescente, pasé muchos años avergonzándome de ti. Dejarte atrás me dio tranquilidad. Eres parte de un pasado que, según yo, ya no me pertenecía. Yo también te consideré cursi   y ridícula. Me alegró ya no ser tú sin saber que eso me llevó a vivir enredada en interminables juicios que mermaron mi espontaneidad para escribir.

Hoy pienso en ti.

Te veo romper tu novela y llorar el naufragio de tus amados personajes. No lo supiste en ese momento, pero al romperla, también te rompiste tú. Desde entonces te fuiste llenando de candados,  etiquetas crueles y vergüenza.  Al quitarte lo “cursi” perdiste también la libertad de expresarte y de hacer poesía.

Te veo llorar en ese rincón casi  ignorado de mi memoria. Estás acurrucada junto a la montaña de papeles rotos que alguna vez formaron nuestra primera novela.

¿Cuánto tiempo hemos estado rotas?

Lamento haberte dejado en ese rincón oculto. No comprendí que tu silencio también me ahogaría.

Recuerdo nuestra libertad antes de ese momento, cuando escribir no sólo era nuestra salvación sino también un paraíso donde no había censura ni juicios asesinos.  En el cuaderno no había represión, vergüenza, temor o desprecio.

¡Perdóname! ¡Perdóname! ¡Perdóname!  Te imploro mientras te abrazo y una luz balsámica diluye la opresión en nuestro pecho.

Lloramos las dos mientras nos borramos  los juicios que nos hemos hecho. Ni ridículas ni cursis ni tontas, sólo sensibles; sólo un alma que se reconstruye con el bamboleo de la pluma.

Lloramos las dos mientras la opresión se vuelve cicatriz y la ilusión nos redime.

Siento la fuerza reparadora de tu perdón.  Te abrazo.  En ese abrazo me acepto a mí  misma, me reencuentro contigo y con el mundo de las quimeras.

Salvaré a nuestros personajes del naufragio y reconstruiré lo que rompimos, mi querida adolescente. Ahora te veo y aprendo de ti, volveremos a ser libres.

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Me reencuentro con el mundo de las quimeras.

 

 

~ por Naraluna en noviembre 2, 2017.

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