Después del sismo. S19 México

Hace dos semanas, treinta y dos años después del sismo del 85, los mexicanos recibimos otra fuerte sacudida (y no sólo en la Ciudad de México) con duras consecuencias.   Se fue la luz, no hubo líneas telefónicas y la comunicación en gran parte de la ciudad sólo era posible vía  Whats App, que funcionaba aunque por algunas horas de manera interminente.  Gracias a esta aplicación muchos pudimos comunicarnos con nuestros seres queridos y saber que se encontraban bien.

Yo dibujaba en casa cuando los objetos a mi alrededor comenzaron a moverse con cierta violencia.   Debido a la intensidad del temblor y a la fecha, resultó inevitable entrar en pánico.  Me tomó algunos segundos salir de mi casa y me quedé aturdida mirando cómo se agitaban los árboles.

Unos minutos antes estaba tranquila en mi casa y de pronto me encontraba en la calle, sin poder controlar mis manos tremolantes, sin poder pensar en nada ni en nadie. La idea de la muerte, de lo efímeros que somos me absorbió por un momento. Mi perro se mantuvo cerca a pesar de que yo no estaba en condiciones de controlarlo y un vecino me ayudó a calmarme.

Afortunadamente para mí no pasó del susto.  Dejó de sonar la alarma y todo parecía estar en orden.  Cuando por fin pude pensar claramente y controlar mis manos, regresé a la casa y di señales de vida a mis seres queridos. Agradecí entonces y agradezco ahora que todos estamos bien.

Confirmar que no fue un temblor cualquiera y que hubo muchos derrumbes revivió la sensación de angustia que muchos sentimos en el 85.  Después del pánico y el agradecimiento, de una sesión de abrazos,  vino la desesperación por los demás, por quienes quedaron atrapados bajo los escombros y por quienes perdieron todo.  La única manera que pude lidiar  con esto fue ayudando lo más más posible.  Ayudar me mantuvo ocupada y me distrajo del dolor.

Después de la sacudida,  las calles se llenaron de voluntarios: miles y miles de personas buscando dar lo mejor de sí mismos para hacer algo por el prójimo, por dar luz en esta tragedia.

Tenía nueve años cuando tembló en el 85 y aunque perdura en mí el recuerdo de solidaridad de aquellos días, de las personas que no pararon de ayudar en ese entonces, no fue lo mismo a vivir ese amor al prójimo en las calles ahora como adulto  y con la emoción de ver a los jóvenes, muchas veces criticados hoy en día, luchar y luchar por aquellas personas que tanta ayuda necesitaban (y siguen necesitando).  Me dio ánimos ver las calles llenas de personas que ofrecían sus manos para ayudar a los demás.  No sólo se trataba de sacar a las personas de los escombros sino también de apoyar en centros de acopio, crear centros de acopio, llevar la ayuda directa a dónde fuera necesaria (en bici y moto donde no había paso para camiones y automóviles), dar ánimos a las personas en los albergues, de dar comida y agua a los rescatistas, brigadistas, voluntarios, cualquier persona que lo necesitar. Las calles estaban llenas de personas buscando el bienestar común, de ayuda incondicional, de manos amigas e incluso de quienes sonreían a los demás para motivarlos, para dar un poco de calor en esos largos días.  Eran tantos los voluntarios en las calles que, a veces, la ayuda sobraba.

Entre ciudadanos se crearon redes y sitios confiables donde ha sido posible encontrar información verificada y actualizada (hubo muchas falsas alarmas, mucha información equivocada), de esta manera era posible ver dónde hacían falta manos, qué se requería y en dónde.  Así que también hubo miles de manos en las redes sociales, en los sitios de internet, personas incansables que a lo largo del día y de la noche actualizaban la información y canalizaban la ayuda.

No sólo sucedió esto en la ciudad. También llegó ayuda a los pueblos de Morelos y Oaxaca, donde hay muchos muchos damnificados y la situación es muy delicada.

Gracias a todos por ser luz en estos días tan neblinosos. Gracias por ser esperanza cuando el dolor no se esfuma. Gracias por ser un oasis de paz entre tanta turbulencia.

Somos más los buenos en este país. Somos más.  Espero que lo que hemos aprendido ahora no se nos olvide cuando llegue la calma.

Para muchos la rutina de esos días consistió en buscar la información verificada en las redes sociales y sitios confiables para saber dónde y cómo se podía ayudar. Después dirigirse a esos lugares o canalizar la información a quienes estuvieran cerca y no parar, nunca parar.  En mis recorridos conocí personas que llevaban dos días sin dormir, o que a lo mucho dormían un par de horas.

¿Y qué sigue después? Todavía falta mucho por hacer.  ¿Cómo volver a la normalidad en esta dura situación?  ¿Y qué es la normalidad ahora?  Ya pasaron dos semanas y no tengo la respuesta.

Me sigue resultando imposible dormir sin hacer una meditación  que me ayude a calmarme, a conciliar el sueño.  Tuve que hacer una pausa porque mi cuerpo ya no estaba respondiendo y mi sistema inmunológico estaba de vacaciones.  Después de la gripa, tuve una severa  alergia que, ahora, por fin ya casi desaparece.  Tuve dos crisis de ansiedad y  fue necesario hacerme cargo de los miedos y sentimientos que no había enfrentado en el proceso de ayudar.  Por primera vez en mi vida no pude escribir ni una sola palabra en más de una semana. Ahora ya no despierto con dolor de cabeza y las cosas parecen ir tomando su curso.  Ya hay chistes y anécdotas en las redes sociales: más cosas triviales y menos temblores.  ¿Qué sigue ahora?

Estoy consciente de que debemos hacer las cosas que nos gustan para sanar, para seguir adelante. Eso no significa ser indiferente ni tampoco es una razón para sentirnos culpables. Hoy sé que debo sanar yo para poder ayudar a los demás. Si algo me quedó muy claro en esta terrible sacudida es que nos necesitamos unos a otros para levantarnos.

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Necesitamos hacer lo que nos gusta para sanar. Esperanza después del Sismo. S19.

No quiero que volvamos a caer en la indiferencia. Me inquieta pensar que en poco tiempo nos olvidaremos de que el otro existe, que nos necesita y lo necesitamos. No quiero que desaparezca la amabilidad ni la ayuda incondicional que ha sido indispensable en estos días.  ¿Es mucho pedir que pensemos en los demás a diario y no solamente cuando la tierra nos derrumba? ¿Aprendimos algo estos días o pronto predominará el egoísmo? ¡No quiero esa solitaria normalidad donde el otro es enemigo!

Sigue haciendo falta mucha ayuda en Oaxaca, Morelos y muchos lugares de la Ciudad de México como Xochimilco, los Multifamiliares de Tlalpan, Alvaro Obregón 286.  Se necesitan manos, víveres, cobijas, medicamentos,  materiales de construcción, la lista es larga. Pero no sólo se necesita eso, también hace falta encontrar formas de apoyar la economía de los lugares afectados, como comprar los productos de los pequeños comerciantes de esas zonas.  Hace falta tener paciencia, perseverar, seguir apoyando después de la emergencia.  Hace falta seguir siendo amables, empáticos, regalar sonrisas al extraño que pasa junto a nosotros, no sabemos si el día de mañana él será quien nos saque de los escombros (aunque deseo de todo corazón que esta experiencia ya no se repita).

Unidos podemos salir adelante. Unidos podemos defendernos.  Unidos estamos menos indefensos.

Ya pasaron dos semanas.  Quiero sentirme bien y dejar atrás el miedo, la angustia pero no voy a olvidar lo aprendido. Espero que nos tomemos en cuenta unos a otros y ya no caminemos en una calle donde reine la indiferencia.

Nos necesitamos unos a otros. Unidos somos.

3 octubre 2017.

 

 

~ por Naraluna en octubre 4, 2017.

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