Corrí mi primer maratón y no morí en el intento

Llegar a la meta es el mayor reto cuando uno corre un maratón. Es el resultado de un entrenamiento arduo, de una disciplina férrea, de una fuerza de voluntad extrema. Dirigirse hacia el kilómetro 42.195 puede significar avanzar por un camino espinoso donde nos encontrarnos desnudos ante a un dolor inimaginable. El maratón nos mostrará de qué estamos hechos.

Llegar a la meta lo cambiará todo.  No tengo idea de cómo será el universo del maratón. Lo único claro que tengo en la mente es esta imagen mía cruzando la meta y me aferraré a ella en los momentos más duros de esta carrera.

Domingo 27 de agosto 2017. Día del Maratón de la Ciudad de México. Día de mi primer maratón, el primero.

5:00 am

Me despierta el sonido de la alarma. Contrario a lo que esperaba, sí pude dormir bien en la noche. Me levanto de la cama y todavía no puedo creer que en un par de horas empezaré a correr un maratón. No sé si me siento muy poderosa o muy loca. Quiero sacudirme el miedo que me está perforando el estómago. Voy al baño. Desayuno. No logro estarme quieta cuando mi marido y yo nos subimos al coche.

6:20 am

Me bajo del coche en el Metro Chabacano. El viaje para los corredores es gratuito esta mañana. Me siento orgullosa del número que llevo en el pecho.  Hay muchos corredores esperando pero el metro no llega. Quisiera platicar con alguien pero me mantengo en silencio. Me tiemblan las piernas. Muchos corredores ven sus relojes.  La espera nos pone ansiosos. Nos preguntamos qué sucede.  Cuando por fin llega, los vagones están llenos. Afortunadamente son sólo dos estaciones,  casi todos nos  bajamos en Pino Suárez.   Conozco a una corredora que me guía en el camino. Ya ha corrido maratones antes y me da ánimos. Sus palabras de aliento  me dan calma. Entrené muy duro para esto. ¡Tengo que confiar en mí!  Me veo cruzando la meta y con esa imagen me relajo un poco.

Soy tan nerviosa que siempre antes de una carrera necesito ir al baño. Esta vez la fila es muy larga, como nunca me había tocado. Platicamos entre corredores para sobrellevar la espera.  ¡Me encanta el ambiente de compañerismo que hay en las carreras!  Los corredores nos animamos unos a otros.  Quienes ya han corrido maratones nos dan consejos y nos dicen palabras de aliento a los que lo haremos por primera vez.  Estoy llena de adrenalina.  ¿Cuándo se me ocurrió hacer esto? ¿Por qué lo hago?

No quiero estar sola, tengo escalofríos.

El Comienzo

Estoy en el bloque de salida, mirando la hermosa Catedral del Zócalo. Me enamora mi ciudad.  El viento sacude la bandera de México y ya casi amanece. No puedo cantar el Himno Nacional porque temo que se me escape el llanto.  Estoy conmovida  y todavía no puedo creer que soy parte de este magno evento.

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Maratón de la Ciudad Comienzo. 27 agosto 2017

La orquesta toca la canción de Cielito Lindo. Escuchando esa canción que tanto me gusta se me olvidan los nervios, la distancia, las dudas. Me acomodo los audífonos y avanzo despacio. Estamos cada vez más cerca de la salida.

Pienso en lo que he pasado para llegar a este momento.  Una sola palabra viene a mi mente: determinación.

Alegría

Llego ilusionada a la salida.  Deseo esta locura con todo mi cuerpo.  Me sacudo los miedos y empiezo a correr con el corazón y sonriendo. Disfruto cada zancada, cada suspiro del viento. Es un fabuloso día nublado.  Aunque hay mucha gente, tengo espacio para moverme a mi ritmo y avanzar de acuerdo con lo planeado en mi entrenamiento.

Hay música y una gran cantidad de personas echándonos porras.  Es un ambiente alegre. Los corredores comenzamos ligeros, abrazando nuestros sueños. Estos primeros kilómetros saben a gloria. Le sonrío a la banda que toca en vivo ahora.

Sin distraerme intento mirar el espectáculo a nuestro alrededor. Hoy la calle es de los corredores.  Me encanta tener la calle para mí.  Mi ciudad es muy hermosa y corro con el orgullo de ser mexicana.

Tomo mi primera dosis de carbohidratos, unas ricas gomitas, y sigo adelante, fresca como lechuga.

Pasando el kilómetro diez aumento la velocidad. No tengo miedo ni dudas. Me siento poderosa e invencible. Todavía no voy ni a la mitad del camino pero me veo llegando a la meta como si fuera una heroína. Luego me río de mi delirio de grandeza pero no me permito perder el ritmo que llevo. Me hidrato cuando lo necesito y me parece que estoy en el paraíso.

¡La vida es hermosa! ¡Estoy corriendo el maratón! Voy muy feliz.  Cuando llega el momento tomo mi segunda dosis de carbohidratos. Saboreo mis gomitas.  No voy lento pero tampoco exagero con la velocidad.  Estoy cada vez más cerca de llegar a los 21 kilómetros y me sorprende que no estoy cansada. ¡Vamos con todo!

Desconcierto

Cada vez me falta menos para llegar  a la mitad. Tengo mucha energía y estoy bien. ¡Sí puedo!  Estoy tranquila y voy a buen ritmo.  Avanzo, me siento tan bien que estoy segura de que lograré hacerlo en el tiempo deseado.

¡Qué sensación de bienestar tan grande me domina! Todo parece ir viento en popa pero… ¿Qué pasa? ¡No! ¡Me duelen mis corvas! El dolor es ligero pero me obliga a bajar la velocidad. ¿Por qué me duelen?  ¡Ya había superado esto!  Estoy tan enojada que no logro pensar con claridad.  Me frustra mucho no poder ir más rápido. Una lágrima se me escapa: estoy desesperada.  Me falta poco más de la mitad para terminar.  Todavía voy bien de tiempo pero me duele.  Quiero parar y llorar. ¡No! ¡No pienso detenerme! Me sacudo el enojo, respiro y una vez más me veo en la meta. Entrené muy duro para lograrlo.  ¡Piensa positivo, Carla! ¡Tú puedes! ¡Vamos!  Sigo corriendo. Tomo mi dosis de carbohidratos, esta vez es pinole. Me gusta su sabor y me reanima.  Tengo más energía y sigo corriendo. Ya pasé el kilómetro veinte.

Escucho mi nombre y emocionada veo a mi cuñada, quien me está echando muchas porras. Me dice que voy muy bien y que llevo un tiempazo. Me emociono muchísimo. Verla me alegra, me levanta el ánimo.

Ya pasé de la mitad, pero todavía me falta un largo camino que recorrer. No estoy cansada pero las corvas me duelen. Corro. Me duele. Corro y pienso positivo.  ¡No te detengas, Carla! Sigo adelante aunque tengo que disminuir la velocidad. Tengo muchas ganas de llorar.   Todavía debo ir más lento.  La desesperación y el enojo aparecen de nuevo.  No puedo seguir corriendo. Necesito caminar. Me detengo y grito.  Para calmarme intento respirar despacio como cuando medito. ¿Qué hago ahora? ¡No sé qué hacer! ¡Avanza, Carla! ¡Avanza!

Me habla un corredor. Extiende la mano y me da una bolsa de hielos, me dice que me los ponga, que me va a ayudar para seguir. Me tardo en darle las gracias porque estoy demasiado sorprendida por ese gesto tan noble. Me pongo la bolsa en una corva y luego en la otra. Lo repito dos veces más.  Las personas en la porra nos dan ánimos. Nos apoyan.  Con sus porras siento mi cuerpo llenarse de energía.  Me calmo. Me niego a darme por vencida.  Camino, troto y corro de nuevo.  ¡Ya casi llego al kilómetro 29!  Me esfuerzo en no llorar, dejo de pensar en el tiempo: es hora de ver hacia adelante. No debo concentrarme en el tiempo sino en llegar a la meta. Lo importante es terminar.

Tomo mis carbohidratos, el sabor del pinole endulza mi ánimo y acelero un poco el paso. ¡Ahí está mi amigo fotógrafo! Ver una cara conocida me hace feliz. ¡Qué agradable sorpresa! Sonrío y me toma una foto.

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Maratón de la Ciudad 27 Agosto 2017

Yo decidí estar aquí ahora y debo disfrutarlo.  Escucho la banda que toca la trompeta y varias mujeres vestidas de catrinas están bailando. Es una fiesta y vamos a celebrar. Vuelvo a sentirme motivada. Corro y lo disfruto. No voy rápido pero estoy bien.

El dolor no se esfuma. ¿Qué pasa con ustedes queridas corvas? ¡Quedamos en llegar al final! Por cierto, ¿cuánto falta?  ¡Qué desesperación! Me resulta difícil mantenerme motivada con este dolor. ¿ Por qué estoy haciendo esto? Podría estar en mi casa tranquila, escribiendo o viendo una película. ¡Por qué nadie me detuvo cuando dije que quería correr un maratón? ¡Cómo te gusta sufrir, Carla! ¡Demonios! No. No voy a llorar, no ahora! ¡Quiero detenerme!

-¡Charlie! ¡Charlie!

Esos gritos me sacan del trance, oír que me llaman me da alivio.  ¿Quién es? ¿De dónde viene esa voz? ¡Es mi cuñada!  Me grita emocionada y sonriendo de oreja a oreja. Su sonrisa me recuerda porqué estoy aquí y vuelve a mí la meta que me espera. Me dan ganas de abrazarla pero no debo distraerme. Ya le agradeceré después.  Regresa a mí la felicidad de estar aquí, en esta carrera. Quiero decirle al mundo que sí puedo. ¡Sí puedo, sí puedo, sí puedo!

Voy a llegar a la meta.  Pienso en mis corvas. ¡Resiste, Carla! Sonrío con fuerzas renovadas para la foto que me está tomando mi cuñada. ¡Ya voy en el kilómetro 31! No estoy cansada ni me estrello contra ningún muro.  No le temo a la distancia; si no fuera por el dolor, estaría corriendo en las nubes.

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Maratón de la Ciudad 27 agosto 2017

Me faltan once kilómetros. ¿Qué son once kilómetros? Ya he corrido esa distancia innumerables veces. ¡No falta nada! ¡Corre, Carla! ¡Vamos!

Frente a mis demonios

Voy en Chapultepec. ¿Cuándo llegaré a Insurgentes? Avanzo lo mejor que puedo. El dolor se intensifica.  ¡Necesito un abrazo! ¡Ya no quiero estar aquí! ¿Cuándo se va a acabar el dolor?  ¡Ya no lo soporto! Moverme es una tortura. ¿Qué pasa con mi cuerpo? Dejo de correr y ahora voy a caminar por unos pocos metros.  Me siento un poco mejor. Tomo agua.  Recuerdo las palabras de un amigo maratonista a quien admiro mucho: “Rendirse no es una opción”.  Tiene razón, no es una opción, ¿pero cómo sigo adelante?  ¡Sáquenme de Chapultepec!

¿Dónde está Insurgentes? Parece que, por fin, está frente a mí.  Aunque es enorme, esta calle me llevará al kilómetro 42.195.  Eso me da una cierta paz.  Creo que estoy lista para trotar de nuevo.  Me encuentro con mi amigo y compañero de entrenamiento, me da mucha tranquilidad verlo. ¡Ya no estoy sola! Me voy corriendo a su ritmo. Me da calma ir acompañada. Por fin puedo ir un poquito rápido. Quizá pueda lograr seguir a este ritmo. Me emociono pero el dolor me obliga a poner los pies en la tierra. Pierdo de vista a mi compañero.

Camino mientras tomo agua. Lloro. Grito. Lloro. Me detengo. Las personas en la porra gritan mi nombre, me animan a seguir avanzando. Escuchar mi nombre y ver sus sonrisas me da energía.  ¡Vamos, Carla!  Empiezo a correr de nuevo. ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Ya no quiero nada! ¡Ya basta! ¿Cuánto falta para llegar a San Ángel?  Tomo agua. Ya nada me importa.  Faltan menos de ocho kilómetros para terminar. Me siento tan lejos y tan cerca.  ¿Qué hago aquí? ¿Qué me hizo pensar que sí podía? ¡Me duelen las corvas!  ¡Estoy harta! Quiero detenerme.  ¿De qué sirve esta lucha?  ¿Para qué me esfuerzo? ¡Soy una masoquista! ¡Qué ocurrencia la mía de correr un maratón!  No quiero volver a hacer esto. Parada en esta calle inmensa quiero sentarme a llorar mi derrota.

¡Diablos! ¿Qué te pasa, Carla? ¡Deja de pensar tonterías! ¡Muévete! ¡Rendirte jamás será una opción! Nunca te has rendido y no vas a hacerlo  ahora.  Entonces mis piernas responden. Avanzo despacio, troto y puedo correr un poco. Parece que me faltan miles de kilómetros y no sólo unos cuantos. Otro kilómetro más y San Ángel no está a la vista.  ¿Qué está pasando? ¿No se supone que ya falta poco?  ¡Quiero escapar de aquí! ¿Dónde está la salida?  De nuevo tomo agua. No tengo sed pero tiene un efecto calmante en mi cuerpo y necesito sentir alivio.

Solidaridad, compañerismo y porras.

No sé si puedo seguir avanzando.  Me detengo.  Escucho la voz de un corredor, insiste en que no me detenga, me hace señas para que siga adelante, me asegura que voy bien y me habla de los calambres, no descansa hasta verme correr de nuevo.  Yo lo miro agradecida, muy agradecida.  Conmovida lo sigo y salgo del trance en el que estaba. Cuando se cerciora de que voy bien, recupera su ritmo y sigue su camino.  Quisiera saber su nombre para poder agradecerle.  Su solidaridad me deja sin palabras. Sigo corriendo y las personas a mi alrededor me animan, me sonríen, me gritan que siga adelante, me llaman por mi nombre.

¡Hay gente maravillosa en el mundo!  Una de las razones por las que tanto disfruto participar en las carreras es por la solidaridad de las personas, por el compañerismo que se vive aquí, porque en eventos como éste compruebo que el amor al prójimo si existe y que, a pesar de todo, las personas somos buenas. En días como hoy se renueva mi fe en la humanidad.  Este deporte muestra lo mejor de nosotros. ¡Qué afortunada soy por estar aquí ahora! ¡La vida es hermosa, muy hermosa!

Corro hasta que mis corvas se quejan de nuevo. ¿Cuántos kilómetros faltan? Rechazo los pensamientos negativos pero el dolor quiere tumbarme. ¡Me enoja tanto sentir este malestar! ¡Estaría ya terminando si no tuviera esta molestia!  La calle es tan larga que parece que no llego a ningún lado.  Me faltan alrededor de cinco kilómetros y me siento un poco rota. ¿Por qué no veo San Ángel?   Tengo muchas ganas de llorar y de gritar. Tomo agua y eso me reanima.

Las personas que vienen a echarnos porras, gritan mi nombre y me sonríen.  No puedo evitar sonreírles y esforzarme más. Avanzo y avanzo pero quiero parar. Las lágrimas me traicionan y me desespero. Pronto me encontraré con mi mamá y no quiero que me vea desanimada.

¡Por fin voy llegando a San Ángel! Corro lo mejor que puedo. Mi mamá me grita emocionada y me siento la más fuerte y bendecida.  El dolor no me importa. Sonrío para mi madre que siempre me ha llenado de amor, sonrío a la vida y corro lo mejor que puedo sin pensar en nada más que en llegar a la meta.

Hacia la meta

Ya casi llego al kilómetro cuarenta. ¡Cómo duele! Contra mi voluntad tengo que detenerme. Cada vez es más difícil contener el llanto. ¿Desde cuándo dos kilómetros son tan largos? ¡Es sólo una vuelta en Viveros! ¡Sólo me falta una vuelta en Viveros! ¡Cómo no voy a poder con eso!  ¡Caramba!

Tomo agua y me quedo pasmada buscando alivio. Dos corredores me instan a seguir, me esperan, me acompañan. Emocionada voy con ellos. Los sigo. Ahora tengo que disminuir la velocidad.  Me siento mal. Estoy a punto de escupir el llanto atorado cuando veo a mi marido buscándome emocionado. ¡Quiero quedarme con él!  Tomo aire y me trago el llanto. Soy fuerte y puedo controlarme.  Me niego a desertar ahora.  Corro lo mejor que puedo y cuando estoy a su lado le sonrío casi sin detenerme.

Por fin llego al kilómetro 41. ¡Sólo queda un kilómetro! Me falta muy poco pero no logro ver la meta. Mis corvas me detienen. Camino y cuando puedo troto.  Las personas me gritan: “¡Vamos Carla! ¡Ya llegaste! ¡Vas bien! ¡Carla!”. Los escucho y les creo.  Cada vez que dicen mi nombre y me gritan emocionados me siento más fuerte y comprometida con mi sueño.  ¡Las personas son maravillosas! ¡Maravillosas!

Camino, troto y corro. Camino, troto y corro, pero este último kilómetro me pesa como si fueran cinco. Sigo sin ver la meta. ¿En verdad es sólo un kilómetro?

¡Por fin estoy frente al túnel que me llevará al estadio! Para llegar a él hay que bajar. Sólo de pensarlo me lleno de escalofríos. ¿Qué voy a hacer ahora? Me aterra esta bajada. Veo pasar a los corredores y no tengo el valor de avanzar…pero, ¿me voy a quedar tan cerca de la meta sin lograrlo?  ¡No puedo hacer eso! ¡El dolor no me va a vencer! ¡Queridas corvas es el último esfuerzo!  Me armo de valor y bajo muy lento con lágrimas en los ojos pero lo estoy logrando. ¡Un paso a la vez y claro que puedo!  ¡Llegué al túnel! ¡Estoy entrando al estadio! La subida me da alivio.  ¡Ya puedo ver la meta! ¡Lo voy a lograr! Me vuelvo fuego. Corro ilusionada. Revivo con cada zancada. Sonrío hasta que me duelen los labios y también libero el llanto contenido.

¡La meta! ¡Tengo los pies en la meta!  Siento que muero y renazco al mismo tiempo. Es extraordinario vivir esto. ¡Tengo los pies en la meta y estoy entera! Debo seguir avanzando pero necesito saborear este momento. Miro incrédula hacia adelante. Si hubiera un espejo frente a mí no me reconocería: no soy la misma persona que empezó esta carrera.  Sigo sorprendida por lo que fui capaz de hacer. Soy más dura de lo que imaginaba. Tengo la sensibilidad a flor de piel. Por primera vez me felicito sin que me cueste trabajo, sin sentirme culpable o recriminarme.  Ahora soy capaz de reconocer mi mérito.

Avanzo hacia la zona de recuperación llena de amor, agradecimiento y satisfecha, muy satisfecha. Aunque me tiemblan las manos, puedo tomarme una selfie.  Estoy volando. Si pudiera brincaría una y otra vez para celebrar, pero mis corvas no están listas para eso. Estoy en éxtasis.  Alguna vez me creí débil, inútil, incapaz de hacer realidad mis sueños. Miro a esa Carla del pasado y le digo que no es nada de eso, que vea lo que hemos logrado ahora.  En este viaje de 42.195 kilómetros me liberé de los complejos, no puedos y telarañas que me han acompañado a lo largo de mi vida. Ahora estoy limpia.  A esa Carla del pasado le parecía imposible correr un maratón y la Carla que soy ahora acaba de hacerlo. ¡La vida es un gran regalo!

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Maratón de la Ciudad de México 27 agosto 2017

Este ha sido hasta ahora el recorrido más duro que he hecho.  Ya tengo mi medalla en la mano. Es la letra C, para mí, C de Carla.  Me siento la dueña del mundo, una mujer todopoderosa, la reina de mi feliz locura.

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Mi medalla del Maratón.

Volveré a correr un maratón y lo haré mejor que ahora. Aprenderé de mis errores y haré el viaje sin dolor. Hoy ya sé que sí puedo lograrlo. Tengo un año para entrenar y corregir mi zancada.

Saliendo del área de recuperación me encuentro a una amiga corredora a quien admiro mucho. Lo primero que me dice al verme es: “Ya eres maratonista”.  No lo había pensado. Siento escalofríos. ¡Es cierto!  ¡Soy una mujer que corrió un maratón! ¡Llegué entera a la meta! ¡Lo hice!

Durante cuatro horas con treinta y ocho minutos viajé en un mundo donde lo más difícil fue enfrentarme conmigo misma y donde las personas mostraron su mejor cara. Fueron 42.195 kilómetros de solidaridad, compañerismo y apoyo. Agradezco este viaje profundo donde estuve en el paraíso y también en el infierno. Tengo la certeza de que éste es el primero de los muchos maratones que correré en mi vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

~ por Naraluna en septiembre 5, 2017.

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