Cartas para Nadie escritas en aislamiento. Distanciamiento social por el coronavirus. Trigésimo tercera carta.

1 de octubre 2021

¡Hola! No quise dejar pasar tanto tiempo, tengo un par de cartas que no te envié porque no me he sentido bien de salud y no lograba corregirlas. Sabes que nunca te mandaría una carta escrita de manera impulsiva. Ni siquiera recuerdo cuando fue la última vez que hice eso. En fin, aprovecho que ya me estoy sintiendo mejor para darte señales de vida.

Mis perritas me acompañan, duermen tranquilas o toman el sol en el patio mientras yo estoy aquí, dedicándote tiempo. Hace dos semanas me sorprendí llorando por la muerte de una perrita a la que no conocí en persona. Seguí su caso en redes sociales. La aventaron de un tercer o cuarto piso y sobrevivió. Antes de eso intentaron ahogarla y la habían pateado en la cabeza. La salvaron rescatistas del Refugio Buenos Chicos en Guadalajara. No sólo le dieron la atención médica que necesitaba, le dedicaron tiempo y la colmaron de amor. Una gran cantidad de personas donaron dinero y alimento para ayudar a su recuperación. Yo seguía su caso en las redes. La llamaron Ámbar y lo que más me llamó la atención fueron sus ganas de vivir después de haber sufrido tanta crueldad. Siento que luchaba porque deseaba ser amada, tener esa oportunidad antes de despedirse. Ámbar no es la única, sé que son demasiados los animales maltratados, torturados, asesinados. La mayoría mueren en el olvido. Ámbar, para mí , es la voz de todos ellos (perros, gatos y otros animales). Es el grito de basta, ¡basta ya!.

La dulce Ámbar. Espero que esté feliz en el otro lado del arco iris.

La dulce Ámbar, una más que sufrió por nuestra causa, por nosotros los supuestos seres superiores dueños de este planeta. Este sempiterno complejo de superioridad nos intoxica, nos envenena, nos impide amar la vida. Sólo el ser humano se siente dueño del planeta, como si todo hubiera sido creado para él. Nos sentimos con el derecho de disponer de los árboles, las plantas, los demás seres vivos a nuestro gusto y disgusto, a nuestro antojo. Vivimos convencidos de que lo que hay en este planeta está a nuestro servicio. Esta sofocante superioridad nos impide vivir en armonía con la naturaleza y respetar la vida. Ese delirio de grandeza nos pudre. ¿Qué nos pasa? ¿Lanzar perros desde un cuarto piso después de haberlos golpeado? ¿ Atropellarlos y huír, dejándolos ahí heridos o agonizando? ¿Dejarlos amarrados a un árbol porque ya estorban o porque ladran o porque son traviesos o porque ya no queremos cuidarlos? ¿Mudarnos de casa y dejarlos ahí a su suerte? ¿Usarlos para peleas? ¿Tirarlos a la basura? ¿Quemarlos? ¿Dejarlos ciegos? ¿Despreciarlos porque no son de raza? ¿Golpearlos? Mil cosas más que me niego a escribir que suceden no sólo con los perros y gatos… En serio, Nadie, ¿qué nos pasa? Ni los perros, gatos, caballos, burros (todos los seres vivos no humanos) son objetos a nuestra disposición. México es el país número uno en abandono y maltrato animal de Latinoamérica. ¿Cómo podemos ser tan indiferentes? ¿Cómo, quienes los torturan, pueden quedarse tranquilos? Nos creemos superiores y no entendemos que somos todo lo contrario. Los árboles, las plantas, los animales (antes de que los domesticaramos) pueden vivir sin nosotros pero no funciona al revés: por ejemplo, si no hubiera árboles no podríamos respirar, así de sencillo. ¿Algún día nos caerá el veinte?

Suelo preguntarme cuándo se crearán leyes que protejan a los animales, que ayuden a evitar esto. Luego caigo en la cuenta de que las leyes ni siquiera nos protegen a nosotros. Pareciera que estamos condenados a vivir el eterno crujir de dientes aquí en la Tierra. Es difícil llenarse de esperanza y creer en la luz de los demás desde esta perspectiva. Sí, Nadie, los seres humanos podemos ser aterradoramente horribles, pero también quiero decirte que hubo muchas personas luchando por Ámbar y dándole voz, exigiendo justicia. Hay toda una red de rescatistas independientes, de refugios que luchan sin descanso ni vacaciones por los derechos de los animales, por su seguridad y bienestar. Su trabajo no es remunerado, no lucran con sus acciones, dependen de las donaciones que reciben, de quienes los apoyan. La mayoría de ellos tienen las manos llenas y siguen aceptando perritos porque no pueden concebir la idea de darles la espalda, aunque eso implique más estrés, más responsabilidad y sobre todo más gastos (que la mayoría de las veces los sobrepasan). Son imparables. Son la resistencia. En ellos he encontrado una razón para seguir adelante cuando las tinieblas llegan a mi puerta. Los admiro cada día más, me muestran que sí tenemos empatía, que desde el amor sí podemos marcar una diferencia. ¡Sí podemos! Ellos dan la cara por los inocentes sin voz. La dan una y otra y otra vez. Incansables.

Los perritos aman a sus humanos sin condiciones, dan todo por ellos. Su lealtad es tan grande que ponen su vida en sus manos e inclusive son capaces de dejarse matar por ellos. A mí esa fe ciega que tienen en nosotros me asusta, sobre todo cuando pienso de lo son capaces que muchas personas. Me duele, me duele el sufrimiento que les infligimos. Si yo pudiera, adoptaría a todos los perros que sufren, los protegería, les daría el amor que les ha faltado. Sí, Nadie, otra vez mi complejo de superhéroe. Estoy consciente de que no puedo hacerlo, ninguna persona sola puede, pero en equipo, sí podemos, poco a poco. Me ha hecho mucho bien seguir a los rescatistas y refugios y ayudar en medida de mis posibilidades: difundiendo, donando tiempo y cuando hay oportunidad, alimento o dinero.

Si no fuéramos indiferentes al sufrimiento de los animales, si no los abandonáramos, si entendiéramos que tener una mascota es un compromiso de por vida (los mascotas viven alrededor de 10/15 años), si los amáramos… ¿Qué te digo, Nadie? Ya empecé con utopías. Si sigo así te diría que si nos amáramos unos a otros, nos cuidáramos, buscáramos el bienestar común y nos olvidáramos de los complejos de superioridad y la ambición de poder el mundo sería un lugar más bonito, la vida no sería tan dolorosa, las tinieblas no tocarían mi puerta con tanta frecuencia. En fin. ¿Llegará el día en que respetemos la vida tanto de los demás humanos como el de los seres vivos? ¿Llegará el día en que nuestra prioridad sea vivir en amor y armonía con la naturaleza?

No puedo imaginar como sería mi mundo sin Laika, Tommy, Nahui y Circe. Su amor me salva de los abismos profundos en los que a veces navego. Me acompañan hasta en los lugares más tenebrosos y me guían a la luz. ¿Cómo sería mi día sin sus colitas moviéndose descontroladamente para todos lados cuando llego a la casa? No me importan los libros que devoraron cuando eran cachorras (Tommy siempre fue muy tranquilo), ni la sala que echaron a perder, ni lo difícil que fue lograr que aprendieran a ir al baño en el lugar adecuado porque hasta los momentos más duros han valido la pena. El amor y la alegría que han traído a la casa vale más que todo eso. Los amo y agradezco tenerlos en mi vida. Soy y seré siempre la loca de los perros y lucharé no sólo por los míos, también por los que están desamparados.

Laika, Tommy, Nahui y Circe.

Nadie, eso es todo por hoy. Estoy increíblemente satisfecha porque pude terminar tu carta, eso implica que ya estoy mejor de salud. La verdad es que estuve un poco asustada pero ya estoy más tranquila.

Ahora sí espero volver a darte lata muy pronto. Me despido, no sin antes decirte que ya Rebeca recibió la primera dosis de la vacuna y eso me da un alivio enorme. ¡Qué ya acabe esta pandemia!

Te mando un abrazo enorme y gracias por leerme.

Carla

P.D. Te envío una foto de la bella Ámbar y de mis adorados perritos.

~ por Naraluna en octubre 3, 2021.

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