Vergüenza

Tengo cuatro años. Estoy en el kinder y voy a entrar al salón de clases. Mis compañeros ya están sentados en sus lugares y me miran fijamente. Algunos lo hacen con hostilidad y quiero volverme invisible, desaparecer. ¡Quiero irme con  mamá!

Siento mucho miedo. A partir de ese día comienzan las burlas y las agresiones. ¿Por qué? No lo entiendo. Entonces empiezo a orinarme en la ropa y las burlas empeoran, me señalan, me rechazan todavía más.  Aprendo a agacharme, a sentir vergüenza porque ser yo es algo feo y malo, algo que molesta mucho a los demás y ni siquiera puedo evitarlo.

Ahora estoy en primaria y soy la calaca, la que tiene una letra horrible, no sabe usar bien las tijeras (esto de ser zurda no me ayuda) y no da una en deportes. Casi nadie quiere estar conmigo.  A quienes me hablan, sonríen o defienden los considero héroes y nunca voy a olvidarlos.  Ellos me ayudan a sobrevivir cuando me desmorono.

Con los años aprendo a mantenerme en silencio, a hacerme invisible para evitar las agresiones, para protegerme. Siempre debo estar alerta para evadir los golpes. Ahora la vergüenza ya es parte de mí. Vivo con esta aguda sensación de ser ridícula, desagradable y muy molesta. No sólo los demás me rechazan, yo también lo hago. Necesito disculparme por todo y nada de lo que hago es suficiente.

Ya no sonrío. Lo mejor que puedo hacer para sobrevivir es mantener esta expresión de indiferencia para que quienes buscan lastimarme no sepan  que me hacen daño. Es importante que nadie sepa si estoy feliz o triste…

Hoy tengo cuarenta y un años.  Hasta hace poco me creía lejos de aquellos días de miradas hóstiles. Hace tiempo que dejé atrás a la flaca fea y empecé a aceptarme como soy, a amarme.  Me sentía en paz con mi pasado y pensaba que ese capítulo de mi vida ya estaba cerrado.  Pero no, no era así. Todavía me faltaba algo por aprender.

Aunque empecé el año con mucho entusiasmo y muchos planes, las cosas no salieron como yo esperaba.  Empecé el 2018 enfermándome por todo, como si mi sistema inmunológico se hubiera ido de vacaciones. Me lesioné sin siquiera saber porqué en una carrera en la que esperaba hacer mi mejor tiempo y hasta respirar (por la alergia que decidió instalarse en mi cuerpo después) se convirtió en un problema para mí.  Además, me pasé todo ese tiempo sin poder escribir, no importa cuánto deseara hacerlo.

¿Qué me estaba pasando?  Si todo estaba bien, ¿por qué yo me sentía tan mal? ¿Por qué no podía escribir?  ¿Por qué seguía sin sentirme capaz de expresar mis ideas libremente?  Entonces, mientras platicaba con una amiga muy cercana, vino de golpe ese recuerdo del kinder y me hice consciente de esa sensación que todavía vive en mí: me sigo sintiendo la ridícula, la que no tiene nada que ofrecer.   Aún me avergüenzo de ser yo, de mis ocurrencias, de mis palabras, de mi forma de caminar, de mi letra fea, de todo aquello que me hace ser quien soy.   Me sigo autosaboteando porque muy en el fondo sigue arraigada en mí la idea de que no me merezco nada porque soy una vergüenza.

Antes de ese momento no me había percatado de esta enorme vergüenza que he estado cargando. Ahora, mientras lo escribo, pienso en lo absurdo que es eso. El diccionario de la Real Academia Española define a la vergüenza de la siguiente manera: turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante.   Entonces, ¿vergüenza de qué? ¿Por qué avergonzarme?  No soy  perfecta ni aspiro a serlo pero todos los días me esfuerzo por ser mejor hoy de lo que fui ayer. Acepto mis defectos cuando los veo y trabajo para transformar mi oscuridad en luz. Amo la vida y hacer felices a quienes me rodean. ¿Vergüenza de qué?

Hace unos días hice una meditación guiada para quienes hemos sufrido bullying.  No pude contener las lágrimas cuando el maestro dijo: “Mereces ser feliz”.  Lloré y unos minutos más tarde sentí alivio. ¡Sí me lo merezco! ¡Todos nos lo merecemos!

Ahora que tengo conciencia de esta vergüenza que en realidad no me pertenece, podré lograr despedirme de los recuerdos negativos, de esta sensación de que soy inferior. Es mi momento para sanar y soltar.  Sé que no es algo que sucederá de un día para otro, pero haré que suceda. Si pudiera hablar con mi yo de cuatro años le diría que no se preocupe, que va a estar bien, que se encontrará rodeada de amor y que tendrá la oportunidad de realizar sus sueños.

De la misma manera hoy me repito que soy suficiente. Tengo la capacidad para salir adelante y disfrutar la vida. A partir de hoy voy a escribir lo que me venga a la mente, sin censura. Le permitiré a la pluma realizar su danza en el cuaderno, no volveré a frenarla. Dibujaré sin ponerle calificativos a mis dibujos, sin juzgarlos ni juzgarme.

He cargado demasiado tiempo las etiquetas que me pusieron en la infancia y adolescencia. Llevo tanto tiempo con ellas que se han convertido en parte de mi personalidad. Permití que me definieran. Caminé deseando ser una sombra y con la certeza de que nada de lo que hiciera sería bueno. Ya no quiero llevar puesta ninguna de estas etiquetas.  Mientras escribo me las arranco, aunque me duela.  Las sustituyo por amor, por palabras que definen mis cualidades, por dulzura, por confianza en mí misma, por los logros que he tenido y que planeo tener.

Como mi ruda me sequé este invierno y, como ella, también renazco. Tengo la oportunidad de escoger los colores que me definirán ahora.

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Como mi ruda me sequé este invierno y, como ella, también renazco. Tengo la oportunidad de escoger los colores que me definirán ahora.

 

 

~ por Naraluna en febrero 12, 2018.

4 comentarios to “Vergüenza”

  1. Oye muy buen post, te invito a que leas mi blog. Un saludo!!

  2. Uff si pudiera regresar el tiempo, yo te daría un abrazo en al escuela y te diría lo mucho que vales, lo linda que eres y lo increíble mujer en que te ibas a convertir. Te mando un abrazo virtual, sigue escribiendo y ayudando a todos. Eres un sol.
    Con muchísimo cariño!

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