Cartas para Nadie. Quincuagésimo Cuarta Carta. Avión.

22 septiembre 2023 (madrugada)

¡Hola! ¿Cómo estás? Después de diecisiete horas de viaje, llegué a Freising, Alemania, donde vive mi prima, a quien no veía desde hace casi cinco años.

¿Por qué no te escribí en el avión? Sucedió lo inimaginable: no había manera de hacerlo. Estaba lleno. Casi no había espacio entre los asientos. Soy alta y ni siquiera cabía bien. No podía moverme sin incomodar a la persona que tenía al lado y viceversa. La mesita estaba muy pequeña y hasta comer fue difícil.

En el avión

No vi a ninguna persona leyendo, escribiendo o en la computadora.  No, Nadie, tampoco leí nada.

Me angustié mucho con esa situación. No estaba segura de cómo sobrellevarla. Escribir me salva del miedo a los aviones y de mis pensamientos negativos. ¿Qué podía hacer?

Lo único que se me ocurrió fue poner una película. Encontré Moulin Rouge y me dieron ganas de volver a verla.  Me relajó tanto que me quedé bien dormida. Eso, querido Nadie, nunca me había pasado: en aviones y camiones soy  insomne. Entonces pasé el resto del tiempo dormitando y despertando cuando el cuello me dolía por la posición.

Quité la película, medité y cuando la ansiedad parecía volver, puse uno de mis playlists de Spotify. Pude dormir de nuevo.

Fuera del asiento tan horrible, el vuelo estuvo bien: no hubo turbulencias, los sobrecargos eran amables y la comida estuvo rica. No me quedé con hambre.

En ningún momento tuve pensamientos desagrables ni tuve a la muerte tan presente como suelo tenerla cuando estoy en un avión.

Hice escala en el aeropuerto Charles de Gaulle en París. Pasé migración rápido sin procesos pesados (cómo los de Estados Unidos). Es un aeropuerto enorme, frío, muy ruidoso. Pareciera que ahí los vuelos  son gratuitos pues estaba a reventar.  Tanto las salas de espera como los restaurantes estaban llenos.   Hasta para ir al baño había que formarse y la fila era larga.

Me estresé mucho, quería alejarme, irme corriendo.  Además, Nadie, en París las personas no sonríen.  Si tú lo haces, te miran feo.  No es personal, pero de todas  formas me desagrada.

Me alteré tanto que no podía hablar francés. Mi cerebro se quedó en blanco hasta que, varios minutos después, encontré lugar para sentarme en una cafetería donde me tomé el más exquisito té verde de zmín y un muffin de blueberry.   Pude expresarme bien con la señorita que me atendió y después me felicitó por mi  francés. ¡No me lo  esperaba!  ¡Superé el bloqueo!

Esperando en Charles de Gaulle

Afortunadamente no estuve mucho tiempo ahí. Abordé el avión a Munich. Los asientos eran grandes y con más espacio entre ellos.  Ahí sí podía moverme con libertad, a gusto. Me pareció muy corto el vuelo. Me dieron un sándwich de pepino. Mi abuelita preparaba unos muy parecidos y  me acordé de ella. También de mi mamá que me los hacía para el lunch de la escuela cuando yo estaba en primaria.

Es pequeño el aeropuerto de Munich, al menos en comparación con el Charles de Gaulle.  Me tomó menos de cinco minutos llegar a la salida. Un taxi me trajo a Freising. No hablaba inglés ni yo alemán,  pero se esforzó en lograr que lo entendiera.

Mi prima ya me esperaba emocionada.  Mi tía y mi sobrina, también. ¡Estoy con mi familia!

Mi espalda está mejor que nunca. No imaginé estar tan bien después de haber pasado tantas horas sentada en el avión. Todavía no me la creo.

Estoy agotada, pero no tengo sueño. Eso me pasa por dormirme en el avión.

Un abrazo para ti.

Carla

~ por Naraluna en septiembre 22, 2023.

3 respuestas to “Cartas para Nadie. Quincuagésimo Cuarta Carta. Avión.”

  1. genialidad sencillez y naturalidad me gusto mucho

  2. Esos franceses parece que están enojados! por que nunca sonríen los canijos.

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